sábado, febrero 07, 2026

IMPRESIONES DE UN VIAJERO (II).

A medida que me acercaba a Salamanca el termómetro del coche señalaba que la temperatura exterior iba descendiendo poco a poco hasta llegar a marcar -6. Nada extraño por esas latitudes. Aunque a mí, lo que de verdad me preocupaba, y cada vez más, era el indicador de los kilómetros que me quedaban antes de quedarme sin gasolina. Ese también iba descendiendo: primero 100 que es cuando se enciende la alarma. Después, 85…80…75…60. Y sin atisbar una maldita gasolinera. Reduje la velocidad para reducir el consumo. Hacía rato que había caído la noche, aunque eran poco más de las 18.00, y ya empecé a imaginar los peores presagios: noche oscura, gélida, al borde de la autopista, sin gasolina. Tan solo faltaba para el broche final que se perdiera la cobertura del móvil. Finalmente, el anuncio de una estación de servicio emergió en la oscuridad como un oasis en el desierto y me abalancé sobre ella como si fuera Mad Max en busca de gasolina.


Al salir de la cálida atmósfera del coche un aire polar me obligó a ponerme el “plumas” a toda prisa. El depósito tragó como un camello sediento, pero al menos, ya podía llegar a la capital sin problemas. Era cuestión de hora y media, o así. Una hora prudencial de llegada al hotel que todavía me permitía dar una vuelta por la Plaza Mayor – cerca del hotel - antes de irme a dormir.

Una vez que había eliminado de la ecuación el factor gasolina, empecé a pensar en la cena. La verdad es que tenía algo de hambre, porque cuando conduzco en un viaje largo, procuro no comer o hacerlo frugalmente. Tampoco era cuestión de cenar como un troglodita, pero desde luego, disfrutar de lo mucho que ofrece Salamanca, sí.

Cuando uno le da la dirección del hotel al GPS se encomienda a su sapiencia infinita y no espera mayores contratiempos. Hasta que sucede, claro. Y a mí, me pasa de vez en cuando y esa fue una de esas ocasiones.

La travesía hasta las estribaciones de la capital no representó ningún problema. Tan solo faltaban unos cien metros para aparcar el coche frente a la entrada principal del hotel Eurostars Las Claras. Sólo tenía que girar a la izquierda, recorrer menos de 100 metros y al torcer a la derecha, allí estaba la entrada. La entrada, sí que estaba. Incluso el hotel, pero alguien se había enterado que yo iba y decidió cambiar el sentido de la calle. Lo que antes era de bajada, ahora era de subida.

En ese momento maldije al GPS por no haberme dado un camino alternativo.

Para que no hubiera dudas había una valla con una señal de prohibido justo cuando debía torcer a la izada. La valla estaba, pero no impedía el paso de vehículos, porque había que permitir la circulación a los que venían.

En ese momento tenía dos alternativas. La primera, averiguar cómo le dices al GPS que te está diciendo que “tu destino está a la derecha a cien metros”, que reflexione, se lo piense y te mande a dar una vuelta por Salamaca la nuit, con el riesgo de que en cualquier giro te equivoques, te pierdas y los cien metros se conviertan en kilómetros.

La segunda opción, era pasarme por el arco del triunfo la señal de prohibido, circular cien metros en dirección contraria y girar.

Adivina.

¡Exacto!  

Giré a la izquierda asegurándome, eso sí, de que no venía nadie de frente. Todo fue según mis planes, hasta llegar justo a la esquina. Allí, cuando tenía que girar a la derecha y aparcar en la puerta principal del hotel, justo allí, me encontré con tres coches de frente. Seguro que eran miembros de la conjura contra mí y formaban parte del equipo que decidió cambiar el sentido de la calle.

La opción de dar marcha atrás y apartarse para cederles el camino quedó descartada al instante. Era de noche, detrás, en alguna parte, había una valla sin señalizar. Tenía que pensar rápido antes de que la paciencia se les agotara y comenzaran a lanzar exabruptos. En mi análisis de la situación medí las distancias, los riesgos y los ángulos, y decidí acortar por la tangente: tomé una solución imaginativa, audaz, a la par que novedosa: me subí a la acera, y llevé el coche hasta donde quería.

Afortunadamente, el bordillo era casi inexistente porque estaba adaptado a personas con movilidad reducida y lo mismo sucedía con el pequeño escalón hasta llegar a la zona de bajada de equipajes frente al hotel. La farola que había en medio, tampoco supuso ningún problema.

Tras los trámites normales de registro, y dejar el equipaje en la habitación, lo siguiente era aparcar el coche.

Había varias razones por las que meter el coche en el parking del hotel. La primera era que todos los alrededores, era zona azul y yo no iba a estar pendiente del horario y preocupado por si el guardia estaba ansioso de poner una multa o no. Además, había obras en la zona y esa era la razón por la que la calle en cuestión había modificado su sentido natural de circulación. Y, ¡qué caramba! Yo ya contaba con que, en Salamanca, en esas fechas, iba a hacer el frío que acostumbra y no me apetecía que el coche se quedara a la intemperie. Por otra parte, no es lo mismo subir y bajar el equipaje del garaje a la habitación, por ejemplo, en el ascensor, que ir acarreando por la calle con él, como tuve que hacer en Galicia. Para mí, en la elección del hotel hay un factor muy importante y es si dispone de parking propio o no. En este caso, además, era novedoso.

El parking estaba unos pocos metros más abajo del hotel. El acceso se controlaba desde Recepción y lo novedoso era que se trataba de un ascensor. Un ascensor tan suave en sus desplazamientos que te costaba apreciar que se movía. Una vez abajo, el parking, que no tenía demasiadas plazas, estaba prácticamente vacío y ningún cartel advertía de por dónde estaba el ascensor que te conducía a Recepción.

