Oporto día 3.
El día anterior nuestra guía, Ana, nos dio un buen paseo por la
ciudad, aunque usar el término “paseo” no define bien el ritmo que imprimió y
que, con bastante frecuencia, la obligó a detenerse para esperar a los
rezagados. Un paseo aderezado en ocasiones con bromas, chistes y chascarrillos
para hacer que la visita fuera más agradable y también historia. Historia en la
que no podía faltar una referencia a la “Revolución de los claveles” y a las
razones que impulsaron a esa decisión. Historia de cómo Oliveira Salazar entró
en un primer gobierno, como ministro, de cómo terminó haciéndose con el poder
omnímodo y de cómo lo ejerció de forma criminal durante décadas. Y todo esto
nos lo contaba apostados a un costado de un edificio situado en la zona llamada
de Cordoaria, que nos servía – poco, la verdad – para resguardarnos del intenso
aire frío que corría en esos momentos. El edificio que sirvió de cárcel (Cadeia
da Relação ) y que funcionaba como cárcel y centro de detención de la PIDE
(policía secreta) para los represaliados políticos y que estaba frente a otro
en el que se juzgaban a los mismos; es decir, que en uno te juzgaban, te
sentenciaban en menos que cantaba un gallo, cruzabas la plaza y desaparecías,
generalmente para siempre, en las tripas del otro. Estábamos en el centro de la
represión Salazarista. Hoy se conoce como Campo dos Mártires da Pátria.
El Uber nos recogió en la puerta del hotel y nos depositó en la gran plaza donde se ubica la Bolsa.
Es genial eso de subirse a un taxi sabiendo de antemano el precioQué sensación de independencia
saber que tu coche está a buen recaudo y que el que se sabe los trucos para evitar
un atasco, es el que conduce y tú vas cómodamente instalado en el asiento
trasero. Y cuando has llegado a tu destino, saludas, te bajas y todo está
abonado.
Antes de entrar al edificio de la
Bolsa disfrutamos del día soleado e imprimimos un ritmo lento a nuestra visita.
Desde luego, el aspecto exterior del Palacio de la Bolsa era imponente. Justo
enfrente y en medio de unos cuidados jardines, un monumento dedicado a Henrique
“el navegante” daba nombre a la plaza donde estaba ubicado, y al otro lado, el
Mercado de Oporto, completaban la escena.
Fue más tarde, al entrar
físicamente en el edificio cuando nos llevamos el chasco. Nadie nos había
advertido de que la entrada costaba 14€, o sea, 28€ y por ahí no íbamos a
pasar.
De mis viajes anteriores a
Portugal guardaba la agradable sensación de que muchos de los lugares que
visité, eran de acceso gratuito. Sin embargo, ahora, fueras donde fueras, había
que pasar por taquilla antes, lo cual, en principio no estaba mal; lo que era
inaceptable era el precio. Así que, decidimos que podríamos vivir el resto de
nuestra vida sin conocer el interior de la Bolsa de Oporto y nos fuimos por
donde habíamos entrado.
A la salida nos dirigimos calle abajo hacia el río y su majestuosa presencia. Contemplamos cómo algunos cruceros fluviales paseaban a los turistas de un lado a otro del río; algunas embarcaciones típicas llamadas “rabelos”, servían más para el recuerdo amarradas a su atracadero.
Escogimos una pastelería para descansar de nuestro largo paseo –
esto sí que era un paseo – y tomarnos un café. No era muy grande
pero lo que ofrecía parecía apetitoso. El café y los pasteles en
Portugal siempre son excelentes y después de andar un buen rato,
más.
nos resguardaba del implacable sol, observaba entre bocado y
bocado del pastel, el ir y venir de las gentes, la mayoría turistas. Una
vez más, como ya me pasara el día anterior, me sorprendió la
cantidad de personas con rasgos orientales. ¡Había “japoneses” por
todas partes, solos o en compañía! Era realmente curioso.
Después, decidimos abandonar la zona y comenzamos a subir sin un
rumbo fijo, zascandileando por las calles del barrio. Me apetecía
perderme por el antiguo barrio marinero, con sus callejuelas
umbrías, húmedas, sus paredes desconchadas y descoloridas, sus
calzadas empedradas y sus sempiternas ropas tendidas en sus
fachadas.
La mayoría de los negocios permanecían cerrados, lo cual, junto con
los escasos coches que circulaban, contribuía a la sensación de
tranquilidad que se respiraba.
conocíamos mejor la ciudad, fuimos ascendiendo hasta que, de
nuevo, como el día anterior, terminamos sentándonos en la misma
terraza del bar en el que con una mano comías y con la otra
espantabas a los pájaros.
Decidimos improvisar sobre la
marcha dónde comer cada día, sin
horarios ni imposiciones. Y después
de haber subido desde el río hasta
allí, el pastel y el café, hacía ya rato
que habían
sido amortizados.
Al terminar de comer, acudimos al
reclamo de una música algo
estridente que, si bien a nosotros
nos incomodaba un poco, no me
imagino el malestar de los vecinos
que vivieran por allí. Seguimos la
pista de los decibelios hasta un
mercadillo de reducidas dimensiones, ubicado entre varios bloques
que lo rodeaban. Estuvimos cotilleando por los diferentes puestos y
lo que vimos no solamente no nos gustó, sino que consideramos que,
además, era muy caro. Aquello más que un mercadillo se parecía
más al Rastro de Madrid. Productos nada atractivos, ni originales, ni
de calidad y, sin embargo, con un precio desproporcionadamente alto
para lo que
era.
