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lunes, mayo 25, 2026

Estado de crispación.

Cualquiera que haya asistido tan solo una única vez a una Junta de Vecinos, conoce que en esas reuniones se grita más que en un partido de fútbol, se ponen sobre la mesa rencillas acumuladas durante meses y, en ocasiones, odios ancestrales por motivos que ya no se recuerdan cómo empezaron. Hasta ahí podríamos decir que todo normal. Ese tipo de reuniones, de dudosa efectividad y por supuesto, nada ejemplares, son la causa principal de que una amplia mayoría de los vecinos decida ahorrarse el tiempo y el bochorno de asistir a tan triste espectáculo y decidan no acudir, sin más. Los más comprometidos incluso llegan a delegar su voto en algún vecino, que viene a ser algo parecido a lo que se hacía en España en tiempos de la Guerra de Cuba o Filipinas, cuando los ricos pagaban dinero para no ir y los que pringaban – qué raro, verdad – eran los pobres.


Debo confesar que cuando tuve la primera ocasión de acudir como propietario a una Junta de vecinos, no entendía nada. Lo único que recuerdo de aquella reunión era ver a una vecina de mi planta, a pocas puertas de la mía, que se llamaba Mayte. La tal Mayte era toda una mujerona. De estatura imponente y complexión fuerte, solía vestir de forma inusualmente elegante, con abrigo de piel incluido, y tacones de diez centímetros, al tiempo que utilizaba un tono de voz que bordeaba la intimidación. Todo ello, en su conjunto, le confería un cierto estatus que atemorizaba y que me llevó a bautizarla como “la bestia”.
 

Vivía con su hijo, quien, en cierta ocasión organizó tal escándalo, que estuve a punto de llamar a la policía. El niño, un adolescente de la misma estatura que su madre, se lio durante varias horas a dar patadas a la puerta de entrada al domicilio, al tiempo que profería toda clase de gritos y de improperios. La puerta en cuestión, terminó con un agujero considerable como consecuencia de las patadas.

Pues bien, hecha una breve descripción de la madre y del niño, ahora voy con el comportamiento de “la bestia” en la única reunión de vecinos a la que fui en aquella comunidad. 

Todo parecía desarrollarse de modo normal siguiendo el orden del día. Hasta que “la bestia” se levanta, interrumpe al Administrador, que moderaba la reunión, y comienza a decir: «Yo sólo quiero que se despida al conserje. Es un borracho, que se pasa el día en el bar y nunca está en su sitio». El Administrador intentó – sin éxito – convencerla de que se ciñera al orden del día y que el asunto de ruegos y preguntas estaba al final de la reunión. Mayte, inasequible al desaliento, continuó con su monólogo como si el que acababa de hablar fuera invisible. «Es que, para colmo, el otro día llegaba cargada con unas bolsas y (el conserje) se negó a ayudarme. Dijo que no era su obligación.» Esta, desgraciadamente, no fue la única intervención de “la bestia”. Continuó con su matraca, repitiendo como un mantra eso de que «yo quiero echar al Conserje». Y así se mantuvo hasta que al final de la reunión, en el apartado de ruegos y preguntas, consiguió por fin que el resto – que ya estábamos hartitos de la señora – abordáramos el asunto. Se votó y el conserje continuó trabajando en el portal.

En fin, comprenderás que, para ser mi primera experiencia, fue bastante traumática para mi espíritu sensible. De hecho, además de no regresar a ninguna de las juntas posteriores, rogaba a los cielos no cruzarme con “la bestia” por los pasillos o, peor aún, coincidir en el ascensor.

Hasta ahí, podría considerarse que este tipo de cosas entran dentro de lo que hemos asumido como normal. Pero ahora nos adentramos en un terreno para muchos, desconocido. La Junta de Propietarios de mi comunidad que tuvo lugar recientemente.

Convocar una Junta de Vecinos un viernes y a las cinco de la tarde, ya hay que tener agallas. Por si fuera poco, el lugar elegido por la presidenta para semejante reunión fue el gimnasio de la comunidad. Un lugar en el que he estado una única vez, de paso, al que no recuerdo cómo llegar y que, al estar semiabandonado y sin aparatos, tan sólo es un espacio de reunión de personas de dudosa respetabilidad. En casos como este cada vecino, si lo estima conveniente, se lleva su propia silla, porque allí, aparte de polvo no hay nada.

