sábado, marzo 28, 2026

IMPRESIONES DE UN VIAJERO (IX)

 AVEIRO.


Si Guimaraes nos sorprendió gratamente por sus hermosos y blasonados edificios, y por sus bien cuidadas calles, Aveiro no se quedó atrás.

Distante de Oporto a unos 75 kms, la ciudad reúne muchos encantos, aunque la inmensa mayoría de turistas que la visitan, nos quedamos prendados de sus canales surcados por coloridas embarcaciones, llamadas moliceiros, que antiguamente se usaban para recoger las algas marinas de la cercana desembocadura de la ría de Aveiro, por lo que se la conoce como “La Venecia de Portugal”.

Lo primero que sorprende de Aveiro es lo impecable de las aceras, donde se describen formas geométricas y dibujos diferentes a medida que se adentra uno por sus calles, la mayoría peatonales. Incluso el escudo de la ciudad frente a la entrada principal del Ayuntamiento.




Muchos de sus edificios mantienen la típica fachada con

azulejos, más o menos intensos o descoloridos por el paso del

tiempo, pero que les proporciona carácter.


Pasear por sus rincones es dejarse sorprender.


A pesar de ser un día laborable normal, sorprendía el ritmo tranquilo 

que se respiraba en la parte central de la ciudad, la más turística. Las 

tiendas, las cafeterías, todo estaba abierto, pero no se veía una gran 

afluencia de personas.

Desde nuestra posición, sentados junto a un ventanal en el interior de una cafetería degustando un delicioso café y un dulce típico de Aveiro, el ovo mole, - que es una crema suave y cremosa envuelta en una fina oblea con formas marinas – veíamos diferentes grupos de turistas siguiendo a su guía que, en la mayoría de los casos, portaba una banderita española. Allí no vi a tantos japoneses. Allí lo que había era una invasión de españoles.

En la lista de monumentos a visitar, teníamos como de costumbre varios, pero decidimos que el agradable paseo que habíamos dado, disfrutando de un caluroso día de noviembre era más que suficiente.



© Carlos Usín 

sábado, marzo 21, 2026

IMPRESIONES DE UN VIAJERO (VIII)

Oporto día 3.


El día anterior nuestra guía, Ana, nos dio un buen paseo por la ciudad, aunque usar el término “paseo” no define bien el ritmo que imprimió y que, con bastante frecuencia, la obligó a detenerse para esperar a los rezagados. Un paseo aderezado en ocasiones con bromas, chistes y chascarrillos para hacer que la visita fuera más agradable y también historia. Historia en la que no podía faltar una referencia a la “Revolución de los claveles” y a las razones que impulsaron a esa decisión. Historia de cómo Oliveira Salazar entró en un primer gobierno, como ministro, de cómo terminó haciéndose con el poder omnímodo y de cómo lo ejerció de forma criminal durante décadas. Y todo esto nos lo contaba apostados a un costado de un edificio situado en la zona llamada de Cordoaria, que nos servía – poco, la verdad – para resguardarnos del intenso aire frío que corría en esos momentos. El edificio que sirvió de cárcel (Cadeia da Relação ) y que funcionaba como cárcel y centro de detención de la PIDE (policía secreta) para los represaliados políticos y que estaba frente a otro en el que se juzgaban a los mismos; es decir, que en uno te juzgaban, te sentenciaban en menos que cantaba un gallo, cruzabas la plaza y desaparecías, generalmente para siempre, en las tripas del otro. Estábamos en el centro de la represión Salazarista. Hoy se conoce como Campo dos Mártires da Pátria.

A pesar de todo ello y de las casi 3 horas de visita, quedaron algunas 

cosas por ver. Oporto no es una ciudad que se pueda abarcar en un 

solo día. Por eso, nosotros ya habíamos planificado que estaríamos 

tres; un tiempo que consideramos prudencial para conocer de verdad 

una ciudad llena de encantos, de atractivos, de historia, de 

monumentos. Teníamos la sensación de que necesitábamos realizar 

una visita más calmada, con tiempo suficiente para hacer algunas 

fotos, pasear por la ribera del río, callejear por el antiguo barrio de 

pescadores, tomarnos un café, degustar algún dulce. En definitiva, 

sentir la ciudad y paladearla, no engullirla de un bocado.



Ese día teníamos pensado visitar el edificio de la Bolsa de Oporto y dada su cercanía a la parte baja de la ciudad y al río, vagabundear por allí. Y así lo hicimos. 

El Uber nos recogió en la puerta del hotel y nos depositó en la gran plaza donde se ubica la Bolsa.

Es genial eso de subirse a un taxi sabiendo de antemano el precio 
que  te va a costar el trayecto, sea cual sea éste. Y en Oporto, no 
recuerdo que nunca alcanzara los 5€. 

Qué sensación de independencia saber que tu coche está a buen recaudo y que el que se sabe los trucos para evitar un atasco, es el que conduce y tú vas cómodamente instalado en el asiento trasero. Y cuando has llegado a tu destino, saludas, te bajas y todo está abonado.

Antes de entrar al edificio de la Bolsa disfrutamos del día soleado e imprimimos un ritmo lento a nuestra visita. Desde luego, el aspecto exterior del Palacio de la Bolsa era imponente. Justo enfrente y en medio de unos cuidados jardines, un monumento dedicado a Henrique “el navegante” daba nombre a la plaza donde estaba ubicado, y al otro lado, el Mercado de Oporto, completaban la escena.

