sábado, febrero 14, 2026

IMPRESIONES DE UN VIAJERO (III)

Hay lugares que en nuestra imaginación están ineludiblemente unidos a una atmósfera, a un paisaje, a un color. Esa es la imagen que tengo de Santiago: una ciudad monumental, con sus calles acondicionadas y diseñadas para evacuar el abundante agua de lluvia con la que son regadas o sus piedras empapadas por los frecuentes aguaceros que caen del cielo gris, a veces con saña, a veces con indolencia. Así nos recibió la capital: con una leve llovizna, que a ratos se convertía en un breve chaparrón y a veces, nos daba un pequeño respiro y escampaba.


Los aficionados al golf dicen que “es un deporte tan magnífico que se puede jugar incluso cuando hace sol”. Podría decir algo similar de Santiago: es hermosa por muchos motivos; y tal vez el mayor de todos sea disfrutar de su lluvia. Parece que, si a Santiago le quitas la lluvia es como un pote gallego sin alubias.

Descubrimos el hotel Hotel Virxe da Cerca el año 2024 por casualidad. Buscábamos alojamiento en el Parador de Santiago, pero al parecer estaban remodelándolo. En cuanto a estética y servicios, se parecen como un huevo a una castaña, pero el Virgen de la Cerca tiene una serie de puntos a su favor. Está a una distancia asumible del centro, del meollo de Santiago. Eso te permite ir andando tanto a la Catedral, como a la zona de restaurantes, tiendas y demás. También tenemos a tiro de piedra el mercado central y toda la zona de restaurantes y bares de alrededor. Y al mismo tiempo, estamos al abrigo del bullicio de una ciudad a rebosar de estudiantes, de turistas y de locales de restauración.

La habitación es abuhardillada y sus vigas de madera a la vista, le dan un ambiente íntimo, de calidez. No es que sea un palacio, pero es cómoda, confortable y está perfectamente aislada tanto del resto de habitaciones como del ruido de la calle y de las inclemencias del tiempo.

Desde el restaurante donde se sirve el desayuno, se contempla un amplio jardín a través de sus cristaleras. Estoy seguro de que, en verano debe ser delicioso desayunar en ese entorno, al aire libre.

Aunque el hotel no dispone de aparcamiento propio, sí que hay uno cubierto a la vuelta de la esquina y por 20€ por día, tienes el coche a buen recaudo. Por todo ello, nos decidimos en aquel momento y por eso mismo, hemos repetido. Incluso solicitamos que nos dieran la misma habitación y tuvimos suerte y nos la pudieron asignar.

La vez anterior, en 2024, nuestra idea fue conocer a fondo la ciudad y a fe mía que lo hicimos. Nos apuntamos a una visita organizada y durante tres horas nos tuvieron pateando Santiago, arriba y abajo. Y como prueba de ello, la foto que lo demuestra.

 

 

Por eso, en esta ocasión íbamos a tiro hecho. Nuestro objetivo era asistir al día siguiente, domingo, a la celebración del día de Cristo Rey, en la catedral, un acto en el que se utilizaría el botafumeiro. Esa era la razón de nuestra presencia, como lo fue el año anterior, aunque el año anterior, nuestra estancia fue más prolongada.

Llegamos al hotel algo después de las 15.00. Después de registrarnos y tomar posesión de nuestra habitación, teníamos que dilucidar qué decisión tomar con respecto a la comida. Entre unas cosas y otras, por mucha prisa que nos diéramos en ir andando a cualquier restaurante, llegaríamos a unas horas indecentes. Es más, muchos seguro que ya habían cerrado. Por otra parte, a pesar de la hora, tampoco es que estuviéramos famélicos. Tal vez, la culpa de esa sensación de inapetencia la tuviera el desayuno pantagruélico con el que nos habíamos regalado en Salamanca. Por todo ello, decidimos quedarnos en la habitación, relajarnos y salir más tarde cuando abrieran de nuevo los restaurantes para el horario de la cena.

Al igual que nos sucediera el día anterior en Salamanca, Santiago era una fiesta ese sábado noche. La zona donde se concentran todos los restaurantes estaba a rebosar. Todos los bares, cafeterías, mesones, tascas, estaban repletos de gentes de todas las edades, tanto lugareños como turistas. Todos buscaban – buscábamos – lo mismo.

Mientras intentábamos avanzar lentamente, como en una procesión de Semana Santa, sin tropezar con los que te precedían o los que venían en dirección contraria, echábamos un vistazo a izquierda y derecha para evaluar la inmensa variedad de productos y especialidades que se ofrecían en los escaparates y las cartas de precios expuestas en la entrada de los establecimientos. En nuestro caso teníamos casi decidido el sitio donde cenaríamos, pero, de todas formas, íbamos cotejando la oferta, los precios, por si nos encontráramos con algo apetecible.

Cuando llegamos a nuestro restaurante elegido, la Taberna O Boteco,  todavía no habían abierto. Debíamos esperar una hora.

Llovía con insistencia. La rua era un río de personas, yendo y viniendo, arriba y abajo, como corresponde a un sábado por la tarde-noche. Y todos con sus paraguas. Todo ello convertía el ir y venir en busca de refugio en una enorme molestia. Todos los locales estaban abarrotados, o no habían abierto, o tenían unos precios desorbitados. Tuvimos que guarecernos unos minutos bajo unos soportales para apartarnos de la multitud que a duras penas se movía por la calle, buscando, en la mayoría de los casos, lo mismo que nosotros.

Así es que, finalmente, conseguimos entrar en un abarrotado bar, donde había gente sobre la chepa de otros, y después de dar un par de codazos, tres navajazos y amenazar con la 9 “milímetros”, nos cedieron amablemente un lugar en la barra. Una vez acomodados, rendimos culto a dos copas de Albariño. Teníamos que ir dándole al cuerpo algo con lo que entretenerse antes de la cena.

Al salir del local, después de la cena, la lluvia nos dio un respiro. Las calles estaban menos concurridas, se respiraba un aire fresco, puro, limpio. El paseo de regreso hasta el hotel nos ayudaría a tener una digestión menos pesada.

Al día siguiente, disfrutamos de un excelente desayuno, donde no podía faltar la tarta de Santiago, entre otros manjares.

Aquí, el asunto del café se resolvió de la manera más sencilla. No era necesario realizar ningún curso intensivo en la Universidad de Wisconsin y en cuanto a la leche sin lactosa, sólo había que solicitarlo a alguna de las dos camareras que, enseguida depositaron una jarra en la mesa.

Después del opíparo almuerzo, asistimos puntuales al acto religioso en una Catedral abarrotada de público proveniente de todas partes del mundo.

Algo que, al parecer es tan habitual como inapropiado, es que hay muchas personas que acuden al templo a coger sitio en los mejores bancos, al tiempo que se las ingenian para colocar todo tipo de objetos con el fin de indicar que ese sitio ya está reservado a otras personas. La primera vez que lo vi me pareció un abuso y me recordó a esas personas que, en la vía pública, ocupan un espacio entre dos coches “reservando” esa plaza a un conductor que todavía no ha llegado. Pero, claro, no te vas a poner a discutir con alguien en medio de la catedral, no?

Terminado el cual, recogimos el equipaje del hotel y abandonamos Santiago, camino de nuestro siguiente destino.

© Carlos Usín.