Mostrando entradas con la etiqueta Bolsa de Oporto. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Bolsa de Oporto. Mostrar todas las entradas

sábado, marzo 21, 2026

IMPRESIONES DE UN VIAJERO (VIII)

Oporto día 3.


El día anterior nuestra guía, Ana, nos dio un buen paseo por la ciudad, aunque usar el término “paseo” no define bien el ritmo que imprimió y que, con bastante frecuencia, la obligó a detenerse para esperar a los rezagados. Un paseo aderezado en ocasiones con bromas, chistes y chascarrillos para hacer que la visita fuera más agradable y también historia. Historia en la que no podía faltar una referencia a la “Revolución de los claveles” y a las razones que impulsaron a esa decisión. Historia de cómo Oliveira Salazar entró en un primer gobierno, como ministro, de cómo terminó haciéndose con el poder omnímodo y de cómo lo ejerció de forma criminal durante décadas. Y todo esto nos lo contaba apostados a un costado de un edificio situado en la zona llamada de Cordoaria, que nos servía – poco, la verdad – para resguardarnos del intenso aire frío que corría en esos momentos. El edificio que sirvió de cárcel (Cadeia da Relação ) y que funcionaba como cárcel y centro de detención de la PIDE (policía secreta) para los represaliados políticos y que estaba frente a otro en el que se juzgaban a los mismos; es decir, que en uno te juzgaban, te sentenciaban en menos que cantaba un gallo, cruzabas la plaza y desaparecías, generalmente para siempre, en las tripas del otro. Estábamos en el centro de la represión Salazarista. Hoy se conoce como Campo dos Mártires da Pátria.

A pesar de todo ello y de las casi 3 horas de visita, quedaron algunas 

cosas por ver. Oporto no es una ciudad que se pueda abarcar en un 

solo día. Por eso, nosotros ya habíamos planificado que estaríamos 

tres; un tiempo que consideramos prudencial para conocer de verdad 

una ciudad llena de encantos, de atractivos, de historia, de 

monumentos. Teníamos la sensación de que necesitábamos realizar 

una visita más calmada, con tiempo suficiente para hacer algunas 

fotos, pasear por la ribera del río, callejear por el antiguo barrio de 

pescadores, tomarnos un café, degustar algún dulce. En definitiva, 

sentir la ciudad y paladearla, no engullirla de un bocado.



Ese día teníamos pensado visitar el edificio de la Bolsa de Oporto y dada su cercanía a la parte baja de la ciudad y al río, vagabundear por allí. Y así lo hicimos. 

El Uber nos recogió en la puerta del hotel y nos depositó en la gran plaza donde se ubica la Bolsa.

Es genial eso de subirse a un taxi sabiendo de antemano el precio 
que  te va a costar el trayecto, sea cual sea éste. Y en Oporto, no 
recuerdo que nunca alcanzara los 5€. 

Qué sensación de independencia saber que tu coche está a buen recaudo y que el que se sabe los trucos para evitar un atasco, es el que conduce y tú vas cómodamente instalado en el asiento trasero. Y cuando has llegado a tu destino, saludas, te bajas y todo está abonado.

Antes de entrar al edificio de la Bolsa disfrutamos del día soleado e imprimimos un ritmo lento a nuestra visita. Desde luego, el aspecto exterior del Palacio de la Bolsa era imponente. Justo enfrente y en medio de unos cuidados jardines, un monumento dedicado a Henrique “el navegante” daba nombre a la plaza donde estaba ubicado, y al otro lado, el Mercado de Oporto, completaban la escena.

Fue más tarde, al entrar físicamente en el edificio cuando nos llevamos el chasco. Nadie nos había advertido de que la entrada costaba 14€, o sea, 28€ y por ahí no íbamos a pasar.

De mis viajes anteriores a Portugal guardaba la agradable sensación de que muchos de los lugares que visité, eran de acceso gratuito. Sin embargo, ahora, fueras donde fueras, había que pasar por taquilla antes, lo cual, en principio no estaba mal; lo que era inaceptable era el precio. Así que, decidimos que podríamos vivir el resto de nuestra vida sin conocer el interior de la Bolsa de Oporto y nos fuimos por donde habíamos entrado.

Cerca de allí nos encontramos con la iglesia de San Francisco y la de
 
San Nicolás. Entramos en esta última, con sus característicos 

azulejos adornando su fachada. El interior, de una sola nave, nos 

sorprendió por su riqueza ornamental y un espléndido retablo mayor 

de estilo rococó.

