Coímbra – Día2
El día comenzó, como no podía ser de otra manera, con el desafío de las cafeteras en el desayuno. En esta ocasión se habían esmerado, porque había tres tipos de cafetera diferentes. Era evidente que había una conjura demoníaca en mi contra. Justo antes de comenzar a llorar me acerqué a una de las camareras que atendía a los clientes y le pedí ayuda. Tras solucionar el reto del café de cada mañana quedaba la leche sin lactosa. En esta ocasión eran unos mini briks colocados justo encima de otra de las máquinas de café. Le di las gracias porque estaba aprendiendo mucho.
Después de coger fuerzas para el día que nos esperaba – de lo cual no éramos conscientes – nuestro primer objetivo era visitar la Catedral vieja. No parecía que fuera complicado encontrar un monumento como ese. Estábamos seguros de que por el camino y con la ayuda de Google, no tendríamos problemas. No tardamos mucho en comprobar que no fue exactamente así. En cualquier caso, nos pusimos en camino con ilusión. El día era espléndido, no teníamos ninguna prisa y pasaríamos la mañana callejeando por Coímbra.
El camino se iniciaba aquí.
Una vez que conseguimos coronar la primera loma, allí al fondo de la imagen, aprovechamos las estupendas vistas que teníamos para
Después, girando de nuevo a mano
izquierda, continuamos nuestra ascensión a los cielos.
Y subiendo
Y subiendo…y subiendo…y subiendo…y subiendo… yo miraba de vez en cuando atrás para ver en qué parte habían abandonado los sherpas la escalada, y no vi a ninguno.
Hasta que finalmente, exhaustos,
faltos de oxígeno, con la lengua fuera y las piernas y los tobillos machacados,
porque andar por ese empedrado tiene delito, conseguimos llegar a la Catedral
vieja.
Que digo yo, que no me explico
cómo pudo prosperar la religión católica allí si para ir a la Catedral tardabas
lo mismo que Felipe II en ir al Escorial.
Pero ahí no terminó nuestro vía
crucis.
Los peldaños para entrar en el
templo parecían haber sido diseñados por colosos. A punto estuve de pedir un
piolet para escaladores. Tal era la altura de los mismos. Era el remate final.
A mí, me temblaban las piernas y recogí el corazón del suelo, palpitante
todavía, un par de veces.
Aunque, por ver el interior
mereció la pena tanto esfuerzo.
Además de visitar el interior, también aprovechamos y visitamos el claustro. Y amigo, eso son palabras mayores.
Como curiosidad, cabe destacar
que todos los rosetones son diferentes unos de otros.
Después de recuperarnos,
decidimos que, ya que estábamos por allí, podríamos acercarnos a visitar la
Catedral nueva y ver qué tal. Para ello, tuvimos que continuar subiendo y
subiendo por esas callejuelas empedradas, donde a pesar de lo escarpado del terreno,
nunca dejabas de ver coches, algunos de ellos grandes. Que yo me preguntaba por
qué senderos habrán conseguido llegar hasta aquí y por dónde han salido del
vehículo si han aparcado pegado a la pared.
Apenas nos asomamos a las puertas
de entrada, vimos que la visita no merecía la pena pagar lo que se pedía.
Por otra parte, teníamos cerca la
universidad y visitar la famosa biblioteca, pero después de consultar los
datos, el acceso no parecía que fuera libre, había un horario y sobre todo un
coste, todo lo cual, nos impulsó montaña abajo.
Decidimos entonces retroceder
nuestros pasos, o por expresarlo más apropiadamente, a bajar desde lo alto de
la ciudad hasta el nivel del río.
Conseguimos llegar sanos y salvos
a una plaza, no lejos de nuestro hotel, en la que había varias terrazas donde
elegir el sentarse. Después de varias horas pateando las callejuelas de la
ciudad vieja y algunas de la nueva, necesitábamos más una silla y una cerveza
antes que una botella de oxígeno. Era muy agradable disfrutar de un día
soleado, tomando una cervecita tranquilamente en un bar, mientras se escuchaba
a alguien que se afanaba en tocar una guitarra española, con más interés que
acierto.