Fue más tarde, al entrar físicamente en el edificio cuando nos llevamos el chasco. Nadie nos había advertido de que la entrada costaba 14€, o sea, 28€ y por ahí no íbamos a pasar.

De mis viajes anteriores a Portugal guardaba la agradable sensación de que muchos de los lugares que visité, eran de acceso gratuito. Sin embargo, ahora, fueras donde fueras, había que pasar por taquilla antes, lo cual, en principio no estaba mal; lo que era inaceptable era el precio. Así que, decidimos que podríamos vivir el resto de nuestra vida sin conocer el interior de la Bolsa de Oporto y nos fuimos por donde habíamos entrado.

Cerca de allí nos encontramos con la iglesia de San Francisco y la de
 
San Nicolás. Entramos en esta última, con sus característicos 

azulejos adornando su fachada. El interior, de una sola nave, nos 

sorprendió por su riqueza ornamental y un espléndido retablo mayor 

de estilo rococó.

A la salida nos dirigimos calle abajo hacia el río y su majestuosa presencia. Contemplamos cómo algunos cruceros fluviales paseaban a los turistas de un lado a otro del río; algunas embarcaciones típicas llamadas “rabelos”, servían más para el recuerdo amarradas a su atracadero.

A pesar de lo temprano de la hora las terrazas de los bares y cafeterías que jalonaban la margen del río, presentaban un aspecto muy concurrido.

A lo largo del recorrido se observaban diversos artistas callejeros 

ofreciendo lo mejor de sus habilidades. Cantantes, magos, payasos, 

todo valía para intentar ganarse unos euros.


Recorrimos arriba y abajo

su ribera, disfrutando de 

un magnífico día 

soleado. Dentro de la 

fascinación en general

por la atmósfera que se 

respiraba, me llamó la 
atención la        imagen de algunos edificios que enfrentaban directamente al río. En sus fachadas, muchas de ellas adornadas con los típicos azulejos de 
color azul, convivían el pasado de esos mosaicos, algo deslucidos
por el paso del tiempo, con las antenas parabólicas y todos, con la
ropa tendida al sol. 


Era una imagen que evocaba otro tiempo, cuando el tendedero servía 

como un muestrario de lo más íntimo de cada casa y se enseñaba 

casi sin pudor, porque en realidad, todos eran igual de pobres.

Escogimos una pastelería para descansar de nuestro largo paseo – 

esto sí que era un paseo – y tomarnos un café. No era muy grande 

pero lo que ofrecía parecía apetitoso. El café y los pasteles en 

Portugal siempre son excelentes y después de andar un buen rato, 

más.

Sentados allí, a la ribera del río y protegidos bajo una sombrilla que 

nos resguardaba del implacable sol, observaba entre bocado y 

bocado del pastel, el ir y venir de las gentes, la mayoría turistas. Una 

vez más, como ya me pasara el día anterior, me sorprendió la 

cantidad de personas con rasgos orientales. ¡Había “japoneses” por 

todas partes, solos o en compañía! Era realmente curioso.


Después, decidimos abandonar la zona y comenzamos a subir sin un 

rumbo fijo, zascandileando por las calles del barrio. Me apetecía 

perderme por el antiguo barrio marinero, con sus callejuelas 

umbrías, húmedas, sus paredes desconchadas y descoloridas, sus 

calzadas empedradas y sus sempiternas ropas tendidas en sus 

fachadas.

La mayoría de los negocios permanecían cerrados, lo cual, junto con 

los escasos coches que circulaban, contribuía a la sensación de 

tranquilidad que se respiraba.

Con la ayuda de Google y teniendo en cuenta que cada vez 

conocíamos mejor la ciudad, fuimos ascendiendo hasta que, de 

nuevo, como el día anterior, terminamos sentándonos en la misma 

terraza del bar en el que con una mano comías y con la otra 

espantabas a los pájaros.

Decidimos improvisar sobre la

marcha dónde comer cada día, sin 

horarios ni imposiciones. Y después 

de haber subido desde el río hasta 

allí, el pastel y el café, hacía ya rato 

que habían sido amortizados.

Al terminar de comer, acudimos al

reclamo de una música algo 

estridente que, si bien a nosotros 

nos incomodaba un poco, no me 

imagino el malestar de los vecinos 

que vivieran por allí. Seguimos la 

pista de los decibelios hasta un 

mercadillo de reducidas dimensiones, ubicado entre varios bloques 

que lo rodeaban. Estuvimos cotilleando por los diferentes puestos y 

lo que vimos no solamente no nos gustó, sino que consideramos que, 

además, era muy caro. Aquello más que un mercadillo se parecía 

más al Rastro de Madrid. Productos nada atractivos, ni originales, ni 

de calidad y, sin embargo, con un precio desproporcionadamente alto 

para lo que era.



 













Continuamos nuestra marcha ascendente a un ritmo similar al que se 

usa en la alta montaña. Cualquiera habría dicho que estábamos en el 

Himalaya y con nieve hasta la rodilla. Aun así, conseguimos llegar, 

otra vez, a un punto bien conocido: el ayuntamiento de Oporto y 

desde allí, nuevamente, tiramos de Uber para terminar en la 

confortable habitación del hotel y descansar de nuestra escalada.