Continuamos nuestra marcha ascendente a un ritmo similar al que se
usa en la alta montaña. Cualquiera habría dicho que estábamos en el
Himalaya y con nieve hasta la rodilla. Aun así, conseguimos llegar,
otra vez, a un punto bien conocido: el ayuntamiento de Oporto y
desde allí, nuevamente, tiramos de Uber para terminar en la
confortable habitación del hotel y descansar de nuestra escalada.
Por la noche, y después de
consultar largo y tendido con Google, elegimos un restaurante cercano al hotel.
La publicidad decía que era vegetariano, tenía buenas críticas y, además,
podíamos ir andando. Ni siquiera necesitábamos un Uber.
Encontrar el sitio no fue muy
complicado. Lo complicado empezó cuando entramos. Para empezar, es complicado
describirlo, pero desde luego, no parecía un restaurante; al menos, no lo que
normalmente se entiende como tal. Daba la impresión de que, en su día, podría
haber sido un taller mecánico, una tienda de ropa o algún tipo de negocio
puerta calle, y que con el tiempo y por estar ubicado en una calle anodina y
sin peatones, decidieron convertirlo en una suerte de restaurante.
Tras pasar el umbral de la puerta
uno se encuentra en un espacio amplio, con unas mesas minúsculas pegadas a la
pared de la derecha, mientras en la izquierda y en forma de L, se observa algo
parecido a unos sofás, - más bien colchonetas - que parecían reposar sobre unas
cajas que otrora contuvieron plátanos o algún tipo de alimento que se vende en
un mercado de abastos.
De frente y después de subir un
pequeño escalón, a la derecha hay una barra y justo detrás, una cocina que
parece de la Señorita Pepis: de juguete. Sin embargo, hay un salón con varias
mesas de tamaño normal, todas ellas ocupadas y más al fondo, detrás de los
cristales, un jardín con más mesas, que probablemente en verano sería delicioso
disfrutar, pero esa noche hacía una rasca curiosa.
Para terminar de desconcertarme,
a la izquierda, justo frente a la barra y las mesas, había una tarima que hacía
las veces de pequeño escenario. Allí, al parecer iba a suceder algo al cabo de
un tiempo esa misma noche.
Supongo que sería por la cara de
incrédulo que se me había quedado o simplemente por la vestimenta, que no
encajaba con la del resto de los allí presentes, todos de seis generaciones
posteriores a la mía, se acercó la que parecía la propietaria del local. Me
preguntó si tenía reserva y de nuevo, me sorprendió que un lugar así admitiera
reservas. Le dije que no y cuando me preguntó si quería una mesa donde estaba
el escenario, le dije que tampoco. Entonces nos mandó a la entrada, a una de
esas mesas minúsculas pegada a la pared.
Lo malo de ese sitio no era el
tamaño de la mesa, en la que a duras penas cabía un plato y los cubiertos. Lo
malo era que cada vez que alguien entraba desde la calle, casi le dábamos la
bienvenida y el aire frío inundaba la estancia.
La señora, encantadora, nos
indicó que la carta la podíamos leer con el QR “que aparece en sus pantallas” y
yo le dije que no, que quería una carta en papel. Mientras decidíamos el menú,
le pedimos una cerveza para poder sobrellevar el impacto.
Después del primer impacto acerca
del interior del local, el segundo vino cuando nos entregaron la carta.
Nosotros habíamos elegido el restaurante vegetariano pensando en que
utilizarían recetas y productos, al menos, portugueses o tal vez, de la zona de
Oporto. Sin embargo, en la carta se mencionaba que el estilo de la cocina era
de Perú. No es que tenga nada en contra de la cocina peruana, pero no deja de
ser irónico que, busquemos un restaurante autóctono y nos encontremos uno
andino. Pero ahí no terminó el tema de las sorpresas.
Después de estudiar sesudamente
la oferta, pedimos dos platos iguales. Al cabo de un rato vino la señora a
disculparse porque no tenía elementos suficientes para confeccionar dos platos.
Sólo podía servir uno. Vale. Entonces yo cambié y elegí otro del menú. Al cabo
de un rato, la señora regresó nuevamente, a pedir mil disculpas casi de
rodillas porque para ese plato, tampoco lo podía servir porque le faltaban
ingredientes. Llegados a ese punto estuve en un tris de decirle “pues tráigame
lo que le salga del lerele”, pero me contuve por el riesgo que ello conllevaba.
Ya ni recuerdo lo que cené, pero sí
recuerdo que llevaba carne picada.
Vamos a un vegetariano para
terminar comiendo carne.
Se disculpó un millón de veces y
nosotros no quisimos avergonzarla más de lo que ya lo estaba.
De regreso al hotel pasamos por
delante de varios restaurantes que habíamos visto en nuestra búsqueda. Un par
de ellos estaban cerrados y el otro, que tenía aspecto de ser un restaurante
normal, con la carta a la puerta del establecimiento y todo, tenía precios para
turistas.
Y así terminó nuestro último día
en Oporto. A la mañana siguiente, iniciaríamos camino para nuestro siguiente
destino.