Mostrando entradas con la etiqueta la Iglesia de San Francisco. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta la Iglesia de San Francisco. Mostrar todas las entradas

sábado, mayo 09, 2026

IMPRESIONES DE UN VIAJERO (XV)

Evora

Cuando organizamos el viaje a Portugal decidimos que desde Lisboa dejaríamos de descender por el mapa luso y nos lanzaríamos en un ángulo de noventa grados a buscar la frontera española. Y en el camino entre Lisboa y España, uno se encuentra con dos poblaciones muy interesantes para visitar. La primera es Evora y la que está más cerca de España, Elvas.

Para quien no haya estado en ninguna, como era mi caso, probablemente le sorprenda que una ciudad como Evora, que apenas tiene 60.000 habitantes, tenga semejante oferta turística: la Praça do Giraldo, la Capilla de los Huesos, la Iglesia de San Francisco, la Catedral, el Templo Romano, el Acueducto, el Palacio de Don Manuel o la Torre das Cinco Quinas.

Pero lo que más me sorprendió y con diferencia, fue encontrar un hotel de la cadena Hilton, el  HILTON GARDEN INN.

Evora está apenas hora y media de camino de Lisboa por autovía, y en el trayecto no hay nada que merezca la pena detenerse y visitar, así es que, entre que te echan del hotel como muy tarde a las 12.00 y no te dejan entrar hasta las 15.00, se nos planteaba un problema logístico. Pero, en cualquier caso, fuimos derechos hasta Evora. Llegamos, entorno a las 13.00 – 13.30 como mucho.

Sabíamos que el aparcamiento consistía en un espacio al aire libre, junto a la fachada principal, pero justo al otro lado de la valla que separaba el hotel de la calle, no tuvimos ningún problema en encontrar un hueco. Por muy extraño que parezca, el hotel cobraba 20€ por día, por dejar el coche en el recinto al aire libre.


Al presentarnos en Recepción reconocimos que era demasiado temprano y que, si no disponían de habitación, lo entenderíamos. Pero fueron muy amables y nos dieron una, que, además, era super amplia y tranquila.

Sólo íbamos a pernoctar esa noche, así es que, en esos casos, procuramos no deshacer demasiado las maletas.

Para aprovechar lo que quedaba de luz cogimos el paraguas – porque estaba lloviendo – nos cambiamos el calzado y salimos a conocer lo que nos diera tiempo.

El hotel está situado justo al otro lado de la muralla que antaño delimitaba lo que es el centro de la ciudad, lo que significa que no sufres los inconvenientes del ruido, el tráfico y demás, pero estás lo bastante cerca como para ir andando a todas partes. Y eso fue lo que hicimos.

Nuestra primera visita fue a la Iglesia de San Francisco. La verdad es que orientarte con el Google del móvil al mismo tiempo que manejas el paraguas, es más propio del circo. Lo que no dejaba de sorprenderme era que todo monumento o visita de interés, siempre estaba cuesta arriba. ¡Qué manía de colocar en la picota todo, oye! Bueno, el caso es que después de alguna vuelta que otra y algún despiste, llegamos a la iglesia.

Sinceramente, me pareció que era bastante despectivo denominar a ese monumento iglesia. Uno piensa que ese término está más relacionado con un concepto mucho más modesto, más de pueblo.


Pero si el aspecto exterior impresiona, el interior no se queda atrás.

Después de visitar la iglesia, empezamos a buscar la entrada a la “capilla de los huesos”. Nos pareció que lo lógico sería que la capilla estuviera anexa de alguna manera a la iglesia. Fue desconcertante comprobar que desde dentro de la iglesia, no había acceso ni indicación alguna para adentrarse en la capilla.

