A medida que me acercaba a Salamanca el termómetro del coche señalaba que la temperatura exterior iba descendiendo poco a poco hasta llegar a marcar -6. Nada extraño por esas latitudes. Aunque a mí, lo que de verdad me preocupaba, y cada vez más, era el indicador de los kilómetros que me quedaban antes de quedarme sin gasolina. Ese también iba descendiendo: primero 100 que es cuando se enciende la alarma. Después, 85…80…75…60. Y sin atisbar una maldita gasolinera. Reduje la velocidad para reducir el consumo. Hacía rato que había caído la noche, aunque eran poco más de las 18.00, y ya empecé a imaginar los peores presagios: noche oscura, gélida, al borde de la autopista, sin gasolina. Tan solo faltaba para el broche final que se perdiera la cobertura del móvil. Finalmente, el anuncio de una estación de servicio emergió en la oscuridad como un oasis en el desierto y me abalancé sobre ella como si fuera Mad Max en busca de gasolina.
Al salir de la cálida atmósfera del coche un aire polar me obligó a ponerme el “plumas” a toda prisa. El depósito tragó como un camello sediento, pero al menos, ya podía llegar a la capital sin problemas. Era cuestión de hora y media, o así. Una hora prudencial de llegada al hotel que todavía me permitía dar una vuelta por la Plaza Mayor – cerca del hotel - antes de irme a dormir.
Una vez que había eliminado de la
ecuación el factor gasolina, empecé a pensar en la cena. La verdad es que tenía
algo de hambre, porque cuando conduzco en un viaje largo, procuro no comer o
hacerlo frugalmente. Tampoco era cuestión de cenar como un troglodita, pero
desde luego, disfrutar de lo mucho que ofrece Salamanca, sí.
Cuando uno le da la dirección del
hotel al GPS se encomienda a su sapiencia infinita y no espera mayores
contratiempos. Hasta que sucede, claro. Y a mí, me pasa de vez en cuando y esa
fue una de esas ocasiones.
La travesía hasta las
estribaciones de la capital no representó ningún problema. Tan solo faltaban
unos cien metros para aparcar el coche frente a la entrada principal del hotel Eurostars
Las Claras. Sólo tenía que girar a la izquierda, recorrer menos de 100
metros y al torcer a la derecha, allí estaba la entrada. La entrada, sí que
estaba. Incluso el hotel, pero alguien se había enterado que yo iba y decidió
cambiar el sentido de la calle. Lo que antes era de bajada, ahora era de
subida.
En ese momento maldije al GPS por
no haberme dado un camino alternativo.
Para que no hubiera dudas había
una valla con una señal de prohibido justo cuando debía torcer a la izada. La
valla estaba, pero no impedía el paso de vehículos, porque había que permitir
la circulación a los que venían.
En ese momento tenía dos
alternativas. La primera, averiguar cómo le dices al GPS que te está diciendo
que “tu destino está a la derecha a cien metros”, que reflexione, se lo piense
y te mande a dar una vuelta por Salamaca la nuit, con el riesgo de que en
cualquier giro te equivoques, te pierdas y los cien metros se conviertan en
kilómetros.
La segunda opción, era pasarme
por el arco del triunfo la señal de prohibido, circular cien metros en
dirección contraria y girar.
Adivina.
¡Exacto!
Giré a la izquierda asegurándome,
eso sí, de que no venía nadie de frente. Todo fue según mis planes, hasta llegar
justo a la esquina. Allí, cuando tenía que girar a la derecha y aparcar en la
puerta principal del hotel, justo allí, me encontré con tres coches de frente.
Seguro que eran miembros de la conjura contra mí y formaban parte del equipo
que decidió cambiar el sentido de la calle.