Con los deberes hechos y con un frío considerable, aprovechamos que la Plaza Mayor no estaba lejos y fuimos allí. El aire frío no impedía que el paseo resultara reconfortante. Era viernes por la noche y se notaba en el ambiente. Nos sorprendió que, a pesar de que la temperatura estaba entorno a los cero grados, los bares, las cafeterías, los restaurantes y hasta las terrazas al aire libre, estaban a rebosar. Había gente en la calle haciendo cola para entrar en los sitios. Nos dimos una vuelta por la zona para ver dónde podríamos quedarnos y cenar.

A medida que íbamos leyendo las cartas de los restaurantes, de los bistrós, de los mesones, tascas y toda clase de tugurios que nos encontrábamos, podía sentir cómo mis jugos gástricos se iban haciendo una idea del primer plato, el segundo y hasta del postre.

Fuimos desechando opciones; unos por los precios escandalosos; otros por el gentío que los abarrotaba; otros porque estaban vacíos y eso significaba peligro; otros porque había que reservar con antelación. Al final, también en esto adoptamos una solución innovadora, revolucionaria: nos metimos en un VIPS.

Estar en Salamanca y meterse a cenar en un VIPS es como ser americano y pedirse un perrito caliente y una Coca Cola en Ávila, por ejemplo. Pero a partir de cierta edad, la naturaleza impone su absolutismo sobre diversos vicios, incluidos la lujuria y la gula. Impera la cordura, la sensatez y las decisiones racionales y saludables. La verdad es que, hasta el VIPS se llenó hasta la bandera, lo que vino a confirmar que no éramos los más raros del lugar.

En el camino de regreso al hotel las terrazas seguían a rebosar, la gente seguía de pie en la calle con un vaso en la mano, charlando animadamente y las mesas de los restaurantes y mesones, estaban ocupadas. Daba igual que se tratara del interior o del exterior, estaba claro que los lugareños habían decidido abrigarse y salir de casa, porque la alternativa era quedarse la mayor parte del año. Imagino que eso es lo que se conoce como adaptación al medio.

Tras el largo viaje y el paseo en la fría noche salmantina empezamos a notar el cansancio. Por eso, agradecimos entrar en la habitación y encontrarla cálida, tranquila, en silencio. Era amplia y cómoda, incluyendo el cuarto de baño, no como el del hotel en Galicia de infausto recuerdo (ver I). En este, se había eliminado la bañera y se había dejado la ducha con una alcachofa gigante que hacía mucho más gozosa y placentera la experiencia. El inodoro, estaba al otro lado, resguardado tras una puerta de cristal. Una cama enorme con un colchón perfecto, invitaba a descansar del viaje y a dormir a pierna suelta.

A la mañana siguiente nos levantamos y bajamos a desayunar. Un comedor de verdad, con manteles de verdad, con camareras de verdad, con cubiertos y vajilla de verdad, y con una amplia oferta de alimentos, tanto dulces como salados.

Un detalle que me llama la atención es que, desde hace ya años, a los que somos cafeteros se pone a prueba nuestro ingenio, porque en cada alojamiento el sistema de obtener una taza de café con leche, varía como de la noche al día. Eso, al final, te va convirtiendo - de una manera apenas perceptible - en un experto en el uso de todos los artilugios para conseguir la droga negra. Ahora todo son máquinas sofisticadas, en las que – en unos casos - debes seleccionar e introducir una cápsula, en el lugar y de la forma predeterminada, bajar alguna barra de seguridad, apretar varios botones, remover los tanques de oxígeno de la nave, hallar el logaritmo neperiano de 1 y después, tal vez, sólo tal vez, comienzas a ver expulsar el ansiado liquido negro por algún conducto.

En otras, la obtención del café pasa por intentar descifrar cuál de todos los botones que tienes frente a ti, se corresponde con un sencillo café con leche. Más parece el panel de control del Apolo XIII.

A mí, con estas cosas me entra complejo de inútil, porque en cada hotel el sistema es diferente y hace que cada vez que me enfrento a este problema, me quedo paralizado intentando averiguar cuál es el botón de autodestrucción para evitar que explote como en Misión Imposible.

Después de superar la prueba del café, la de la leche, y de llenar el plato con diferente tipo de frutas, primero, y de dulces, después, te sientas ansioso y hambriento a disfrutar con tranquilidad de tu bien ganado desayuno.

A través del ventanal, podía sentir el intenso frío que hacía fuera, en la calle. Los cristales estaban ligeramente empañados por la diferencia de temperatura. Las escasas personas que pasaban por allí, iban bien abrigadas y el aire que exhalaban dejaba una estela blanca que se difuminaba tras ellos. A algunos parecía que les salía humo de su cabeza por la diferencia de temperatura entre el cuerpo y la atmósfera.

Después del desayuno y dado que teníamos tiempo de sobra hasta llegar a nuestro próximo destino, decidimos ir a comprar un recuerdo a una tienda especializada. El típico imán para colocar en la nevera. Había buscado una tienda especializada en este tipo de objetos. Entre las respuestas que me dio Google elegí la que me pareció mejor: Trotamundos. No estaba lejos del hotel, pero aún así, nos costó un poco encontrarla, no porque estuviera escondida, sino porque Google a veces no es fácil de seguir.

Tras lo cual, regresamos al hotel, recogimos el equipaje, el coche y nos marchamos hacia nuestro siguiente destino.

No era el momento de visitar la capital, ni su catedral, ni la universidad ni ninguno de los monumentos por los que es famosa. Eso queda pendiente para un futuro. En esta ocasión se trataba sólo de una situación de paso.

 

© Carlos Usín