Por la noche, y después de consultar largo y tendido con Google, elegimos un restaurante cercano al hotel. La publicidad decía que era vegetariano, tenía buenas críticas y, además, podíamos ir andando. Ni siquiera necesitábamos un Uber.

Encontrar el sitio no fue muy complicado. Lo complicado empezó cuando entramos. Para empezar, es complicado describirlo, pero desde luego, no parecía un restaurante; al menos, no lo que normalmente se entiende como tal. Daba la impresión de que, en su día, podría haber sido un taller mecánico, una tienda de ropa o algún tipo de negocio puerta calle, y que con el tiempo y por estar ubicado en una calle anodina y sin peatones, decidieron convertirlo en una suerte de restaurante.

Tras pasar el umbral de la puerta uno se encuentra en un espacio amplio, con unas mesas minúsculas pegadas a la pared de la derecha, mientras en la izquierda y en forma de L, se observa algo parecido a unos sofás, - más bien colchonetas - que parecían reposar sobre unas cajas que otrora contuvieron plátanos o algún tipo de alimento que se vende en un mercado de abastos.

De frente y después de subir un pequeño escalón, a la derecha hay una barra y justo detrás, una cocina que parece de la Señorita Pepis: de juguete. Sin embargo, hay un salón con varias mesas de tamaño normal, todas ellas ocupadas y más al fondo, detrás de los cristales, un jardín con más mesas, que probablemente en verano sería delicioso disfrutar, pero esa noche hacía una rasca curiosa.

Para terminar de desconcertarme, a la izquierda, justo frente a la barra y las mesas, había una tarima que hacía las veces de pequeño escenario. Allí, al parecer iba a suceder algo al cabo de un tiempo esa misma noche.

Supongo que sería por la cara de incrédulo que se me había quedado o simplemente por la vestimenta, que no encajaba con la del resto de los allí presentes, todos de seis generaciones posteriores a la mía, se acercó la que parecía la propietaria del local. Me preguntó si tenía reserva y de nuevo, me sorprendió que un lugar así admitiera reservas. Le dije que no y cuando me preguntó si quería una mesa donde estaba el escenario, le dije que tampoco. Entonces nos mandó a la entrada, a una de esas mesas minúsculas pegada a la pared.

Lo malo de ese sitio no era el tamaño de la mesa, en la que a duras penas cabía un plato y los cubiertos. Lo malo era que cada vez que alguien entraba desde la calle, casi le dábamos la bienvenida y el aire frío inundaba la estancia.

La señora, encantadora, nos indicó que la carta la podíamos leer con el QR “que aparece en sus pantallas” y yo le dije que no, que quería una carta en papel. Mientras decidíamos el menú, le pedimos una cerveza para poder sobrellevar el impacto.

Después del primer impacto acerca del interior del local, el segundo vino cuando nos entregaron la carta. Nosotros habíamos elegido el restaurante vegetariano pensando en que utilizarían recetas y productos, al menos, portugueses o tal vez, de la zona de Oporto. Sin embargo, en la carta se mencionaba que el estilo de la cocina era de Perú. No es que tenga nada en contra de la cocina peruana, pero no deja de ser irónico que, busquemos un restaurante autóctono y nos encontremos uno andino. Pero ahí no terminó el tema de las sorpresas.

Después de estudiar sesudamente la oferta, pedimos dos platos iguales. Al cabo de un rato vino la señora a disculparse porque no tenía elementos suficientes para confeccionar dos platos. Sólo podía servir uno. Vale. Entonces yo cambié y elegí otro del menú. Al cabo de un rato, la señora regresó nuevamente, a pedir mil disculpas casi de rodillas porque para ese plato, tampoco lo podía servir porque le faltaban ingredientes. Llegados a ese punto estuve en un tris de decirle “pues tráigame lo que le salga del lerele”, pero me contuve por el riesgo que ello conllevaba.

Ya ni recuerdo lo que cené, pero sí recuerdo que llevaba carne picada.

Vamos a un vegetariano para terminar comiendo carne.

Se disculpó un millón de veces y nosotros no quisimos avergonzarla más de lo que ya lo estaba.

De regreso al hotel pasamos por delante de varios restaurantes que habíamos visto en nuestra búsqueda. Un par de ellos estaban cerrados y el otro, que tenía aspecto de ser un restaurante normal, con la carta a la puerta del establecimiento y todo, tenía precios para turistas.

Y así terminó nuestro último día en Oporto. A la mañana siguiente, iniciaríamos camino para nuestro siguiente destino.

 

© Carlos Usín


domingo, marzo 15, 2026

IMPRESIONES DE UN VIAJERO (VII).

Oporto día 2.

 

Nuestra idea era conocer Oporto en profundidad y para eso era imprescindible olvidarse del coche. La lista de lugares a visitar era muy amplia y por eso decidimos contratar una visita guiada. Una visita que duraba dos horas y media, más el paseíto desde nuestro hotel hasta el lugar de partida de la visita: Monumento a Garrett, frente al Ayuntamiento de Oporto.


A la mañana siguiente de nuestra llegada, a la hora del desayuno continué con mi aprendizaje en el manejo de las máquinas de café y su infinita gama de diseños y matices. Además, los establecimientos, imagino que, con el objeto de evitar colas innecesarias, colocan un par – o más - de esos artefactos y a ser posible, todos diferentes, con lo que la sensación de desconcierto es aún mayor.

