La idea de buscar alojamiento en Braga era porque, además de visitar la localidad misma, queríamos que fuera la base para visitar otras ciudades en nuestro camino desde el norte de Portugal hasta Lisboa. Y la primera candidata era Guimaraes.
Lo de la lluvia, persistente y en ocasiones intensa, ya sabíamos de antemano que nos iba a acompañar y estábamos preparados. Lo que me desconcertó por completo fue escuchar que el GPS me decía “ha llegado a su destino” y yo no veía ninguna señal de que en las cercanías hubiera un hotel. Estaba en mitad de una amplia plaza, con un magnífico edificio que parecía presidir aquel lugar, pero ninguna indicación visible de que hubiera un hotel. Y, sin embargo, el GPS insistía: “ha llegado a su destino”.
Para añadir alguna dificultad más
a la lluvia, la zona estaba en obras y repleta de pivotes que impedían aparcar.
O sea, que incluso en el caso de que consiguiera descubrir dónde narices estaba
el hotel Vila
Gale Collection no sabía dónde aparcar el coche, aunque solo
fuera para bajar el equipaje. Al menos, era domingo y no parecía que estuviera
entorpeciendo el tráfico.
Como no tenía muchas alternativas, avancé tímidamente, rodeando la bonita rotonda e intentando ver a través del cristal, de la lluvia y del limpia, algo que me indujera a sospechar que había un hotel cerca.
De repente, vi una señal de
tráfico escrita en perfecto portugués que decía que esos lugares estaban
reservados para que los clientes del hotel pudieran aparcar unos minutos
mientras bajaban el equipaje.
Todavía no sabía dónde estaba el
hotel, pero había una excelente noticia: podía dejar el coche allí aparcado y
comenzar la búsqueda a pie. Lloviendo y con paraguas, sí, pero no podía estar
muy lejos.
Al bajar del coche, detrás de
nosotros, a unos escasos cincuenta metros, vimos que a la derecha del magnífico
edificio que dominaba el entorno, había unos mástiles sosteniendo unas lánguidas
banderas, que estaban así, imagino, tanto por la falta de viento que las
agitara, como por el agua que les había caído. Más a la derecha de esos
mástiles se adivinaba una puerta de cristal. Me dirigí a ella con la misma
incertidumbre con la que un explorador se adentraría en una oscura cabaña de un
poblado de una tribu desconocida en mitad del África ecuatorial. No sabía si
detrás de esa puerta me encontraría con una oficina del ayuntamiento, abierta
en domingo (poco probable, cierto) o la recepción de un museo. Al cruzar el
umbral se disiparon todas mis dudas.
Allí, tras una mesa de estilo
minimalista, tres jóvenes compartían espacio y lo que parecían ser varias
pantallas de ordenador. No estaba en el interior de una oscura cabaña, de una
tribu ignota, perdido en algún lugar del África subsahariana. Había encontrado
la recepción de un magnífico hotel.
Lo que sucedió después de
registrarnos me sumió, de nuevo, en una enorme confusión. La chica de
recepción, que era la que dominaba el español, me dio las instrucciones para
llegar hasta nuestra habitación, al mismo tiempo que me extendió un mapa con fotos
y las indicaciones precisas que había que proporcionar al GPS para aparcar el
coche. Y la verdad es que no sabía qué era más complicado, si una cosa o la
otra. Casi habría preferido que me entregara dos mapas.
Antes de encontrar la habitación,
nos perdimos. Una costumbre esta que ya experimenté en el Parador
Nacional Casa de Insua. Pero no quiero desviarme.
Al salir de lo que parecía un
montacargas nos topamos con una señorita apostada tras una mesa leyendo un
libro. Me dio una sensación de tremenda soledad y aislamiento. Como si fuera
parte de un castigo. Una chica joven, estaba allí, sola, un domingo por la
tarde, sentada tras una mesa, en una planta desierta de un hotel a la espera de
no se sabe muy bien qué. En la mesa no tenía ordenador, con lo cual, ni
siquiera podía navegar por internet. Por no tener, creo recordar que no tenía
ni teléfono. Y, además, no hablaba español, con lo que tuve que preguntarle en
inglés, cómo podría llegar a mi habitación.