Nuestro siguiente objetivo era
cruzar el puente sobre el río Mondego, trasladarnos a la otra orilla y visitar
allí los Monasterios de Santa Clara, tanto el viejo como el nuevo.
De camino a la otra orilla, ver
el cauce del río, realmente impresiona. Sobre todo, a alguien como yo que no
había oído mencionar ese río en mi vida.
Lamentablemente, después de dar muchas vueltas y perdernos un poco, porque no estaba nada claro dónde estaba el monasterio y su correspondiente entrada, cuando llegamos a las puertas del Monasterio viejo, no era visitable porque estaba siendo restaurado. Así es que ni cortos ni perezosos, comenzamos el camino de penitencia hacia el nuevo, que, por supuesto, había que ir subiendo y subiendo.
Por supuesto, pedí bacalao. Creo
recordar que estaba gratinado sobre una cama de patatas panaderas y venía
acompañado de una fuente de arroz. El que no ha comido en Portugal no sabe lo
parecidos que son a sus primos los gallegos: las raciones son salvajes. Yo
estaba hambriento, pero salí de allí a gatas y no pude terminarlo todo. La
digestión la hicimos caminando hasta el hotel.
Para terminar el día y hacerlo
completo del todo, por la tarde fuimos a un concierto de fado en un local del centro, que pertenece
a una asociación que cuida y promueve el fado del estilo de Coímbra. Allí mismo
aprendimos que existen dos tipos diferentes de fado: el de Coímbra, que es
cantado exclusivamente por hombres y cuya temática está ligada a las
tradiciones académicas universitarias. Su atuendo recuerda mucho al de la tuna
española, aunque en este caso son mucho más austeros. Los grupos de músicos y
cantantes, visten el traje académico de pantalones, sotana y capa de color
negro. Nada de tiras, escarapelas y nada de color.
Por otro lado está el Fado de
Lisboa, que es Patrimonio Inmaterial de la Humanidad y se caracteriza por la
voz solista apasionada que canta - indistintamente tanto hombres como mujeres –
a la saudade (nostalgia), el fatalismo y la vida cotidiana.
Hubo un par de detalles nada
nimios que nos llamaron la atención y no nos gustaron demasiado. El primero fue
que, las exposiciones de la conductora del evento eran en portugués –
naturalmente – e inglés; no español. Estoy bastante seguro que en la reducida
sala de espectáculos con capacidad para apenas 20 o 30 personas, no éramos los
únicos españoles. Pero vale. En España no conozco ningún espectáculo en el que
se hable en otros idiomas y portugués. Sin problema.
Sin embargo, el segundo detalle
fue más hiriente.
El sonido característico del fado
reside en la guitarra portuguesa, como instrumento solista y como
acompañamiento, en este espectáculo, había otro individuo tocando la guitarra
española. Pues bien, la maestra de ceremonias que ilustraba a los presentes acerca
del fado, cuando le llegó el turno de presentar al músico que tocaba la
guitarra española, no se le ocurrió otra idea mejor que llamarla “viola de
acompañamiento”, en vez de decir, simplemente, guitarra española.
Es que es como el del chiste: que
uno dice que los franceses son muy raros porque al vino, lo llaman “vin”; vale.
Al pan, lo llaman “pain”, bueno. Pero que no entiende que, al queso, que se ve
que es un queso, lo llaman “fromage”. Pues en este caso pasa algo parecido.
Pero joder que es una guitarra española y la tocaba como se toca la guitarra
clásica española. Es decir, con el pie apoyado en el típico alzapié, la
guitarra apoyada en la misma pierna y el pulgar siempre por detrás de los
trastes.
Aparte de estos detalles, la
verdad es que me encantó. Siento algo especial cuando escucho una guitarra
portuguesa y una voz, preferiblemente femenina, entonando un fado. Y algo
similar me sucede cuando escucho a un bandoneón al que le arrebatan las notas
de un tango arrabalero.
Nuestra estancia en Coímbra había
tocado a su fin. Lo habíamos aprovechado al máximo, a pesar de no haber
visitado la biblioteca de la universidad. Al día siguiente, partiríamos hacia
nuestro nuevo destino.
© Carlos Usín