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sábado, abril 11, 2026

IMPRESIONES DE UN VIAJERO (XI).

Coímbra – Día2

El día comenzó, como no podía ser de otra manera, con el desafío de las cafeteras en el desayuno. En esta ocasión se habían esmerado, porque había tres tipos de cafetera diferentes. Era evidente que había una conjura demoníaca en mi contra. Justo antes de comenzar a llorar me acerqué a una de las camareras que atendía a los clientes y le pedí ayuda. Tras solucionar el reto del café de cada mañana quedaba la leche sin lactosa. En esta ocasión eran unos mini briks colocados justo encima de otra de las máquinas de café. Le di las gracias porque estaba aprendiendo mucho.

Después de coger fuerzas para el día que nos esperaba – de lo cual no éramos conscientes – nuestro primer objetivo era visitar la Catedral vieja. No parecía que fuera complicado encontrar un monumento como ese. Estábamos seguros de que por el camino y con la ayuda de Google, no tendríamos problemas. No tardamos mucho en comprobar que no fue exactamente así. En cualquier caso, nos pusimos en camino con ilusión. El día era espléndido, no teníamos ninguna prisa y pasaríamos la mañana callejeando por Coímbra.

El camino se iniciaba aquí.


Una vez que conseguimos coronar la primera loma, allí al fondo de la imagen, aprovechamos las estupendas vistas que teníamos para 
recuperar el resuello y hacer alguna foto del impresionante río 
 
Mondego para el – imborrable – recuerdo.


Después, girando de nuevo a mano izquierda, continuamos nuestra ascensión a los cielos.



     
Y subiendo






Y subiendo

Y subiendo…y subiendo…y subiendo…y subiendo… yo miraba de vez en cuando atrás para ver en qué parte habían abandonado los sherpas la escalada, y no vi a ninguno.

Hasta que finalmente, exhaustos, faltos de oxígeno, con la lengua fuera y las piernas y los tobillos machacados, porque andar por ese empedrado tiene delito, conseguimos llegar a la Catedral vieja.

Que digo yo, que no me explico cómo pudo prosperar la religión católica allí si para ir a la Catedral tardabas lo mismo que Felipe II en ir al Escorial.

Pero ahí no terminó nuestro vía crucis.

Los peldaños para entrar en el templo parecían haber sido diseñados por colosos. A punto estuve de pedir un piolet para escaladores. Tal era la altura de los mismos. Era el remate final. A mí, me temblaban las piernas y recogí el corazón del suelo, palpitante todavía, un par de veces.

Aunque, por ver el interior mereció la pena tanto esfuerzo.



Además de visitar el interior, también aprovechamos y visitamos el claustro. Y amigo, eso son palabras mayores.



 


Como curiosidad, cabe destacar que todos los rosetones son diferentes unos de otros.

Después de recuperarnos, decidimos que, ya que estábamos por allí, podríamos acercarnos a visitar la Catedral nueva y ver qué tal. Para ello, tuvimos que continuar subiendo y subiendo por esas callejuelas empedradas, donde a pesar de lo escarpado del terreno, nunca dejabas de ver coches, algunos de ellos grandes. Que yo me preguntaba por qué senderos habrán conseguido llegar hasta aquí y por dónde han salido del vehículo si han aparcado pegado a la pared.

Cuando llegamos a las puertas de la Catedral nueva, realmente pudimos ver la enorme diferencia entre una y otra, pero en contra de lo que pudiera parecer, era mucho más atractiva la antigua.


Apenas nos asomamos a las puertas de entrada, vimos que la visita no merecía la pena pagar lo que se pedía.

Por otra parte, teníamos cerca la universidad y visitar la famosa biblioteca, pero después de consultar los datos, el acceso no parecía que fuera libre, había un horario y sobre todo un coste, todo lo cual, nos impulsó montaña abajo.

Decidimos entonces retroceder nuestros pasos, o por expresarlo más apropiadamente, a bajar desde lo alto de la ciudad hasta el nivel del río.

Conseguimos llegar sanos y salvos a una plaza, no lejos de nuestro hotel, en la que había varias terrazas donde elegir el sentarse. Después de varias horas pateando las callejuelas de la ciudad vieja y algunas de la nueva, necesitábamos más una silla y una cerveza antes que una botella de oxígeno. Era muy agradable disfrutar de un día soleado, tomando una cervecita tranquilamente en un bar, mientras se escuchaba a alguien que se afanaba en tocar una guitarra española, con más interés que acierto.

