Evora
Cuando organizamos el viaje a
Portugal decidimos que desde Lisboa dejaríamos de descender por el mapa luso y
nos lanzaríamos en un ángulo de noventa grados a buscar la frontera española. Y
en el camino entre Lisboa y España, uno se encuentra con dos poblaciones muy
interesantes para visitar. La primera es Evora y la que está más cerca de
España, Elvas.
Para quien no haya estado en
ninguna, como era mi caso, probablemente le sorprenda que una ciudad como
Evora, que apenas tiene 60.000 habitantes, tenga semejante oferta turística: la
Praça do Giraldo, la Capilla de
los Huesos, la Iglesia de San Francisco, la Catedral, el Templo Romano, el Acueducto,
el Palacio de Don Manuel o la Torre das Cinco Quinas.
Pero lo que más me sorprendió y con diferencia, fue
encontrar un hotel de la cadena Hilton, el HILTON GARDEN INN.
Evora está apenas hora y media de camino de Lisboa por
autovía, y en el trayecto no hay nada que merezca la pena detenerse y visitar,
así es que, entre que te echan del hotel como muy tarde a las 12.00 y no te
dejan entrar hasta las 15.00, se nos planteaba un problema logístico. Pero, en
cualquier caso, fuimos derechos hasta Evora. Llegamos, entorno a las 13.00 –
13.30 como mucho.
Sabíamos que el aparcamiento consistía en un espacio
al aire libre, junto a la fachada principal, pero justo al otro lado de la
valla que separaba el hotel de la calle, no tuvimos ningún problema en
encontrar un hueco. Por muy extraño que parezca, el hotel cobraba 20€ por día,
por dejar el coche en el recinto al aire libre.
Sólo íbamos a pernoctar esa noche, así es que, en esos casos, procuramos no deshacer demasiado las maletas.
Para aprovechar lo que quedaba de luz cogimos el
paraguas – porque estaba lloviendo – nos cambiamos el calzado y salimos a
conocer lo que nos diera tiempo.
El hotel está situado justo al otro lado de la muralla
que antaño delimitaba lo que es el centro de la ciudad, lo que significa que no
sufres los inconvenientes del ruido, el tráfico y demás, pero estás lo bastante
cerca como para ir andando a todas partes. Y eso fue lo que hicimos.
Nuestra primera visita fue a la Iglesia de San
Francisco. La verdad es que orientarte con el Google del móvil al mismo tiempo
que manejas el paraguas, es más propio del circo. Lo que no dejaba de
sorprenderme era que todo monumento o visita de interés, siempre estaba cuesta
arriba. ¡Qué manía de colocar en la picota todo, oye! Bueno, el caso es que
después de alguna vuelta que otra y algún despiste, llegamos a la iglesia.
Sinceramente, me pareció que era bastante despectivo denominar a ese monumento iglesia. Uno piensa que ese término está más relacionado con un concepto mucho más modesto, más de pueblo.
Después de visitar la iglesia, empezamos a buscar la
entrada a la “capilla de los huesos”. Nos pareció que lo lógico
sería que la capilla estuviera anexa de alguna manera a la iglesia. Fue
desconcertante comprobar que desde dentro de la iglesia, no había acceso ni
indicación alguna para adentrarse en la capilla.
Sin perder el ánimo, y a pesar de que continuaba lloviendo, salimos
al exterior del edificio y volvimos a consultar a Google que insistía
en que “ha llegado a su destino”. Nosotros no hacíamos más que dar
vueltas alrededor de la iglesia intentando descubrir en qué parte
habían escondido la entrada que, al parecer, Google sí sabía dónde
estaba, pero nosotros no. Guarecidos bajo el paraguas para
protegernos del chaparrón que estaba cayendo y con mucho cuidado
de que nuestros tobillos no cedieran ante el empedrado que
pisábamos, buscábamos con ahínco la entrada a la capilla, que se
había convertido en un desafío. Casi por casualidad encontramos la
maldita entrada. Estaba justo al otro costado de la iglesia y semi
oculta por unos andamios y grandes cartelones de las obras de
restauración que se estaban haciendo. Al menos, allí dentro
dejaríamos de mojarnos porque la lluvia, en ocasiones, arreciaba con
fuerza. Después, el interior de la capilla es sobrecogedor y algo
tétrico.
Al terminar nuestra visita cultural, salimos al
exterior. La lluvia continuaba y nosotros buscábamos un restaurante cercano.
Bajo el paraguas buscamos algunas de las sugerencias, pero con resultado
negativo. Algunos estaban cerrados, otro tenía unos precios para turistas, otro
una carta nada apetecible. Nos mojamos un poco más hasta que decidimos cruzar
al otro lado de la plaza donde parecía que había alguna posibilidad. Tuvimos
suerte. El lugar sólo estaba ocupado por una pareja que hablaba en inglés. El resto
de las mesas estaban a nuestra disposición.
Por aquello del respeto nos dirigimos al propietario
en inglés, pero enseguida se dio cuenta de que éramos españoles y él mismo
cambió – como suelen hacerlo casi siempre – a nuestro idioma.
Aparte del plato principal y una cerveza restauradora,
nos puso un pan de pueblo con una miga grande y esponjosa y un poco de aceite
del bueno. Ya podían caer chuzos de punta ahí fuera.
Después de ponernos ciegos salimos del restaurante
totalmente envalentonados, casi eufóricos y decidimos que iríamos a visitar el
Templo Romano. Había dejado de llover, pero hacía bastante frío. Según Google
Maps, tardaríamos sólo unos 10 o 15 minutos desde el restaurante y estaba a
menos de 1 km. Tengo mis razones cuando afirmo con total convencimiento:” me
encanta hacer planes para saber exactamente lo que NO va a pasar”.