Normalmente, las reuniones de nuestra Comunidad se han venido realizando en un colegio que tenemos a unos pocos cientos de metros y que, bajo pago, nos proporciona un salón con mesas y sillas. Pero al parecer, la presidenta decidió que era mejor ahorrar en el chocolate del loro y cambió el lugar.

A pesar de todos estos alicientes, – el día, la hora de la convocatoria, el lugar – y, sobre todo, el ambiente de enfrentamiento y de crispación que se vivía desde hacía meses, decidí no acudir.

Voy a ahorrar la infinidad de motivos y causas justificadas que han llevado a la presidenta a convertirse en el ser más odiado de la comunidad.

Por todo ello, decidí que lo mejor era no acudir a la convocatoria. Y lo hice porque me conozco. Y por lo que después me contó mi mujer, hice bien, porque al parecer, en algunos momentos de la extraordinariamente tensa reunión, hubo un conato de enfrentamiento físico entre un vecino, generalmente educado y calmado, y la mujer de otro, de profesión juez. Según me contó mi mujer, pensaba que cuando se fue a por ella, le iba a arrancar la cabeza del tronco. Y no fue el único momento tenso.

Para colmo, el Administrador, otro “figura” al que estaba previsto mandar al paro si vencía la candidatura de la oposición, nada más promulgar el número de votos obtenidos por unos y por otros y el nombre de la nueva presidenta, a continuación, y sin solución de continuidad, presentó su dimisión, recogió sus papeles y huyó del lugar como alma que persigue el diablo.

Todo eso me ha llevado a reflexionar sobre el clima de enorme crispación en el que parece que estamos instalados desde hace años. Una crispación que empapa a todos los niveles de la sociedad y que lo puedes observar en un partido de fútbol con niños de 8 años, donde los que se pelean a puñetazos son los padres o una discusión de tráfico en la Feria de Sevilla, que termina con un trabajador muerto y su agresor, de 44 y con antecedentes, detenido. Son sólo un par de ejemplos cotidianos que nos podemos encontrar en cualquier momento. Y la pregunta es: ¿Esto siempre ha sido así?

Discusiones y nerviosismo ha habido toda la vida. La diferencia es que ahora parece que el nivel de tolerancia es tan bajo que, prácticamente, ha desaparecido y la respuesta también parece bastante desproporcionada.

Me recuerda al chiste en el que se encuentran dos amigos por la calle y uno le dice al otro «¿cómo estás?» y el otro le contesta. «Pues anda que tú».

Es como si viviéramos en un estado de guerra y al menor ruido sospechoso descargáramos una ráfaga de ametralladora hacia el lugar de donde viene el ruido, sin esperar a confirmar si era amigo, enemigo o mediopensionista. Y tal vez ahí radique el problema: en que, de verdad, vivimos en un estado de guerra, al menos psicológico. Tal vez, unos más que otros, seamos víctimas de un estado de frustración por la situación que vivimos como país: dificultades económicas, problemas con la vivienda, problemas para encontrar un trabajo acorde a los conocimientos, escándalos y abusos de políticos, incertidumbre, constatación de que la justicia no se aplica igual a todos, corrupción institucional, etc. Todo ello va creando una frustración a nivel social que tiene sus consecuencias. Es como una olla en la que poco a poco, va subiendo la presión. Tal vez, algunos datos oficiales ayuden a entender mejor el impacto que está teniendo en la sociedad actual.

El Informe Anual del Sistema Nacional de Salud (SNS) 2024 indica que el 35,6% de la población española presenta algún problema de salud mental.

Según el Estudio Internacional de Salud Mental de AXA (2025), el 59% de los españoles afirma sufrir estrés, mientras que un 48% declara tener algún grado de depresión.

Bajas laborales: En 2024 se alcanzó la cifra récord de 671.618 bajas laborales por problemas de salud mental, un incremento exponencial frente a las aproximadamente 284.000 registradas en 2016.

Colectivos específicos: El estrés se ha disparado especialmente entre directivos, con un 83% que afirma haberlo sufrido en 2025.