Sin perder el ánimo, y a pesar de que continuaba lloviendo, salimos 

al exterior del edificio y volvimos a consultar a Google que insistía 

en que “ha llegado a su destino”. Nosotros no hacíamos más que dar 

vueltas alrededor de la iglesia intentando descubrir en qué parte 

habían escondido la entrada que, al parecer, Google sí sabía dónde 

estaba, pero nosotros no. Guarecidos bajo el paraguas para 

protegernos del chaparrón que estaba cayendo y con mucho cuidado 

de que nuestros tobillos no cedieran ante el empedrado que 

pisábamos, buscábamos con ahínco la entrada a la capilla, que se 

había convertido en un desafío. Casi por casualidad encontramos la 

maldita entrada. Estaba justo al otro costado de la iglesia y semi 

oculta por unos andamios y grandes cartelones de las obras de 

restauración que se estaban haciendo. Al menos, allí dentro 

dejaríamos de mojarnos porque la lluvia, en ocasiones, arreciaba con 

fuerza. Después, el interior de la capilla es sobrecogedor y algo 

tétrico.



Después pasamos a visitar el Museo de Arte Sacro, en el que, como
 
se ve, sorprendimos a una restauradora haciendo su trabajo.





Al terminar nuestra visita cultural, salimos al exterior. La lluvia continuaba y nosotros buscábamos un restaurante cercano. Bajo el paraguas buscamos algunas de las sugerencias, pero con resultado negativo. Algunos estaban cerrados, otro tenía unos precios para turistas, otro una carta nada apetecible. Nos mojamos un poco más hasta que decidimos cruzar al otro lado de la plaza donde parecía que había alguna posibilidad. Tuvimos suerte. El lugar sólo estaba ocupado por una pareja que hablaba en inglés. El resto de las mesas estaban a nuestra disposición.

Por aquello del respeto nos dirigimos al propietario en inglés, pero enseguida se dio cuenta de que éramos españoles y él mismo cambió – como suelen hacerlo casi siempre – a nuestro idioma.

Aparte del plato principal y una cerveza restauradora, nos puso un pan de pueblo con una miga grande y esponjosa y un poco de aceite del bueno. Ya podían caer chuzos de punta ahí fuera.

Después de ponernos ciegos salimos del restaurante totalmente envalentonados, casi eufóricos y decidimos que iríamos a visitar el Templo Romano. Había dejado de llover, pero hacía bastante frío. Según Google Maps, tardaríamos sólo unos 10 o 15 minutos desde el restaurante y estaba a menos de 1 km. Tengo mis razones cuando afirmo con total convencimiento:” me encanta hacer planes para saber exactamente lo que NO va a pasar”.

Para empezar, ignoro por qué extraño sortilegio todos los monumentos están ubicados en lo más alto de los pueblos. En Coímbra, todo estaba cuesta arriba. En Oporto y Lisboa, ídem de lo mismo. Y ahora, el maldito Templo de Evora, parecía que colgaba del cielo.

Yo creo que Google tiene un algoritmo que, si te ve perdido, te putea y finge como que se vuelve loco. Tú das vueltas y vueltas y el maldito móvil, encima, se burla de ti y te dice “parece que te has perdido…”.

Como recorrimos calles y senderos que nadie más transitaba a esas horas – por las horas, por el frío, por la lluvia o por una mezcla de todo ello – nos encontramos con algunas sorpresas. Aunque no siempre supimos qué eran. 



A pesar de lo aparentemente inaccesible del lugar, siempre hay 

coches aparcados y un edificio imponente y desconocido.

Otro de los descubrimientos que hicimos en nuestro deambular, fue 

la famosa Praça do Giraldo, la cual, a pesar de ser hermosa y 

visitable, no encontramos ninguna placa que la identificara.


No recuerdo cuánto tardamos en llegar, pero ya te digo yo que más de 15 minutos y por supuesto, entre todas las vueltas atrás y volver a andar el camino ya andado, fue más que 1 km. Llegamos exhaustos, con frío y un poco hasta las narices de tanto paseo. Pero llegamos. Y al verlo allí, solo y abandonado, nos preguntamos si había merecido la pena tanto esfuerzo.


