jueves, octubre 23, 2025

El suicidio en adolescentes

Sandra, la niña sevillana de catorce años que se quitó la vida por sufrir acoso en el colegio, es la última víctima – por el momento – de una tragedia que, de forma silenciosa, pero implacable, como si se tratara de una maldición, asola de vez en cuando de forma aleatoria a alguna familia en España.



El suicidio, sobre todo si se trata de un menor, es la prueba irrefutable del fracaso de un sistema, principalmente, el educativo. Las instituciones – Colegios, Institutos, Ministerios, etc. – pasan de puntillas sobre este asunto creando sobre el papel supuestos protocolos preventivos del suicidio, cuando en realidad, lo que deberían estar atacando es el propio acoso que sufren algunos alumnos. Y, sin embargo, cada vez que se detecta un caso de persecución a un alumno, la víctima es la que sufre el señalamiento al ser trasladada de centro o incluso, de aula dentro del propio centro, cuando lo lógico y lo normal sería apartar a los acosadores. Con este proceder el propio sistema favorece la proliferación de figuras como éstas y son, por tanto, cómplices necesarios en las consecuencias posteriores que pudieran derivarse de su pasividad. En este último caso de Sandra, hasta la policía ha tenido que escoltar a los agresores cuando no lo hicieron para proteger a la víctima. Es decir, se sabe – o hay fundadas sospechas – de quien o quienes son los culpables, pero no se adoptan medidas disciplinarias contra ellos.

Resulta difícilmente entendible que una vez identificados a los agresores, éstos reciban protección policial o que, como suele ser costumbre y ya he comentado antes, sea a la víctima a la que se cambie de aula o de centro, permitiendo de esta forma, que los matones que provocaron esa agresión continúen impunes en un territorio que, finalmente y por pura lógica, terminarán considerando de su exclusiva propiedad. Es como estar garantizando la creación de guetos dentro de los centros educativos. De continuar con esta línea de actuación, mucho me temo que, a no mucho tardar, los estudiantes comenzarán a acudir a las escuelas con cuchillos, navajas y machetes, al más puro estilo Bronx. O que, como defensa, comiencen a organizarse en pandillas surgidas a partir de su origen étnico, reviviendo así un West Side Story a la española.

José Manuel López Viñuela, padre de una hija, Kira, que también se suicidó por sufrir acoso escolar, afirma en una entrevista a ElDiario.es de Sevilla:

“Cada año fallecen de media entre 50 y 60 niños por suicidio consecuencia de acoso escolar. Pero el Instituto Nacional de Estadística (INE) no lo registra como tal. En muchos casos se contabilizan como tropezones en la vía del tren o como que han tomado una medicación más alta de la normal. Pero no, son suicidios.”

De hecho, si cualquiera que lea estas líneas se toma la molestia de buscar por internet estadísticas oficiales sobre este asunto, verá que los datos no están actualizados, son parciales, incompletos o, simplemente, inexistentes. Si desde el Gobierno y los centros educativos ni siquiera quieren poner negro sobre blanco la gravedad del problema, difícilmente se va a poder aportar alguna solución. El primer paso para resolver un problema, es reconocer que existe y cuando los suicidios se intentan enmascarar alegando que son “tropezones” o que se han equivocado al tomar la medicación, no sólo es una falacia: es un insulto a las familias.

50 o 60 niños suicidados al año, es una cifra que representa el doble de las mujeres asesinadas por violencia de género en lo que va de año en España. Y, sin embargo, el tratamiento mediático que recibe un problema o el otro, no son ni remotamente comparables. Uno, ocupa lugares preeminentes en todos los medios informativos. Del otro, apenas hay datos estadísticos oficiales. Mientras existe una Ley contra la Violencia de Género, los protocolos contra el acoso escolar, no pasan de constituir un conjunto de buenos consejos, cuyo cumplimiento parece más discrecional que obligatorio. Así, al menos, es lo que se deduce del análisis de los casos de acoso terminados en suicidio, ya que ningún centro educativo, ningún responsable, ningún director, o jefe de estudios, nadie, nunca, ha tenido que afrontar ninguna responsabilidad, ni penal, ni disciplinaria, ni administrativa.

Por todo ello, la postura de D. José Manuel López Viñuela, responde a una lógica elemental:

“Nosotros pedimos una ley de acoso escolar que estipule qué consecuencia puede tener, por ejemplo, no aplicar el protocolo a tiempo o mirar a otro lado por parte de profesores, o por parte de familias que no eduquen a sus hijos con valores y luego hagan daño a otros niños en el colegio. Esas familias también deberían tener consecuencias, al menos civiles. Queremos una ley clara que no dé lugar a errores y que penalice al centro que lo haga mal y que premie al que lo haga bien.”

Y mientras este drama se desarrolla dentro de los colegios e institutos, pero, sobre todo, en las familias que sufren la pérdida de un hijo, la ministra Pilar Alegría, hace oídos sordos a esta petición avalada por 230.000 firmas, pero al mismo tiempo se afana por intentar convencernos de que en el Parador Nacional de Teruel, donde ella se hospedaba, no hubo ninguna fiesta en las habitaciones de Ábalos.

