Lisboa – día 3.
Después de un desayuno
pantagruélico queríamos aprovechar nuestro último día en Lisboa para completar
algunas actividades pendientes. El día anterior, Ana, nuestra guía, nos
desaconsejó visitar el Castillo de San Jorge. Según dijo no merecía la pena
pagar por verlo. Aparte de eso, lo único que nos quedaba era cumplir con el
requisito de viajar en la famosa línea 28 del tranvía, que recorre los barrios
más históricos y pintorescos de la ciudad.
Al ser una línea utilizada
mayoritariamente por turistas, se nos había advertido del riesgo que
representaban los carteristas, quienes, aprovechando la masificación en los
vagones, sustraían todo lo que podían y más. También nos advirtieron de las
paradas más aconsejables para subir y coger asiento, por la misma razón de que
todos los turistas querían hacer lo mismo.
Así es que teniendo en cuenta
todos estos factores, decidimos subirnos al tranvía en la parada que estaba en
lo más alto de Lisboa, Campo de Ourique / Prazeres y desde allí, descender
hacia la Plaza del Comercio. Para llegar hasta la parada Campo de Ourique,
fuimos en un Uber. Nos dejó justo donde había un cartel que indicaba bien a las
claras que era de la línea 28.
Sin embargo, nos sorprendió que no había nadie esperando. Tampoco
había ningún tranvía y todo eso era un poco sospechoso.
Pasaba el tiempo y allí no pasaba
nada más que los minutos. Pero la parada era muy clara: había un 28 así de
grande.
Al cabo de un buen rato, aparece
un minibús amarillo. Sinceramente, no era lo que esperábamos. Las vías del
tranvía apuntaban a otro tipo de vehículo. Ante la duda, me acerqué al
conductor, que estaba sentado tras el volante enfrascado en rellenar algún tipo
de documento relacionado con su trabajo. Le pregunté – en inglés, por supuesto
– que si esa era la parada del 28 y me respondió con un gesto que apuntaba
justo a la dirección opuesta de la plaza. No entendí sus palabras, primero
porque no bajó del todo el cristal de la ventanilla y segundo porque su acento
portugués era bastante cerrado para mí. Aun así, el hombre todavía permaneció
unos minutos más dentro del minibús y nosotros, esperando el 28.
Al cabo de un rato, el conductor,
que sinceramente tiene el dudoso honor de ser el primer portugués poco amable
que he conocido, se bajó del bus y se perdió por algún camino de la plaza en
dirección desconocida. Y mientras tanto, nosotros allí, como dos pasmarotes
esperando a que sucediera algo.
Después de un buen rato, el
conductor desagradable regresó, nos vio donde nos había visto desde que llegó,
no nos dijo nada, se subió al minibús y se dirigió al otro lado de la plaza
donde había una cola de personas esperando algo. Y lo que estaban esperando era
al minibús amarillo.
En ese momento, aparte de
acordarme de la augusta progenitora que había echado al mundo al simpático del
conductor, cruzamos la plaza lo más aprisa que pudimos para no perder el bus.
Sólo faltaba que después de llevar allí media hora o más esperando el 28, por
culpa del desabrido del conductor lo perdiéramos y tuviéramos que esperar al
siguiente. Y no daba la impresión de que vinieran con mucha frecuencia.
Al parecer y debido a unas obras
que había en algún barrio en el trayecto, se había sustituido el tranvía por el
servicio del minibús, hasta cierto punto de la línea. Luego, a partir de ese
punto, entonces sí se tomaba el clásico tranvía y se hacía el resto del
itinerario.
A pesar de la nula amabilidad del
conductor, tuvimos suerte y pudimos, no solamente subir al bus sino también,
sentarnos cómodamente. Fuimos recorriendo el camino señalado, atravesando los
barrios altos de la ciudad hasta que, en un momento dado, todos tuvimos que
bajarnos en una plaza, para tomar – ahora sí- el famoso tranvía de la línea 28.
En esta ocasión tuvimos suerte.
Nos incorporamos a la cola de personas que esperaban. Cuando llegó el viejo
tranvía, se paró justo delante de nosotros. Esperamos unos segundos por si los
que estaban en el otro extremo de la fila reclamaban de alguna manera su
derecho de subir primero, pero como nadie hizo el más mínimo gesto, subimos los
primeros.
El conductor era una mujer. Le
pregunté cómo debía hacer para abonar los billetes, y fue muy amable y me
ayudó, paso a paso. Al estar cómodamente instalados, comprobé que el tranvía
debió ver la luz por primera vez en los inicios de la Vía Láctea. Me recordaba,
de alguna manera, a los primeros ascensores que se instalaron en Madrid, cuyas
cajas estaban hechas de madera. A veces, se añadía algún espejo. Pues este
tranvía tenía los asientos de madera y su aspecto era antiguo, pero no
descuidado. En realidad, le aportaba prestancia al viaje y se mimetizaba, de
alguna manera, con el entorno.