Jóvenes (Generación Z y Millennials): Son quienes más priorizan la salud mental (63%) y quienes reportan mayores índices de estrés (70% en jóvenes de 18-24 años). Los trastornos de ansiedad en menores de 25 años han crecido un 36,4% desde 2019.

Mujeres: Presentan una mayor carga de enfermedad. La prevalencia de depresión en mujeres (7,2%) duplica la tasa observada en hombres.

Mayores: Más del 40% de los mayores de 50 años y el 50% de los mayores de 80 años presentan algún diagnóstico de salud mental

 

Después de echar un vistazo a estos datos no parece un error afirmar que vivimos en uno de los peores momentos de los últimos años: la precariedad laboral, los salarios escasos, los problemas relacionados con la vivienda, la inseguridad ciudadana…son cuestiones que, ya de modo individual son preocupantes, pero que si en ocasiones, se superponen unos a otros, es muy fácil que cualquier excusa sirva para abrir la espita, y que salga la frustración en forma de violencia, ya sea verbal o física, o ambas.

Por supuesto, además de estos factores externos, están otros que demuestran la catadura moral de los individuos. A mí no se me ocurriría discutir a muerte por un asunto de tráfico, pero en esta comunidad, al parecer, hay gente con la que jamás has tenido ningún contacto más allá de un “hola” o “adiós” y que ahora mismo estarían dispuestos a hacerte desaparecer, simplemente porque no estás a favor de la presidenta perdedora. No son muchos, pero como suele ser habitual, hacen mucho más ruido.

Así es que, como corolario, está claro que hay factores que contribuyen a que vivamos bajo un estado de presión importante, pero también es cierto, que la educación y el fondo de los seres humanos son los que, en definitiva, determinan el grado de respuesta.

 

© Carlos Usín


PD. La presidenta saliente de la comunidad ha conformado un grupo de leales que, como era de esperar, dedican gran parte de su tiempo a dar por saco a la nueva presidenta, que por casualidad, es mi mujer. Me recuerdan a esos grupos políticos de la famosa película "La vida de Brien".


(Fuentes: Ministerio de Sanidad a través de sus Informes Anuales del SNS.  

Confederación Salud Mental España: Publican anualmente informes sobre el estado de los derechos humanos y la situación de la salud mental en el país.

INE (Instituto Nacional de Estadística): Proporciona datos de la Encuesta Europea de Salud en España sobre cuadros depresivos y ansiedad)

domingo, mayo 17, 2026

Corrupción.

Últimamente asistimos entre escandalizados y estupefactos, a un esperpento que nos ofrecen las noticias con las que nos asaltan a diario, tanto desde la Audiencia Nacional como del Tribunal Supremo, los distintos casos de corrupción con los que nuestros políticos nos avergüenzan de cara al mundo.



Parece un partido de tenis en el que los jugadores utilizan sus habilidades más arteras, sus trucos más sucios y el nivel de bajeza moral hace ya tiempo que traspasó el suelo.

Hace ya tanto tiempo que venimos escuchando lo que escuchamos, que lo hemos asumido como si fuera normal: la mujer del presidente del gobierno era la que llevaba la contabilidad de los prostíbulos de su padre y quien pagaba a las prostitutas/os. El presidente del gobierno intentó un burdo pucherazo en su partido sólo para mantenerse en el poder…y le descubrieron. El hermano del presidente, le inventan un puesto inexistente, pagado con dinero público, para que viva cómodamente y pretende convencernos que lo encontró buscando en Google y mientras estaba en San Petersburgo, Rusia. El secretario general del PSOE, los dos, detenidos y encarcelados. Un ministro pagaba a las meretrices que se beneficiaba con dinero público. Después, les buscaba un empleo en empresas públicas y ni siquiera tenían que ir. Toda la familia de Jordi Pujol en el banquillo. En fin, así hasta el infinito.

Ni a los hermanos Marx se les podría haber ocurrido un guion así para una de sus películas.

Recuerdo que hace un tiempo vi un documental en el que se hablaba sobre corrupción en diversos países de Europa. Creo que fue en Dinamarca donde el reportero hacía una encuesta callejera y preguntaba a los ciudadanos cuál había sido el último escándalo de corrupción que recordaba en ese país. La gente, después de meditar unos segundos, terminaban confesando que no recordaban ninguno.