A la salida nos dirigimos calle abajo hacia el río y su majestuosa presencia. Contemplamos cómo algunos cruceros fluviales paseaban a los turistas de un lado a otro del río; algunas embarcaciones típicas llamadas “rabelos”, servían más para el recuerdo amarradas a su atracadero.

A pesar de lo temprano de la hora las terrazas de los bares y cafeterías que jalonaban la margen del río, presentaban un aspecto muy concurrido.

A lo largo del recorrido se observaban diversos artistas callejeros 

ofreciendo lo mejor de sus habilidades. Cantantes, magos, payasos, 

todo valía para intentar ganarse unos euros.


Recorrimos arriba y abajo

su ribera, disfrutando de 

un magnífico día 

soleado. Dentro de la 

fascinación en general

por la atmósfera que se 

respiraba, me llamó la 
atención la        imagen de algunos edificios que enfrentaban directamente al río. En sus fachadas, muchas de ellas adornadas con los típicos azulejos de 
color azul, convivían el pasado de esos mosaicos, algo deslucidos
por el paso del tiempo, con las antenas parabólicas y todos, con la
ropa tendida al sol. 


Era una imagen que evocaba otro tiempo, cuando el tendedero servía 

como un muestrario de lo más íntimo de cada casa y se enseñaba 

casi sin pudor, porque en realidad, todos eran igual de pobres.

Escogimos una pastelería para descansar de nuestro largo paseo – 

esto sí que era un paseo – y tomarnos un café. No era muy grande 

pero lo que ofrecía parecía apetitoso. El café y los pasteles en 

Portugal siempre son excelentes y después de andar un buen rato, 

más.

Sentados allí, a la ribera del río y protegidos bajo una sombrilla que 

nos resguardaba del implacable sol, observaba entre bocado y 

bocado del pastel, el ir y venir de las gentes, la mayoría turistas. Una 

vez más, como ya me pasara el día anterior, me sorprendió la 

cantidad de personas con rasgos orientales. ¡Había “japoneses” por 

todas partes, solos o en compañía! Era realmente curioso.


Después, decidimos abandonar la zona y comenzamos a subir sin un 

rumbo fijo, zascandileando por las calles del barrio. Me apetecía 

perderme por el antiguo barrio marinero, con sus callejuelas 

umbrías, húmedas, sus paredes desconchadas y descoloridas, sus 

calzadas empedradas y sus sempiternas ropas tendidas en sus 

fachadas.

La mayoría de los negocios permanecían cerrados, lo cual, junto con 

los escasos coches que circulaban, contribuía a la sensación de 

tranquilidad que se respiraba.

Con la ayuda de Google y teniendo en cuenta que cada vez 

conocíamos mejor la ciudad, fuimos ascendiendo hasta que, de 

nuevo, como el día anterior, terminamos sentándonos en la misma 

terraza del bar en el que con una mano comías y con la otra 

espantabas a los pájaros.

Decidimos improvisar sobre la

marcha dónde comer cada día, sin 

horarios ni imposiciones. Y después 

de haber subido desde el río hasta 

allí, el pastel y el café, hacía ya rato 

que habían sido amortizados.

Al terminar de comer, acudimos al

reclamo de una música algo 

estridente que, si bien a nosotros 

nos incomodaba un poco, no me 

imagino el malestar de los vecinos 

que vivieran por allí. Seguimos la 

pista de los decibelios hasta un 

mercadillo de reducidas dimensiones, ubicado entre varios bloques 

que lo rodeaban. Estuvimos cotilleando por los diferentes puestos y 

lo que vimos no solamente no nos gustó, sino que consideramos que, 

además, era muy caro. Aquello más que un mercadillo se parecía 

más al Rastro de Madrid. Productos nada atractivos, ni originales, ni 

de calidad y, sin embargo, con un precio desproporcionadamente alto 

para lo que era.



 













Continuamos nuestra marcha ascendente a un ritmo similar al que se 

usa en la alta montaña. Cualquiera habría dicho que estábamos en el 

Himalaya y con nieve hasta la rodilla. Aun así, conseguimos llegar, 

otra vez, a un punto bien conocido: el ayuntamiento de Oporto y 

desde allí, nuevamente, tiramos de Uber para terminar en la 

confortable habitación del hotel y descansar de nuestra escalada.

