domingo, mayo 31, 2026

Mal ambiente en el trabajo


 

Cada vez con más frecuencia leo en la prensa que a tal o cual juez o fiscal, ha sido depurado, o le han degradado en sus funciones, o le han obligado a jubilarse, o le han enviado a Siberia a contar gamusinos. Y todo ello, por la sencilla razón de que, en las luchas internas por imponer una cierta ideología dentro del aparato judicial, unos suben y otros caen, y con ellos, todos los adláteres, pelotas, serviles y rastreros que les adulan. Y cada vez que me entero de alguna de estas jugadas, pienso en lo agradable que debe ser levantarse cada mañana, ir al trabajo y cruzarte por los pasillos con tu jefe/a, sabiendo que, aunque te muestre los dientes como un hipócrita gesto de amistad, tú ya vas sintiendo cómo te va clavando la puñalada por la espalda al tiempo que va retorciendo el arma, sin que deje de sonreír. Debe ser muy motivante intuir que en breve tu puesto lo va a ocupar algún lameculos, joven, desconocido, inepto, pero muy ambicioso, del que se servirán en algún momento futuro para sus espurios intereses y que se verá obligado a obedecer porque “ellos le han puesto ahí”.

Y todo esto me recuerda a una época pretérita, en la que mi propio trabajo se desarrollaba en un ambiente bastante similar a este. Una atmósfera en la que el jefe había sido rebautizado con el sobrenombre de “Johnny Walker”, por obvias razones. Un entorno en el que el armario donde se guardaban todos los manuales de IBM, estaba bajo llave y cada vez que alguien necesitaba realizar una consulta debía solicitar las llaves al que, desde entonces, pasó a ser conocido como “El amo del calabozo”. Un entorno en el que los chivatos corrían – literalmente – escaleras arriba para informar a su amo, Johnny Walker, de cualquier información que le pudiera servir. Un entorno en el que el propio Johnny Walker, se apropiaba de un dinero para su uso personal, cuando ese dinero estaba destinado a otros usos por parte de sus empleados. Un entorno en el que a ciertas personas se le permitió acceder a un curso de promoción profesional, exigiendo que fuera secreto y que un servidor no tuviera conocimiento de ello. En definitiva, un entorno en el que hubo objetos personales – una radio y un juego de ajedrez – que desaparecieron, aprovechando que un servidor estaba de vacaciones.

Así es que, cada vez que leo alguna noticia referida a las purgas estalinistas que tienen lugar aquí y allá, ya sea en tribunales, en fiscalías o en medios de comunicación, recuerdo vivamente aquellos oscuros años transcurridos en un sótano, con una sola ventana que daba a la entrada de un garaje subterráneo, y con turnos de trabajo rotatorios. Un lugar en el que cuando alguien reclamaba su justo interés por progresar profesionalmente y un aumento de salario, la respuesta de Johnny Walker era mostrar un décimo de lotería acompañado de la frase “yo también”.

lunes, mayo 25, 2026

Estado de crispación.

Cualquiera que haya asistido tan solo una única vez a una Junta de Vecinos, conoce que en esas reuniones se grita más que en un partido de fútbol, se ponen sobre la mesa rencillas acumuladas durante meses y, en ocasiones, odios ancestrales por motivos que ya no se recuerdan cómo empezaron. Hasta ahí podríamos decir que todo normal. Ese tipo de reuniones, de dudosa efectividad y por supuesto, nada ejemplares, son la causa principal de que una amplia mayoría de los vecinos decida ahorrarse el tiempo y el bochorno de asistir a tan triste espectáculo y decidan no acudir, sin más. Los más comprometidos incluso llegan a delegar su voto en algún vecino, que viene a ser algo parecido a lo que se hacía en España en tiempos de la Guerra de Cuba o Filipinas, cuando los ricos pagaban dinero para no ir y los que pringaban – qué raro, verdad – eran los pobres.


Debo confesar que cuando tuve la primera ocasión de acudir como propietario a una Junta de vecinos, no entendía nada. Lo único que recuerdo de aquella reunión era ver a una vecina de mi planta, a pocas puertas de la mía, que se llamaba Mayte. La tal Mayte era toda una mujerona. De estatura imponente y complexión fuerte, solía vestir de forma inusualmente elegante, con abrigo de piel incluido, y tacones de diez centímetros, al tiempo que utilizaba un tono de voz que bordeaba la intimidación. Todo ello, en su conjunto, le confería un cierto estatus que atemorizaba y que me llevó a bautizarla como “la bestia”.
 

Vivía con su hijo, quien, en cierta ocasión organizó tal escándalo, que estuve a punto de llamar a la policía. El niño, un adolescente de la misma estatura que su madre, se lio durante varias horas a dar patadas a la puerta de entrada al domicilio, al tiempo que profería toda clase de gritos y de improperios. La puerta en cuestión, terminó con un agujero considerable como consecuencia de las patadas.

Pues bien, hecha una breve descripción de la madre y del niño, ahora voy con el comportamiento de “la bestia” en la única reunión de vecinos a la que fui en aquella comunidad. 

Todo parecía desarrollarse de modo normal siguiendo el orden del día. Hasta que “la bestia” se levanta, interrumpe al Administrador, que moderaba la reunión, y comienza a decir: «Yo sólo quiero que se despida al conserje. Es un borracho, que se pasa el día en el bar y nunca está en su sitio». El Administrador intentó – sin éxito – convencerla de que se ciñera al orden del día y que el asunto de ruegos y preguntas estaba al final de la reunión. Mayte, inasequible al desaliento, continuó con su monólogo como si el que acababa de hablar fuera invisible. «Es que, para colmo, el otro día llegaba cargada con unas bolsas y (el conserje) se negó a ayudarme. Dijo que no era su obligación.» Esta, desgraciadamente, no fue la única intervención de “la bestia”. Continuó con su matraca, repitiendo como un mantra eso de que «yo quiero echar al Conserje». Y así se mantuvo hasta que al final de la reunión, en el apartado de ruegos y preguntas, consiguió por fin que el resto – que ya estábamos hartitos de la señora – abordáramos el asunto. Se votó y el conserje continuó trabajando en el portal.

En fin, comprenderás que, para ser mi primera experiencia, fue bastante traumática para mi espíritu sensible. De hecho, además de no regresar a ninguna de las juntas posteriores, rogaba a los cielos no cruzarme con “la bestia” por los pasillos o, peor aún, coincidir en el ascensor.

Hasta ahí, podría considerarse que este tipo de cosas entran dentro de lo que hemos asumido como normal. Pero ahora nos adentramos en un terreno para muchos, desconocido. La Junta de Propietarios de mi comunidad que tuvo lugar recientemente.

Convocar una Junta de Vecinos un viernes y a las cinco de la tarde, ya hay que tener agallas. Por si fuera poco, el lugar elegido por la presidenta para semejante reunión fue el gimnasio de la comunidad. Un lugar en el que he estado una única vez, de paso, al que no recuerdo cómo llegar y que, al estar semiabandonado y sin aparatos, tan sólo es un espacio de reunión de personas de dudosa respetabilidad. En casos como este cada vecino, si lo estima conveniente, se lleva su propia silla, porque allí, aparte de polvo no hay nada.