A la vista de todo lo ocurrido aquí, me he empezado a preguntar la razón, el motivo por el que en España somos tan corruptos. Porque no es sólo el dinero que se roba, es que con las prebendas y privilegios de los que disfruta gran parte de los políticos y muchos puestos públicos, los nombramientos de inútiles catapultados a puestos para los que no sirven, pero que llevan aparejado un salario indecente, es económicamente inasumible.

Entonces, ¿de qué depende que la corrupción exista o no? Bueno, partiendo del hecho de que para que exista un corrupto, se necesita un cómplice, es decir, si en España el ministerio de Fomento es la fuente, el origen de la mayor parte de la corrupción, es porque, entre otras cosas, hay empresas que colaboran pagando en metálico cantidades desorbitadas para obtener licencias. Pero aparte de esta evidencia, ¿de qué depende? ¿Siempre ha sido así en España? ¿Esto nos viene como herencia de algo o de alguien? Y ha sido en ese momento cuando me he puesto a investigar en nuestro glorioso pasado y he descubierto cosas interesantes.

En la España de 1914 – ya ha llovido - se detectó un brote de muermo en Madrid que afectaba gravemente a la caballería. Esta enfermedad es una zoonosis, lo que significa que podía contagiarse a los humanos, y, por tanto, generó un gran alarmismo social. Una especie de gripe aviar, pero para caballos. Hasta ahí la noticia. Ahora viene el escándalo.

El entonces ministro de Fomento – otra vez Fomento - Francisco Javier Ugarte, ministro del gobierno de Eduardo Dato, era un gran aficionado a la hípica y poseía cuadras de caballos. La prensa de la época, especialmente la de oposición, denunció que mientras se exigía el sacrificio de los caballos de los ciudadanos humildes (como los de los cocheros), se daban tratos de favor a las élites.

Pero aquí no termina la historia. El ministro se inventó un decreto “a medida”.

En plena epidemia (otra vez una pandemia), cuando se estaban sacrificando caballos de ciudadanos particulares para frenar el contagio, el Ministerio de Fomento, bajo el mando de Javier Ugarte, emitió una disposición que permitía la exportación de caballos a Portugal.

Esta medida fue extraordinariamente inusual y breve en el tiempo. Se sospechó que el decreto se redactó y publicó con el único fin de dar cobertura legal al traslado de las valiosas cuadras del propio ministro y de otros aristócratas cercanos al poder hacia fincas seguras en el país vecino, antes de que las restricciones fronterizas se endurecieran o se ordenara el sacrificio de sus ejemplares.

Mientras el ministro salvaba sus caballos usando su posición, los cocheros y pequeños propietarios de Madrid veían cómo sus animales —su único medio de vida— eran ejecutados sin apenas compensación.

La prensa de la época denunció con ferocidad que el gobierno estaba "legislando para las cuadras ministeriales". Este evento dañó profundamente la imagen del gabinete de Eduardo Dato, reforzando la idea de que la ley no se aplicaba igual para todos.

Ahora cambiamos caballos por COVID, y epidemia por pandemia y ya tenemos el puzle completado.

Estoy seguro que si me retrotraigo en el tiempo, encontraré ejemplos hasta completar una enciclopedia. Pero hay algo que me sorprende del estado actual de las cosas que estamos viviendo.

Si bien en el pasado la corrupción podría decirse que era cosa de uno o de muy pocos, lo que estamos viviendo hoy da la impresión de que no hay ninguna diferencia entre lo que tenemos y la Mafia. Aquí, hoy, está pringado hasta el apuntador.

La corrupción también se dio en tiempos de Franco, por si alguien pudiera sospechar lo contrario. La diferencia es que entonces, no había periodistas que lo denunciaran…y siguieran vivos. Que, por cierto, es la tendencia de Pedro Sánchez: que no haya periodistas incómodos. Y, sin embargo, se destapó un escándalo de proporciones mayúsculas en 1972.

El Caso Reace (Redondela)

En 1972 se descubrió la desaparición de 4.000 toneladas de aceite de oliva (valoradas en millones de pesetas de la época) de los depósitos de la empresa Reace en Guixar (Vigo), que pertenecían a la Comisaría General de Abastecimientos y Transportes (CAT).