Mi truco era fijarme en alguno de los otros clientes que daba la sensación de tener un máster por alguna universidad en máquinas de café, y simplemente, imitarlo.

Tras el desayuno nos dejamos guiar por Google y conseguimos llegar hasta el lugar de la cita, antes mencionado y que aparece en la foto. Llegamos los primeros, así que, a pesar del frío, nos tocó esperar a todo el grupo, incluido la guía. A partir de ese momento el grupo, compuesto por unas 10 o 12 personas, intentamos seguir – en ocasiones con la lengua fuera – el ritmo de marcha forzada que nuestra guía, Ana, impuso. Era difícil de seguir porque Oporto es una ciudad en la que hay constantes pendientes, y la mitad – como mínimo - del itinerario fue cuesta arriba.

Uno de los aspectos que me llamó la atención fue comprobar que alguno de los miembros del grupo, viajaba solo. Para alguien como yo, que comer solo en una mesa con mantel lo percibo como una de las tristezas más grandes, lo de viajar se me escapa. Y, sin embargo, esa no fue la última vez que me encontré con viajeros solitarios.


Sea como fuere, iniciamos nuestro recorrido por la Avenida de los Aliados, y luego nos arrastró por la Universidad, la Torre de los Clérigos, la estación de trenes de San Bento, para terminar frente a la Catedral, sin olvidar pasar frente a la librería más famosa de Oporto, vinculada a la serie de Harry Potter, que era fácilmente identificable por la kilométrica cola de personas que casi daba la vuelta a la manzana, ansiosas de pagar unos 12 euros por entrar, hacerse alguna foto o incluso – ¡qué rareza! – comprarse un libro. Al parecer, los propietarios hacía tiempo que se habían cansado de que la gente entrara, abarrotara el interior, se hiciera unas fotos y se marchara sin comprar nada y molestando a los que estaban allí precisamente para comprar. Por eso, decidieron que, para empezar, tenían que reservar y, en cualquier caso, abonar una entrada que, en caso de adquirir algún libro, les sería descontada.

Todo ello y mucho más, sorteando la siempre persistente presencia de las obras de expansión del Metro, que obligaban a los peatones a circular por los lugares más insospechados, dando extraños rodeos, atravesando estrechos pasadizos salidos de una película de Indiana Jones, con personas circulando en direcciones opuestas, sencillamente porque el camino más corto estaba intransitable.


Ana se despidió de nosotros frente a la Catedral, no sin antes, recibir en metálico lo que cada cual estimó oportuno, al tiempo que nos aconsejaba que no merecía la pena entrar a visitarla. También, por su experiencia, nos envió por WhatsApp un archivo PDF con una lista interminable de restaurantes que, a título personal, ella había ido confeccionando con los años. Tras lo cual, el grupo se disgregó.

Como era la hora de comer, pero, sobre todo, porque llevábamos sube que te sube y baja que te baja casi tres horas, yo necesitaba un lugar donde descansar y recuperar fuerzas.

En nuestro deambular por la ciudad vimos que, justo frente a la estación de Sao Bento, había algunas terrazas donde podríamos tomar una cerveza y comer algo, y aunque eso representaba volver por nuestros pasos y continuar nuestro camino calle arriba, la distancia nos pareció asequible. Y allí que fuimos.

Había dos o tres bares cuyas terrazas estaban bastante concurridas, pero al menos en una, parecía haber sitio libre. Antes de sentarnos, escudriñamos el escaparate para hacernos una idea de su oferta y vimos que tenía tanto salado como, principalmente, dulce. Como dice el refrán “a buen hambre, no hay pan duro”, así que tampoco necesitábamos un restaurante con estrellas Michelin. Pedimos una especie de empanada gallega rellena de no me acuerdo qué, que fue más que suficiente para saciar el apetito de los dos y acompañado de una jarra de cerveza.

Mientras descansábamos de la paliza que nos había dado Ana, observaba a las personas que circulaban por la calle. Era como asistir a un desfile. La boca de Metro de Sao Bento estaba a sólo unos pocos metros de donde estábamos sentados, así es que disponíamos de entrada de primera fila. Algo que me llamó mucho la atención fue el gran número de personas con rasgos orientales que pasaban por allí. No sé si todos ellos eran japoneses, pero lo parecían. Además, lucían las ropas y modelos más extravagantes que uno pudiera imaginarse. Una chica llevaba una minifalda tan corta que parecía un cinturón ancho; calzaba unas botas de suela gruesa y de media caña y adornaba su estilo con una amplia boina de color amarillo. Poco tiempo después, veía a una señora más mayor, con una capa. Más tarde, una pareja de novios. Tuve la impresión de que habían soltado allí a los pasajeros de un avión procedente de Tokio.

Lo de comer en ese sitio había sido un acierto porque disfrutábamos de un inesperado y gratuito espectáculo. Todo habría resultado mucho más agradable si no hubiera sido porque las palomas, las gaviotas y toda clase de aves perturbadoras de la paz, se peleaban entre ellas por los restos de quienes habían abandonado la mesa, cuando no, directamente intentaban atacar a las mesas que todavía estaban ocupadas, como la nuestra. Me faltaban manos para cortar un trozo de empanada con los cubiertos, coger la jarra de cerveza y espantar a los malditos pájaros que volaban a nuestro alrededor. Muchas veces me acordé de Hitchcock y me preocupé. Debía ser un problema bien conocido porque los camareros, de vez en cuando, salían disparados desde dentro del bar armados con su bandeja y haciendo todo el ruido que podían para ahuyentar a los bichos, que la verdad sea dicha, molestaban a sus clientes y mucho. 