Para empezar, ignoro por qué extraño sortilegio todos
los monumentos están ubicados en lo más alto de los pueblos. En Coímbra, todo
estaba cuesta arriba. En Oporto y Lisboa, ídem de lo mismo. Y ahora, el maldito
Templo de Evora, parecía que colgaba del cielo.
Yo creo que Google tiene un algoritmo que, si te ve
perdido, te putea y finge como que se vuelve loco. Tú das vueltas y vueltas y
el maldito móvil, encima, se burla de ti y te dice “parece que te has
perdido…”.
Como recorrimos calles y senderos que nadie más
transitaba a esas horas – por las horas, por el frío, por la lluvia o por una
mezcla de todo ello – nos encontramos con algunas sorpresas. Aunque no siempre
supimos qué eran.
A pesar de lo
aparentemente inaccesible del lugar, siempre hay
coches aparcados y un edificio imponente y desconocido.
Otro de los descubrimientos que hicimos en nuestro deambular, fue
la famosa Praça do Giraldo, la cual, a pesar de ser hermosa y
visitable, no encontramos ninguna placa que la identificara.
No recuerdo cuánto tardamos en llegar, pero ya te digo
yo que más de 15 minutos y por supuesto, entre todas las vueltas atrás y volver
a andar el camino ya andado, fue más que 1 km. Llegamos exhaustos, con frío y
un poco hasta las narices de tanto paseo. Pero llegamos. Y al verlo allí, solo
y abandonado, nos preguntamos si había merecido la pena tanto esfuerzo.
El caso es que
allí mismo tomamos la decisión más sabia de todas: no íbamos a visitar nada más
de Evora por muy bonito que fuera. El frío arreciaba a medida que el sol iba
cayendo y estábamos agotados de subir y bajar.
Llamamos a un Uber para que nos rescatara y nos depositara
en nuestro hotel, algo que se nos antojaba imposible de conseguir andando.
A la mañana siguiente, camino de regreso a casa,
teníamos previsto parar en Elvas, pero estábamos tan cansados de tanto viaje,
de tanto ajetreo, de tanto andar, que, no solamente decidimos que esa noche ni
nos planteábamos lo de salir a cenar, es que, al día siguiente, pasaríamos de
Elvas y tomaríamos el camino directo a casa. Era más que suficiente.
Nos levantamos relativamente temprano. Un poco porque
teníamos ganas de llegar a casa y porque teníamos al menos 6 horas de viaje en
coche, paradas aparte.
Al llegar al comedor no te puedes imaginar lo que nos
encontramos. ¿No lo adivinas? Pues el comedor estaba hasta arriba de japoneses.
Pero no eran los mismos que habíamos estado viendo por todo Portugal allá donde
fuéramos. Estos eran distintos. El más joven debía tener 200 años. Algunos
hablaban en japonés, otros en inglés y había uno que hablaba incluso en
portugués. Se trataba de una excursión en autobús y estaban allí todos en
nuestro hotel. Me pareció de lo más curioso.
Al terminar nuestro desayuno, subimos a por las
maletas y al bajar a Recepción, nos encontramos con los más rezagados de los
nipones yendo hasta el autobús que los esperaba en la calle. Afortunadamente,
no teníamos demasiada prisa porque el bus estaba detenido justo detrás de mi
coche. El conductor, atento, vio cómo colocábamos nuestras maletas en el coche
y nos dijo que enseguida terminaban.
El camino de regreso a casa no fue como cabía esperar
por autovía. El GPS decidió llevarnos por carreteras secundarias que
atravesaban fincas de cultivos, olivares o de ganado porcino. El día era
soleado, no como el anterior, y un paseo por ese paisaje, era muy agradable.
También era el más directo, aunque no fuese el más rápido.
Dado el desorbitado precio de la gasolina en Portugal,
me había obligado a apurar el depósito y no repostar hasta regresar a la
península, pero el problema que me estaba encontrando era que debido a que
circulábamos casi casi, atravesando el campo, no encontraba ninguna estación.
Finalmente, en la localidad de Oliva de la Frontera, encontré uno de esos
puestos de los que existían hace décadas. Parecía tan antiguo que estaba a
punto de preguntar dónde se hacía para bombear manualmente la gasolina como se
hacía a finales de los cincuenta, principio de los sesenta.
Una caseta con un espacio tan reducido que apenas
entraba el hombre, alto y de porte grueso. Hacía frío y probablemente estaría
más tiempo fuera de la garita que dentro. Entablamos una rudimentaria
conversación y al notar que mi acento no era de la zona, me preguntó si iba
para Madrid – se debe notar el acento madrileño, que digo yo-. Yo le pregunté
si tenía un aseo y me dijo que no, que eso era un lujo, pero que en la esquina
había un bar. También se mostró orgulloso de disfrutar de ese trabajo tan
exigente, del mismo modo que antes que él lo hizo su padre y también su abuelo.
Continuamos camino por Jerez de los Caballeros y
Fregenal de la Sierra, en dirección a Sevilla. Un itinerario muy recomendable
si no tienes prisa y quieres disfrutar del paisaje y de los diferentes efluvios
que flotan en el aire, y te hacen recordar que, en esa zona de España, saben
vivir, beber y comer como en pocos sitios. Los anuncios constantes de
cooperativas, almazaras, embutidos y demás pecados de la carne, de la de cerdo,
principalmente, te ayudan a situarte.
Al llegar a casa, todavía tuvimos tiempo de pasar por
Mercadona.
© Carlos Usín
No hay comentarios:
Publicar un comentario