sábado, mayo 02, 2026

IMPRESIONES DE UN VIAJERO (XIV)

Lisboa – día 3.

Después de un desayuno pantagruélico queríamos aprovechar nuestro último día en Lisboa para completar algunas actividades pendientes. El día anterior, Ana, nuestra guía, nos desaconsejó visitar el Castillo de San Jorge. Según dijo no merecía la pena pagar por verlo. Aparte de eso, lo único que nos quedaba era cumplir con el requisito de viajar en la famosa línea 28 del tranvía, que recorre los barrios más históricos y pintorescos de la ciudad.

Al ser una línea utilizada mayoritariamente por turistas, se nos había advertido del riesgo que representaban los carteristas, quienes, aprovechando la masificación en los vagones, sustraían todo lo que podían y más. También nos advirtieron de las paradas más aconsejables para subir y coger asiento, por la misma razón de que todos los turistas querían hacer lo mismo.

Así es que teniendo en cuenta todos estos factores, decidimos subirnos al tranvía en la parada que estaba en lo más alto de Lisboa, Campo de Ourique / Prazeres y desde allí, descender hacia la Plaza del Comercio. Para llegar hasta la parada Campo de Ourique, fuimos en un Uber. Nos dejó justo donde había un cartel que indicaba bien a las claras que era de la línea 28.



Sin embargo, nos sorprendió que no había nadie esperando. Tampoco había ningún tranvía y todo eso era un poco sospechoso.

Pasaba el tiempo y allí no pasaba nada más que los minutos. Pero la parada era muy clara: había un 28 así de grande.

Al cabo de un buen rato, aparece un minibús amarillo. Sinceramente, no era lo que esperábamos. Las vías del tranvía apuntaban a otro tipo de vehículo. Ante la duda, me acerqué al conductor, que estaba sentado tras el volante enfrascado en rellenar algún tipo de documento relacionado con su trabajo. Le pregunté – en inglés, por supuesto – que si esa era la parada del 28 y me respondió con un gesto que apuntaba justo a la dirección opuesta de la plaza. No entendí sus palabras, primero porque no bajó del todo el cristal de la ventanilla y segundo porque su acento portugués era bastante cerrado para mí. Aun así, el hombre todavía permaneció unos minutos más dentro del minibús y nosotros, esperando el 28.

Al cabo de un rato, el conductor, que sinceramente tiene el dudoso honor de ser el primer portugués poco amable que he conocido, se bajó del bus y se perdió por algún camino de la plaza en dirección desconocida. Y mientras tanto, nosotros allí, como dos pasmarotes esperando a que sucediera algo.

Después de un buen rato, el conductor desagradable regresó, nos vio donde nos había visto desde que llegó, no nos dijo nada, se subió al minibús y se dirigió al otro lado de la plaza donde había una cola de personas esperando algo. Y lo que estaban esperando era al minibús amarillo.

En ese momento, aparte de acordarme de la augusta progenitora que había echado al mundo al simpático del conductor, cruzamos la plaza lo más aprisa que pudimos para no perder el bus. Sólo faltaba que después de llevar allí media hora o más esperando el 28, por culpa del desabrido del conductor lo perdiéramos y tuviéramos que esperar al siguiente. Y no daba la impresión de que vinieran con mucha frecuencia.

Al parecer y debido a unas obras que había en algún barrio en el trayecto, se había sustituido el tranvía por el servicio del minibús, hasta cierto punto de la línea. Luego, a partir de ese punto, entonces sí se tomaba el clásico tranvía y se hacía el resto del itinerario.

A pesar de la nula amabilidad del conductor, tuvimos suerte y pudimos, no solamente subir al bus sino también, sentarnos cómodamente. Fuimos recorriendo el camino señalado, atravesando los barrios altos de la ciudad hasta que, en un momento dado, todos tuvimos que bajarnos en una plaza, para tomar – ahora sí- el famoso tranvía de la línea 28.

En esta ocasión tuvimos suerte. Nos incorporamos a la cola de personas que esperaban. Cuando llegó el viejo tranvía, se paró justo delante de nosotros. Esperamos unos segundos por si los que estaban en el otro extremo de la fila reclamaban de alguna manera su derecho de subir primero, pero como nadie hizo el más mínimo gesto, subimos los primeros.

El conductor era una mujer. Le pregunté cómo debía hacer para abonar los billetes, y fue muy amable y me ayudó, paso a paso. Al estar cómodamente instalados, comprobé que el tranvía debió ver la luz por primera vez en los inicios de la Vía Láctea. Me recordaba, de alguna manera, a los primeros ascensores que se instalaron en Madrid, cuyas cajas estaban hechas de madera. A veces, se añadía algún espejo. Pues este tranvía tenía los asientos de madera y su aspecto era antiguo, pero no descuidado. En realidad, le aportaba prestancia al viaje y se mimetizaba, de alguna manera, con el entorno.