Normalmente, las reuniones de nuestra Comunidad se han venido realizando en un colegio que tenemos a unos pocos cientos de metros y que, bajo pago, nos proporciona un salón con mesas y sillas. Pero al parecer, la presidenta decidió que era mejor ahorrar en el chocolate del loro y cambió el lugar.

A pesar de todos estos alicientes, – el día, la hora de la convocatoria, el lugar – y, sobre todo, el ambiente de enfrentamiento y de crispación que se vivía desde hacía meses, decidí no acudir.

Voy a ahorrar la infinidad de motivos y causas justificadas que han llevado a la presidenta a convertirse en el ser más odiado de la comunidad.

Por todo ello, decidí que lo mejor era no acudir a la convocatoria. Y lo hice porque me conozco. Y por lo que después me contó mi mujer, hice bien, porque al parecer, en algunos momentos de la extraordinariamente tensa reunión, hubo un conato de enfrentamiento físico entre un vecino, generalmente educado y calmado, y la mujer de otro, de profesión juez. Según me contó mi mujer, pensaba que cuando se fue a por ella, le iba a arrancar la cabeza del tronco. Y no fue el único momento tenso.

Para colmo, el Administrador, otro “figura” al que estaba previsto mandar al paro si vencía la candidatura de la oposición, nada más promulgar el número de votos obtenidos por unos y por otros y el nombre de la nueva presidenta, a continuación, y sin solución de continuidad, presentó su dimisión, recogió sus papeles y huyó del lugar como alma que persigue el diablo.

Todo eso me ha llevado a reflexionar sobre el clima de enorme crispación en el que parece que estamos instalados desde hace años. Una crispación que empapa a todos los niveles de la sociedad y que lo puedes observar en un partido de fútbol con niños de 8 años, donde los que se pelean a puñetazos son los padres o una discusión de tráfico en la Feria de Sevilla, que termina con un trabajador muerto y su agresor, de 44 y con antecedentes, detenido. Son sólo un par de ejemplos cotidianos que nos podemos encontrar en cualquier momento. Y la pregunta es: ¿Esto siempre ha sido así?

Discusiones y nerviosismo ha habido toda la vida. La diferencia es que ahora parece que el nivel de tolerancia es tan bajo que, prácticamente, ha desaparecido y la respuesta también parece bastante desproporcionada.

Me recuerda al chiste en el que se encuentran dos amigos por la calle y uno le dice al otro «¿cómo estás?» y el otro le contesta. «Pues anda que tú».

Es como si viviéramos en un estado de guerra y al menor ruido sospechoso descargáramos una ráfaga de ametralladora hacia el lugar de donde viene el ruido, sin esperar a confirmar si era amigo, enemigo o mediopensionista. Y tal vez ahí radique el problema: en que, de verdad, vivimos en un estado de guerra, al menos psicológico. Tal vez, unos más que otros, seamos víctimas de un estado de frustración por la situación que vivimos como país: dificultades económicas, problemas con la vivienda, problemas para encontrar un trabajo acorde a los conocimientos, escándalos y abusos de políticos, incertidumbre, constatación de que la justicia no se aplica igual a todos, corrupción institucional, etc. Todo ello va creando una frustración a nivel social que tiene sus consecuencias. Es como una olla en la que poco a poco, va subiendo la presión. Tal vez, algunos datos oficiales ayuden a entender mejor el impacto que está teniendo en la sociedad actual.

El Informe Anual del Sistema Nacional de Salud (SNS) 2024 indica que el 35,6% de la población española presenta algún problema de salud mental.

Según el Estudio Internacional de Salud Mental de AXA (2025), el 59% de los españoles afirma sufrir estrés, mientras que un 48% declara tener algún grado de depresión.

Bajas laborales: En 2024 se alcanzó la cifra récord de 671.618 bajas laborales por problemas de salud mental, un incremento exponencial frente a las aproximadamente 284.000 registradas en 2016.

Colectivos específicos: El estrés se ha disparado especialmente entre directivos, con un 83% que afirma haberlo sufrido en 2025.

Jóvenes (Generación Z y Millennials): Son quienes más priorizan la salud mental (63%) y quienes reportan mayores índices de estrés (70% en jóvenes de 18-24 años). Los trastornos de ansiedad en menores de 25 años han crecido un 36,4% desde 2019.

Mujeres: Presentan una mayor carga de enfermedad. La prevalencia de depresión en mujeres (7,2%) duplica la tasa observada en hombres.

Mayores: Más del 40% de los mayores de 50 años y el 50% de los mayores de 80 años presentan algún diagnóstico de salud mental

 

Después de echar un vistazo a estos datos no parece un error afirmar que vivimos en uno de los peores momentos de los últimos años: la precariedad laboral, los salarios escasos, los problemas relacionados con la vivienda, la inseguridad ciudadana…son cuestiones que, ya de modo individual son preocupantes, pero que si en ocasiones, se superponen unos a otros, es muy fácil que cualquier excusa sirva para abrir la espita, y que salga la frustración en forma de violencia, ya sea verbal o física, o ambas.

Por supuesto, además de estos factores externos, están otros que demuestran la catadura moral de los individuos. A mí no se me ocurriría discutir a muerte por un asunto de tráfico, pero en esta comunidad, al parecer, hay gente con la que jamás has tenido ningún contacto más allá de un “hola” o “adiós” y que ahora mismo estarían dispuestos a hacerte desaparecer, simplemente porque no estás a favor de la presidenta perdedora. No son muchos, pero como suele ser habitual, hacen mucho más ruido.

Así es que, como corolario, está claro que hay factores que contribuyen a que vivamos bajo un estado de presión importante, pero también es cierto, que la educación y el fondo de los seres humanos son los que, en definitiva, determinan el grado de respuesta.

 

© Carlos Usín


PD. La presidenta saliente de la comunidad ha conformado un grupo de leales que, como era de esperar, dedican gran parte de su tiempo a dar por saco a la nueva presidenta, que por casualidad, es mi mujer. Me recuerdan a esos grupos políticos de la famosa película "La vida de Brien".


(Fuentes: Ministerio de Sanidad a través de sus Informes Anuales del SNS.  

Confederación Salud Mental España: Publican anualmente informes sobre el estado de los derechos humanos y la situación de la salud mental en el país.

INE (Instituto Nacional de Estadística): Proporciona datos de la Encuesta Europea de Salud en España sobre cuadros depresivos y ansiedad)

domingo, mayo 24, 2026

El RCD Mallorca ha descendido.

Soy consciente de que tengo un buen número de seguidores que viven en los EE. UU o en Singapur, por ejemplo. Así es que, por si acaso hay algún despistado, esto va de fútbol.

Vinilo Adhesivo Escudo Real Club Deportivo Mallorca Escudo

Mi relación con Mallorca comenzó allá por el año 1979. Hay de por medio, lazos emocionales imposibles de olvidar. Así que, desde ese primer momento, me he sentido unido a la isla, con mayor o menor intensidad; y por supuesto, me afecta eso de que el Mallorca, a quien le tengo gran simpatía, haya descendido a Segunda División.

