Coímbra – Día1
Tenía ganas de conocer en profundidad Coímbra. De mi visita anterior,
muchos años atrás, sólo me quedaban en la memoria vagos recuerdos de una visita
relámpago a la biblioteca de la universidad, unas viviendas tan destartaladas
que tenían refuerzos de suelo a techo para evitar su derrumbe y otra visita al
hotel Quinta das Lágrimas. Me habían hablado muy bien de él y me acerqué, a
echar un vistazo. Como siempre, que voy a Portugal, las personas son
simplemente fantásticas. En este caso, el camarero se deshizo en atenciones y
hasta me llevó a los sótanos del establecimiento a visitar la bodega, todo esto
acompañado de una lección rápida de las distintas clases de vinos que
atesoraban en sus entrañas y que el hombre enseñaba con orgullo, casi como si
las botellas formaran parte de su colección privada. Aparte de esto, mis
recuerdos no llegaban más allá, así es que, eran algo escasos.
Antes de emprender cualquier
viaje siempre intento ubicar lo más exactamente posible mi destino. Sabedor de
que siempre surgen inconvenientes, imprevistos y problemas, quiero estar
preparado para cuando el GPS se empiece a volver loco. En este caso intuía que
me iba a topar con alguno, porque Google no terminaba de proporcionarme la
información que yo necesitaba. Había algo que me preocupaba y era que daba la
impresión de que el Hotel Mondego, que
era nuestro destino, estaba en una zona peatonal.
Sabía de antemano que el hotel no
disponía de aparcamiento propio en el sótano, pero se mencionaba uno cercano, aparte,
por supuesto, del destinado para carga y descarga de viajeros. Pero lo que no
habría imaginado jamás era que el problema sería descubrir dónde estaba el hotel
en sí mismo, costumbre esta – la de no encontrar el hotel – que empezaba a
convertirse en una preocupante costumbre, ya que en Braga me pasó lo mismo y
hacía un par de años en el Parador antes mencionado, también en Portugal.
Incluso en el Parador, me perdí dentro del hotel. Pero eso es otra historia.
En la imagen que ilustra la
situación del hotel, no se ve, en absoluto, la densidad de tráfico que nos
encontramos al llegar, ni la aglomeración de personas que parecía que estaban
esperando el autobús – aunque no se adivina ninguna parada – y que impedían
tener una visión algo más amplia de la acera, ni tampoco se ven unas obras que
estaban realizando en las inmediaciones, y que obligaban a tener un camión
detenido en doble fila recogiendo los escombros. El resultado fue que mientras
nos decía el GPS que “su destino se encuentra a la derecha”, yo a la derecha no
veía más que gente, un camión de escombros y un montón de coches detrás de mí.
Pasé por delante 3 veces. Cuando
el GPS me decía que me había pasado, giraba de nuevo a la izquierda para dar la
vuelta a la manzana y me encontraba siempre en el mismo sitio. Pregunté a unos
señores muy amables que me habían visto pasar varias veces y que, imagino,
estarían tan sorprendidos como yo de verme dar vueltas y más vueltas con el
coche. Los señores eran muy amables, pero lo único que les entendí era que el
hotel estaba “lá” – allí-. Sí, si ya sabía que lo estaba rondando como una
mosca a un pastel, pero tenía que encontrar la maldita entrada.
Entonces, seguí el pensamiento de Albert
Einstein que decía: “No hay nada tan estúpido como esperar que las cosas
cambien haciendo siempre lo mismo”. Así es que, me dirigí en paralelo al río
Mondego hasta encontrar un lugar donde poder detener el coche y allí pedir
auxilio al hotel, llamando por teléfono. Por cierto, una experiencia que ya la
había sufrido anteriormente cuando nos alojamos en el Parador Nacional Casa de
Insua un par de años atrás.
Una vez más, la recepcionista del
hotel fue sumamente comprensiva y atenta. Salió a la puerta del hotel, casi
hasta la calzada, para hacernos señas. Sólo le faltó encender una bengala. Si
no llega a ser por ella todavía estaba dando vueltas a la manzana.
Después de descargar las maletas
quedaba la segunda parte del problema: el parking. De nuevo la chica nos
proporcionó una ayuda inestimable.
- Déjenlo ahí enfrente, en la zona de carga y descarga. Nadie les va a poner ninguna pega.
Efectivamente, la zona estaba
vacía, pero estaba en la acera de enfrente y el tráfico era denso, lo que
desaconsejaba realizar maniobras extrañas, como las que me sugirió la
recepcionista de Oporto. Así es que, una vez más – la última – di la vuelta a
la manzana y al regresar frente al hotel, el aparcamiento me pillaba a mano. Y
allí lo dejé.
Solicitamos una habitación
tranquila, y sin duda, la recepcionista nos proporcionó una en la que no se oía
nada. Ni siquiera a los vecinos de la misma planta.
Como siempre que queríamos
visitar a conciencia una ciudad, habíamos reservado un tour a la mañana
siguiente. Al poco de llegar a nuestra habitación nos enviaron un mensaje
diciendo que la visita se cancelaba debido al escaso número de personas que se
habían apuntado. Así es que nosotros nos fijamos nuestra propia lista. A saber:
la famosa biblioteca de la Universidad,
la Catedral Vieja, el Centro histórico, el Jardín Botánico, el Monasterio de
Santa Cruz, el Monasterio de Santa Clara y la Catedral Nueva.