Una vez que recuperamos las fuerzas continuamos vagando todavía por la zona un buen rato. Todavía quedaban unas tres horas antes de que empezara a anochecer y no era plan de meterse en el hotel, por muy destruidos que estuviéramos. Así, decidimos pasear por la Rua das Flores, una calle peatonal y llena de vida, que ofrece todo lo que uno pueda desear: bares, restaurantes, tiendas de moda, helados…

De alguna forma continuamos sorteando las obras, las vallas, la maquinaria y conseguimos llegar, subiendo calle arriba, hasta donde habíamos iniciado nuestra visita por la mañana, frente al edificio del Ayuntamiento. Allí decidimos que ya era suficiente por un día y llamamos a un UBER.

Eso fue otro de nuestros grandes descubrimientos: Uber. Cuando ya no teníamos más fuerza para seguir pateando la ciudad, o simplemente, por comodidad, llamábamos a un Uber y nos dejaba en la puerta del hotel. Y nunca nos costó más de 4 euros. ¡Un invento!

Después de refrescarnos un poco en la habitación, bajamos al bar del hotel a darnos un pequeño homenaje y tomarnos una copa. Nos lo habíamos ganado. Eran las siete de la tarde, hora local, pero era noche cerrada. En el bar, no había nadie. Le pregunté al recepcionista si nos podía atender alguien y al poco rato apareció un camarero que salió de las catacumbas de las cocinas. ¡Qué bien sabe un cubata en esas circunstancias!

 

 

© Carlos Usín

domingo, marzo 08, 2026

IMPRESIONES DE UN VIAJERO (VI).

Oporto día 1.

La bienvenida con la que nos acogió Oporto fue de lo más cálida. Qué hay más afectuoso que abrirte las puertas de una ciudad que estaba enteramente en obras como consecuencia de la expansión de su red de Metro. Lo que normalmente constituye un quebradero de cabeza para cualquier lugareño, para un turista y su GPS es, simplemente, una pesadilla. Desvíos provisionales, caminos nuevos, giros prohibidos y antes permitidos y viceversa. Parece la conjura perfecta para volver loco al GPS y de paso a mí.


En medio del más absoluto caos circulatorio al más puro estilo soterramiento de la M-30 en Madrid, en el que estábamos más 
tiempo parados que en marcha, me aventuré a descubrir nuevos caminos con la seguridad de que mi amigo el GPS me rescataría en el peor de los casos. Me rescató unas tres o cuatro veces, después de pasar una y otra vez por el mismo y equivocado sitio. Hubo momentos en los que me sentí un ratoncito en medio de un gigantesco laberinto intentando averiguar por dónde había que ir para conseguir el maldito trozo de queso, que en mi caso era el hotel EXE ESSENZIA PORTO.


Al llegar al hotel, tal y como se muestra en la imagen, la entrada principal está a la izquierda. Tuvimos suerte porque pudimos aparcar el coche justo frente al edificio, en las plazas destinadas a carga y descarga para los clientes. Pero todavía no había terminado nuestra aventura circulatoria.

Tras registrarnos, le pregunté a la recepcionista cómo hacía para meter el coche en el parking del hotel. La entrada al parking estaba en la calle que se ve a la izquierda, pero era dirección prohibida, y aunque ya ha quedado claro si me has seguido hasta aquí que eso de la dirección prohibida lo considero sólo una sugerencia en según qué casos, éste no era uno de ellos.

La señorita muy amablemente me indicó sin la más leve señal de sonrojo, que diera marcha atrás hasta la esquina y que no me preocupara de la señal de prohibido, que estaba permitido si tu destino era el parking que estaba a unos 50 metros a la derecha.

A mí esto del parking de los hoteles en Portugal me estaba empezando a mosquear. En Braga me dieron un mapa y casi una brújula para encontrarlo, con las instrucciones precisas para circular en dirección prohibida y ahora, en Oporto me volvía a encontrar con la misma historia. Solo que ahora la recepcionista rizaba el rizo y me proponía dar marcha atrás unos veinte o treinta metros para poder retroceder hasta la esquina y allí, girar a la izquierda y circular por sentido prohibido, aunque estaba permitido. Dada la intensidad del tráfico en ambas calles, la idea de dar marcha atrás me pareció una temeridad. No me apetecía lo más mínimo que nadie se estampara contra mi coche con todo lo que ello implicaba. Así es que, así las cosas, le sugerí a la señorita que su idea no me parecía muy apropiada y que si no creía que hubiera una alternativa más segura. Entonces fue cuando me dijo que continuara en el sentido natural de donde tenía el coche, y que diera la vuelta a la manzana por la izquierda. De esta forma, supuestamente, tomaría la calle del parking en su sentido natural.

¡Una mierda!

Al llegar a la esquina, parados en el semáforo, me di cuenta de dos cosas.

La primera era que la tonta del bote de la recepcionista, probablemente, no había cogido un coche en su vida o que, al menos, jamás había ido a trabajar en su utilitario. La segunda, consecuencia de la primera, era que el giro a la izquierda – tal y como sugirió la recepcionista - estaba prohibido y no era el momento de empezar a transgredir todas las normas de circulación.