De repente se puso en marcha y comenzamos a recorrer esos barrios a los que se conoce con el eufemismo de pintorescos, cuando, en realidad, son los más humildes de Lisboa. Callejuelas por las que apenas cabían al mismo tiempo el tranvía y un coche en sentido contrario y que, por ello, había semáforos para definir la prioridad; donde los coches aparcados quedaban expuestos por escasos centímetros al topetazo de cualquiera que no calculara bien las distancias; donde las casas estaban al alcance de la mano de cualquier viajero que quisiera sacar el brazo por la ventanilla; donde el chirriar del tranvía y su sempiterna campana de advertencia, formaban parte de la escasa decoración de esas viviendas, cuya supuesta intimidad quedaba al descubierto a cada paso de los transeúntes de a pie o de los viajeros de la línea 28.

Mientras el tranvía zigzagueaba por pendientes y curvas imposibles, yo pensaba en cómo sería la vida en esas viviendas, que mostraban sin pudor la ropa tendida, a la vista de cualquiera, porque era el único espacio disponible. Y en invierno, ¿dónde tendían la ropa? Me preguntaba cómo sería la vida de esas personas, condenadas a la estridencia del tráfico, todos los días, todas las noches. Cómo serían las casas por dentro, esas cuyas fachadas estaban desconchadas por el paso de los años, la falta de mantenimiento y el clima húmedo.

Yo pensaba que el 28 nos llevaría hasta la Plaza del Comercio, pero estaba equivocado. Un error no atribuible a nadie excepto a mí. Al llegar al final del trayecto y bajar del tranvía, nos encontramos en una amplia plaza. En el otro lado de la misma, una larga fila de personas señalaba el punto en el que comenzaba el camino del 28 en dirección contraria. Nosotros decidimos ir a la zona de la Plaza del Comercio, que no estaba muy lejos y allí, buscaríamos algún sitio donde comer algo.

Llegar hasta la plaza no nos costó demasiado. Lo peor fue encontrar ese sitio donde en España te sientas, te pides una cerveza, una de ensaladilla o de calamares y te quedas como nuevo. Pero estábamos en la preciosa y romántica Lisboa, donde a esas horas, no todos los restaurantes estaban abiertos, o sus cartas no eran lo que buscábamos, o sus precios no eran los más aconsejables…Una vez más, echamos en falta ese concepto de mesón, de simple bar. De hecho, buscando por internet, había un “mesón” en la zona y después de pasar varias veces por delante sin verlo, nos dimos cuenta de que estaba cerrado.

Ya que no podíamos satisfacer nuestro gusto por lo salado, nos tuvimos que contentar con lo dulce. Nos metimos en una cafetería no sin antes preguntar si a esas horas podíamos tomar un café y un croissant. Mientras disfrutábamos del café, justo al otro lado del ventanal, había un par de chicas haciéndose selfis a troche y moche. Se cambiaban de vestimenta, en plena calle, se ponían un sombrero, una gorra, un chaleco…llegamos a la conclusión de que eran “influencers” y eso es a lo que se dedican cuando dicen que trabajan.

Tras reponer algo las fuerzas decidimos pasear por la ribera del río. A pesar de ser un día de diario, tanto la orilla como los restaurantes de la zona mostraban una gran animación, aunque a nosotros lo que más llamó nuestra atención fue el espléndido panorama del que disfrutamos.


Más tarde, echamos mano, de nuevo, del invento de Uber y nos devolvió a nuestro hotel. Era nuestro último día en Lisboa y todavía teníamos algunas horas de sol por disfrutar.

En la misma Plaza de Marqués de Pombal, al lado de nuestro hotel, habían montado una típica feria con atracciones y diversos puestos de comida. Nos pasamos por allí más por curiosidad que por interés y sobre todo, porque en alguna parte habíamos escuchado decir que era la más grande de Europa o algo así. Bueno, grande era, aunque para nosotros tenía dos grandes inconvenientes. El primero que recorrerla desde la entrada en la plaza, significaba ir cuesta arriba. Ello, unido al gentío que inundaba el lugar, acompañados de niños, perros, y toda clase seres vivos, nos obligó a sentarnos unos minutos a descansar en un banco del recorrido. El otro inconveniente era que a cada paso había un puesto de comida y no era plan de arriesgar comiendo nada sin saber de dónde venía. Así es que, decidimos dar media vuelta, regresar al hotel y cancelar la cena en el restaurante que estuvimos el sábado anterior, Alto Miño, porque ya no nos quedaban fuerzas.

A la mañana siguiente emprendíamos camino a nuestro último destino.

 

© Carlos Usín