A pesar de todas las dificultades
y los vericuetos por los pasillos y ascensores del hotel, conseguimos llegar a
la habitación. Ahora, sólo era cuestión de seguir las migas de pan que habíamos
dejado por el camino para regresar hasta donde teníamos el coche aparcado.
Al entrar en el coche introduje
la dirección que me habían dado en recepción. El aparcamiento, efectivamente,
era gratuito, pero debido a las obras que estaban llevando a cabo en la ciudad,
era necesario dar un gran rodeo. Así es que, además de darle la dirección al
GPS, también llevábamos un mapa con las anotaciones a mano, acerca de dónde
debíamos girar y hasta dónde debíamos circular por dirección prohibida. Eso me
pareció una idea excelente porque pensé que eran de los míos y me sentí muy
identificado.
Por algún extraño sortilegio y no
sin muchas dudas y consultas al dichoso mapa, conseguimos llegar hasta una
verja en la que se leía que era un aparcamiento para los clientes del hotel.
Tras tocar el timbre, ésta se abrió y entramos en el recinto. No era un
aparcamiento cubierto, era al aire libre y aunque el edificio que se veía contiguo,
era efectivamente, el hotel, ahora sólo teníamos que descubrir, bajo la
persistente lluvia, dónde estaba la entrada para conseguir llegar a la
habitación, con el agravante de que ya nos habíamos aprendido un camino y ahora
debíamos descubrir cómo llegar desde otro punto que no era Recepción. Parecía
que estábamos en mitad del Paris- Dakar.
Dejamos el coche en el recinto, que,
a decir verdad, estaba vacío a excepción de un par de coches más, y nos
dispusimos a investigar dónde habían escondido la entrada, porque, claro, no
había un cartel que dijera “entrada”.
Según las leyes de Murphy
elegimos un lado del edificio rectangular y era el lado malo. Toda una hilera
de cristaleras nos mostraba que esos espacios eran para la piscina interior, el
gimnasio, el SPA y demás servicios. Así es que la entrada debería estar en el
lado opuesto. Antes de sacar las maletas del coche y arrastrarlas por el
empedrado, nos cercioramos de que la puerta que habíamos descubierto frente a
nosotros y que no tenía ninguna indicación, estaba abierta. Al menos, ya
sabíamos cómo entrar en el hotel.
Tras recoger el equipaje,
utilizamos la nueva entrada y aunque estábamos dentro del hotel, no sabíamos
exactamente dónde. Cuando me dieron el mapa y las coordenadas GPS, no me dieron
las indicaciones de cómo llegar desde allí a mi habitación.
Todo aquello parecía como una
película de miedo. Pasillos larguísimos y desiertos. Salas vacías. Piscinas sin
clientes. Ascensores que parecían montacargas. Señoritas solas, como
abandonadas tras una mesa, sin más cometido que entretenerse leyendo un libro.
Me dio por pensar que pasaría si a la pobre chica le daba un jamacuco. No tenía
ni teléfono para pedir ayuda. ¿Y el baño? ¿Cómo se las apañaba?
Y a pesar de todo, conseguimos
llegar a la habitación. Otra vez.
Calculo que serían entorno a las
tres de la tarde, hora local portuguesa, de un domingo lluvioso y bastante
desapacible. Teníamos una ambiciosa lista de visitas turísticas por hacer, como
la Catedral de
Braga, el famoso Santuario del Bom Jesús do Monte, el centro histórico, Jardín
de Santa Bárbara, Santuario de Nuestra Señora de Sameiro, Iglesia de la Santa
Cruz, Iglesia de la Misericordia, Iglesia do Pópulo o la Casa do Raio. Sabíamos
que no íbamos a poder verlo todo porque nos faltaba vida, pero sí al menos lo
más importante. Por otro lado, tampoco teníamos mucho tiempo. Comenzaría a
anochecer en un par de horas y era domingo y por ello, contábamos con que
muchos de esos lugares estarían cerrados. Así es que hicimos una rápida
asignación de prioridades y dejamos para la mañana siguiente, después de
abandonar el hotel, la visita al Santuario de Bom Jesus, que nos pillaba de
paso hacia Guimaraes.
Por proximidad, pues estaba en la misma plaza donde
estaba nuestro esquivo hotel, pero en la parte de arriba, decidimos visitar en
primer lugar la Iglesia de la Santa Cruz. Mala suerte. Estaba cerrada. Además,
había una exposición y la entrada no era gratuita.