Después de acordarme de la augusta progenitora de la chica, rápidamente le dije al GPS “help” y que me llevara de nuevo al hotel. Eso me llevó – otra vez - por el atasco del que habíamos conseguido librarnos antes, pero con la ventaja de que, como el ratón que había conseguido el queso, en esta ocasión ya sabíamos por dónde NO debíamos ir, lo cual nos ahorró bastante tiempo.

Tras esa experiencia paranormal, la idea de dejar el coche en el parking nunca me pareció más acertada. Nuestra idea era conocer Oporto en profundidad y para eso era imprescindible olvidarse del coche. La lista de lugares a visitar era muy amplia y por eso decidimos contratar una visita guiada. Una visita que duraba dos horas y media, más el paseíto desde nuestro hotel hasta el lugar de partida de la visita: Monumento a Garrett, frente al Ayuntamiento de Oporto.

A la mañana siguiente, a la hora del desayuno continué con mi aprendizaje en el manejo de las máquinas de café y su infinita gama de diseños y matices. Además, los establecimientos, imagino que, con el objeto de evitar colas innecesarias, colocan un par – o más - de esos artefactos y a ser posible, todos diferentes, con lo que la sensación de desconcierto es aún mayor.

Tras el desayuno nos dejamos guiar por Google y conseguimos llegar hasta el lugar de la cita. Éramos los primeros, así que, a pesar del frío, nos tocó esperar a todo el grupo, incluido la guía. A partir de ese momento el grupo, compuesto por unas 10 o 12 personas, intentamos seguir – en ocasiones con la lengua fuera – el ritmo de marcha militar que nuestra guía, Ana, impuso. Era difícil de seguir porque Oporto es una ciudad en la que hay constantes pendientes, y la mitad – como mínimo - del itinerario fue cuesta arriba.

Uno de los aspectos que me llamó la atención fue comprobar que alguno de los miembros del grupo, viajaba solo. Para alguien como yo, que comer solo en una mesa con mantel lo percibo como una de las tristezas más grandes, lo de viajar se me escapa. Y sin embargo, esa no fue la última vez que me encontré con viajeros solitarios.

Sea como fuere, iniciamos nuestro recorrido por la Avenida de los Aliados, y luego nos arrastró por la Universidad, la Torre de los Clérigos, la estación de trenes de San Bento, para terminar frente a la Catedral, sin olvidar pasar frente a la librería más famosa de Oporto, vinculada a la serie de Harry Potter, que era fácilmente identificable por la kilométrica cola de personas que casi daba la vuelta a la manzana, ansiosas de pagar unos 12 euros por entrar, hacerse alguna foto o incluso – ¡qué rareza! – comprarse un libro. Al parecer, los propietarios hacía tiempo que se habían cansado de que la gente entrara, abarrotara el interior, se hiciera unas fotos y se marchara sin comprar nada. Por eso, decidieron que, para empezar, tenían que reservar y en cualquier caso, abonar una entrada que, en caso de adquirir algún libro, les sería descontada.

Todo ello y mucho más, sorteando la siempre persistente presencia de las obras de expansión del Metro, que obligaban a los peatones a circular por los lugares más insospechados, dando extraños rodeos, porque el camino más corto estaba lleno de camiones o maquinaria pesada.

Ana se despidió de nosotros frente a la Catedral, no sin antes, recibir en metálico lo que cada cual estimó oportuno, al tiempo que nos aconsejaba que no merecía la pena entrar a visitarla. También, por su experiencia, nos envió por WhatsApp un archivo PDF con una lista interminable de restaurantes que, a título personal, ella había ido confeccionando con los años. Tras lo cual, el grupo se disgregó.

Como era la hora de comer, pero, sobre todo, porque llevábamos sube que te sube y baja que te baja casi tres horas, yo necesitaba un lugar donde descansar y recuperar fuerzas.

En nuestro deambular por la ciudad vimos que, justo frente a la estación de Sao Bento, había algunas terrazas donde podríamos tomar una cerveza y comer algo, y aunque eso representaba volver por nuestros pasos y continuar nuestro camino calle arriba, la distancia nos pareció asequible. Y allí que fuimos.

Había dos o tres bares cuyas terrazas estaban bastante concurridas, pero al menos en una, parecía haber sitio libre. Antes de sentarnos, escudriñamos el escaparate para hacernos una idea de su oferta y vimos que tenía tanto salado como, principalmente, dulce. Como dice el refrán “a buen hambre, no hay pan duro”, así que tampoco necesitábamos un restaurante con estrellas Michelin. Pedimos una especie de empanada gallega rellena de no me acuerdo qué, que fue más que suficiente para saciar el apetito de los dos y acompañado de una jarra de cerveza.

Mientras descansábamos de la paliza que nos había dado Ana, observaba a las personas que circulaban por la calle. Era como asistir a un desfile. La boca de Metro de Sao Bento estaba a sólo unos pocos metros de donde estábamos sentados, así es que disponíamos de entrada de primera fila. Algo que me llamó mucho la atención fue el gran número de personas con rasgos orientales que pasaban por allí. No sé si todos ellos eran japoneses, pero lo parecían. Además, lucían las ropas y modelos más extravagantes que uno pudiera imaginarse. Una chica llevaba una minifalda tan corta que parecía un cinturón ancho; calzaba unas botas de suela gruesa y de media caña y adornaba su estilo con una amplia boina de color amarillo. Poco tiempo después, veía a una señora más mayor, con una capa. Más tarde, una pareja de novios. Tuve la impresión de que habían soltado allí a los pasajeros de un avión procedente de Tokio.

