Oporto día 1.
La bienvenida con la que nos acogió Oporto fue de lo más cálida. Qué hay más afectuoso que abrirte las puertas de una ciudad que estaba enteramente en obras como consecuencia de la expansión de su red de Metro. Lo que normalmente constituye un quebradero de cabeza para cualquier lugareño, para un turista y su GPS es, simplemente, una pesadilla. Desvíos provisionales, caminos nuevos, giros prohibidos y antes permitidos y viceversa. Parece la conjura perfecta para volver loco al GPS y de paso a mí.
En medio del más absoluto caos circulatorio al más puro estilo soterramiento de la M-30 en Madrid, en el que estábamos más
Tras registrarnos, le pregunté a
la recepcionista cómo hacía para meter el coche en el parking del hotel. La
entrada al parking estaba en la calle que se ve a la izquierda, pero era
dirección prohibida, y aunque ya ha quedado claro si me has seguido hasta aquí
que eso de la dirección prohibida lo considero sólo una sugerencia en según qué
casos, éste no era uno de ellos.
La señorita muy amablemente me
indicó sin la más leve señal de sonrojo, que diera marcha atrás hasta la
esquina y que no me preocupara de la señal de prohibido, que estaba permitido
si tu destino era el parking que estaba a unos 50 metros a la derecha.
A mí esto del parking de los
hoteles en Portugal me estaba empezando a mosquear. En Braga me dieron un mapa
y casi una brújula para encontrarlo, con las instrucciones precisas para
circular en dirección prohibida y ahora, en Oporto me volvía a encontrar con la
misma historia. Solo que ahora la recepcionista rizaba el rizo y me proponía
dar marcha atrás unos veinte o treinta metros para poder retroceder hasta la
esquina y allí, girar a la izquierda y circular por sentido prohibido, aunque
estaba permitido. Dada la intensidad del tráfico en ambas calles, la idea de
dar marcha atrás me pareció una temeridad. No me apetecía lo más mínimo que
nadie se estampara contra mi coche con todo lo que ello implicaba. Así es que,
así las cosas, le sugerí a la señorita que su idea no me parecía muy apropiada
y que si no creía que hubiera una alternativa más segura. Entonces fue cuando
me dijo que continuara en el sentido natural de donde tenía el coche, y que
diera la vuelta a la manzana por la izquierda. De esta forma, supuestamente,
tomaría la calle del parking en su sentido natural.
¡Una mierda!
Al llegar a la esquina, parados
en el semáforo, me di cuenta de dos cosas.
La primera era que la tonta del
bote de la recepcionista, probablemente, no había cogido un coche en su vida o
que, al menos, jamás había ido a trabajar en su utilitario. La segunda,
consecuencia de la primera, era que el giro a la izquierda – tal y como sugirió
la recepcionista - estaba prohibido y no era el momento de empezar a transgredir
todas las normas de circulación.
Después de acordarme de la
augusta progenitora de la chica, rápidamente le dije al GPS “help” y que me
llevara de nuevo al hotel. Eso me llevó – otra vez - por el atasco del que
habíamos conseguido librarnos antes, pero con la ventaja de que, como el ratón
que había conseguido el queso, en esta ocasión ya sabíamos por dónde NO
debíamos ir, lo cual nos ahorró bastante tiempo.
Tras esa experiencia paranormal,
la idea de dejar el coche en el parking nunca me pareció más acertada. Nuestra
idea era conocer Oporto en profundidad y para eso era imprescindible olvidarse
del coche. La lista de lugares a visitar era muy amplia y por eso decidimos
contratar una visita guiada. Una visita que duraba dos horas y media, más el
paseíto desde nuestro hotel hasta el lugar de partida de la visita: Monumento a
Garrett, frente al Ayuntamiento de Oporto.
Tras el desayuno nos dejamos guiar por Google y conseguimos llegar hasta el lugar de la cita. Éramos los primeros, así que, a pesar del frío, nos tocó esperar a todo el grupo, incluido la guía. A partir de ese momento el grupo, compuesto por unas 10 o 12 personas, intentamos seguir – en ocasiones con la lengua fuera – el ritmo de marcha militar que nuestra guía, Ana, impuso. Era difícil de seguir porque Oporto es una ciudad en la que hay constantes pendientes, y la mitad – como mínimo - del itinerario fue cuesta arriba.
Uno de los aspectos que me llamó
la atención fue comprobar que alguno de los miembros del grupo, viajaba solo.
Para alguien como yo, que comer solo en una mesa con mantel lo percibo como una
de las tristezas más grandes, lo de viajar se me escapa. Y sin embargo, esa no
fue la última vez que me encontré con viajeros solitarios.
Sea como fuere, iniciamos nuestro
recorrido por la Avenida de los Aliados, y luego nos arrastró por la Universidad,
la Torre de los Clérigos, la estación de trenes de San Bento, para terminar
frente a la Catedral, sin olvidar pasar frente a la librería más famosa de
Oporto, vinculada a la serie de Harry Potter, que era fácilmente identificable
por la kilométrica cola de personas que casi daba la vuelta a la manzana,
ansiosas de pagar unos 12 euros por entrar, hacerse alguna foto o incluso –
¡qué rareza! – comprarse un libro. Al parecer, los propietarios hacía tiempo
que se habían cansado de que la gente entrara, abarrotara el interior, se
hiciera unas fotos y se marchara sin comprar nada. Por eso, decidieron que,
para empezar, tenían que reservar y en cualquier caso, abonar una entrada que,
en caso de adquirir algún libro, les sería descontada.