Todavía teníamos algunas horas de luz antes de que
anocheciera y aprovechamos para salir del hotel, pasear, que nos diera el aire
(frío), perdernos por los callejones y descubrir el centro histórico.
Nos dejamos guiar un poco por la intuición, otro poco
por la curiosidad, y con la ayuda de Google y casi sin pretenderlo, nos
encontramos en medio de una gran plaza, en medio de la cual, había algo que
recordaba que en un pasado indefinido fue una fuente. Justo enfrente, se
levantaba un edificio que en sus orígenes fue románico, pero que con el
transcurrir de los siglos ya quedaba poco del original. Se trataba del
Monasterio de la Santa Cruz, que estaba precisamente en nuestra lista. Su
elaborada fachada invitaba a entrar a visitarlo y lo hicimos. Y no nos defraudó
en absoluto.
El interior, de una sola nave, nos llamó la atención la bóveda – que
luego supimos que era de estilo manuelino – y, sobre todo, unos
frescos en tonos azulados que cubrían las paredes de ambos lados de
la nave.
Al salir del templo nos encontramos con algo que,
después, a lo largo de nuestras diferentes visitas por diversas ciudades, nos
resultó tristemente familiar: mendigos. En este caso, además, había varios,
entorno a la iglesia y a la plaza.
Nos detuvimos unos instantes para observar el
panorama. El aspecto de las casas, incluso de las personas que por allí
pululaban, era de cierta pobreza. Desde que salimos del hotel y decidimos
callejear hacia donde estábamos, nos habíamos fijado en las propias calles, sin
pavimentar, empedradas; los escaparates de las tiendas mostraban productos que
en España pasaron de moda en los años 50, con una luz mortecina que, invitaban
a cualquier cosa menos a entrar a comprar. Nos preguntamos cómo podrían
sobrevivir los propietarios y qué clase de personas usarían esas ropas, esos
vestidos, y la sensación que prevalecía fue la de lástima.
Las fachadas de las casas parecían venirse abajo, desconchadas,
sucias. Y daba igual que fuera un bloque de viviendas o una iglesia.
En nuestro errático deambular, ya anochecido, nos
encontramos con la zona más comercial en una calle peatonal llena de vida, de
luz. Estaba abarrotada de gente, de un perfil muy diferente al que habíamos
visto tres calles atrás. Bares, restaurantes, todo tipo de tiendas, mostraban
una cara bien distinta y los adornos de Navidad proporcionaban una sensación mucho
más alegre que la lúgubre sensación que nos había dejado nuestra visita al
centro histórico.
Subimos – ¡cómo no! – por una empinada cuesta en busca
de una tienda de recuerdos, que se vislumbraba no muy alejada de donde
estábamos. Y un poco más allá descubrimos un restaurante de comida típica
portuguesa que se llama Tapas nas costas y
allí que nos metimos. Era un sitio muy agradable y lo mejor de todo, había más
gente cenando fuera en la calle que dentro. Nos atendieron de maravilla, en
español, como en la inmensa mayoría de los sitios y comimos espléndidamente.
De entre las cosas que nos llamaron la atención fue
ver a varios jóvenes, de ambos sexos, vestidos con capas y escarapelas, al más
puro estilo tuna de universidad española. También lo habíamos visto en Oporto.
Al parecer, los estudiantes tienen a gala lucir esa indumentaria que les
identifica como estudiantes. Según supimos, en muchas ocasiones la usan incluso
para sus eventos sociales particulares, sin ninguna relación con la
universidad. Tal vez, el hecho de que la vestimenta sea bastante cara, haga que
sus usuarios quieran amortizarla, además, de sentirse orgullosos de pertenecer
a una universidad en concreto.
Dos chicas que iban ataviadas de esta guisa, nos
pararon mientras paseábamos y después de preguntarnos si hablábamos su idioma,
preferimos hablar en inglés. Ambas lo dominaban a la perfección y nos alegramos
de ello, porque si nos hubieran hablado en portugués a esa velocidad, no
habríamos entendido nada.
En pocas palabras, las chicas, encantadoras, educadas
y muy simpáticas, querían recaudar fondos para ayudarse en sus estudios.
Brevemente, nos contaron que los estudios universitarios en Portugal son
prácticamente privados, que apenas reciben ayudas del estado y que sus padres
tienen que hacer frente a una montaña de gastos entre matrículas, libros,
residencia de sus hijos y manutención en general, casi siempre, fura de la
ciudad de origen. Por eso, estas chicas tan simpáticas, habían confeccionado
unas bosas como de esparto o un material similar para llevar colgada del
hombro. Algo, sin duda, de estilo mucho más juvenil. Nos habría encantado poder
comprar una, pero lo cierto es que nosotros no llevamos nunca dinero en
metálico o muy poco y en este caso, se trataba de unas pocas monedas, que no
teníamos. Pero el encuentro, además de agradable fue didáctico.
© Carlos Usín
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