sábado, enero 31, 2026

IMPRESIONES DE UN VIAJERO (I)

Siempre que organizo un viaje me excito como esos perros Jack Russell terrier justo cuando les abren las puertas de sus jaulas y los sueltan al campo. Son un torbellino de energía. Huelen la acción, corren sin ningún destino fijo olisqueando todo lo que hay alrededor, el aire, el campo; ladrando a la espera de que el amo le dé las órdenes oportunas. Se comportan como un explorador incansable, valiente y con un altísimo instinto cazador, aprovechando su energía inagotable para correr, olfatear y cavar.


Galicia tiene un lugar privilegiado en mi memoria. Siendo muy niño, mis veraneos en un pueblecito de la costa de Lugo, me proporcionan los mejores recuerdos de toda mi infancia. Así es que regresar a Galicia, a cualquier parte, siempre lleva una carga muy importante de nostalgia.

En esta ocasión había diseñado un viaje en el que se mezclaban objetivos puramente hedonistas, con otros terapéuticos. En concreto, pensábamos disfrutar de un magnífico hotel de 4*, de su balneario con sus tratamientos, y aparte, del infinito tesoro paisajístico, cultural y gastronómico de la zona.

El pequeño inconveniente es que Galicia está a más de mil kilómetros de mi casa. El problema no es de Galicia, que lleva ahí toda la vida. El problema es que viviendo donde vivo quiero ir donde quiero ir. Y eso conlleva algunas limitaciones y por eso la planificación lo es todo si quieres que la experiencia sea perfecta.

Nuestro plan de vacaciones estaba diseñado al detalle, como el Día D: los itinerarios, tanto el de ida como el de vuelta, las visitas turísticas, las paradas obligadas. Todas las reservas confirmadas. No había lugar a la sorpresa.

Dada la distancia hasta nuestro destino final era más prudente hacer un alto en el camino y pernoctar en un lugar más o menos a mitad de camino. El Parador Nacional Casa de Insua, es el único establecimiento perteneciente a la cadena y situado en el país vecino.

Un lugar de ensueño, un oasis de paz, de quietud, donde, mientras tomas una copa de bienvenida en el jardín, no se escucha ningún sonido, ni siquiera el de los pájaros, los grillos o las cigarras, que parece que han decidido enmudecer para no perturbar el descanso. Un lugar en el cual, hasta el tañer de la campana de la iglesia cercana, se realiza con tanto mimo, que cuesta un poco escucharlo. Se diría que el campanero la ha forrado y pide perdón con cada golpe de tan suave que es. Un lugar que invita al recogimiento y a pasear por sus extensos y bien cuidados jardines. O si lo deseas, también puedes disfrutar de su piscina, de los vinos y quesos que producen en la finca y de la cerámica que ofrecen a los huéspedes. El lugar ideal para ir acostumbrando al cuerpo a toda clase de futuros lujos y placeres terrenales como masajes, piscinas termales, spa, albariño, pulpo a feira y demás.

A la mañana siguiente y después de la noche de relax, la tentación de la variedad del bufet del desayuno hacía difícil cualquier elección, ya fuera dulce, salado o una mezcla de ambos. El servicio por parte del personal, magnífico como siempre y encantadores.

Tras el generoso desayuno retomamos nuestro camino y nos dirigimos a nuestro destino a unos 400 kilómetros, en tierras gallegas.

Cualquiera que haya utilizado la autopista de peaje AP-9 seguramente compartirá conmigo la sensación de que detrás de cada repecho, de cada curva, hay un control de pago y que casi tienes que ir con la tarjeta de crédito entre los dientes para ganar tiempo.

Después de sortear semejante “sablazo”, por fin, conseguimos llegar a nuestro destino.

Y ahí, justo en ese momento, fue cuando empezaron a surgir las sorpresas. Esas que no estaban previstas.

La primera fue el parking. Había, sí, un recinto en el exterior del hotel habilitado para tal uso, pero absolutamente insuficiente para albergar a todos los vehículos de los clientes del hotel. Además, no es que estuviera a la puerta, precisamente. Lo curioso es que ese recinto se cerraba por la noche y se volvía a abrir por la mañana, como si en vez de coches hubiera vacas o respondiera a un toque de queda. Me pregunté qué hacían los clientes del hotel si se les ocurría salir por la noche a cenar y se encontraban con que la puerta estaba cerrada. Y a continuación, la respuesta más lógica: allí no se movía nadie a partir de las 20.00.