Aunque lo peor de todo es la desidia de los centros educativos que, al margen de que existan protocolos o no, o sean manifiestamente mejorables, en la mayoría de los casos hacen lo imposible para desentenderse del problema. Al fin y al cabo, tampoco les va a suponer demasiado trastorno un supuesto incumplimiento de las normas establecidas. Y para muestra, el último ejemplo del colegio de Sandra, la última víctima, y su colegio Irlandesas Loreto de Sevilla, un centro que lleva años acumulando denuncias sin que los responsables hayan adoptado ninguna medida extraordinaria, aparte de poner un buzón y una figura en el organigrama, que, a todas luces, es más decorativa que eficaz.

En el extremo opuesto, en ocasiones nos encontramos con padres y madres que exacerban las situaciones.

Hace unos días, una amiga me comentaba que una madre de un niño, compañero de su hija en clase, había enviado una carta a la dirección del colegio protestando porque su hijo no había sido invitado a la fiesta de cumpleaños de la hija de mi amiga, que se celebró en la casa particular de ésta. En dicha carta dejaba deslizar algunas frases que podrían inducir a que su hijo estaba siendo víctima de algún tipo de acoso y que la no invitación a la fiesta, sólo era un ejemplo más. Evidentemente, la directora del centro se puso en contacto con mi amiga para aclarar esta rocambolesca situación.

Lamentablemente, hay gente que confunde la velocidad con el tocino. Una cosa es que se produzcan situaciones de acoso entre los escolares y otra muy diferente, es que uno de esos escolares celebre su cumpleaños en su casa con quien se le ponga en el píloro.

Mal ejemplo está dando la madre a ese hijo. Le está enseñando que cuando no consiga algo que le apetece- aunque no lo merezca -, debe protestar enérgicamente hasta ver si lo consigue. De momento, estamos hablando de niños de 11 años; ya veremos cómo entiende esa actitud la criaturita cuando tenga 18.

Es cierto que los colegios o institutos no pueden convertirse en centros carcelarios, pero no lo es menos que, hasta el momento, las supuestas medidas adoptadas hayan dado ningún fruto y desde luego, en nada ayuda que los centros, cada vez que surge un problema de esta índole, se ponga de perfil. Por ejemplo, cuando existe una orden de alejamiento de uno de los progenitores sobre el menor, el centro debe poner especial cuidado a quién se hace entrega del niño cuando vienen a recogerlo. En esos momentos, debe ser una prolongación de los brazos de la Justicia. Así es que no parece que sea muy complicado aplicar medidas preventivas para detectar, eliminar o minimizar las situaciones de acoso o de riesgo de suicidio.


 

domingo, octubre 12, 2025

Casarse después de los 50

Hoy me he topado con una noticia que habla de que una famosa periodista, de 56 años, ya ha fijado la fecha de su segundo matrimonio.


Dejando al margen otras consideraciones relacionadas con la propia noticia, me planteo algunas cuestiones: ¿por qué? Qué es lo que impulsa a unas personas que ya han superado los cincuenta años – o incluso los sesenta –a contraer matrimonio ¿Es necesario? Qué los motiva a tomar una decisión de ese calibre. ¿Acaso no es complicarse la vida? ¿No daría igual si la pareja decidiera convivir sin tener que pasar por el Registro Civil? ¿Van a convivir bajo el mismo techo o cada uno en su casa y Dios en la de todos? En ese caso, ¿en tu casa, en la mía o en una nueva? ¿Y los hijos?

Parece lógico pensar que una vez que se llega a esas edades, los hijos, en caso de existir, ya sea de uno o de ambos, tienen que ser mayores y precisamente eso pueda constituir un escollo. Al margen de un período de adaptación a las nuevas circunstancias, un niño de corta edad puede ser más flexible a la hora de adaptarse, que un individuo que ronda los treinta. Eso sin mencionar aquellos aspectos relacionados con las finanzas y la herencia.

Sean cuales fueren las circunstancias, la unión sentimental de dos personas - independientemente de la edad - conlleva siempre una serie de riesgos, complicaciones y servidumbres inherentes a dicha unión, al margen de los más nobles y elevados sentimientos que hubiere entre ellos.

La sociedad en la que vivimos es mucho más que comprensiva en cuanto a la forma y manera en la que una pareja decide vivir su relación, por lo que esos valores tampoco representan un impedimento o una obligación. En absoluto suponen coartar de ninguna manera los planteamientos de la pareja, sobre todo, si tenemos en cuenta que desde 2022, se equipara en igualdad de condiciones el acceso a la pensión de viudedad de las parejas de hecho con los matrimonios

Y, sin embargo, por alguna razón, en los últimos diez años se ha duplicado el número de matrimonios entre personas mayores de cincuenta. Según el INE, en 2022 se produjeron 2.765 bodas entre personas de 50 años. 20 años antes, fueron algo más de 600.

El auge de bodas boomers contrasta en un escenario donde cada vez se producen menos bodas, cada vez más hijos nacen entre parejas no casadas y las uniones religiosas caen en picado.