La opción de dar marcha atrás y
apartarse para cederles el camino quedó descartada al instante. Era de noche,
detrás, en alguna parte, había una valla sin señalizar. Tenía que pensar rápido
antes de que la paciencia se les agotara y comenzaran a lanzar exabruptos. En
mi análisis de la situación medí las distancias, los riesgos y los ángulos, y
decidí acortar por la tangente: tomé una solución imaginativa, audaz, a la par
que novedosa: me subí a la acera, y llevé el coche hasta donde quería.
Afortunadamente, el bordillo era
casi inexistente porque estaba adaptado a personas con movilidad reducida y lo
mismo sucedía con el pequeño escalón hasta llegar a la zona de bajada de
equipajes frente al hotel. La farola que había en medio, tampoco supuso ningún
problema.
Tras los trámites normales de
registro, y dejar el equipaje en la habitación, lo siguiente era aparcar el
coche.
Había varias razones por las que
meter el coche en el parking del hotel. La primera era que todos los
alrededores, era zona azul y yo no iba a estar pendiente del horario y
preocupado por si el guardia estaba ansioso de poner una multa o no. Además,
había obras en la zona y esa era la razón por la que la calle en cuestión había
modificado su sentido natural de circulación. Y, ¡qué caramba! Yo ya contaba
con que, en Salamanca, en esas fechas, iba a hacer el frío que acostumbra y no
me apetecía que el coche se quedara a la intemperie. Por otra parte, no es lo
mismo subir y bajar el equipaje del garaje a la habitación, por ejemplo, en el
ascensor, que ir acarreando por la calle con él, como tuve que hacer en
Galicia. Para mí, en la elección del hotel hay un factor muy importante y es si
dispone de parking propio o no. En este caso, además, era novedoso.
El parking estaba unos pocos
metros más abajo del hotel. El acceso se controlaba desde Recepción y lo
novedoso era que se trataba de un ascensor. Un ascensor tan suave en sus desplazamientos
que te costaba apreciar que se movía. Una vez abajo, el parking, que no tenía
demasiadas plazas, estaba prácticamente vacío y ningún cartel advertía de por
dónde estaba el ascensor que te conducía a Recepción.
Con los deberes hechos y con un
frío considerable, aprovechamos que la Plaza Mayor no estaba lejos y fuimos
allí. El aire frío no impedía que el paseo resultara reconfortante. Era viernes
por la noche y se notaba en el ambiente. Nos sorprendió que, a pesar de que la
temperatura estaba entorno a los cero grados, los bares, las cafeterías, los
restaurantes y hasta las terrazas al aire libre, estaban a rebosar. Había gente
en la calle haciendo cola para entrar en los sitios. Nos dimos una vuelta por
la zona para ver dónde podríamos quedarnos y cenar.
A medida que íbamos leyendo las
cartas de los restaurantes, de los bistrós, de los mesones, tascas y toda clase
de tugurios que nos encontrábamos, podía sentir cómo mis jugos gástricos se
iban haciendo una idea del primer plato, el segundo y hasta del postre.
Fuimos desechando opciones; unos
por los precios escandalosos; otros por el gentío que los abarrotaba; otros
porque estaban vacíos y eso significaba peligro; otros porque había que
reservar con antelación. Al final, también en esto adoptamos una solución
innovadora, revolucionaria: nos metimos en un VIPS.
Estar en Salamanca y meterse a
cenar en un VIPS es como ser americano y pedirse un perrito caliente y una Coca
Cola en Ávila, por ejemplo. Pero a partir de cierta edad, la naturaleza impone
su absolutismo sobre diversos vicios, incluidos la lujuria y la gula. Impera la
cordura, la sensatez y las decisiones racionales y saludables. La verdad es
que, hasta el VIPS se llenó hasta la bandera, lo que vino a confirmar que no
éramos los más raros del lugar.
En el camino de regreso al hotel
las terrazas seguían a rebosar, la gente seguía de pie en la calle con un vaso
en la mano, charlando animadamente y las mesas de los restaurantes y mesones,
estaban ocupadas. Daba igual que se tratara del interior o del exterior, estaba
claro que los lugareños habían decidido abrigarse y salir de casa, porque la
alternativa era quedarse la mayor parte del año. Imagino que eso es lo que se
conoce como adaptación al medio.
