Hay lugares que en nuestra imaginación están ineludiblemente unidos a una atmósfera, a un paisaje, a un color. Esa es la imagen que tengo de Santiago: una ciudad monumental, con sus calles acondicionadas y diseñadas para evacuar el abundante agua de lluvia con la que son regadas o sus piedras empapadas por los frecuentes aguaceros que caen del cielo gris, a veces con saña, a veces con indolencia. Así nos recibió la capital: con una leve llovizna, que a ratos se convertía en un breve chaparrón y a veces, nos daba un pequeño respiro y escampaba.
Los aficionados al golf dicen que “es un deporte tan magnífico que se puede jugar incluso cuando hace sol”. Podría decir algo similar de Santiago: es hermosa por muchos motivos; y tal vez el mayor de todos sea disfrutar de su lluvia. Parece que, si a Santiago le quitas la lluvia es como un pote gallego sin alubias.
Descubrimos el hotel Hotel Virxe da
Cerca el año 2024 por casualidad. Buscábamos alojamiento en el Parador de
Santiago, pero al parecer estaban remodelándolo. En cuanto a estética y
servicios, se parecen como un huevo a una castaña, pero el Virgen de la Cerca
tiene una serie de puntos a su favor. Está a una distancia asumible del centro,
del meollo de Santiago. Eso te permite ir andando tanto a la Catedral, como a
la zona de restaurantes, tiendas y demás. También tenemos a tiro de piedra el
mercado central y toda la zona de restaurantes y bares de alrededor. Y al mismo
tiempo, estamos al abrigo del bullicio de una ciudad a rebosar de estudiantes,
de turistas y de locales de restauración.
La habitación es abuhardillada y
sus vigas de madera a la vista, le dan un ambiente íntimo, de calidez. No es
que sea un palacio, pero es cómoda, confortable y está perfectamente aislada
tanto del resto de habitaciones como del ruido de la calle y de las
inclemencias del tiempo.
Desde el restaurante donde se
sirve el desayuno, se contempla un amplio jardín a través de sus cristaleras.
Estoy seguro de que, en verano debe ser delicioso desayunar en ese entorno, al
aire libre.
Aunque el hotel no dispone de
aparcamiento propio, sí que hay uno cubierto a la vuelta de la esquina y por
20€ por día, tienes el coche a buen recaudo. Por todo ello, nos decidimos en
aquel momento y por eso mismo, hemos repetido. Incluso solicitamos que nos
dieran la misma habitación y tuvimos suerte y nos la pudieron asignar.
La vez anterior, en 2024, nuestra
idea fue conocer a fondo la ciudad y a fe mía que lo hicimos. Nos apuntamos a
una visita organizada y durante tres horas nos tuvieron pateando Santiago,
arriba y abajo. Y como prueba de ello, la foto que lo demuestra.
Llegamos al hotel algo después de
las 15.00. Después de registrarnos y tomar posesión de nuestra habitación,
teníamos que dilucidar qué decisión tomar con respecto a la comida. Entre unas
cosas y otras, por mucha prisa que nos diéramos en ir andando a cualquier
restaurante, llegaríamos a unas horas indecentes. Es más, muchos seguro que ya
habían cerrado. Por otra parte, a pesar de la hora, tampoco es que estuviéramos
famélicos. Tal vez, la culpa de esa sensación de inapetencia la tuviera el
desayuno pantagruélico con el que nos habíamos regalado en Salamanca. Por todo
ello, decidimos quedarnos en la habitación, relajarnos y salir más tarde cuando
abrieran de nuevo los restaurantes para el horario de la cena.
Al igual que nos sucediera el día
anterior en Salamanca, Santiago era una fiesta ese sábado noche. La zona donde
se concentran todos los restaurantes estaba a rebosar. Todos los bares,
cafeterías, mesones, tascas, estaban repletos de gentes de todas las edades,
tanto lugareños como turistas. Todos buscaban – buscábamos – lo mismo.
Mientras intentábamos avanzar
lentamente, como en una procesión de Semana Santa, sin tropezar con los que te
precedían o los que venían en dirección contraria, echábamos un vistazo a
izquierda y derecha para evaluar la inmensa variedad de productos y
especialidades que se ofrecían en los escaparates y las cartas de precios
expuestas en la entrada de los establecimientos. En nuestro caso teníamos casi
decidido el sitio donde cenaríamos, pero, de todas formas, íbamos cotejando la
oferta, los precios, por si nos encontráramos con algo apetecible.
Cuando llegamos a nuestro
restaurante elegido, la Taberna O Boteco,
todavía no habían abierto. Debíamos
esperar una hora.
Llovía con insistencia. La rua
era un río de personas, yendo y viniendo, arriba y abajo, como corresponde a un
sábado por la tarde-noche. Y todos con sus paraguas. Todo ello convertía el ir
y venir en busca de refugio en una enorme molestia. Todos los locales estaban
abarrotados, o no habían abierto, o tenían unos precios desorbitados. Tuvimos
que guarecernos unos minutos bajo unos soportales para apartarnos de la
multitud que a duras penas se movía por la calle, buscando, en la mayoría de
los casos, lo mismo que nosotros.
Así es que, finalmente, conseguimos
entrar en un abarrotado bar, donde había gente sobre la chepa de otros, y
después de dar un par de codazos, tres navajazos y amenazar con la 9 “milímetros”,
nos cedieron amablemente un lugar en la barra. Una vez acomodados, rendimos
culto a dos copas de Albariño. Teníamos que ir dándole al cuerpo algo con lo
que entretenerse antes de la cena.
Al salir del local, después de la
cena, la lluvia nos dio un respiro. Las calles estaban menos concurridas, se
respiraba un aire fresco, puro, limpio. El paseo de regreso hasta el hotel nos
ayudaría a tener una digestión menos pesada.
Al día siguiente, disfrutamos de
un excelente desayuno, donde no podía faltar la tarta de Santiago, entre otros
manjares.
Aquí, el asunto del café se
resolvió de la manera más sencilla. No era necesario realizar ningún curso
intensivo en la Universidad de Wisconsin y en cuanto a la leche sin lactosa,
sólo había que solicitarlo a alguna de las dos camareras que, enseguida
depositaron una jarra en la mesa.
Después del opíparo almuerzo, asistimos
puntuales al acto religioso en una Catedral abarrotada de público proveniente
de todas partes del mundo.
Algo que, al parecer es tan
habitual como inapropiado, es que hay muchas personas que acuden al templo a
coger sitio en los mejores bancos, al tiempo que se las ingenian para colocar
todo tipo de objetos con el fin de indicar que ese sitio ya está reservado a
otras personas. La primera vez que lo vi me pareció un abuso y me recordó a
esas personas que, en la vía pública, ocupan un espacio entre dos coches
“reservando” esa plaza a un conductor que todavía no ha llegado. Pero, claro,
no te vas a poner a discutir con alguien en medio de la catedral, no?
Terminado el cual, recogimos el
equipaje del hotel y abandonamos Santiago, camino de nuestro siguiente destino.
© Carlos Usín.