Lisboa – día 2.
El comedor del hotel estaba tan abarrotado
de gente – muchos de ellos jóvenes - que aquello parecía un grupo de refugiados
hambrientos. Todos iban y venían con sus platos, una y otra vez, de su mesa al
buffet, para servirse de la amplia gama de suculentos productos, dulces y
salados, que estaban a su disposición.
En un descuido, me tiré en
plancha sobre una mesa y al grito de “por mí y por todos mis compañeros”, tomé
posesión de ella en nombre de mi amada esposa y el mío.
Mi desafío con las cafeteras se
iba convirtiendo en un máster cum laude. Mi experiencia acumulada de hoteles
pasados y el hecho de fijarme cómo lo hacían los demás clientes, cada vez me
proporcionaba más seguridad.
Intentábamos seguir el viejo
dicho de desayunar como un rey, comer como un príncipe y cenar como un mendigo,
pero lo adaptamos a nuestro peculiar modo de entenderlo. Lo de desayunar como
un rey lo llevábamos a rajatabla. Normalmente nuestro desayuno era mucho más
copioso que de costumbre, porque por lo general, después nos esperaba un duro
día de visita a cada ciudad. Y este era precisamente el caso, porque habíamos
contratado una visita guiada por Lisboa que nos iba a llevar dos horas y media
o tres andando por la capital. Así es que necesitábamos energías.
Después del desayuno teníamos unos veinte minutos caminando desde el
hotel hasta el punto de encuentro de nuestra visita, que estaba en el Obelisco de la
Praça dos Restauradores. Afortunadamente, el trayecto era recto y no
tuvimos mayores problemas, aparte de que la mañana era fresca.
Ana, nuestra guía comenzó por
pasar lista y aparte de comprobar que habías personas de todas partes de
España, me sorprendió, una vez más, el hecho de encontrar a viajeros
solitarios. En este caso había un chico que venía desde Barcelona y casi desde
el aeropuerto, y una chica que creo que venía del País Vasco.
Ya que estábamos allí reunidos,
Ana nos ilustró acerca del significado del obelisco, que conmemora la
independencia lograda por los restauradores portugueses en 1640, tras sesenta
años de dominación española.
A todos nos pareció un sitio
bastante peculiar para quedar. Es como si a un grupo de franceses se les citara
en el Arco del Triunfo en Moncloa y se les recordara que Goya pintó los
fusilamientos de los levantados el 2 de mayo.
Desde allí, visitamos la
emblemática plaza de Rossio, el Largo do Carmo, un lugar clave para
entender la Revolución de los Claveles. Más tarde, en vez de utilizar el
espectacular Elevador de Santa Justa, la guía nos obligó a subir a pie por
unas escaleras infernales. Al menos nosotros ya teníamos las piernas
entrenadas.
Después seguimos la ruta por
el barrio de Chiado, que viene a ser como el barrio de Huertas o Las
Letras en Madrid, un lugar asociado a la cultura, a lo bohemio, al menos,
antaño.
Para finalizar paseamos por la
majestuosa Rua Augusta y bajo su arco triunfal y terminamos – bastante
cansados- en la imponente plaza del Comercio.
Al terminar la visita oficial
teníamos dos opciones: la primera, escoger algún restaurante de los que había
por la zona, a lo que Ana, nos aconsejó que no cayéramos en la estúpida
tentación. La otra, era preguntar qué tranvía nos llevaba al Monasterio de
los Jerónimos. Y esa fue la que escogimos, porque la parada estaba a
escasos metros.
Como era previsible, todos
aprovechamos para preguntar por restaurantes aconsejables y Ana, guía experta,
prometió que nos enviaría un PDF con una larga lista de ellos y con
comentarios.
El tranvía era un vehículo
ultramoderno con pago electrónico incluido. Como era la primera vez, fue peor
que lo de mis problemas con las cafeteras de los hoteles, pero como los
portugueses son encantadores, me enseñaron cómo hacerlo. La última parada del tranvía nos dejó justo
frente al Monasterio, una de las visitas obligadas a Lisboa. No se puede
visitar la ciudad y perderse esta joya.
Después de la visita, cogimos de
vuelta el tranvía que nos devolvería hasta la Plaza del Comercio. Esa era la
teoría, porque la realidad fue que dos paradas antes de llegar al final del
trayecto, tuvimos que bajarnos todos porque al parecer el tranvía se había
estropeado.
A pesar de que llevábamos todo el
día para arriba y para abajo por todo Lisboa, tuvimos que andar todavía un poco
más hasta llegar a la plaza. Una vez allí habíamos consultado la guía en PDF
que nos había enviado nuestra guía por WhatsApp y habíamos visto que había una
zona, no muy lejos de la Plaza del Comercio, en la que nos aconsejaba visitar
porque había muchos restaurantes. Y con el Google en la mano, hacia allí que
nos fuimos.
Tardamos algo en llegar porque
nos desorientamos y a veces me entraban ganas de estampar el móvil contra
alguna pared, pero finalmente llegamos a la zona. Efectivamente, en la calle en
la que estábamos había más restaurantes que bares en la famosa “senda de los
elefantes” de Logroño. El problema que nos encontramos fue el horario. Allí, en
Portugal, son gente seria y esto del horario de los restaurantes lo llevan a
rajatabla. Por otra parte, nosotros, al ser sábado por la noche sabíamos que podríamos
tener problemas a la hora de encontrar mesa disponible, a pesar de que fuimos
con un poco de antelación a la hora de apertura. Y efectivamente tuvimos
problemas.
Comenzamos a estudiar las cartas
que ofrecían a las puertas de los restaurantes. Buscábamos uno donde sirvieran
comida típica portuguesa. Elegimos uno y cuando entramos nos hicieron la
pregunta del millón: “¿Tienen reserva?” Pues no, no teníamos reserva y ellos
estaban a tope. Muy amablemente la señorita nos recomendó otro, del mismo
propietario, que estaba unos metros más adelante. Nos acercamos hasta allí, y
aparte de que tenía más luces que El Corte Inglés en Navidad, era un italiano.
No tenemos nada contra la comida italiana, pero eso no era lo que nos había
llevado hasta allí.
Continuamos nuestras pesquisas
por el resto de restaurantes de la calle, descartando a diestro y siniestro,
por unos motivos u otros. En unos era necesario reservar con antelación, otros
tardarían en abrir más de una hora, etc. Al final, elegimos uno con la
esperanza de haber acertado. Queríamos cenar comida típica portuguesa.
El nombre del restaurante era Restaurante
Qosqo y era cocina peruana.
Dicen que cuando hay hambre no
hay pan duro. Nosotros llevábamos desde las 10 de la mañana pateando Lisboa,
con sólo un café y un pastelito en un breve descanso que nos permitió la guía y
había llegado el momento de sentarse, beberse una cerveza, aunque fuese
paraguaya, meter algo sólido y contundente para el cuerpo y ya hablaríamos de
cocina portuguesa en otro momento.
No cenamos mal ni mucho menos,
pero no deja de tener guasa que vayamos a Lisboa buscando cocina local y lo
único que teníamos disponible era un italiano y el peruano donde estábamos.
Después de cenar como príncipes y
no como mendigos, tal y como aconseja el saber popular, decidimos que ya era de
regresar a la habitación del hotel. Y fue entonces cuando, una vez más, aprecié
el magnífico invento que significa Uber.
© Carlos Usín