Oporto día 2.
Nuestra idea era conocer Oporto
en profundidad y para eso era imprescindible olvidarse del coche. La lista de
lugares a visitar era muy amplia y por eso decidimos contratar una visita
guiada. Una visita que duraba dos horas y media, más el paseíto desde nuestro
hotel hasta el lugar de partida de la visita: Monumento a Garrett, frente al
Ayuntamiento de Oporto.
A la mañana siguiente de nuestra llegada, a la hora del desayuno
continué con mi aprendizaje en el manejo de las máquinas de café y su infinita
gama de diseños y matices. Además, los establecimientos, imagino que, con el
objeto de evitar colas innecesarias, colocan un par – o más - de esos
artefactos y a ser posible, todos diferentes, con lo que la sensación de
desconcierto es aún mayor.
Mi truco era fijarme en alguno de
los otros clientes que daba la sensación de tener un máster por alguna
universidad en máquinas de café, y simplemente, imitarlo.
Tras el desayuno nos dejamos
guiar por Google y conseguimos llegar hasta el lugar de la cita, antes
mencionado y que aparece en la foto. Llegamos los primeros, así que, a pesar
del frío, nos tocó esperar a todo el grupo, incluido la guía. A partir de ese
momento el grupo, compuesto por unas 10 o 12 personas, intentamos seguir – en
ocasiones con la lengua fuera – el ritmo de marcha forzada que nuestra guía,
Ana, impuso. Era difícil de seguir porque Oporto es una ciudad en la que hay
constantes pendientes, y la mitad – como mínimo - del itinerario fue cuesta
arriba.
Uno de los aspectos que me llamó
la atención fue comprobar que alguno de los miembros del grupo, viajaba solo.
Para alguien como yo, que comer solo en una mesa con mantel lo percibo como una
de las tristezas más grandes, lo de viajar se me escapa. Y, sin embargo, esa no
fue la última vez que me encontré con viajeros solitarios.
Sea como fuere, iniciamos nuestro recorrido por la Avenida de los
Aliados, y luego nos arrastró por la Universidad, la Torre de los Clérigos, la estación
de trenes de San Bento, para terminar frente a la Catedral, sin olvidar pasar
frente a la librería más famosa de Oporto, vinculada a la serie de Harry
Potter, que era fácilmente identificable por la kilométrica cola de personas
que casi daba la vuelta a la manzana, ansiosas de pagar unos 12 euros por
entrar, hacerse alguna foto o incluso – ¡qué rareza! – comprarse un libro. Al
parecer, los propietarios hacía tiempo que se habían cansado de que la gente
entrara, abarrotara el interior, se hiciera unas fotos y se marchara sin
comprar nada y molestando a los que estaban allí precisamente para comprar. Por
eso, decidieron que, para empezar, tenían que reservar y, en cualquier caso,
abonar una entrada que, en caso de adquirir algún libro, les sería descontada.
Ana se despidió de nosotros frente a la Catedral, no sin antes, recibir en metálico lo que cada cual estimó oportuno, al tiempo que nos aconsejaba que no merecía la pena entrar a visitarla. También, por su experiencia, nos envió por WhatsApp un archivo PDF con una lista interminable de restaurantes que, a título personal, ella había ido confeccionando con los años. Tras lo cual, el grupo se disgregó.
Como era la hora de comer, pero,
sobre todo, porque llevábamos sube que te sube y baja que te baja casi tres
horas, yo necesitaba un lugar donde descansar y recuperar fuerzas.
En nuestro deambular por la
ciudad vimos que, justo frente a la estación de Sao Bento, había algunas
terrazas donde podríamos tomar una cerveza y comer algo, y aunque eso
representaba volver por nuestros pasos y continuar nuestro camino calle arriba,
la distancia nos pareció asequible. Y allí que fuimos.