Además, las plazas eran tan estrechas que una vez habías aparcado el coche, para salir de él tenías que utilizar alguno de los artilugios de James Bond, como el asiento eyectable, por ejemplo, porque no había espacio para abrir la puerta y sacar el cuerpo. Pero en mi caso mi problema era otro: el parking estaba a rebosar. Así es que debía encontrar un lugar donde poder aparcar el coche. Y más tarde, cuando consiguiera llegar hasta el hotel, ya vería cómo acarrearía con las maletas y las bolsas por jardines y aledaños hasta llegar a la Recepción.

Dejamos el coche con el equipaje en el maletero justo frente al edificio del Concello, en las inmediaciones del hotel, y nos encaminamos allí.

Eran las 14.30 y habíamos cumplido nuestro objetivo de llegar a tiempo para la hora de la comida. Una cosa es que los hoteles no pongan a tu disposición la habitación hasta las 15.00 horas, oficialmente, y otra que pretendas comer a según qué horas.

Segunda sorpresa: al llegar a Recepción nos confirmaron que, tal y como suponíamos, la habitación no estaría disponible hasta las 15.00. Así las cosas, no quedaba otra alternativa que proceder a comer.

La tercera sorpresa fue el restaurante.

En un hotel de 4 estrellas no me esperaba que el comedor me recordara tanto al que tenía la soldadesca en la Base Aérea de Torrejón, en 1976, cuando un servidor estaba haciendo la mili.

Los manteles y las servilletas eran de papel blanco. Los cubiertos, los platos y los vasos, había que servirse como si estuvieras en el IKEA. Al menos no eran de plástico. Las camareras, que no vestían uniforme, iban retirando los platos sucios y empujando por todo el comedor unos carritos que parecía que los habían comprado en Aliexpress.

Al echar un vistazo general al comedor el panorama era desalentador. Por el aspecto de los comensales uno podría pensar que estaba en un geriátrico en hora de visita de los familiares.

Al igual que en IKEA, todas las comidas que se servían en el hotel eran estilo bufet. Allí no había carta, ni menú, ni maître, ni nada parecido. Tan solo unas bandejas colocadas sobre un mueble, una al lado de otra.

Al parecer, los allí presentes habían madrugado para llegar antes al restaurante y ya habían dado buena cuenta de lo ofrecido, porque alguna de las bandejas estaba medio vacía, y otras vacías del todo. Nuestro sueño de disfrutar de la deliciosa cocina gallega se había convertido en una ilusión.

Después de comer nos acercamos a Recepción para inscribirnos y que nos dieran una habitación. Antes de hacer una excursión hasta el coche y traer las maletas, era más prudente verla primero.

Subimos inmediatamente. El cuarto de baño era de dimensiones reducidas y para entrar en la bañera, era tan alta, que necesitabas la ayuda de un sherpa. Algo poco útil teniendo en cuenta que a la mayoría de los clientes les costaba un serio esfuerzo levantar una pierna hasta esa altura. Pero el mayor peligro no era la entrada en la bañera: era la salida. A pesar de eso, todo parecía correcto; así que, regresamos adonde habíamos aparcado el coche a recoger las maletas.

Mientras intentaba llegar sano y salvo al hotel, cargado con las maletas, arrastrándolas, me vino a la cabeza la imagen de Robert De Niro en la película “La Misión”, cuando hacía lo propio con todos los enseres de su hermano – al que había matado en una reyerta - y lo arrastraba como una pesada carga por toda la selva. Era pleno mes de agosto, calculo que recorrí cerca de 200 metros con el equipaje y tuve que hacer breves descansos para recuperar el resuello. Hasta Galicia llegó la ola de calor que asfixiaba a toda España. Sudaba como en una sauna y la idea de llegar a la habitación y comenzar a disfrutar del aire acondicionado me daba ánimos.

¡Iluso!

Una vez en la habitación y mientras deshacíamos las maletas y organizábamos todo, empezamos a comprobar que el aire acondicionado no enfriaba. Cuando terminamos de organizar la habitación, bajamos a recepción a preguntar qué pasaba y allí se empezó a formar el follón.