Nuestro siguiente objetivo era cruzar el puente sobre el río Mondego, trasladarnos a la otra orilla y visitar allí los Monasterios de Santa Clara, tanto el viejo como el nuevo.

De camino a la otra orilla, ver el cauce del río, realmente impresiona. Sobre todo, a alguien como yo que no había oído mencionar ese río en mi vida.

Lamentablemente, después de dar muchas vueltas y perdernos un poco, porque no estaba nada claro dónde estaba el monasterio y su correspondiente entrada, cuando llegamos a las puertas del Monasterio viejo, no era visitable porque estaba siendo restaurado. Así es que ni cortos ni perezosos, comenzamos el camino de penitencia hacia el nuevo, que, por supuesto, había que ir subiendo y subiendo.

Pero llegó un momento en el que dijimos: hasta aquí hemos llegado. Era tal el cansancio que arrastrábamos, literalmente, que rechazamos la idea de continuar yendo cuesta arriba ni un paso más. Nos dimos la vuelta y buscamos un restaurante donde comer en condiciones. Lo encontramos al otro extremo del puente, justo antes de cruzarlo. Además, los clientes que había eran portugueses, lo cual ya indicaba que no era el típico sitio para engatusar a los turistas. Y tenía otro aliciente: la terraza. Hacía un día espléndido, la temperatura era ideal y el hambre aconsejaba no dejar para después lo que te puedes comer ahora.

Por supuesto, pedí bacalao. Creo recordar que estaba gratinado sobre una cama de patatas panaderas y venía acompañado de una fuente de arroz. El que no ha comido en Portugal no sabe lo parecidos que son a sus primos los gallegos: las raciones son salvajes. Yo estaba hambriento, pero salí de allí a gatas y no pude terminarlo todo. La digestión la hicimos caminando hasta el hotel.

Para terminar el día y hacerlo completo del todo, por la tarde fuimos a un concierto de fado en un local del centro, que pertenece a una asociación que cuida y promueve el fado del estilo de Coímbra. Allí mismo aprendimos que existen dos tipos diferentes de fado: el de Coímbra, que es cantado exclusivamente por hombres y cuya temática está ligada a las tradiciones académicas universitarias. Su atuendo recuerda mucho al de la tuna española, aunque en este caso son mucho más austeros. Los grupos de músicos y cantantes, visten el traje académico de pantalones, sotana y capa de color negro. Nada de tiras, escarapelas y nada de color.

Por otro lado está el Fado de Lisboa, que es Patrimonio Inmaterial de la Humanidad y se caracteriza por la voz solista apasionada que canta - indistintamente tanto hombres como mujeres – a la saudade (nostalgia), el fatalismo y la vida cotidiana.

Hubo un par de detalles nada nimios que nos llamaron la atención y no nos gustaron demasiado. El primero fue que, las exposiciones de la conductora del evento eran en portugués – naturalmente – e inglés; no español. Estoy bastante seguro que en la reducida sala de espectáculos con capacidad para apenas 20 o 30 personas, no éramos los únicos españoles. Pero vale. En España no conozco ningún espectáculo en el que se hable en otros idiomas y portugués. Sin problema.

Sin embargo, el segundo detalle fue más hiriente.

El sonido característico del fado reside en la guitarra portuguesa, como instrumento solista y como acompañamiento, en este espectáculo, había otro individuo tocando la guitarra española. Pues bien, la maestra de ceremonias que ilustraba a los presentes acerca del fado, cuando le llegó el turno de presentar al músico que tocaba la guitarra española, no se le ocurrió otra idea mejor que llamarla “viola de acompañamiento”, en vez de decir, simplemente, guitarra española.

Es que es como el del chiste: que uno dice que los franceses son muy raros porque al vino, lo llaman “vin”; vale. Al pan, lo llaman “pain”, bueno. Pero que no entiende que, al queso, que se ve que es un queso, lo llaman “fromage”. Pues en este caso pasa algo parecido. Pero joder que es una guitarra española y la tocaba como se toca la guitarra clásica española. Es decir, con el pie apoyado en el típico alzapié, la guitarra apoyada en la misma pierna y el pulgar siempre por detrás de los trastes.