Había dos o tres bares cuyas
terrazas estaban bastante concurridas, pero al menos en una, parecía haber
sitio libre. Antes de sentarnos, escudriñamos el escaparate para hacernos una
idea de su oferta y vimos que tenía tanto salado como, principalmente, dulce.
Como dice el refrán “a buen hambre, no hay pan duro”, así que tampoco
necesitábamos un restaurante con estrellas Michelin. Pedimos una especie de
empanada gallega rellena de no me acuerdo qué, que fue más que suficiente para
saciar el apetito de los dos y acompañado de una jarra de cerveza.
Mientras descansábamos de la
paliza que nos había dado Ana, observaba a las personas que circulaban por la
calle. Era como asistir a un desfile. La boca de Metro de Sao Bento estaba a
sólo unos pocos metros de donde estábamos sentados, así es que disponíamos de
entrada de primera fila. Algo que me llamó mucho la atención fue el gran número
de personas con rasgos orientales que pasaban por allí. No sé si todos ellos
eran japoneses, pero lo parecían. Además, lucían las ropas y modelos más
extravagantes que uno pudiera imaginarse. Una chica llevaba una minifalda tan
corta que parecía un cinturón ancho; calzaba unas botas de suela gruesa y de
media caña y adornaba su estilo con una amplia boina de color amarillo. Poco
tiempo después, veía a una señora más mayor, con una capa. Más tarde, una
pareja de novios. Tuve la impresión de que habían soltado allí a los pasajeros
de un avión procedente de Tokio.
Lo de comer en ese sitio había
sido un acierto porque disfrutábamos de un inesperado y gratuito espectáculo.
Todo habría resultado mucho más agradable si no hubiera sido porque las
palomas, las gaviotas y toda clase de aves perturbadoras de la paz, se peleaban
entre ellas por los restos de quienes habían abandonado la mesa, cuando no,
directamente intentaban atacar a las mesas que todavía estaban ocupadas, como
la nuestra. Me faltaban manos para cortar un trozo de empanada con los
cubiertos, coger la jarra de cerveza y espantar a los malditos pájaros que
volaban a nuestro alrededor. Muchas veces me acordé de Hitchcock y me preocupé.
Debía ser un problema bien conocido porque los camareros, de vez en cuando,
salían disparados desde dentro del bar armados con su bandeja y haciendo todo
el ruido que podían para ahuyentar a los bichos, que la verdad sea dicha,
molestaban a sus clientes y mucho.
Una vez que recuperamos las
fuerzas continuamos vagando todavía por la zona un buen rato. Todavía quedaban
unas tres horas antes de que empezara a anochecer y no era plan de meterse en
el hotel, por muy destruidos que estuviéramos. Así, decidimos pasear por la Rua
das Flores, una calle peatonal y llena de vida, que ofrece todo lo que uno
pueda desear: bares, restaurantes, tiendas de moda, helados…
De alguna forma continuamos
sorteando las obras, las vallas, la maquinaria y conseguimos llegar, subiendo
calle arriba, hasta donde habíamos iniciado nuestra visita por la mañana,
frente al edificio del Ayuntamiento. Allí decidimos que ya era suficiente por
un día y llamamos a un UBER.
Eso fue otro de nuestros grandes
descubrimientos: Uber. Cuando ya no teníamos más fuerza para seguir pateando la
ciudad, o simplemente, por comodidad, llamábamos a un Uber y nos dejaba en la
puerta del hotel. Y nunca nos costó más de 4 euros. ¡Un invento!
Después de refrescarnos un poco
en la habitación, bajamos al bar del hotel a darnos un pequeño homenaje y
tomarnos una copa. Nos lo habíamos ganado. Eran las siete de la tarde, hora
local, pero era noche cerrada. En el bar, no había nadie. Le pregunté al
recepcionista si nos podía atender alguien y al poco rato apareció un camarero
que salió de las catacumbas de las cocinas. ¡Qué bien sabe un cubata en esas
circunstancias!
© Carlos Usín
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