Continuamos bajo la lluvia con nuestro deambular hacia
el centro de la ciudad más antigua de Portugal. Pasamos por delante de lo que
parecía una capilla, en cuyo jardín había una cafetería. Algo muy extraño que,
desde luego, y dada la climatología, no invitaba a entrar.
Casi sin quererlo nos topamos con la Catedral de Braga,
- uno de los más importantes templos del románico portugués - de la que salía un gran
número de personas. Yo creí que es que los estaban echando porque iban a
cerrar, pero al parecer, alguien eligió ese día lluvioso para contraer
matrimonio. O sea, como Felipe y Leticia, pero sin tanta realeza europea.
Aprovechamos la oportunidad y entramos a visitarla y hacer algunas fotos, abonando 4€.
La verdad es que por dentro era mucho más atractiva
que por fuera. Uno, cuando escucha la palabra catedral automáticamente imagina
algo grandioso, espectacular, enorme; y, sin embargo, cuando descubrimos que lo
que estábamos viendo era la catedral nos sorprendimos. No parecía un templo así
de importante. Aunque lo más llamativo y al mismo tiempo triste, fue descubrir
un par de cubos situados junto a los bancos destinados a los feligreses, recogiendo
el agua que se filtraba desde las alturas del techo.
Continuamos calle abajo en busca de algún lugar
típico, donde poder cenar. El tiempo había pasado rápido desde que llegamos a
la ciudad. No habíamos comido nada desde el desayuno y aunque la hora local
marcaba algo más de las 18.00, en realidad, para nuestro estómago, era una hora
más. Hacía ya un buen rato que había anochecido. Continuaba lloviendo y aunque
íbamos bien preparados, con calzado y abrigo adecuados, la verdad es que
apetecía sentarnos y descansar.
De la amplia oferta en tema de restaurantes que
teníamos a un lado y a otro de la calle, elegimos uno que tenía una carta
variada y con precios asequibles. Su nombre Doña Petisca y he de decir que fue todo un
acierto.
Hay sitios en los que, nada más entrar, te das cuenta
de que la atmósfera es la que estabas buscando. El ambiente era cálido. Las pocas
mesas que disponían estaban llenas y sin embargo las conversaciones se
mantenían en un tono discreto, sin estridencias.
Uno de los camareros vino a atendernos y aunque
comenzamos a hablar en inglés, en cuanto se dio cuenta de que éramos españoles,
cambiamos de idioma. Por alguna extraña razón, los españoles hemos asignado a
los portugueses una especie de obligación según la cual, tienen que entendernos
sí o sí cuando nos dirigimos a ellos en español. Por eso, por respeto, en
principio uso el inglés y la inmensa mayoría de las veces, nos atienden en
nuestro idioma y encantados de hacerlo. Siempre he pensado que los portugueses
son encantadores.
Siempre que viajo procuro probar no sólo la cocina del
lugar, también me interesa el pan y el vino del país, de la zona. Como no
conocíamos los vinos de la carta le pedimos consejo al camarero y nos fue de
gran ayuda, porque cada uno de nosotros eligió un tipo distinto. De igual modo,
nos dejamos aconsejar en relación a la cocina y nos sugirió un plato llamado “francesinha”,
cuya autoría se atribuye a un cocinero de la vecina Oporto. Al parecer, según
nos contó el hombre, es un plato muy popular en Portugal y uno de los más
contundentes, aunque dependiendo de las regiones, lo hacen de una manera o de
otra. En cualquier caso, para nosotros era la primera vez y lo cierto es que
nos encantó.
En esencia, el plato se compone de tres rebanadas de
pan de molde tostado, jamón cocido, salchicha
fresca, linguiça (salchicha ahumada portuguesa), y filete de ternera
o cerdo. Una generosa capa de queso que se gratina sobre todo el sándwich. Frecuentemente
se corona con un huevo frito y como guarnición se sirve acompañada de patatas
fritas. Pero lo que caracteriza a una auténtica “francesinha” es su salsa,
un caldo denso, brillante y ligeramente picante.
¡De muerte! ¡Espectacular!