Tras el largo viaje y el paseo en
la fría noche salmantina empezamos a notar el cansancio. Por eso, agradecimos
entrar en la habitación y encontrarla cálida, tranquila, en silencio. Era
amplia y cómoda, incluyendo el cuarto de baño, no como el del hotel en Galicia
de infausto recuerdo (ver I). En este, se había eliminado la bañera y se había
dejado la ducha con una alcachofa gigante que hacía mucho más gozosa y
placentera la experiencia. El inodoro, estaba al otro lado, resguardado tras
una puerta de cristal. Una cama enorme con un colchón perfecto, invitaba a
descansar del viaje y a dormir a pierna suelta.
A la mañana siguiente nos
levantamos y bajamos a desayunar. Un comedor de verdad, con manteles de verdad,
con camareras de verdad, con cubiertos y vajilla de verdad, y con una amplia
oferta de alimentos, tanto dulces como salados.
Un detalle que me llama la
atención es que, desde hace ya años, a los que somos cafeteros se pone a prueba
nuestro ingenio, porque en cada alojamiento el sistema de obtener una taza de
café con leche, varía como de la noche al día. Eso, al final, te va convirtiendo
- de una manera apenas perceptible - en un experto en el uso de todos los
artilugios para conseguir la droga negra. Ahora todo son máquinas sofisticadas,
en las que – en unos casos - debes seleccionar e introducir una cápsula, en el
lugar y de la forma predeterminada, bajar alguna barra de seguridad, apretar
varios botones, remover los tanques de oxígeno de la nave, hallar el logaritmo
neperiano de 1 y después, tal vez, sólo tal vez, comienzas a ver expulsar el
ansiado liquido negro por algún conducto.
En otras, la obtención del café
pasa por intentar descifrar cuál de todos los botones que tienes frente a ti,
se corresponde con un sencillo café con leche. Más parece el panel de control
del Apolo XIII.
A mí, con estas cosas me entra
complejo de inútil, porque en cada hotel el sistema es diferente y hace que
cada vez que me enfrento a este problema, me quedo paralizado intentando
averiguar cuál es el botón de autodestrucción para evitar que explote como en
Misión Imposible.
Después de superar la prueba del
café, la de la leche, y de llenar el plato con diferente tipo de frutas,
primero, y de dulces, después, te sientas ansioso y hambriento a disfrutar con
tranquilidad de tu bien ganado desayuno.
A través del ventanal, podía sentir
el intenso frío que hacía fuera, en la calle. Los cristales estaban ligeramente
empañados por la diferencia de temperatura. Las escasas personas que pasaban
por allí, iban bien abrigadas y el aire que exhalaban dejaba una estela blanca que
se difuminaba tras ellos. A algunos parecía que les salía humo de su cabeza por
la diferencia de temperatura entre el cuerpo y la atmósfera.
Después del desayuno y dado que
teníamos tiempo de sobra hasta llegar a nuestro próximo destino, decidimos ir a
comprar un recuerdo a una tienda especializada. El típico imán para colocar en
la nevera. Había buscado una tienda especializada en este tipo de objetos. Entre
las respuestas que me dio Google elegí la que me pareció mejor: Trotamundos. No estaba lejos
del hotel, pero aún así, nos costó un poco encontrarla, no porque estuviera
escondida, sino porque Google a veces no es fácil de seguir.
Tras lo cual, regresamos al
hotel, recogimos el equipaje, el coche y nos marchamos hacia nuestro siguiente
destino.
No era el momento de visitar la
capital, ni su catedral, ni la universidad ni ninguno de los monumentos por los
que es famosa. Eso queda pendiente para un futuro. En esta ocasión se trataba
sólo de una situación de paso.
© Carlos Usín