De repente se puso en marcha y
comenzamos a recorrer esos barrios a los que se conoce con el eufemismo de
pintorescos, cuando, en realidad, son los más humildes de Lisboa. Callejuelas
por las que apenas cabían al mismo tiempo el tranvía y un coche en sentido
contrario y que, por ello, había semáforos para definir la prioridad; donde los coches aparcados quedaban expuestos por escasos centímetros
al topetazo de cualquiera que no calculara bien las distancias; donde las casas
estaban al alcance de la mano de cualquier viajero que quisiera sacar el brazo
por la ventanilla; donde el chirriar del tranvía y su sempiterna campana de
advertencia, formaban parte de la escasa decoración de esas viviendas, cuya
supuesta intimidad quedaba al descubierto a cada paso de los transeúntes de a
pie o de los viajeros de la línea 28.
Mientras el tranvía zigzagueaba
por pendientes y curvas imposibles, yo pensaba en cómo sería la vida en esas
viviendas, que mostraban sin pudor la ropa tendida, a la vista de cualquiera,
porque era el único espacio disponible. Y en invierno, ¿dónde tendían la ropa?
Me preguntaba cómo sería la vida de esas personas, condenadas a la estridencia
del tráfico, todos los días, todas las noches. Cómo serían las casas por
dentro, esas cuyas fachadas estaban desconchadas por el paso de los años, la
falta de mantenimiento y el clima húmedo.
Yo pensaba que el 28 nos llevaría
hasta la Plaza del Comercio, pero estaba equivocado. Un error no atribuible a
nadie excepto a mí. Al llegar al final del trayecto y bajar del tranvía, nos
encontramos en una amplia plaza. En el otro lado de la misma, una larga fila de
personas señalaba el punto en el que comenzaba el camino del 28 en dirección contraria.
Nosotros decidimos ir a la zona de la Plaza del Comercio, que no estaba muy
lejos y allí, buscaríamos algún sitio donde comer algo.
Llegar hasta la plaza no nos
costó demasiado. Lo peor fue encontrar ese sitio donde en España te sientas, te
pides una cerveza, una de ensaladilla o de calamares y te quedas como nuevo.
Pero estábamos en la preciosa y romántica Lisboa, donde a esas horas, no todos
los restaurantes estaban abiertos, o sus cartas no eran lo que buscábamos, o
sus precios no eran los más aconsejables…Una vez más, echamos en falta ese
concepto de mesón, de simple bar. De hecho, buscando por internet, había un
“mesón” en la zona y después de pasar varias veces por delante sin verlo, nos
dimos cuenta de que estaba cerrado.
Ya que no podíamos satisfacer
nuestro gusto por lo salado, nos tuvimos que contentar con lo dulce. Nos
metimos en una cafetería no sin antes preguntar si a esas horas podíamos tomar
un café y un croissant. Mientras disfrutábamos del café, justo al otro lado del
ventanal, había un par de chicas haciéndose selfis a troche y moche. Se
cambiaban de vestimenta, en plena calle, se ponían un sombrero, una gorra, un
chaleco…llegamos a la conclusión de que eran “influencers” y eso es a lo que se
dedican cuando dicen que trabajan.
Tras reponer algo las fuerzas
decidimos pasear por la ribera del río. A pesar de ser un día de diario, tanto
la orilla como los restaurantes de la zona mostraban una gran animación, aunque
a nosotros lo que más llamó nuestra atención fue el espléndido panorama del que
disfrutamos.
Más tarde, echamos mano, de
nuevo, del invento de Uber y nos devolvió a nuestro hotel. Era nuestro último
día en Lisboa y todavía teníamos algunas horas de sol por disfrutar.
En la misma Plaza de Marqués de
Pombal, al lado de nuestro hotel, habían montado una típica feria con
atracciones y diversos puestos de comida. Nos pasamos por allí más por
curiosidad que por interés y sobre todo, porque en alguna parte habíamos
escuchado decir que era la más grande de Europa o algo así. Bueno, grande era,
aunque para nosotros tenía dos grandes inconvenientes. El primero que
recorrerla desde la entrada en la plaza, significaba ir cuesta arriba. Ello,
unido al gentío que inundaba el lugar, acompañados de niños, perros, y toda
clase seres vivos, nos obligó a sentarnos unos minutos a descansar en un banco
del recorrido. El otro inconveniente era que a cada paso había un puesto de
comida y no era plan de arriesgar comiendo nada sin saber de dónde venía. Así
es que, decidimos dar media vuelta, regresar al hotel y cancelar la cena en el
restaurante que estuvimos el sábado anterior, Alto Miño, porque ya no nos
quedaban fuerzas.
A la mañana siguiente
emprendíamos camino a nuestro último destino.
© Carlos Usín