Mientras esperábamos el postre, vino la dueña, que
también debía de estar metida entre fogones y estuvimos charlando un rato con
ella. Cada uno en su idioma y sin necesidad de traductores. Muy simpática. Nos confesó que era la primera vez que lo
ponían en la carta y le preocupaba que se le hubiera ido la mano con el
picante. Y yo, que no soy muy propenso al picante, me pareció que estaba
perfecto, porque era muy suave; lo justo para darle un toque distinto, pero no
tanto como para que se te queda lengua tonta. Como no podía ser de otra forma,
entre mi mujer y ella establecieron una conversación entorno a los ingredientes
que llevaba el plato. Por supuesto, se guardaría algún secreto, claro.
Al salir, de regreso al hotel, la lluvia había cesado
y el paseo, de nuevo, nos vendría bien para digerir aquella bomba calórica,
pero deliciosa, que nos habíamos zampado como si no hubiéramos comido en una
semana.
A la mañana siguiente conseguimos encontrar sin
dificultad el restaurante donde se servía el generoso desayuno. Lástima que no
fuera verano, porque el restaurante que había al aire libre invitaba a
disfrutar del hermoso jardín adornado con flores y plantas.
Después de desayunar, con la seguridad que proporciona
haberse perdido el día anterior varias veces por los pasillos del hotel,
supimos acceder a nuestra habitación sin problemas. Al salir de ese ascensor
con aspecto de montacargas, me sorprendió no ver a la chica solitaria del día
de antes, la que leía un libro a falta de ordenador que la conectara con el
mundo exterior. De hecho, en esa mesa no había nadie. Podía imaginar que ese
extraño puesto estuviera ocupado por turnos, pero era evidente que allí no había
nadie.
Tras recoger el equipaje y abandonar la habitación,
pasamos por Recepción para cumplir con los trámites de salida. Desde allí,
recorrimos largos pasillos que atravesaban las entrañas del hotel, camino del
parking. Y sin perdernos.
El mal tiempo no nos había abandonado del todo. La
lluvia incesante del día anterior se había convertido en un sirimiri portugués.
A pesar de lo cual, nuestro plan de visitar el Santuario de Bom Jesus seguía en
pie. No pudimos disfrutar de muchas de las visitas que teníamos programadas en
Braga, pero no podíamos abandonar la ciudad sin visitar dicho lugar.
(CucombreLibre from New York)
Yo había estado allí hacía años, aunque jamás se me pasó por la imaginación subir las escaleras que llevan hasta el templo. Me limité a hacer algunas fotos desde abajo. Y en esta ocasión quería hacer de Cicerone y mostrarle a mi mujer lo hermoso del lugar. Así es que, nada más entrar en el coche, introduje la dirección del lugar en el GPS y nos dirigimos hacia allí.
La distancia entre Braga y Guimaraes es de apenas de 25 kilómetros, y Bom Jesus nos pillaba de camino. El sirimiri que, al parecer se traduce como “chuvisco”, continuó durante el corto trayecto hasta Bom Jesus, pero a medida que nos íbamos acercando, subiendo el monte por un sinuoso camino, se convirtió en una niebla meona. Una niebla que se hacía más y más espesa, cuanto más arriba, hasta tener que usar los faros antiniebla, tanto delanteros como traseros. Y la sorpresa llegó justo al final.
Después de ascender hasta allí nos encontramos de
sopetón con una garita ocupada por un señor y una barrera. Y eso era nuevo. La
vez anterior que yo estuve, el acceso era gratuito, al menos hasta los pies de
la famosa escalinata. El problema no era ya que no me apetecía nada pagar, que
también, sino que, dadas las condiciones climatológicas, con esa densa niebla
que todo lo cubría, yo tenía serias dudas de que siquiera se pudiera ver el
famoso santuario. Así es que, en ese caso, habríamos malgastado el dinero.
Sin ni siquiera preguntar el precio de la entrada al
solitario caballero que se resguardaba de las inclemencias dentro de su garita,
nos dimos media vuelta y nos encaminamos hacia Guimaraes.
Sabíamos que nuestra estancia en Braga iba a ser breve
y lo fue. Menos de 24 horas después de llegar, partíamos hacia un nuevo
destino. Teníamos una ambiciosa – y un poco ilusoria - lista de visitas
turísticas por hacer y la mayoría se quedó pendiente, pero al menos, el hotel
fue una gran elección y, además, nos proporcionó la aventura de perdernos por
sus escondrijos y recovecos.
© Carlos Usín