Y eso me trae a la memoria algunos recuerdos, como, aquella final de la Copa del Rey que disputaron al todopoderoso Barcelona, aquel 5º puesto en la Liga o ganar la Supercopa de España al Barça. Muchos de estos grandes éxitos, si no todos, con la inestimable aportación de un personaje clave en la historia del club, como fue Héctor Cúper.

Pero fue mucho tiempo atrás, tal vez en 1984 – aunque la memoria puede jugarme alguna mala pasada – cuando la fiebre por el Mallorca, arrastraba a algunos isleños, reacios ya de por sí a abandonarla, a venir hasta Madrid y disfrutar de un programa doble. Por un lado, el Mallorca, que por entonces militaba en la Segunda división, se enfrentaba a un gran Castilla CF, y por otro coincidió con un clásico entre el R. Madrid y el Barça. Era una tentación difícil de resistir y por eso, algunos familiares y amigos se desplazaron a la capital para disfrutar del espectáculo.

Lo de disfrutar del fútbol, puede pasar, pero aquel 30 de diciembre, en Madrid hacía un frio que pelaba y mis cuñados y amigos no habían venido preparados con la ropa adecuada. Ni con la ropa ni con las entradas. Para eso, para lo de las entradas, me enviaron a mí a comprar las mejores que hubiera, al precio que fuera. Esas fueron sus indicaciones. Me parece recordar que conseguí unas entradas bastante buenas por unas 20.000 pesetas de la época, cuando una entrada para un Clásico Real Madrid - Barça en la reventa ilegal podía costar entre 5.000 y 15.000 pesetas. Pero lo mejor, vino después, cuando me dijeron que habían conseguido unas mejores aún. Yo ya no pregunté qué habían hecho con las otras, que por supuesto, me abonaron, claro.

Del Mallorca llegó al Madrid un joven central llamado Bonet. Un chaval alto y que jugaba con clase, algo que en aquella época era novedoso. La lástima fue que se encontró con quien no debía. Se llamaba Migueli y de sobrenombre “Tarzan”. El susodicho Tarzan, jugador del FC. Barcelona, en la final de la Copa del Rey del año 1983, realizó una entrada asesina que tuvo consecuencias nefastas para el pobre Paco Bonet: rotura del ligamento lateral interno, rotura del menisco externo y desgarro de la cápsula posterior de su pierna izquierda.

Tiempo después, abandonó el R. Madrid y regresó a Mallorca, donde siguió intentando recuperarse para el fútbol. Yo lo vi jugar en el antiguo Luis Sitjar, precisamente contra el Real Madrid y ver la pierna izquierda del pobre chico, dama grima, porque de rodilla para abajo estaba girada en un extraño y espeluznante escorzo.

Ya decía al principio que el descenso del Mallorca me traía recuerdos de otros tiempos; nombres de jugadores míticos, como Samuel Eto'o, Ariel Ibagaza, Miguel Ángel Nadal, Diego Tristán, Dani Güiza, Vicente Engonga o Leo Franco, son algunos de esos jugadores que hicieron grande a un modesto, hasta convertirse, en más de una ocasión, en temible adversario.

A la frustración de los aficionados y del club, se une el impacto económico que tendrá el descenso. Con menos ingresos, deberán vender a jugadores clave para hacer caja. Luego, conformar una plantilla con aspiraciones de ascenso, lo que implica calidad y economía de guerra. Una tarea nada fácil.

Mis mejores deseos a este nuevo Mallorca. Espero poder celebrar su regreso a Primera lo antes posible.

© Carlos Usín

domingo, mayo 17, 2026

Corrupción.

Últimamente asistimos entre escandalizados y estupefactos, a un esperpento que nos ofrecen las noticias con las que nos asaltan a diario, tanto desde la Audiencia Nacional como del Tribunal Supremo, los distintos casos de corrupción con los que nuestros políticos nos avergüenzan de cara al mundo.



Parece un partido de tenis en el que los jugadores utilizan sus habilidades más arteras, sus trucos más sucios y el nivel de bajeza moral hace ya tiempo que traspasó el suelo.

Hace ya tanto tiempo que venimos escuchando lo que escuchamos, que lo hemos asumido como si fuera normal: la mujer del presidente del gobierno era la que llevaba la contabilidad de los prostíbulos de su padre y quien pagaba a las prostitutas/os. El presidente del gobierno intentó un burdo pucherazo en su partido sólo para mantenerse en el poder…y le descubrieron. El hermano del presidente, le inventan un puesto inexistente, pagado con dinero público, para que viva cómodamente y pretende convencernos que lo encontró buscando en Google y mientras estaba en San Petersburgo, Rusia. El secretario general del PSOE, los dos, detenidos y encarcelados. Un ministro pagaba a las meretrices que se beneficiaba con dinero público. Después, les buscaba un empleo en empresas públicas y ni siquiera tenían que ir. Toda la familia de Jordi Pujol en el banquillo. En fin, así hasta el infinito.

Ni a los hermanos Marx se les podría haber ocurrido un guion así para una de sus películas.

Recuerdo que hace un tiempo vi un documental en el que se hablaba sobre corrupción en diversos países de Europa. Creo que fue en Dinamarca donde el reportero hacía una encuesta callejera y preguntaba a los ciudadanos cuál había sido el último escándalo de corrupción que recordaba en ese país. La gente, después de meditar unos segundos, terminaban confesando que no recordaban ninguno.

A la vista de todo lo ocurrido aquí, me he empezado a preguntar la razón, el motivo por el que en España somos tan corruptos. Porque no es sólo el dinero que se roba, es que con las prebendas y privilegios de los que disfruta gran parte de los políticos y muchos puestos públicos, los nombramientos de inútiles catapultados a puestos para los que no sirven, pero que llevan aparejado un salario indecente, es económicamente inasumible.

Entonces, ¿de qué depende que la corrupción exista o no? Bueno, partiendo del hecho de que para que exista un corrupto, se necesita un cómplice, es decir, si en España el ministerio de Fomento es la fuente, el origen de la mayor parte de la corrupción, es porque, entre otras cosas, hay empresas que colaboran pagando en metálico cantidades desorbitadas para obtener licencias. Pero aparte de esta evidencia, ¿de qué depende? ¿Siempre ha sido así en España? ¿Esto nos viene como herencia de algo o de alguien? Y ha sido en ese momento cuando me he puesto a investigar en nuestro glorioso pasado y he descubierto cosas interesantes.

En la España de 1914 – ya ha llovido - se detectó un brote de muermo en Madrid que afectaba gravemente a la caballería. Esta enfermedad es una zoonosis, lo que significa que podía contagiarse a los humanos, y, por tanto, generó un gran alarmismo social. Una especie de gripe aviar, pero para caballos. Hasta ahí la noticia. Ahora viene el escándalo.