Otra sorpresa.

La señorita de recepción nos dijo que el aire se había estropeado el sábado (en ese momento era lunes por la tarde) y que estaban esperando a que los técnicos lo arreglaran. Hubo algunos huéspedes que comenzaron a elevar el tono y comentaron que eso era intolerable y lo cierto es que, en realidad, se estaba mucho mejor en la calle que en la habitación.

El argumento apestaba a excusa barata. Si de verdad la avería se produjo el sábado, un hotel de esa categoría debería haberla resuelto el domingo, como muy tarde. Empecé a sospechar que, en realidad, el aire acondicionado, llevaba mucho más tiempo sin funcionar…y no por una avería. Simplemente la dirección quería ahorrar costes.

Al no funcionar el aire acondicionado la alternativa era abrir la ventana para dormir frescos por la noche. El problema era que justo al lado, había una torre de refrigeración que hacía un ruido infernal. Alternativa descartada.

Por el momento, las cosas no estaban saliendo como habíamos planeado, pero estábamos allí, en breve disfrutaríamos de los beneficios del balneario y nos relajaríamos. De entrada y dado que en la habitación hacía un calor como en un asador de pollos, decidimos salir y darnos una vuelta por el pueblo.

Descubrimos que el pueblo era minúsculo hasta decir basta. Eso nos hizo comprender mejor que los huéspedes del hotel no necesitaran de sus vehículos por la noche, porque, simplemente, no había donde ir.

Entramos en la iglesia. Estaba desierta. Tal vez por eso, para llamar la atención de los feligreses, el campanero seguía con su insistente y molesto concierto. Un carrillón que parecía no tener fin.

Encontramos un bar a la sombra y pedimos algo de beber. Tal vez, con algo de alcohol y un poco de tranquilidad se nos fuera pasando el cabreo.

Durante todo el tiempo que estuvimos allí sentados, intentando relajarnos, estuvieron tañendo las campanas. Y lo malo es que parecía que sonaban a muerto. Y efectivamente, algo más tarde, al abandonar el bar y pasar de nuevo por la iglesia, vimos aparcado en la puerta un coche fúnebre y un grupo de personas esperando a que introdujeran el féretro en el templo.

Regresamos a la habitación y finalmente comprobamos que allí íbamos a pasar una mala noche. Sin aire acondicionado y con la ventana cerrada por obligación.

Bajamos a cenar, aunque sin mucho apetito. Enseguida descubrimos que el supuesto restaurante, que no pasaba de la categoría de abrevadero, no tenía capacidad para albergar a todos los clientes alojados, por lo que se habían establecido dos turnos con sus horarios correspondientes. Ese era el motivo por el que, a las puertas del comedero, había un numeroso grupo de personas esperando a que alguno de los que estaban cenando dentro, se levantara y se fuera. Ante semejante perspectiva y dado que el menú tampoco era como para tirar cohetes, decidimos buscar un sitio donde cenar mientras disfrutábamos de una noche fresca y agradable.

Comprobamos que todos los tugurios que había cerca del hotel, además de tener precios para los turistas, estaban llenos a rebosar. Al final, regresamos al mismo sitio donde habíamos tomado la copa por la tarde. Se estaba de maravilla, lo cual, parecía un contrasentido: era difícil entender que estuvieras mejor en una cafetería que en tu habitación de un hotel de 4 estrellas. Estuvimos allí alargando todo lo que pudimos nuestro regreso al horno de la habitación, pero al final, debíamos dormir en alguna parte y no iba a ser en la calle.

La noche fue un infierno. Intentar conciliar el sueño en una habitación en pleno mes de agosto, sin aire acondicionado, era imposible. No nos quedó otra alternativa que abrir la ventana y a pesar del ruido tan molesto, hacer lo posible por dormir.

A la mañana siguiente bajamos a desayunar. Allí pudimos comprobar que los ánimos estaban tan caldeados como las habitaciones. Un individuo y su amigo, que tenían la habitación en nuestra misma planta, venían desde Cádiz. Ellos – como todos – estaban indignados, pero se quedaron atónitos cuando les mencionamos nuestra decisión de regresar a casa en ese mismo instante, después de desayunar.

