Josefina nació en el seno de una familia acomodada. Acudió, como era preceptivo, a un colegio selecto donde, además de las asignaturas habituales, recibió clases de costura, de bordado, de punto de cruz y de macramé, todo ello muy útil para la función para la que estaba destinada, que no era otra que la de servir de esposa fiel y amantísima de un señor. Su madre, además, a nivel particular y como buena vasca, completó su formación y la enseñó a cocinar. Que no se diga jamás que una vasca no sabe cocinar. Sería tanto como decir que a un escocés no le gusta el whisky.
A pesar de lo
bien que pintaban las cosas, la vida, a veces, se encarga de ponernos a prueba.
En el caso de Josefina sucedió que su padre falleció cuando era una adolescente.
Al terminar los
estudios y acceder a la mayoría de edad legal, también se le abrieron las
puertas a la parte de la herencia de su padre. Ello le permitió disponer de
fondos suficientes para poder organizar su vida sin demasiados agobios. Por
eso, después de haber realizado algún curso de formación, tuvo su primer
negocio. Pero le duró poco. A los tres meses tuvo que cerrar. Con un
cierto espíritu emprendedor, aunque sin la base de conocimientos necesarios, decidió
que su futuro estaba en el mundo de las flores y las plantas y montó una
floristería, que no tardó demasiado tiempo en seguir el mismo camino que el
negocio anterior.
Josefina era una
mujer joven, educada y muy atractiva. No le costaba trabajo establecer una
conversación y todo ello, en su conjunto, le fue facilitando el acceso a
diferentes trabajos para los cuales no se necesitaba ninguna capacitación
específica y notable, al margen de tener don de gentes y saber estar. Fue así
como, con el transcurrir de los años, se vio rodeada por gente con alto poder
adquisitivo, alto nivel de vida e incluso alguno de ellos, más de uno, le
propuso matrimonio, algo a lo que Josefina, siempre se negó. Ella siempre quiso
mantener su independencia por encima de cualquier otra consideración.
Los años fueron
pasando y con ellos la juventud. Tuvo diversos negocios e inversiones que, en
general, fueron compensando pérdidas y ganancias unos con otros, hasta que hace
unos pocos años, invirtió todo el dinero que le quedaba, con la esperanza de
que alguien diera duros a peseta. Y claro, al final pasó lo que tenía que pasar.
La inversión supuso lo que Cuba para España: la pérdida de sus últimas
posesiones, con el agravante de que la hipoteca de su casa, no estaba pagada.
Josefina,
aquella joven atractiva, educada en un ambiente selecto y que disfrutó de los
placeres en su madurez, hace ya tiempo que entró a formar parte de eso que se
conoce como la tercera edad.
Arruinada, con
el banco persiguiéndola por el pago de la hipoteca; la comunidad de propietarios
reclamando sus cuotas; sin más ingresos que un triste subsidio que apenas le
daba para comer, se vio en la necesidad de alquilar una de las habitaciones de
su casa. Y así pasó bastantes años de penurias y renuncias. Nunca pasó por su
imaginación poner en práctica los conocimientos que como cocinera le transmitió
su madre. Jamás intentó conseguir salir del profundo hoyo en el que estaba a
través de sus propios medios. Su espíritu intrépido a la hora de invertir en
negocios de rentabilidad y viabilidad discutibles, no le llegó para tanto.
Después de todo,
Josefina consiguió vender su casa por el método de la nuda propiedad; es decir,
que legalmente la vivienda es de otra persona, pero ella tiene el usufructo
hasta que se muera.
En cuanto tuvo
dinero en metálico lo primero que hizo fue comprarse un coche. De segunda mano,
claro. Y siguiendo con su inveterada costumbre de peregrinar de fiasco en
fiasco en los negocios, invirtió en algo que, a todas luces era una estafa,
como así se lo indicó un viejo conocido, quien, por cierto, tiene sus
capacidades mentales algo disminuidas y convierte a Forrest Gump en un genio.
Hoy, Josefina,
está sola. Ahora se lamenta de decisiones que tomó en el pasado, algo tan
comprensible como inútil. Echa de menos a personas a las que ella misma apartó
de su compañía y que, para más inri, ya han fallecido. Añora los tiempos de
vino y rosas. A su lado ya no están aquellos que, en los momentos de las vacas
gordas, de vacaciones en yates, de viajes de lujo, compartían con ella los días,
algunas noches y se decían sus amigos.
Hoy, Josefina no
encuentra consuelo a su desdicha. No fue
educada para afrontar situaciones así. Nunca tuvo el carácter para pelear por
conseguir un trabajo. La vida le fue excesivamente plácida.
Conozco a
personas cuyas abuelas en su día tuvieron que huir de la Revolución Bolchevique
de 1917 y con más de 40 años, abandonar Moscú, coger a sus hijos de la mano y
salir huyendo. Y llegaron a París, con una mano delante y otra detrás, y
salieron a flote. Pero se necesita carácter, ánimo, espíritu de lucha y ganas
de pelear.
Josefina, ahora
que ha conseguido salir del profundo hoyo en el que estuvo durante años,
intenta inútilmente, revivir aquellos años de esplendor, donde podía gastar sin
miramientos el dinero que le venía fácil.
Cada día más me
recuerda a ese personaje interpretado magistralmente por Cate Blanchet, en la
película de Woody Allen, “Blue Jasmine”. Una mujer que después de vivir en la
opulencia se ve arrojada a sobrevivir en un mundo que ella siempre consideró
inferior, casi obsceno.
© Carlos Usín