El escándalo fue especialmente grave porque en el consejo de administración de Reace figuraba Nicolás Franco Bahamonde, hermano del dictador.

El caso estuvo rodeado de una serie de fallecimientos extraños, incluyendo el de José María Romero, director de Reace, quien apareció muerto junto a su mujer y su hija en lo que se calificó de suicidio colectivo tras denunciar el fraude. Otras figuras clave también fallecieron en circunstancias poco claras antes del juicio. Putin no ha inventado nada.

El juicio se celebró en 1974. A pesar de las pruebas, las altas esferas implicadas, incluido el hermano de Franco, no sufrieron consecuencias legales significativas, lo que evidenció los mecanismos de protección del régimen.

O sea, lo mismo que se pretende con Álvaro García Ortíz, ex fiscal general del Estado, delincuente confeso, o lo que, de hecho, se ha hecho con el Honorable Pujol.

Podemos seguir repasando la triste historia de los pufos, corruptelas y hasta terrorismo del estado, ejecutado por auténticos chapuzas descerebrados, y la pregunta sigue siendo: ¿de qué depende que la corrupción exista o no? ¿Del clima? ¿Por eso en Dinamarca no saben lo que es y aquí no salimos de una y entramos en otra? ¿De la religión? ¿De la ideología? ¿Quién roba más la derecha o la izquierda? ¿La corrupción es patrimonio en exclusiva de España? ¿De los países del mediterráneo?

Así es que inmerso en estas cuestiones que abrumarían a cualquiera, me planteo que debería haber, como en todos los deportes, una clasificación de países que son más limpios, honestos e intachables, que los de Elliot Ness. Y resulta que sí, que lo hay.

Aunque parezca mentira, existe un  Índice de Percepción de la Corrupción de Transparencia Internacional (IPC). Según este índice, las economías nórdicas destacan como líderes en el IPC, con Dinamarca (87), Finlandia (86), Suecia (85), Noruega (84) e Islandia (78) en 5 de los primeros 11 puestos del índice.

España ocupa actualmente la posición 49 de 182 países, lo cual podría hacer que nos sintamos orgullosos sabiendo que, por debajo de nosotros, hay más de 140 países que si lo comparamos con España, eso debe ser peor que la cueva de Alí Babá.

Echemos un vistazo a los países que están mejor situados que España, a ver si de esa forma, podemos deducir algún denominador común que pudiera inducir a pensar en la razón por la que aquí tenemos corruptos por doquier.

Singapur y Nueva Zelanda, puestos 3 y 4, respectivamente.

Países Bajos, 8

Alemania, 10

Bután y Japón, 18

Barbados, Seychelles y Taiwán, 24

Francia, 27 (incluso Sarkozy pasó por el trullo)

Botsuana o Ruanda, 41

Pues por lo visto hasta aquí, no aparece un factor que pudiera determinar o explicar la razón de por qué en España salimos a corrupción por año. ¿Tal vez, nuestra herencia genética? Pues Israel está en el puesto 35, EAU en el 21, y Arabia en el 45, todos ellos mejor que la posición de España.

Y, sin embargo, ahí estamos: ostentando orgullosos el puesto 49 de 182, lo cual me lleva a pensar que, de esto no nos libra ni la paz ni la caridad, aunque personalmente, siempre he preferido que los políticos fuesen ya ricos ANTES de meterse en política, porque así, las tentaciones, imagino, serán menores que para un muerto de hambre que adquiere, por mor de nuestra lesionada democracia, el estatus de diputado. A partir de ese momento, todos los cuñados del sujeto, sus familiares directos, sus amigos, sus vecinos, sus colegas del partido, los amigotes del colegio o cualquier otro individuo o individua que hubiere tenido alguna relación con el sujeto, tendrá a su alcance disfrutar de salarios indignos para con sus habilidades y conocimientos, y todo tipo de ingresos más oscuros que el sobaco de una mona.

Y ese es justamente uno de los factores que ayudan al sostenimiento de la corrupción: el gran poder que tiene cualquier mindundi para nombrar asesor a un analfabeto. Esto hace que el mal se extienda como una metástasis por todo el entramado social y político, agigantando el coste estructural del país. Por ejemplo, hoy en día hay más de 3.000.000 de funcionarios…y subiendo. En la era de las tecnologías, de la Inteligencia Artificial, de la supresión del papel, del sírvase usted mismo, precisamente ahora ¿es cuando necesitamos más funcionarios que nunca?