Después de desayunar hablamos con recepción, otra vez, y nos informaron que estaban esperando a que llegaran los técnicos para arreglar el problema. Les informamos que nosotros habíamos contratado un hotel con todos sus servicios y que, en esas circunstancias, cancelábamos nuestra estancia. A nuestro alrededor se arremolinó un grupo de clientes que se limitó a protestar, pero sin tomar ninguna decisión, ni siquiera la de denunciar oficialmente la deficiencia.

El problema para acercar el coche era que el hotel estaba en una zona básicamente peatonal y la circulación de vehículos estaba restringida a los vecinos. De todas formas, conseguí averiguar el camino para acercar el coche hasta la puerta del hotel. Después de la experiencia del día anterior, me negué a repetir la hazaña de acarrear de nuevo con el equipaje hasta el coche.

Metimos las maletas en el coche y empezamos nuestro regreso a casa. Teníamos por delante más de mil kilómetros y toda la meticulosa plantificación que habíamos hecho, acababa de saltar por los aires. Habíamos previsto permanecer diez días en el fabuloso hotel con balneario y no habíamos estado ni 24 horas. Pero eso no era todo.

Nuestro plan contemplaba que, a la vuelta de Galicia, en vez de regresar por Portugal, haríamos noche en el Parador de Ávila. El problema era que la reserva del Parador era para diez días después. Estábamos a mediados del mes de agosto. Así es que la primera decisión que debíamos tomar era si íbamos a parar en Ávila. Mientras ya habíamos iniciado el viaje de vuelta llamamos al Parador y nos dijeron que no podían cambiar la fecha porque el parador estaba completo. El importe de la reserva no era reembolsable.

Otra alternativa era intentar improvisar algo, pero tal y como se nos habían dado las cosas, parecía algo arriesgado intentar encontrar un hueco para una noche en un sitio desconocido, a mediados de agosto. Opción descartada. Tan sólo quedaba la más terrorífica: hacer todo el trayecto entero y sin pernoctar. Más de 1.100 kms.

A pesar de saber que no podíamos pernoctar en el Parador de Ávila, decidimos que el camino más apropiado era Orense-Zamora-Salamanca-Cáceres-Sevilla y a casa. Eran más kilómetros, pero podíamos elegir con más libertad cualquier sitio para hacer una pausa, comer o tomar un café. Lógicamente, recorrimos la A52 y la A66.

De vez en cuando el GPS nos informaba que era posible que en nuestro itinerario hubiera algún incendio de grandes proporciones. Nosotros no vimos nunca nada que tuviera relación con un incendio. Fue, más bien al contrario. Lo que nos cayó del cielo fue el diluvio. Una lluvia de tal calibre que las gotas al chocar contra el parabrisas parecían piedras. El limpia no daba abasto, el firme de la autopista comenzaba a inundarse; los cristales parecía que iban a estallar. Así es que, nos resguardamos de la lluvia debajo de uno de los puentes y allí esperamos unos instantes a que escampara un poco.

Yo siempre que me pongo tras el volante, me fijo como norma que no tengo que cumplir ningún horario. Tarde lo que tarde, la idea es llegar. Así es que paramos las veces que fueron necesarias y después de 15 horas de viaje y unos 1.100 kms, llegamos a casa a medianoche. Iniciamos el viaje a las 09.00.

A partir del día siguiente los telediarios abrían con las noticias de los más devastadores incendios en Galicia y Castilla - León. Unos incendios tan graves, que hubo varios muertos y hasta tuvieron que cerrar al tráfico la A-52 y la A-66 durante varias horas, y más de un día.

El GPS tenía razón. Y nosotros tuvimos suerte de que no nos pillaran esos incendios.

Y así termina un inolvidable viaje de ida y vuelta, de 2.300 kilómetros en tres cómodas etapas: dos de ida y una de vuelta.

Salvo por la mierda del hotel, el parking a 200 metros, la avería del aire acondicionado, su restaurante que más parecía un abrevadero, las campanas tañendo a muerto, el diluvio que nos obligó a guarecernos debajo de un puente, y que tuvimos suerte de que no nos pillaran los incendios más pavorosos de las últimas décadas, el viaje fue estupendo.

 

© Carlos Usín

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