Aparte de estos detalles, la verdad es que me encantó. Siento algo especial cuando escucho una guitarra portuguesa y una voz, preferiblemente femenina, entonando un fado. Y algo similar me sucede cuando escucho a un bandoneón al que le arrebatan las notas de un tango arrabalero.

Nuestra estancia en Coímbra había tocado a su fin. Lo habíamos aprovechado al máximo, a pesar de no haber visitado la biblioteca de la universidad. Al día siguiente, partiríamos hacia nuestro nuevo destino.

 

© Carlos Usín

















 


domingo, marzo 15, 2026

IMPRESIONES DE UN VIAJERO (VII).

Oporto día 2.

 

Nuestra idea era conocer Oporto en profundidad y para eso era imprescindible olvidarse del coche. La lista de lugares a visitar era muy amplia y por eso decidimos contratar una visita guiada. Una visita que duraba dos horas y media, más el paseíto desde nuestro hotel hasta el lugar de partida de la visita: Monumento a Garrett, frente al Ayuntamiento de Oporto.


A la mañana siguiente de nuestra llegada, a la hora del desayuno continué con mi aprendizaje en el manejo de las máquinas de café y su infinita gama de diseños y matices. Además, los establecimientos, imagino que, con el objeto de evitar colas innecesarias, colocan un par – o más - de esos artefactos y a ser posible, todos diferentes, con lo que la sensación de desconcierto es aún mayor.

Mi truco era fijarme en alguno de los otros clientes que daba la sensación de tener un máster por alguna universidad en máquinas de café, y simplemente, imitarlo.

Tras el desayuno nos dejamos guiar por Google y conseguimos llegar hasta el lugar de la cita, antes mencionado y que aparece en la foto. Llegamos los primeros, así que, a pesar del frío, nos tocó esperar a todo el grupo, incluido la guía. A partir de ese momento el grupo, compuesto por unas 10 o 12 personas, intentamos seguir – en ocasiones con la lengua fuera – el ritmo de marcha forzada que nuestra guía, Ana, impuso. Era difícil de seguir porque Oporto es una ciudad en la que hay constantes pendientes, y la mitad – como mínimo - del itinerario fue cuesta arriba.

Uno de los aspectos que me llamó la atención fue comprobar que alguno de los miembros del grupo, viajaba solo. Para alguien como yo, que comer solo en una mesa con mantel lo percibo como una de las tristezas más grandes, lo de viajar se me escapa. Y, sin embargo, esa no fue la última vez que me encontré con viajeros solitarios.


Sea como fuere, iniciamos nuestro recorrido por la Avenida de los Aliados, y luego nos arrastró por la Universidad, la Torre de los Clérigos, la estación de trenes de San Bento, para terminar frente a la Catedral, sin olvidar pasar frente a la librería más famosa de Oporto, vinculada a la serie de Harry Potter, que era fácilmente identificable por la kilométrica cola de personas que casi daba la vuelta a la manzana, ansiosas de pagar unos 12 euros por entrar, hacerse alguna foto o incluso – ¡qué rareza! – comprarse un libro. Al parecer, los propietarios hacía tiempo que se habían cansado de que la gente entrara, abarrotara el interior, se hiciera unas fotos y se marchara sin comprar nada y molestando a los que estaban allí precisamente para comprar. Por eso, decidieron que, para empezar, tenían que reservar y, en cualquier caso, abonar una entrada que, en caso de adquirir algún libro, les sería descontada.

Todo ello y mucho más, sorteando la siempre persistente presencia de las obras de expansión del Metro, que obligaban a los peatones a circular por los lugares más insospechados, dando extraños rodeos, atravesando estrechos pasadizos salidos de una película de Indiana Jones, con personas circulando en direcciones opuestas, sencillamente porque el camino más corto estaba intransitable.


Ana se despidió de nosotros frente a la Catedral, no sin antes, recibir en metálico lo que cada cual estimó oportuno, al tiempo que nos aconsejaba que no merecía la pena entrar a visitarla. También, por su experiencia, nos envió por WhatsApp un archivo PDF con una lista interminable de restaurantes que, a título personal, ella había ido confeccionando con los años. Tras lo cual, el grupo se disgregó.