El caso es que allí mismo tomamos la decisión más sabia de todas: no íbamos a visitar nada más de Evora por muy bonito que fuera. El frío arreciaba a medida que el sol iba cayendo y estábamos agotados de subir y bajar.

Llamamos a un Uber para que nos rescatara y nos depositara en nuestro hotel, algo que se nos antojaba imposible de conseguir andando.

A la mañana siguiente, camino de regreso a casa, teníamos previsto parar en Elvas, pero estábamos tan cansados de tanto viaje, de tanto ajetreo, de tanto andar, que, no solamente decidimos que esa noche ni nos planteábamos lo de salir a cenar, es que, al día siguiente, pasaríamos de Elvas y tomaríamos el camino directo a casa. Era más que suficiente.

Nos levantamos relativamente temprano. Un poco porque teníamos ganas de llegar a casa y porque teníamos al menos 6 horas de viaje en coche, paradas aparte.

Al llegar al comedor no te puedes imaginar lo que nos encontramos. ¿No lo adivinas? Pues el comedor estaba hasta arriba de japoneses. Pero no eran los mismos que habíamos estado viendo por todo Portugal allá donde fuéramos. Estos eran distintos. El más joven debía tener 200 años. Algunos hablaban en japonés, otros en inglés y había uno que hablaba incluso en portugués. Se trataba de una excursión en autobús y estaban allí todos en nuestro hotel. Me pareció de lo más curioso.

Al terminar nuestro desayuno, subimos a por las maletas y al bajar a Recepción, nos encontramos con los más rezagados de los nipones yendo hasta el autobús que los esperaba en la calle. Afortunadamente, no teníamos demasiada prisa porque el bus estaba detenido justo detrás de mi coche. El conductor, atento, vio cómo colocábamos nuestras maletas en el coche y nos dijo que enseguida terminaban.

El camino de regreso a casa no fue como cabía esperar por autovía. El GPS decidió llevarnos por carreteras secundarias que atravesaban fincas de cultivos, olivares o de ganado porcino. El día era soleado, no como el anterior, y un paseo por ese paisaje, era muy agradable. También era el más directo, aunque no fuese el más rápido.

Dado el desorbitado precio de la gasolina en Portugal, me había obligado a apurar el depósito y no repostar hasta regresar a la península, pero el problema que me estaba encontrando era que debido a que circulábamos casi casi, atravesando el campo, no encontraba ninguna estación. Finalmente, en la localidad de Oliva de la Frontera, encontré uno de esos puestos de los que existían hace décadas. Parecía tan antiguo que estaba a punto de preguntar dónde se hacía para bombear manualmente la gasolina como se hacía a finales de los cincuenta, principio de los sesenta.

Una caseta con un espacio tan reducido que apenas entraba el hombre, alto y de porte grueso. Hacía frío y probablemente estaría más tiempo fuera de la garita que dentro. Entablamos una rudimentaria conversación y al notar que mi acento no era de la zona, me preguntó si iba para Madrid – se debe notar el acento madrileño, que digo yo-. Yo le pregunté si tenía un aseo y me dijo que no, que eso era un lujo, pero que en la esquina había un bar. También se mostró orgulloso de disfrutar de ese trabajo tan exigente, del mismo modo que antes que él lo hizo su padre y también su abuelo.

Continuamos camino por Jerez de los Caballeros y Fregenal de la Sierra, en dirección a Sevilla. Un itinerario muy recomendable si no tienes prisa y quieres disfrutar del paisaje y de los diferentes efluvios que flotan en el aire, y te hacen recordar que, en esa zona de España, saben vivir, beber y comer como en pocos sitios. Los anuncios constantes de cooperativas, almazaras, embutidos y demás pecados de la carne, de la de cerdo, principalmente, te ayudan a situarte.

Al llegar a casa, todavía tuvimos tiempo de pasar por Mercadona.

 

© Carlos Usín