Todo ello y mucho más, sorteando
la siempre persistente presencia de las obras de expansión del Metro, que
obligaban a los peatones a circular por los lugares más insospechados, dando
extraños rodeos, porque el camino más corto estaba lleno de camiones o
maquinaria pesada.
Ana se despidió de nosotros
frente a la Catedral, no sin antes, recibir en metálico lo que cada cual estimó
oportuno, al tiempo que nos aconsejaba que no merecía la pena entrar a
visitarla. También, por su experiencia, nos envió por WhatsApp un archivo PDF
con una lista interminable de restaurantes que, a título personal, ella había
ido confeccionando con los años. Tras lo cual, el grupo se disgregó.
Como era la hora de comer, pero,
sobre todo, porque llevábamos sube que te sube y baja que te baja casi tres
horas, yo necesitaba un lugar donde descansar y recuperar fuerzas.
En nuestro deambular por la
ciudad vimos que, justo frente a la estación de Sao Bento, había algunas
terrazas donde podríamos tomar una cerveza y comer algo, y aunque eso
representaba volver por nuestros pasos y continuar nuestro camino calle arriba,
la distancia nos pareció asequible. Y allí que fuimos.
Había dos o tres bares cuyas
terrazas estaban bastante concurridas, pero al menos en una, parecía haber
sitio libre. Antes de sentarnos, escudriñamos el escaparate para hacernos una
idea de su oferta y vimos que tenía tanto salado como, principalmente, dulce.
Como dice el refrán “a buen hambre, no hay pan duro”, así que tampoco
necesitábamos un restaurante con estrellas Michelin. Pedimos una especie de
empanada gallega rellena de no me acuerdo qué, que fue más que suficiente para
saciar el apetito de los dos y acompañado de una jarra de cerveza.
Mientras descansábamos de la
paliza que nos había dado Ana, observaba a las personas que circulaban por la
calle. Era como asistir a un desfile. La boca de Metro de Sao Bento estaba a
sólo unos pocos metros de donde estábamos sentados, así es que disponíamos de
entrada de primera fila. Algo que me llamó mucho la atención fue el gran número
de personas con rasgos orientales que pasaban por allí. No sé si todos ellos
eran japoneses, pero lo parecían. Además, lucían las ropas y modelos más
extravagantes que uno pudiera imaginarse. Una chica llevaba una minifalda tan
corta que parecía un cinturón ancho; calzaba unas botas de suela gruesa y de
media caña y adornaba su estilo con una amplia boina de color amarillo. Poco
tiempo después, veía a una señora más mayor, con una capa. Más tarde, una
pareja de novios. Tuve la impresión de que habían soltado allí a los pasajeros
de un avión procedente de Tokio.
Lo de comer en ese sitio había
sido un acierto porque disfrutábamos de un inesperado y gratuito espectáculo.
Todo habría resultado mucho más agradable si no hubiera sido porque las
palomas, las gaviotas y toda clase de aves perturbadoras de la paz, se peleaban
entre ellas por los restos de quienes habían abandonado la mesa, cuando no,
directamente intentaban atacar a las mesas que todavía estaban ocupadas, como
la nuestra. Me faltaban manos para cortar un trozo de empanada con los
cubiertos, coger la jarra de cerveza y espantar a los malditos pájaros que
volaban a nuestro alrededor. Muchas veces me acordé de Hitchcock y me preocupé.
Debía ser un problema bien conocido porque los camareros, de vez en cuando,
salían disparados desde dentro del bar armados con su bandeja y haciendo todo
el ruido que podían para ahuyentar a los bichos, que la verdad sea dicha,
molestaban a sus clientes y mucho.
Una vez que recuperamos las
fuerzas continuamos vagando todavía por la zona un buen rato. Todavía quedaban
unas tres horas antes de que empezara a anochecer y no era plan de meterse en
el hotel, por muy destruidos que estuviéramos. Así, decidimos pasear por la Rua
das Flores, una calle peatonal y llena de vida, que ofrece todo lo que uno
pueda desear: bares, restaurantes, tiendas de moda, helados…
De alguna forma continuamos
sorteando las obras, las vallas, la maquinaria y conseguimos llegar, subiendo
calle arriba, hasta donde habíamos iniciado nuestra visita por la mañana,
frente al edificio del Ayuntamiento. Allí decidimos que ya era suficiente por
un día y llamamos a un UBER.
Eso fue otro de nuestros grandes
descubrimientos: Uber. Cuando ya no teníamos más fuerza para seguir pateando la
ciudad, o simplemente, por comodidad, llamábamos a un Uber y nos dejaba en la
puerta del hotel. Y nunca nos costó más de 4 euros. ¡Un invento!
Después de refrescarnos un poco en la habitación, bajamos al bar del hotel a darnos un pequeño homenaje y tomarnos una copa. Nos lo habíamos ganado. Eran las siete de la tarde, hora local, pero era noche cerrada. En el bar, no había nadie. Le pregunté al recepcionista si nos podía atender alguien y al poco rato apareció un camarero que salió de las catacumbas de las cocinas. ¡Qué bien sabe un cubata en esas circunstancias!
© Carlos Usín
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