Lisboa – día 1.
Después de nuestra intensa y agotadora visita a Coímbra, nuestra siguiente parada era Lisboa. Con sólo pronunciar su nombre me vienen a la mente imágenes evocadoras de un pasado romántico, intenso, en ocasiones misterioso, repleto de saudade, de espías y de buen comer.
Lisboa está en el recuerdo de
Antonio Muñoz Molina en su obra “El invierno en Lisboa”. Del mismo modo que
forma parte del libro “Tren de noche a Lisboa”, y su adaptación al cine,
protagonizada por Jeremy Irons, o en el libro “El cartógrafo de Lisboa”, de Erik
Orsenna.
Y dejo para el final a John Le
Carré y su obra “La Casa Rusia”, y su adaptación al cine, que la convierte en
una de mis pelis preferidas. Disfrutar del plantel de actores, encabezados por Michelle
Pfeiffer y Sean Connery, y de la música de Jerry Goldsmith, - capaz de mostrar
el misterio y el romanticismo al tiempo - es un placer con el que me regalo de
vez en cuando.
Hablar de Lisboa es hablar de
mar, de descubrimientos, de historia, de fado, de espías.
Lisboa vive en el corazón de
muchos de nosotros.
En un principio pensamos en
detenernos para visitar el Monasterio de Batalha, que nos pillaba de paso, pero
cambiamos de opinión. Al final, aparecimos en Sintra. La primera dificultad – y
no fue menor – fue encontrar aparcamiento. Teníamos la opción de subir hasta
donde nos permitieran con el coche, para visitar el palacio de Sintra. Pero
desde el parking deberíamos tomar un servicio de transporte para subir hasta el
monumento. Pero, todavía nos temblaban las piernas de la paliza que nos
habíamos metido en Coímbra y al final decidimos que tampoco íbamos a visitar
Sintra.
Después de dar varias vueltas por
el lugar y de encontrarnos zonas azules por doquier, nos tropezamos con un
centro comercial en miniatura, con un aparcamiento que tenía un reducido número
de plazas. Nos sorprendió que la barrera estuviera levantada y allí dejamos el
coche con bastante recelo. La siguiente etapa, la de buscar una cafetería, eso
se convirtió en un desafío. Al parecer habíamos encontrado un barrio donde, al
contrario que en España, no había bares ni cafeterías por ninguna parte. Al
final, encontramos uno de casualidad y allí que fuimos a disfrutar del
excelente café que se puede tomar en Portugal. Después, el reto fue saber dónde
habíamos dejado el coche, porque con tantas vueltas que habíamos dado para
encontrar el bar, andábamos algo despistados.
Total, que habíamos previsto
visitar Batalha y no fuimos; y estábamos en Sintra y lo dejamos para otro
viaje.
El hotel en Lisboa, el EXE Liberdade,
estaba situado en una avenida céntrica y con garaje en el propio
establecimiento. A nuestra llegada, pasadas las 15.00 horas como mandan los
cánones, nos encontramos con la Recepción repleta de jóvenes, en su mayoría, lo
que nos intranquilizó un poco por el riesgo de sufrir las molestias de ruido a
deshoras, y alborotos indeseados. Desconozco en qué parte del hotel les
ubicaron a ellos, porque nosotros estuvimos en una zona super tranquilos.
Para aprovechar la tarde cogimos
el coche y nos fuimos a visitar la torre de Belem y nos encontramos con dos
problemas. El primero fue encontrar aparcamiento, algo que después de dar
Más tarde, de regreso en el hotel
planeábamos organizar un sábado algo especial y salir a cenar. Nuestra
intención era encontrar un sitio donde sirvieran cocina típica portuguesa.
Brujuleando por internet encontramos uno que estaba situado a espaldas de
nuestro hotel, lo cual, tenía otra ventaja más y era que ni siquiera
necesitaríamos un Uber. Se llamaba Alto
Minho.
El concepto horario – en general – entre Portugal y España, no se
parecen en nada. Por ejemplo, el restaurante en cuestión cerraba a las
22.30, mientras que, en España, a esa hora, todavía hay gente que se
plantea iniciar la cena. Según nuestro criterio de lo que es cenar
temprano, llegamos a una hora más que prudencial. Sin embargo,
nada más entrar, el hombre nos hizo la fatídica pregunta, y no, no
teníamos reserva, pero tuvimos suerte: nos asignó la última mesa
que quedaba libre.
Otra de las anécdotas simpáticas
está relacionada con la película “Love Actually”. Para los que no la recuerden
o no la hayan visto, no sabrán de qué hablo.
Colin Firth viaja hasta la casa
de Aurelia para pedir su mano. Al llamar a la puerta, le abre el padre que
lleva una camiseta de tirantes. Cuando en un portugués incipiente e inseguro
Colin le dice que viene a solicitar la mano de su hija, aparece la hermana de
Aurelia, una chica nada agraciada y con cuarenta kilos de sobrepeso.
Pues bien, el parecido de la
cocinera del restaurante con la “hermana” de Aurelia en la película era tal,
que daba la impresión de que era la misma persona.
Bromas aparte, el servicio fue
estupendo y la comida un auténtico éxito. Nos gustó tanto que preguntamos si al
día siguiente – domingo – estaban abiertos y nos dijeron que era el único día
de la semana que cerraban. Así es que, planeamos regresar el lunes siguiente.
Al abandonar nuestra mesa en
busca de la salida, tuvimos que realizar auténticos escorzos, conteniendo la
respiración para pasar por entre las mesas vecinas, sin derramar nada. Tal era
el grado de ocupación de las mesas que apenas había sitio para transitar.
© Carlos Usín