Lo de comer en ese sitio había sido un acierto porque disfrutábamos de un inesperado y gratuito espectáculo. Todo habría resultado mucho más agradable si no hubiera sido porque las palomas, las gaviotas y toda clase de aves perturbadoras de la paz, se peleaban entre ellas por los restos de quienes habían abandonado la mesa, cuando no, directamente intentaban atacar a las mesas que todavía estaban ocupadas, como la nuestra. Me faltaban manos para cortar un trozo de empanada con los cubiertos, coger la jarra de cerveza y espantar a los malditos pájaros que volaban a nuestro alrededor. Muchas veces me acordé de Hitchcock y me preocupé. Debía ser un problema bien conocido porque los camareros, de vez en cuando, salían disparados desde dentro del bar armados con su bandeja y haciendo todo el ruido que podían para ahuyentar a los bichos, que la verdad sea dicha, molestaban a sus clientes y mucho. 

Una vez que recuperamos las fuerzas continuamos vagando todavía por la zona un buen rato. Todavía quedaban unas tres horas antes de que empezara a anochecer y no era plan de meterse en el hotel, por muy destruidos que estuviéramos. Así, decidimos pasear por la Rua das Flores, una calle peatonal y llena de vida, que ofrece todo lo que uno pueda desear: bares, restaurantes, tiendas de moda, helados…

De alguna forma continuamos sorteando las obras, las vallas, la maquinaria y conseguimos llegar, subiendo calle arriba, hasta donde habíamos iniciado nuestra visita por la mañana, frente al edificio del Ayuntamiento. Allí decidimos que ya era suficiente por un día y llamamos a un UBER.

Eso fue otro de nuestros grandes descubrimientos: Uber. Cuando ya no teníamos más fuerza para seguir pateando la ciudad, o simplemente, por comodidad, llamábamos a un Uber y nos dejaba en la puerta del hotel. Y nunca nos costó más de 4 euros. ¡Un invento!

Después de refrescarnos un poco en la habitación, bajamos al bar del hotel a darnos un pequeño homenaje y tomarnos una copa. Nos lo habíamos ganado. Eran las siete de la tarde, hora local, pero era noche cerrada. En el bar, no había nadie. Le pregunté al recepcionista si nos podía atender alguien y al poco rato apareció un camarero que salió de las catacumbas de las cocinas. ¡Qué bien sabe un cubata en esas circunstancias!

© Carlos Usín 










domingo, marzo 01, 2026

IMPRESIONES DE UN VIAJERO (V).

Guimaraes.

 

Lo del GPS me parece el invento del milenio, en serio. Estamos tan acostumbrados a usarlo, incluso en el móvil, que ya nadie recuerda aquellos mapas de carreteras que se usaban antes de que la tecnología irrumpiera en nuestra vida. Y, sin embargo, fíjate tú, hay veces que echo de menos esos mapas de la Guía CAMPSA. Claro que a lo mejor tengo que explicar qué era eso de CAMPSA. Bueno, a lo que voy, que lo del GPS me parece estupendo, porque cuando te pierdes te coge de la manita y te devuelve al buen camino. Lo malo es cuando se hace un lío, no hay cobertura, cuando sus instrucciones no coinciden con la realidad, pero, sobre todo, cuando en una ciudad que no conoces, - que es justamente la razón fundamental por la que usas el GPS-, de repente te cambian el sentido de una calle o directamente te la cierran al tráfico. Y eso, exactamente eso, es lo que me pasó cuando llegué a Guimaraes: que la calle por la que debía circular, la habían cortado al tráfico porque había un accidente de dos coches que pensaron que tenían preferencia en un cruce.


En esos casos en los que el aparato se empeña en enviarte por el mal camino, deberías poder decirle que buscara una alternativa. Y sin duda, es posible, pero no mientras estás metido en un mogollón de tráfico, en una ciudad extraña y con matrícula española. Me costó un par de vueltas salir del círculo vicioso y por fin, encontré un lugar donde pude detenerme, poner los 4 intermitentes y buscar un parking lo más cerca posible del centro. Después de aparcarlo, lo cual siempre es un alivio, cogimos el paraguas por si acaso y nos dedicamos a vagar por la ciudad.

Pasear por las ciudades es como espiar los libros que tiene alguien en su biblioteca: te dice mucho de la persona o como en este caso, de la ciudad. Algo que me llamó mucho la atención fue la cantidad de ópticas que hay por todas partes. En España lo que abundan son bares y en Portugal ópticas. Otra de mis manías es la de analizar los escaparates de las zapaterías. Veo qué tipo de calzado ofrecen, el estilo y claro, los precios. En general, me pareció que en España las tiendas ofrecen más calzado de tipo deportivo, y en Portugal algo más clásico, más zapato de cuero, con buen diseño y en general, caro. Me pregunto cómo es posible que con el salario medio que hay en nuestro país vecino se puedan comprar esos zapatos que me parecieron buenos, de calidad, pero caros.