Por la noche, y después de consultar largo y tendido con Google, elegimos un restaurante cercano al hotel. La publicidad decía que era vegetariano, tenía buenas críticas y, además, podíamos ir andando. Ni siquiera necesitábamos un Uber.

Encontrar el sitio no fue muy complicado. Lo complicado empezó cuando entramos. Para empezar, es complicado describirlo, pero desde luego, no parecía un restaurante; al menos, no lo que normalmente se entiende como tal. Daba la impresión de que, en su día, podría haber sido un taller mecánico, una tienda de ropa o algún tipo de negocio puerta calle, y que con el tiempo y por estar ubicado en una calle anodina y sin peatones, decidieron convertirlo en una suerte de restaurante.

Tras pasar el umbral de la puerta uno se encuentra en un espacio amplio, con unas mesas minúsculas pegadas a la pared de la derecha, mientras en la izquierda y en forma de L, se observa algo parecido a unos sofás, - más bien colchonetas - que parecían reposar sobre unas cajas que otrora contuvieron plátanos o algún tipo de alimento que se vende en un mercado de abastos.

De frente y después de subir un pequeño escalón, a la derecha hay una barra y justo detrás, una cocina que parece de la Señorita Pepis: de juguete. Sin embargo, hay un salón con varias mesas de tamaño normal, todas ellas ocupadas y más al fondo, detrás de los cristales, un jardín con más mesas, que probablemente en verano sería delicioso disfrutar, pero esa noche hacía una rasca curiosa.

Para terminar de desconcertarme, a la izquierda, justo frente a la barra y las mesas, había una tarima que hacía las veces de pequeño escenario. Allí, al parecer iba a suceder algo al cabo de un tiempo esa misma noche.

Supongo que sería por la cara de incrédulo que se me había quedado o simplemente por la vestimenta, que no encajaba con la del resto de los allí presentes, todos de seis generaciones posteriores a la mía, se acercó la que parecía la propietaria del local. Me preguntó si tenía reserva y de nuevo, me sorprendió que un lugar así admitiera reservas. Le dije que no y cuando me preguntó si quería una mesa donde estaba el escenario, le dije que tampoco. Entonces nos mandó a la entrada, a una de esas mesas minúsculas pegada a la pared.

Lo malo de ese sitio no era el tamaño de la mesa, en la que a duras penas cabía un plato y los cubiertos. Lo malo era que cada vez que alguien entraba desde la calle, casi le dábamos la bienvenida y el aire frío inundaba la estancia.

La señora, encantadora, nos indicó que la carta la podíamos leer con el QR “que aparece en sus pantallas” y yo le dije que no, que quería una carta en papel. Mientras decidíamos el menú, le pedimos una cerveza para poder sobrellevar el impacto.

Después del primer impacto acerca del interior del local, el segundo vino cuando nos entregaron la carta. Nosotros habíamos elegido el restaurante vegetariano pensando en que utilizarían recetas y productos, al menos, portugueses o tal vez, de la zona de Oporto. Sin embargo, en la carta se mencionaba que el estilo de la cocina era de Perú. No es que tenga nada en contra de la cocina peruana, pero no deja de ser irónico que, busquemos un restaurante autóctono y nos encontremos uno andino. Pero ahí no terminó el tema de las sorpresas.

Después de estudiar sesudamente la oferta, pedimos dos platos iguales. Al cabo de un rato vino la señora a disculparse porque no tenía elementos suficientes para confeccionar dos platos. Sólo podía servir uno. Vale. Entonces yo cambié y elegí otro del menú. Al cabo de un rato, la señora regresó nuevamente, a pedir mil disculpas casi de rodillas porque para ese plato, tampoco lo podía servir porque le faltaban ingredientes. Llegados a ese punto estuve en un tris de decirle “pues tráigame lo que le salga del lerele”, pero me contuve por el riesgo que ello conllevaba.

Ya ni recuerdo lo que cené, pero sí recuerdo que llevaba carne picada.

Vamos a un vegetariano para terminar comiendo carne.

Se disculpó un millón de veces y nosotros no quisimos avergonzarla más de lo que ya lo estaba.

De regreso al hotel pasamos por delante de varios restaurantes que habíamos visto en nuestra búsqueda. Un par de ellos estaban cerrados y el otro, que tenía aspecto de ser un restaurante normal, con la carta a la puerta del establecimiento y todo, tenía precios para turistas.

Y así terminó nuestro último día en Oporto. A la mañana siguiente, iniciaríamos camino para nuestro siguiente destino.

 

© Carlos Usín