El entonces ministro de Fomento – otra vez Fomento - Francisco Javier Ugarte, ministro del gobierno de Eduardo Dato, era un gran aficionado a la hípica y poseía cuadras de caballos. La prensa de la época, especialmente la de oposición, denunció que mientras se exigía el sacrificio de los caballos de los ciudadanos humildes (como los de los cocheros), se daban tratos de favor a las élites.

Pero aquí no termina la historia. El ministro se inventó un decreto “a medida”.

En plena epidemia (otra vez una pandemia), cuando se estaban sacrificando caballos de ciudadanos particulares para frenar el contagio, el Ministerio de Fomento, bajo el mando de Javier Ugarte, emitió una disposición que permitía la exportación de caballos a Portugal.

Esta medida fue extraordinariamente inusual y breve en el tiempo. Se sospechó que el decreto se redactó y publicó con el único fin de dar cobertura legal al traslado de las valiosas cuadras del propio ministro y de otros aristócratas cercanos al poder hacia fincas seguras en el país vecino, antes de que las restricciones fronterizas se endurecieran o se ordenara el sacrificio de sus ejemplares.

Mientras el ministro salvaba sus caballos usando su posición, los cocheros y pequeños propietarios de Madrid veían cómo sus animales —su único medio de vida— eran ejecutados sin apenas compensación.

La prensa de la época denunció con ferocidad que el gobierno estaba "legislando para las cuadras ministeriales". Este evento dañó profundamente la imagen del gabinete de Eduardo Dato, reforzando la idea de que la ley no se aplicaba igual para todos.

Ahora cambiamos caballos por COVID, y epidemia por pandemia y ya tenemos el puzle completado.

Estoy seguro que si me retrotraigo en el tiempo, encontraré ejemplos hasta completar una enciclopedia. Pero hay algo que me sorprende del estado actual de las cosas que estamos viviendo.

Si bien en el pasado la corrupción podría decirse que era cosa de uno o de muy pocos, lo que estamos viviendo hoy da la impresión de que no hay ninguna diferencia entre lo que tenemos y la Mafia. Aquí, hoy, está pringado hasta el apuntador.

La corrupción también se dio en tiempos de Franco, por si alguien pudiera sospechar lo contrario. La diferencia es que entonces, no había periodistas que lo denunciaran…y siguieran vivos. Que, por cierto, es la tendencia de Pedro Sánchez: que no haya periodistas incómodos. Y, sin embargo, se destapó un escándalo de proporciones mayúsculas en 1972.

El Caso Reace (Redondela)

En 1972 se descubrió la desaparición de 4.000 toneladas de aceite de oliva (valoradas en millones de pesetas de la época) de los depósitos de la empresa Reace en Guixar (Vigo), que pertenecían a la Comisaría General de Abastecimientos y Transportes (CAT).

El escándalo fue especialmente grave porque en el consejo de administración de Reace figuraba Nicolás Franco Bahamonde, hermano del dictador.

El caso estuvo rodeado de una serie de fallecimientos extraños, incluyendo el de José María Romero, director de Reace, quien apareció muerto junto a su mujer y su hija en lo que se calificó de suicidio colectivo tras denunciar el fraude. Otras figuras clave también fallecieron en circunstancias poco claras antes del juicio. Putin no ha inventado nada.

El juicio se celebró en 1974. A pesar de las pruebas, las altas esferas implicadas, incluido el hermano de Franco, no sufrieron consecuencias legales significativas, lo que evidenció los mecanismos de protección del régimen.

O sea, lo mismo que se pretende con Álvaro García Ortíz, ex fiscal general del Estado, delincuente confeso, o lo que, de hecho, se ha hecho con el Honorable Pujol.

Podemos seguir repasando la triste historia de los pufos, corruptelas y hasta terrorismo del estado, ejecutado por auténticos chapuzas descerebrados, y la pregunta sigue siendo: ¿de qué depende que la corrupción exista o no? ¿Del clima? ¿Por eso en Dinamarca no saben lo que es y aquí no salimos de una y entramos en otra? ¿De la religión? ¿De la ideología? ¿Quién roba más la derecha o la izquierda? ¿La corrupción es patrimonio en exclusiva de España? ¿De los países del mediterráneo?

Así es que inmerso en estas cuestiones que abrumarían a cualquiera, me planteo que debería haber, como en todos los deportes, una clasificación de países que son más limpios, honestos e intachables, que los de Elliot Ness. Y resulta que sí, que lo hay.

Aunque parezca mentira, existe un  Índice de Percepción de la Corrupción de Transparencia Internacional (IPC). Según este índice, las economías nórdicas destacan como líderes en el IPC, con Dinamarca (87), Finlandia (86), Suecia (85), Noruega (84) e Islandia (78) en 5 de los primeros 11 puestos del índice.

España ocupa actualmente la posición 49 de 182 países, lo cual podría hacer que nos sintamos orgullosos sabiendo que, por debajo de nosotros, hay más de 140 países que si lo comparamos con España, eso debe ser peor que la cueva de Alí Babá.

Echemos un vistazo a los países que están mejor situados que España, a ver si de esa forma, podemos deducir algún denominador común que pudiera inducir a pensar en la razón por la que aquí tenemos corruptos por doquier.

Singapur y Nueva Zelanda, puestos 3 y 4, respectivamente.

Países Bajos, 8

Alemania, 10

Bután y Japón, 18

Barbados, Seychelles y Taiwán, 24

Francia, 27 (incluso Sarkozy pasó por el trullo)

Botsuana o Ruanda, 41

Pues por lo visto hasta aquí, no aparece un factor que pudiera determinar o explicar la razón de por qué en España salimos a corrupción por año. ¿Tal vez, nuestra herencia genética? Pues Israel está en el puesto 35, EAU en el 21, y Arabia en el 45, todos ellos mejor que la posición de España.

Y, sin embargo, ahí estamos: ostentando orgullosos el puesto 49 de 182, lo cual me lleva a pensar que, de esto no nos libra ni la paz ni la caridad, aunque personalmente, siempre he preferido que los políticos fuesen ya ricos ANTES de meterse en política, porque así, las tentaciones, imagino, serán menores que para un muerto de hambre que adquiere, por mor de nuestra lesionada democracia, el estatus de diputado. A partir de ese momento, todos los cuñados del sujeto, sus familiares directos, sus amigos, sus vecinos, sus colegas del partido, los amigotes del colegio o cualquier otro individuo o individua que hubiere tenido alguna relación con el sujeto, tendrá a su alcance disfrutar de salarios indignos para con sus habilidades y conocimientos, y todo tipo de ingresos más oscuros que el sobaco de una mona.

Y ese es justamente uno de los factores que ayudan al sostenimiento de la corrupción: el gran poder que tiene cualquier mindundi para nombrar asesor a un analfabeto. Esto hace que el mal se extienda como una metástasis por todo el entramado social y político, agigantando el coste estructural del país. Por ejemplo, hoy en día hay más de 3.000.000 de funcionarios…y subiendo. En la era de las tecnologías, de la Inteligencia Artificial, de la supresión del papel, del sírvase usted mismo, precisamente ahora ¿es cuando necesitamos más funcionarios que nunca?