Otro de los aspectos que me llamó la atención fue los coches. La mayoría de los coches que veía eran Mercedes, BMW, Audi, Toyota, y, además, modelos ranchera, o SUV; coches grandes y parecían nuevos. Parecía que les sobrara el dinero.

Después de deambular un rato cotilleando tiendas, escaparates, bares y demás, giramos y nos encontramos con uno de los elementos más reconocidos e icónicos de Guimaraes: la iglesia de Nuestra Señora de Oliveira. En la misma plaza donde está ubicada elegimos uno de los muchos restaurantes que teníamos a nuestra disposición y entramos al interior.

En relación a los establecimientos de hostelería, otra cosa que me llamó la atención es que allí, en Portugal, ya pueden caer chuzos de punta, diluviar y no sé si nevar, pero no recogen las sillas, ni las mesas. Como mucho recogen las sombrillas y no creo que lo hagan siempre. Y algo que echamos de menos fue esa categoría tan española como es el mesón, la tasca. El típico bar en el que te tomas una cerveza y una ración de ensaladilla o un pincho de tortilla de patatas o si tienes “gusa” un bocadillo de calamares. En Portugal lo echamos de menos. Lo que nos encontramos eran cafeterías, pastelerías, en donde a veces, además de dulce vendían también salado, o restaurantes de cuchillo, tenedor y mantel. Pero por más que buscamos no vimos nada que se pareciera a un mesón. De todas formas, se come de vicio.

Teníamos tiempo de sobra para visitar lo más reseñable de la ciudad. Como siempre y un poco a sabiendas de que no era posible visitarlo todo, teníamos una larga lista de lugares: la Plaza Largo da Oliveira – que era donde estábamos -, el Castillo, el Palacio de los Duques de Braganza, el Santuario da Penha (Funicular), el Museo Alberto Sampaio, pasear por Rua de Santa María, visitar la Iglesia de Nossa Senhora da Consolaçao e Santos Passos, Largo de Toural, Largo da Misericordia.

Después de comer decidimos subir hasta el Castillo, ver el Palacio de los Duques de Braganza y por el camino nos encontramos paseando por la Rua de Santa María.

Como suele ser habitual, el Castillo estaba encaramado en lo alto de la ciudad, lo cual, si te acabas de comer una fabada o una “franceshina”, es ideal para echar los hígados. Menos mal que nos dio por una comida frugal y sana, porque en caso contrario habríamos fenecido a mitad de camino.


El paseo, a ritmo de caracol, sirvió para disfrutar de un entorno en el que era evidente que, en su momento, Guimaraes fue una ciudad esplendorosa. Todavía, hoy en día, guarda ese señorío que tienen algunos lugares, como, por ejemplo, El Escorial. Fue como un viaje en el tiempo. Era fácil imaginar a los nobles de la época, personas poderosas, ricas e influyentes, paseando con sus ricos ropajes por esas calles o circulando cómodamente instalados en sus carruajes, bellamente adornados y tirados por hermosos caballos. Las fastuosas fiestas que se ofrecían en esos bellos edificios, a cuál más lujosa y con invitados más importantes.

Los edificios que encontramos a nuestro paso hablaban con sus escudos y blasones de su pasado y del poder económico de sus propietarios, que rivalizaban, como suele ser costumbre, en disfrutar del palacete más grande, más lujoso o mejor adornado.


El pavimento, por ejemplo, no era de asfalto. Era una especie de adoquín, pero mucho más fino, más pequeño. Casi asemejaba un inmenso mosaico en el que las teselas se hubieran colocado una a una. El silencio sólo era alterado por las voces de un grupo de turistas japoneses que se bajó de un autobús.

Mientras caminábamos hasta la cima de la calle, se respiraba una atmósfera de paz y sosiego. Ni un papel en el suelo, en ninguna parte. Los parques y jardines perfectamente cuidados. Los cipreses escoltando a cada lado de la vía. Tan sólo las hojas de los árboles iban y venían a merced de la brisa que en ocasiones se levantaba.

Por fin, llegamos a la entrada del Palacio de los Duques de Braganza.

De su magnífica presencia y de su lujoso interior, da muestras el hecho de que en el pasado siglo xx, fue declarada residencia oficial del presidente de la República, en el norte de Portugal.

Tras la visita al Palacio, a continuación, pasamos a visitar el Castillo que estaba al lado.


Lamentablemente, he de decir que aparte de resultar un rompe piernas, de tanto subir y bajar, del castillo sólo quedan cuatro piedras mal puestas. Tan sólo se mantienen en pie algunos muros exteriores, pero todo el interior está totalmente derruido. En realidad, entra más bien en el terreno de ruina que de monumento.

Cansados de tanto andar de un lado al otro y de tanto subibaja, decidimos que ya era hora de emprender camino a nuestro siguiente destino. Por fortuna, ahora todo el trayecto hasta el parking era cuesta abajo.

Por el camino nos encontramos con una tienda de recuerdos, de esas que están abarrotadas de imanes para el frigorífico, y montones de objetos con el nombre de la ciudad y los símbolos que las identifican. Un tipo de negocio, por cierto, que suele estar regentado por personas de rasgos hindúes o pakistaníes en la mayoría de los comercios. Siendo fieles a nuestra costumbre y después de escudriñar la amplia oferta a nuestra disposición, elegimos uno y nos marchamos, dando por finalizada nuestra intensa visita a Guimaraes.

 

© Carlos Usín