Como era la hora de comer, pero, sobre todo, porque llevábamos sube que te sube y baja que te baja casi tres horas, yo necesitaba un lugar donde descansar y recuperar fuerzas.

En nuestro deambular por la ciudad vimos que, justo frente a la estación de Sao Bento, había algunas terrazas donde podríamos tomar una cerveza y comer algo, y aunque eso representaba volver por nuestros pasos y continuar nuestro camino calle arriba, la distancia nos pareció asequible. Y allí que fuimos.

Había dos o tres bares cuyas terrazas estaban bastante concurridas, pero al menos en una, parecía haber sitio libre. Antes de sentarnos, escudriñamos el escaparate para hacernos una idea de su oferta y vimos que tenía tanto salado como, principalmente, dulce. Como dice el refrán “a buen hambre, no hay pan duro”, así que tampoco necesitábamos un restaurante con estrellas Michelin. Pedimos una especie de empanada gallega rellena de no me acuerdo qué, que fue más que suficiente para saciar el apetito de los dos y acompañado de una jarra de cerveza.

Mientras descansábamos de la paliza que nos había dado Ana, observaba a las personas que circulaban por la calle. Era como asistir a un desfile. La boca de Metro de Sao Bento estaba a sólo unos pocos metros de donde estábamos sentados, así es que disponíamos de entrada de primera fila. Algo que me llamó mucho la atención fue el gran número de personas con rasgos orientales que pasaban por allí. No sé si todos ellos eran japoneses, pero lo parecían. Además, lucían las ropas y modelos más extravagantes que uno pudiera imaginarse. Una chica llevaba una minifalda tan corta que parecía un cinturón ancho; calzaba unas botas de suela gruesa y de media caña y adornaba su estilo con una amplia boina de color amarillo. Poco tiempo después, veía a una señora más mayor, con una capa. Más tarde, una pareja de novios. Tuve la impresión de que habían soltado allí a los pasajeros de un avión procedente de Tokio.

Lo de comer en ese sitio había sido un acierto porque disfrutábamos de un inesperado y gratuito espectáculo. Todo habría resultado mucho más agradable si no hubiera sido porque las palomas, las gaviotas y toda clase de aves perturbadoras de la paz, se peleaban entre ellas por los restos de quienes habían abandonado la mesa, cuando no, directamente intentaban atacar a las mesas que todavía estaban ocupadas, como la nuestra. Me faltaban manos para cortar un trozo de empanada con los cubiertos, coger la jarra de cerveza y espantar a los malditos pájaros que volaban a nuestro alrededor. Muchas veces me acordé de Hitchcock y me preocupé. Debía ser un problema bien conocido porque los camareros, de vez en cuando, salían disparados desde dentro del bar armados con su bandeja y haciendo todo el ruido que podían para ahuyentar a los bichos, que la verdad sea dicha, molestaban a sus clientes y mucho. 

Una vez que recuperamos las fuerzas continuamos vagando todavía por la zona un buen rato. Todavía quedaban unas tres horas antes de que empezara a anochecer y no era plan de meterse en el hotel, por muy destruidos que estuviéramos. Así, decidimos pasear por la Rua das Flores, una calle peatonal y llena de vida, que ofrece todo lo que uno pueda desear: bares, restaurantes, tiendas de moda, helados…

De alguna forma continuamos sorteando las obras, las vallas, la maquinaria y conseguimos llegar, subiendo calle arriba, hasta donde habíamos iniciado nuestra visita por la mañana, frente al edificio del Ayuntamiento. Allí decidimos que ya era suficiente por un día y llamamos a un UBER.

Eso fue otro de nuestros grandes descubrimientos: Uber. Cuando ya no teníamos más fuerza para seguir pateando la ciudad, o simplemente, por comodidad, llamábamos a un Uber y nos dejaba en la puerta del hotel. Y nunca nos costó más de 4 euros. ¡Un invento!

Después de refrescarnos un poco en la habitación, bajamos al bar del hotel a darnos un pequeño homenaje y tomarnos una copa. Nos lo habíamos ganado. Eran las siete de la tarde, hora local, pero era noche cerrada. En el bar, no había nadie. Le pregunté al recepcionista si nos podía atender alguien y al poco rato apareció un camarero que salió de las catacumbas de las cocinas. ¡Qué bien sabe un cubata en esas circunstancias!

 

 

© Carlos Usín