Y para muestra un botón. En este enlace puedes leer la noticia de que la hija de una diputada del PSOE, - famosa por otras cosas-, cuyo nombre es Mayka Tomás López, está imputada y para la que la Fiscalía pide ocho años de cárcel por estafar cuatro millones de euros en el sindicato UGT Madrid.

Somos un país de recursos limitados que proporcionamos vidas de lujo a ciertos individuos desaprensivos y casi sin control. Mucho mejor nos iría si imitásemos a los suecos, por ejemplo.

 

© Carlos Usín

 

miércoles, mayo 13, 2026

Florentino

Según el diccionario de la RAE, el término se refiere a una persona u objeto originario de dicha localidad italiana, cuna del Renacimiento. Por extensión, en lenguaje figurado, se atribuye el calificativo de florentino a algo o a alguien sumamente elegante, refinado, distinguido. En general, Florentino, con mayúsculas, siempre ha venido representando ese papel frente a los medios: un hombre culto, distinguido, con clase, educado, con lengua acerada en ocasiones y verbo fácil. Por eso, cuando convocó una rueda de prensa de modo urgente, la verdad es que tenía interés en saber y escuchar qué tenía que decir.

Lamentablemente, me bastaron un minuto o dos, para darme cuenta de que esa rueda de prensa no iba a ser como todas las demás que he conocido. Ni el tono, sosegado de otras ocasiones, ni el orden de los asuntos a tratar, ni el verdadero objetivo de la propia rueda de prensa, me hicieron recordar al Florentino de siempre. Me pareció algo confuso en su relato, sin orden ni concierto, saltando de un tema a otro. No me pareció la mejor idea estar consultando su móvil para encontrar el guion de lo que quería proponer.

Todo ello me sorprendió. No correspondía a la imagen habitual que tenía de Florentino e incluso, me llegó a preocupar. Le noté, en contra de lo que suele mostrar frecuentemente, preso de un estado de crispación desconocido, como queriendo disparar sus dardos dialécticos en todas direcciones y sin apuntar demasiado. Como el típico loco de las películas que se ve atrapado y muerto de miedo dispara en todas direcciones, sin acertar casi nunca. Pero, aunque la imagen me preocupó, me sugirió al mismo tiempo, que es posible que ese descontrol, ese desbarajusta emocional que a mí me pareció sentir, podría tener algo que ver con la situación del equipo. Y no solamente me refiero a la calidad del juego, sino a la atmósfera que se vive en el vestuario.

Yo he vivido en primera persona el hecho de tener un director general en una empresa, cuyas decisiones abandonaban el mundo de lo dudoso, para adentrarse en el terreno de lo paranoico. Y te aseguro que ese estado de cosas, aunque pueda parecer una exageración, acaba impregnando al resto de la organización.

Cuando los indios pierden la fe y el respeto por el jefe de la tribu, los indios no luchan.

La temporada del R. Madrid no es que haya sido mala. Es que ha sido caótica.

Hace un año, antes de que terminara la Liga, ya se rumoreaba que Ancelotti no iba a continuar. A pesar de ello, el Madrid terminó segundo a 4 puntos. Hoy, vamos a 14…de momento.

En julio de 2025 aterriza Xabi Alonso “el deseado”. Todo el mundo quería que repitiera en el Madrid los éxitos que tuvo en Alemania. Ya sabemos lo que implica hacerse cargo de un equipo y más si es el R. Madrid. A mediados de enero de este año 2026, Xabi Alonso se ha hartado del comportamiento de los jugadores – de algunos – y siente que no tiene el suficiente apoyo de Florentino. Y Xabi – en mi opinión fue él quien tomó la decisión – se marcha.

Y tal vez, sólo tal vez, ese estado de confusión mental que a mí me dio la impresión ayer de ver en el comportamiento del presidente del R. Madrid, sea una de las razones por las que el vestuario está tan revuelto. Porque ese tipo de comportamientos, generan desconcierto, desazón en el grupo.

Como dijo el sabio César Luis Menotti: “El jugador de fútbol sólo respeta a un entrenador que demuestra que sabe más que el propio jugador”.

Si a esta falta de dirección emocional, si a esta falta de liderazgo, le añades que en la plantilla actual no hay un líder en el campo como Raúl, o Sergio Ramos, o Juanito, o Fernando Hierro, por poner sólo algunos ejemplos, se empieza a entender que la navegación de los blancos en esta liga haya sido tan errática, encadenando buenos partidos – los menos – con derrotas difícilmente explicables.

Para seguir con la rueda de prensa de Florentino, no entiendo que la convoque para anunciar elecciones. Y no entiendo que convoque elecciones cuando prácticamente, según los estatutos del Real Madrid, para presentarse hay que tener 200 millones de euros en el banco, y llevar más de 20 ininterrumpidos como socio del equipo. O sea, que sólo le falta añadir su nombre completo.

Así es que creo que el problema del Real Madrid no sólo es de juego. Creo que lo que transmite el equipo en el terreno de juego, es un fiel reflejo del berenjenal en el que está metido con un presidente que no sabe si apostar por la Super Liga Europea, denunciar al Barça por estar 20 años pagando a árbitros, contratar a Xabi Alonso para “echarlo” a los 6 meses, esperar a la prima dona de Mbappé a que se le antojara aceptar la enésima oferta que le hacía, o poner al frente del equipo a Arbeloa, cuyo único éxito ha sido dirigir al Castilla, por cierto, sustituyendo a Raúl González al frente de ese equipo.

Ni Zidane, ni Cristiano Ronaldo, ni Ronaldo Nazario, pusieron tantas pegas para jugar en el Madrid como las que puso Mbappé.

Tal vez sea la hora de agradecer a Florentino el inmenso trabajo que ha realizado a favor de la institución a lo largo de su historia, del mismo modo que se hizo con D. Santiago Bernabéu. Tal vez sea el momento de hacer un giro de timón y pilotar la nave blanca con un estilo algo más moderno, más actual. Siempre he creído que Florentino ha tendido siempre a imitar de alguna forma, el proceder de Bernabéu, pero incluso habiendo mejorado algo en eso, ya no me parece suficiente. Incluso Bernabéu tenía a Raymundo Saporta.

No comparto la idea romántica – y caduca - de que sea Florentino, imitando al más puro D. Santiago, el que decida a quién se ficha y a quién no. Debería haber en la estructura del Real Madrid un puesto de D. Técnico, pero con poder real de decisión. Al Sevilla le fue de maravilla colocando a Monchi en esa posición. Fichaba barato, conseguía ganar títulos, convertía a jugadores desconocidos en estrellas y luego los vendía caro, consiguiendo ingresos para el Sevilla.

Tengo la impresión de que eso no sucede siempre en el Madrid.

El Real Madrid necesita un jugador con carácter, con personalidad, que tenga el respeto de la plantilla. Necesita un líder. Y un líder no se compra.

El equipo necesita un entrenador “especial”. Y de esos no hay muchos, pero Arbeloa no lo es. Para eso, haber puesto a Raúl.