Al parecer y según algunos estudios que se han hecho sobre el tema, estos matrimonios suelen ser más tranquilos y auténticos. Por “tranquilos” interpreto que hacen una muy somera insinuación al hecho de que a partir de cierta edad entran en juego las limitaciones impuestas por la madre naturaleza en forma de menopausia-andropausia y sus devastadoras consecuencias. La disminución o ausencia de hormonas, sin duda, tranquiliza.

Pero no todo van a ser malas noticias. Así, según un estudio de la universidad de Chicago realizado en 2020, afirma que estos matrimonios reducen un 12% el riesgo de la depresión y un 9% el riesgo de enfermedades cardiovasculares. O sea, que no vas a tener mucho sexo, pero la ventaja es que no vas a morir de un infarto mientras lo intentas.

Otro dato importante a tener en cuenta es que, por un buen amor puedes aumentar algunos años de vida, porque reduce la soledad. Es importante recalcar en este punto lo de “buen amor”, porque como te hayas equivocado otra vez, en lugar de aumentar años de vida, los reduces con un infarto.

Pero no debemos perder de vista el hecho fundamental: el matrimonio no es solo un acto simbólico de la unión de una pareja, sino que es un acto jurídico que debe inscribirse en el Registro Civil, con obligaciones, derechos y beneficios, entre los cuales se pueden mencionar los relativos a la herencia, los beneficios fiscales, permisos retribuidos o la pensión de viudedad, entre otros.

Antes hablaba de la tendencia entre las personas maduras de apostar una vez más por una vida en común. Miles de personas, en este caso anónimas, que deciden dejar atrás experiencias dolorosas y afrontar nuevos retos. Pero no son sólo anónimas las que deciden adquirir ese compromiso. También los hay famosos.

George Clooney: Se casó con Amal Alamuddin en 2014, cuando él tenía 53 años.

Richard Gere: Se casó con Alejandra Silva en 2018, cuando tenía 68 años.

Harrison Ford: Se casó con Calista Flockhart en 2010, cuando él tenía 68 años.

Elton John: Se casó con David Furnish en 2014, cuando ambos superaban los 50 años.

Joaquín Sabina: Se casó con Jimena Coronado en 2020, poco después de cumplir 71 años.

En cuanto a mujeres famosas que hayan contraído matrimonio a una edad madura, dentro del panorama nacional, de la lista se ve claramente que sólo una se acerca a los 50:

Belén Esteban se casó el 22 de junio de 2019 a los 45 con Miguel Marcos.

Chenoa. La cantante y presentadora tenía ya 46 años.

Pilar Rubio y Sergio Ramos. La presentadora, que saca ocho años a su marido, había cumplido ya los 41.

Eugenia Martínez de Irujo dio el ‘sí, quiero’ con 48 años.

Tamara Falcó tenía 41 años.

Se ve que en esto de casarse también hay una clara discriminación. Los hombres sí pueden traspasar la barrera de los 50, pero las mujeres, ni se acercan.

Al parecer, esto de casarse después de los 50 es algo que es más común en unas culturas que en otras. En España, el único famoso, famoso, que se casó después de esa edad fue un tal Julio Iglesias. La mayoría de los maridos de las antes mencionadas, son más jóvenes que sus esposas.

En el lado opuesto, en el de los solterones empedernidos figuran, entre otros, por ejemplo, Al Pacino, Leonardo DiCaprio, o Marisa Tomei.

A destacar que, en el caso de Leonardo, al parecer hay constancia fehaciente de que, a pesar de sus 51 años, JAMÁS ha tenido una novia mayor de 25.

Se nos inculcó de niños que la felicidad consistía en elegir y acertar a la primera y si no acertabas, debías aguantarte y apechugar. Por fortuna, eso hace ya mucho que lo superamos y hoy en día ya no representa un estigma social haber pasado por dos matrimonios o incluso más, amén de otras relaciones sentimentales que no llegaron a cuajar.

Esto complica un poco el período de vacaciones con los hijos y la familia. Ya no basta con coordinarlas con los compañeros de oficina, como antes. Ahora tienes que coordinarlo con tu ex y sus propias circunstancias personales, sobre todo si a su vez tiene nueva pareja. Y si tienes hijos de diferentes padres o madres, apaga y vámonos. Los que están descolocados son los abuelos que no entienden nada.

Aparte de que la relación de pareja a partir de los 50 pueda añadir felicidad, serenidad, compañía, equilibrio, salud y hasta una cierta seguridad financiera, dependiendo de los casos, lo cierto es que el único denominador común de todos los seres humanos, es que queremos vivir el amor y estamos dispuestos a repetir tantas veces como sea necesario hasta encontrar a la persona con la que somos felices los dos. Y para eso no debemos imponer límites artificiales como la edad. Nunca es tarde para intentar ser feliz, sea la edad que sea.

Hay una escena de una de mis pelis favoritas - “Los Puentes de Madison” – que ilustra bien el mensaje. La hija lee la carta de despedida de su madre recién fallecida en la que le cuenta sus memorias. En esas líneas le da un consejo que nos sirve a todos: “Sólo tienes una vida para intentar ser feliz”. ¿Lo intentamos?