Así es que, en mi opinión, el Madrid necesita un nuevo presidente, un nuevo entrenador y una nueva forma de pensar, porque ya no es aceptable dar por bueno que nos eliminen de la Copa todos los años equipos de Tercera – con todos mis respetos hacia ellos – y fijar como únicos objetivos la Champions, en primer lugar, y como algo accesorio La Liga.

sábado, mayo 09, 2026

IMPRESIONES DE UN VIAJERO (XV)

Evora

Cuando organizamos el viaje a Portugal decidimos que desde Lisboa dejaríamos de descender por el mapa luso y nos lanzaríamos en un ángulo de noventa grados a buscar la frontera española. Y en el camino entre Lisboa y España, uno se encuentra con dos poblaciones muy interesantes para visitar. La primera es Evora y la que está más cerca de España, Elvas.

Para quien no haya estado en ninguna, como era mi caso, probablemente le sorprenda que una ciudad como Evora, que apenas tiene 60.000 habitantes, tenga semejante oferta turística: la Praça do Giraldo, la Capilla de los Huesos, la Iglesia de San Francisco, la Catedral, el Templo Romano, el Acueducto, el Palacio de Don Manuel o la Torre das Cinco Quinas.

Pero lo que más me sorprendió y con diferencia, fue encontrar un hotel de la cadena Hilton, el  HILTON GARDEN INN.

Evora está apenas hora y media de camino de Lisboa por autovía, y en el trayecto no hay nada que merezca la pena detenerse y visitar, así es que, entre que te echan del hotel como muy tarde a las 12.00 y no te dejan entrar hasta las 15.00, se nos planteaba un problema logístico. Pero, en cualquier caso, fuimos derechos hasta Evora. Llegamos, entorno a las 13.00 – 13.30 como mucho.

Sabíamos que el aparcamiento consistía en un espacio al aire libre, junto a la fachada principal, pero justo al otro lado de la valla que separaba el hotel de la calle, no tuvimos ningún problema en encontrar un hueco. Por muy extraño que parezca, el hotel cobraba 20€ por día, por dejar el coche en el recinto al aire libre.


Al presentarnos en Recepción reconocimos que era demasiado temprano y que, si no disponían de habitación, lo entenderíamos. Pero fueron muy amables y nos dieron una, que, además, era super amplia y tranquila.

Sólo íbamos a pernoctar esa noche, así es que, en esos casos, procuramos no deshacer demasiado las maletas.

Para aprovechar lo que quedaba de luz cogimos el paraguas – porque estaba lloviendo – nos cambiamos el calzado y salimos a conocer lo que nos diera tiempo.

El hotel está situado justo al otro lado de la muralla que antaño delimitaba lo que es el centro de la ciudad, lo que significa que no sufres los inconvenientes del ruido, el tráfico y demás, pero estás lo bastante cerca como para ir andando a todas partes. Y eso fue lo que hicimos.

Nuestra primera visita fue a la Iglesia de San Francisco. La verdad es que orientarte con el Google del móvil al mismo tiempo que manejas el paraguas, es más propio del circo. Lo que no dejaba de sorprenderme era que todo monumento o visita de interés, siempre estaba cuesta arriba. ¡Qué manía de colocar en la picota todo, oye! Bueno, el caso es que después de alguna vuelta que otra y algún despiste, llegamos a la iglesia.

Sinceramente, me pareció que era bastante despectivo denominar a ese monumento iglesia. Uno piensa que ese término está más relacionado con un concepto mucho más modesto, más de pueblo.


Pero si el aspecto exterior impresiona, el interior no se queda atrás.

Después de visitar la iglesia, empezamos a buscar la entrada a la “capilla de los huesos”. Nos pareció que lo lógico sería que la capilla estuviera anexa de alguna manera a la iglesia. Fue desconcertante comprobar que desde dentro de la iglesia, no había acceso ni indicación alguna para adentrarse en la capilla.

Sin perder el ánimo, y a pesar de que continuaba lloviendo, salimos 

al exterior del edificio y volvimos a consultar a Google que insistía 

en que “ha llegado a su destino”. Nosotros no hacíamos más que dar 

vueltas alrededor de la iglesia intentando descubrir en qué parte 

habían escondido la entrada que, al parecer, Google sí sabía dónde 

estaba, pero nosotros no. Guarecidos bajo el paraguas para 

protegernos del chaparrón que estaba cayendo y con mucho cuidado 

de que nuestros tobillos no cedieran ante el empedrado que 

pisábamos, buscábamos con ahínco la entrada a la capilla, que se 

había convertido en un desafío. Casi por casualidad encontramos la 

maldita entrada. Estaba justo al otro costado de la iglesia y semi 

oculta por unos andamios y grandes cartelones de las obras de 

restauración que se estaban haciendo. Al menos, allí dentro 

dejaríamos de mojarnos porque la lluvia, en ocasiones, arreciaba con 

fuerza. Después, el interior de la capilla es sobrecogedor y algo 

tétrico.



Después pasamos a visitar el Museo de Arte Sacro, en el que, como
 
se ve, sorprendimos a una restauradora haciendo su trabajo.





Al terminar nuestra visita cultural, salimos al exterior. La lluvia continuaba y nosotros buscábamos un restaurante cercano. Bajo el paraguas buscamos algunas de las sugerencias, pero con resultado negativo. Algunos estaban cerrados, otro tenía unos precios para turistas, otro una carta nada apetecible. Nos mojamos un poco más hasta que decidimos cruzar al otro lado de la plaza donde parecía que había alguna posibilidad. Tuvimos suerte. El lugar sólo estaba ocupado por una pareja que hablaba en inglés. El resto de las mesas estaban a nuestra disposición.

Por aquello del respeto nos dirigimos al propietario en inglés, pero enseguida se dio cuenta de que éramos españoles y él mismo cambió – como suelen hacerlo casi siempre – a nuestro idioma.

Aparte del plato principal y una cerveza restauradora, nos puso un pan de pueblo con una miga grande y esponjosa y un poco de aceite del bueno. Ya podían caer chuzos de punta ahí fuera.

Después de ponernos ciegos salimos del restaurante totalmente envalentonados, casi eufóricos y decidimos que iríamos a visitar el Templo Romano. Había dejado de llover, pero hacía bastante frío. Según Google Maps, tardaríamos sólo unos 10 o 15 minutos desde el restaurante y estaba a menos de 1 km. Tengo mis razones cuando afirmo con total convencimiento:” me encanta hacer planes para saber exactamente lo que NO va a pasar”.

Para empezar, ignoro por qué extraño sortilegio todos los monumentos están ubicados en lo más alto de los pueblos. En Coímbra, todo estaba cuesta arriba. En Oporto y Lisboa, ídem de lo mismo. Y ahora, el maldito Templo de Evora, parecía que colgaba del cielo.

Yo creo que Google tiene un algoritmo que, si te ve perdido, te putea y finge como que se vuelve loco. Tú das vueltas y vueltas y el maldito móvil, encima, se burla de ti y te dice “parece que te has perdido…”.

Como recorrimos calles y senderos que nadie más transitaba a esas horas – por las horas, por el frío, por la lluvia o por una mezcla de todo ello – nos encontramos con algunas sorpresas. Aunque no siempre supimos qué eran. 



A pesar de lo aparentemente inaccesible del lugar, siempre hay 

coches aparcados y un edificio imponente y desconocido.

Otro de los descubrimientos que hicimos en nuestro deambular, fue 

la famosa Praça do Giraldo, la cual, a pesar de ser hermosa y 

visitable, no encontramos ninguna placa que la identificara.


No recuerdo cuánto tardamos en llegar, pero ya te digo yo que más de 15 minutos y por supuesto, entre todas las vueltas atrás y volver a andar el camino ya andado, fue más que 1 km. Llegamos exhaustos, con frío y un poco hasta las narices de tanto paseo. Pero llegamos. Y al verlo allí, solo y abandonado, nos preguntamos si había merecido la pena tanto esfuerzo.


El caso es que allí mismo tomamos la decisión más sabia de todas: no íbamos a visitar nada más de Evora por muy bonito que fuera. El frío arreciaba a medida que el sol iba cayendo y estábamos agotados de subir y bajar.

Llamamos a un Uber para que nos rescatara y nos depositara en nuestro hotel, algo que se nos antojaba imposible de conseguir andando.

A la mañana siguiente, camino de regreso a casa, teníamos previsto parar en Elvas, pero estábamos tan cansados de tanto viaje, de tanto ajetreo, de tanto andar, que, no solamente decidimos que esa noche ni nos planteábamos lo de salir a cenar, es que, al día siguiente, pasaríamos de Elvas y tomaríamos el camino directo a casa. Era más que suficiente.

Nos levantamos relativamente temprano. Un poco porque teníamos ganas de llegar a casa y porque teníamos al menos 6 horas de viaje en coche, paradas aparte.

Al llegar al comedor no te puedes imaginar lo que nos encontramos. ¿No lo adivinas? Pues el comedor estaba hasta arriba de japoneses. Pero no eran los mismos que habíamos estado viendo por todo Portugal allá donde fuéramos. Estos eran distintos. El más joven debía tener 200 años. Algunos hablaban en japonés, otros en inglés y había uno que hablaba incluso en portugués. Se trataba de una excursión en autobús y estaban allí todos en nuestro hotel. Me pareció de lo más curioso.

Al terminar nuestro desayuno, subimos a por las maletas y al bajar a Recepción, nos encontramos con los más rezagados de los nipones yendo hasta el autobús que los esperaba en la calle. Afortunadamente, no teníamos demasiada prisa porque el bus estaba detenido justo detrás de mi coche. El conductor, atento, vio cómo colocábamos nuestras maletas en el coche y nos dijo que enseguida terminaban.

El camino de regreso a casa no fue como cabía esperar por autovía. El GPS decidió llevarnos por carreteras secundarias que atravesaban fincas de cultivos, olivares o de ganado porcino. El día era soleado, no como el anterior, y un paseo por ese paisaje, era muy agradable. También era el más directo, aunque no fuese el más rápido.

Dado el desorbitado precio de la gasolina en Portugal, me había obligado a apurar el depósito y no repostar hasta regresar a la península, pero el problema que me estaba encontrando era que debido a que circulábamos casi casi, atravesando el campo, no encontraba ninguna estación. Finalmente, en la localidad de Oliva de la Frontera, encontré uno de esos puestos de los que existían hace décadas. Parecía tan antiguo que estaba a punto de preguntar dónde se hacía para bombear manualmente la gasolina como se hacía a finales de los cincuenta, principio de los sesenta.

Una caseta con un espacio tan reducido que apenas entraba el hombre, alto y de porte grueso. Hacía frío y probablemente estaría más tiempo fuera de la garita que dentro. Entablamos una rudimentaria conversación y al notar que mi acento no era de la zona, me preguntó si iba para Madrid – se debe notar el acento madrileño, que digo yo-. Yo le pregunté si tenía un aseo y me dijo que no, que eso era un lujo, pero que en la esquina había un bar. También se mostró orgulloso de disfrutar de ese trabajo tan exigente, del mismo modo que antes que él lo hizo su padre y también su abuelo.

Continuamos camino por Jerez de los Caballeros y Fregenal de la Sierra, en dirección a Sevilla. Un itinerario muy recomendable si no tienes prisa y quieres disfrutar del paisaje y de los diferentes efluvios que flotan en el aire, y te hacen recordar que, en esa zona de España, saben vivir, beber y comer como en pocos sitios. Los anuncios constantes de cooperativas, almazaras, embutidos y demás pecados de la carne, de la de cerdo, principalmente, te ayudan a situarte.

Al llegar a casa, todavía tuvimos tiempo de pasar por Mercadona.

 

© Carlos Usín

sábado, mayo 02, 2026

IMPRESIONES DE UN VIAJERO (XIV)

Lisboa – día 3.

Después de un desayuno pantagruélico queríamos aprovechar nuestro último día en Lisboa para completar algunas actividades pendientes. El día anterior, Ana, nuestra guía, nos desaconsejó visitar el Castillo de San Jorge. Según dijo no merecía la pena pagar por verlo. Aparte de eso, lo único que nos quedaba era cumplir con el requisito de viajar en la famosa línea 28 del tranvía, que recorre los barrios más históricos y pintorescos de la ciudad.

Al ser una línea utilizada mayoritariamente por turistas, se nos había advertido del riesgo que representaban los carteristas, quienes, aprovechando la masificación en los vagones, sustraían todo lo que podían y más. También nos advirtieron de las paradas más aconsejables para subir y coger asiento, por la misma razón de que todos los turistas querían hacer lo mismo.

Así es que teniendo en cuenta todos estos factores, decidimos subirnos al tranvía en la parada que estaba en lo más alto de Lisboa, Campo de Ourique / Prazeres y desde allí, descender hacia la Plaza del Comercio. Para llegar hasta la parada Campo de Ourique, fuimos en un Uber. Nos dejó justo donde había un cartel que indicaba bien a las claras que era de la línea 28.



Sin embargo, nos sorprendió que no había nadie esperando. Tampoco había ningún tranvía y todo eso era un poco sospechoso.

Pasaba el tiempo y allí no pasaba nada más que los minutos. Pero la parada era muy clara: había un 28 así de grande.

Al cabo de un buen rato, aparece un minibús amarillo. Sinceramente, no era lo que esperábamos. Las vías del tranvía apuntaban a otro tipo de vehículo. Ante la duda, me acerqué al conductor, que estaba sentado tras el volante enfrascado en rellenar algún tipo de documento relacionado con su trabajo. Le pregunté – en inglés, por supuesto – que si esa era la parada del 28 y me respondió con un gesto que apuntaba justo a la dirección opuesta de la plaza. No entendí sus palabras, primero porque no bajó del todo el cristal de la ventanilla y segundo porque su acento portugués era bastante cerrado para mí. Aun así, el hombre todavía permaneció unos minutos más dentro del minibús y nosotros, esperando el 28.

Al cabo de un rato, el conductor, que sinceramente tiene el dudoso honor de ser el primer portugués poco amable que he conocido, se bajó del bus y se perdió por algún camino de la plaza en dirección desconocida. Y mientras tanto, nosotros allí, como dos pasmarotes esperando a que sucediera algo.

Después de un buen rato, el conductor desagradable regresó, nos vio donde nos había visto desde que llegó, no nos dijo nada, se subió al minibús y se dirigió al otro lado de la plaza donde había una cola de personas esperando algo. Y lo que estaban esperando era al minibús amarillo.

En ese momento, aparte de acordarme de la augusta progenitora que había echado al mundo al simpático del conductor, cruzamos la plaza lo más aprisa que pudimos para no perder el bus. Sólo faltaba que después de llevar allí media hora o más esperando el 28, por culpa del desabrido del conductor lo perdiéramos y tuviéramos que esperar al siguiente. Y no daba la impresión de que vinieran con mucha frecuencia.

Al parecer y debido a unas obras que había en algún barrio en el trayecto, se había sustituido el tranvía por el servicio del minibús, hasta cierto punto de la línea. Luego, a partir de ese punto, entonces sí se tomaba el clásico tranvía y se hacía el resto del itinerario.

A pesar de la nula amabilidad del conductor, tuvimos suerte y pudimos, no solamente subir al bus sino también, sentarnos cómodamente. Fuimos recorriendo el camino señalado, atravesando los barrios altos de la ciudad hasta que, en un momento dado, todos tuvimos que bajarnos en una plaza, para tomar – ahora sí- el famoso tranvía de la línea 28.

En esta ocasión tuvimos suerte. Nos incorporamos a la cola de personas que esperaban. Cuando llegó el viejo tranvía, se paró justo delante de nosotros. Esperamos unos segundos por si los que estaban en el otro extremo de la fila reclamaban de alguna manera su derecho de subir primero, pero como nadie hizo el más mínimo gesto, subimos los primeros.

El conductor era una mujer. Le pregunté cómo debía hacer para abonar los billetes, y fue muy amable y me ayudó, paso a paso. Al estar cómodamente instalados, comprobé que el tranvía debió ver la luz por primera vez en los inicios de la Vía Láctea. Me recordaba, de alguna manera, a los primeros ascensores que se instalaron en Madrid, cuyas cajas estaban hechas de madera. A veces, se añadía algún espejo. Pues este tranvía tenía los asientos de madera y su aspecto era antiguo, pero no descuidado. En realidad, le aportaba prestancia al viaje y se mimetizaba, de alguna manera, con el entorno.

De repente se puso en marcha y comenzamos a recorrer esos barrios a los que se conoce con el eufemismo de pintorescos, cuando, en realidad, son los más humildes de Lisboa. Callejuelas por las que apenas cabían al mismo tiempo el tranvía y un coche en sentido contrario y que, por ello, había semáforos para definir la prioridad; donde los coches aparcados quedaban expuestos por escasos centímetros al topetazo de cualquiera que no calculara bien las distancias; donde las casas estaban al alcance de la mano de cualquier viajero que quisiera sacar el brazo por la ventanilla; donde el chirriar del tranvía y su sempiterna campana de advertencia, formaban parte de la escasa decoración de esas viviendas, cuya supuesta intimidad quedaba al descubierto a cada paso de los transeúntes de a pie o de los viajeros de la línea 28.

Mientras el tranvía zigzagueaba por pendientes y curvas imposibles, yo pensaba en cómo sería la vida en esas viviendas, que mostraban sin pudor la ropa tendida, a la vista de cualquiera, porque era el único espacio disponible. Y en invierno, ¿dónde tendían la ropa? Me preguntaba cómo sería la vida de esas personas, condenadas a la estridencia del tráfico, todos los días, todas las noches. Cómo serían las casas por dentro, esas cuyas fachadas estaban desconchadas por el paso de los años, la falta de mantenimiento y el clima húmedo.

Yo pensaba que el 28 nos llevaría hasta la Plaza del Comercio, pero estaba equivocado. Un error no atribuible a nadie excepto a mí. Al llegar al final del trayecto y bajar del tranvía, nos encontramos en una amplia plaza. En el otro lado de la misma, una larga fila de personas señalaba el punto en el que comenzaba el camino del 28 en dirección contraria. Nosotros decidimos ir a la zona de la Plaza del Comercio, que no estaba muy lejos y allí, buscaríamos algún sitio donde comer algo.

Llegar hasta la plaza no nos costó demasiado. Lo peor fue encontrar ese sitio donde en España te sientas, te pides una cerveza, una de ensaladilla o de calamares y te quedas como nuevo. Pero estábamos en la preciosa y romántica Lisboa, donde a esas horas, no todos los restaurantes estaban abiertos, o sus cartas no eran lo que buscábamos, o sus precios no eran los más aconsejables…Una vez más, echamos en falta ese concepto de mesón, de simple bar. De hecho, buscando por internet, había un “mesón” en la zona y después de pasar varias veces por delante sin verlo, nos dimos cuenta de que estaba cerrado.

Ya que no podíamos satisfacer nuestro gusto por lo salado, nos tuvimos que contentar con lo dulce. Nos metimos en una cafetería no sin antes preguntar si a esas horas podíamos tomar un café y un croissant. Mientras disfrutábamos del café, justo al otro lado del ventanal, había un par de chicas haciéndose selfis a troche y moche. Se cambiaban de vestimenta, en plena calle, se ponían un sombrero, una gorra, un chaleco…llegamos a la conclusión de que eran “influencers” y eso es a lo que se dedican cuando dicen que trabajan.

Tras reponer algo las fuerzas decidimos pasear por la ribera del río. A pesar de ser un día de diario, tanto la orilla como los restaurantes de la zona mostraban una gran animación, aunque a nosotros lo que más llamó nuestra atención fue el espléndido panorama del que disfrutamos.


Más tarde, echamos mano, de nuevo, del invento de Uber y nos devolvió a nuestro hotel. Era nuestro último día en Lisboa y todavía teníamos algunas horas de sol por disfrutar.

En la misma Plaza de Marqués de Pombal, al lado de nuestro hotel, habían montado una típica feria con atracciones y diversos puestos de comida. Nos pasamos por allí más por curiosidad que por interés y sobre todo, porque en alguna parte habíamos escuchado decir que era la más grande de Europa o algo así. Bueno, grande era, aunque para nosotros tenía dos grandes inconvenientes. El primero que recorrerla desde la entrada en la plaza, significaba ir cuesta arriba. Ello, unido al gentío que inundaba el lugar, acompañados de niños, perros, y toda clase seres vivos, nos obligó a sentarnos unos minutos a descansar en un banco del recorrido. El otro inconveniente era que a cada paso había un puesto de comida y no era plan de arriesgar comiendo nada sin saber de dónde venía. Así es que, decidimos dar media vuelta, regresar al hotel y cancelar la cena en el restaurante que estuvimos el sábado anterior, Alto Miño, porque ya no nos quedaban fuerzas.

A la mañana siguiente emprendíamos camino a nuestro último destino.

 

© Carlos Usín