Y para muestra un botón. En este enlace puedes leer la noticia de que la hija de una diputada del PSOE, - famosa por otras cosas-, cuyo nombre es Mayka Tomás López, está imputada y para la que la Fiscalía pide ocho años de cárcel por estafar cuatro millones de euros en el sindicato UGT Madrid.

Somos un país de recursos limitados que proporcionamos vidas de lujo a ciertos individuos desaprensivos y casi sin control. Mucho mejor nos iría si imitásemos a los suecos, por ejemplo.

 

© Carlos Usín

 

sábado, mayo 31, 2025

Somos un extraño país.

Hace unos días recibí una llamada justo en el momento en el que iba a comenzar a comer. Se trataba de una encuesta de carácter político. Concretamente sobre el aumento en el gasto militar que se nos exige desde la OTAN. Me pareció un asunto de tanta importancia que no me importó postergar unos minutos el almuerzo.



Lo que me sorprendió fue la primera pregunta. Reconozco que no era la primera vez que en casa recibimos alguna llamada de este tipo, pero lo normal, es que las preguntas ofrezcan algunas alternativas ya cerradas: A, B, C, mucho, poco, nada, etc.  Sin embargo, en esta ocasión la pregunta fue totalmente abierta: «En su opinión, cuál es el problema más grave que tiene España»

Y de la respuesta que di, viene esta reflexión.

Llevamos una buena temporada a base de escándalo semanal en la prensa y su correspondiente trifulca en el Congreso. Todo lo cual, hasta cierto punto, me parece lógico y normal. Los que están en el Congreso, están porque les hemos votado nosotros, así es que ni entiendo ni comparto que algunos se rasguen las vestiduras y acusen a los diputados de “no ponerse de acuerdo”. Pero, oiga usted: ¿acaso se ha puesto usted de acuerdo con su vecino o su cuñado a la hora de ir a votar? ¿Acaso no ha votado cada uno a quien ha elegido? Entonces, ¿de qué se extraña que haya voces discordantes en el Congreso si es ahí donde se representa a todos los españoles?

Cada día nuestra capacidad de asombro se pone a prueba: Un día nos despertamos con las maniobras de todo un fiscal general empeñado a llevarse por delante a Aysuo de la forma que sea; otro día sabemos de los motes con el que el presidente se refiere a miembros del Consejo de ministros, la mayoría de ellos, de desprecio. Otro día descubrimos que hemos estado pagando con nuestros impuestos los viajes en avión oficial de una fulana que acompañaba a un ministro. Y después hasta le pagamos sueldos en empresas públicas, a esas fulanas. Y para más inri, ni siquiera iban a trabajar.

Un número desconocido de supuestos asesores con salario inusualmente indecente para lo que se supone que hacen. Nepotismo a cara descubierta, favoreciendo a docenas (tal vez cientos o miles) de personas por ser colegas del partido, del sindicato, de ambos o simplemente familiares directos o indirectos, con lo que la red se extiende hasta el infinito.

Y todo eso en un país con un índice de paro que es el doble de la media en Europa. Un país en el que las familias tienen dificultad para llegar a fin de mes; les resulta complicado poder alimentarse adecuadamente, porque el precio de la carne y del pescado les obliga a comer menos del que sería aconsejable.

La lista de escándalos es tan amplia, tan diversa, que paraliza la imaginación de cualquiera.

Sin embargo, y con todo y con eso, lo que más me preocupa no son los miles de sueldos escandalosos que pagamos a estómagos agradecidos de los partidos. Lo que más me preocupa es que la propia estructura del Estado está siendo atacada desde dentro con un auténtico Caballo de Troya.

Hubo un momento de nuestra historia en la que todos, absolutamente todos, sin excepción, remamos en la misma dirección. Fue el período constituyente que culminó el 6 de diciembre de 1978 cuando los españoles aprobamos por abrumadora mayoría la nueva Constitución. Una Constitución que aparcaba el pasado y que miraba al futuro.

Pero con el transcurrir de los años cada vez es más acusada la sensación de que algo se les pasó a los redactores de la Carta Magna. Tal vez fueron las prisas o tal vez fue, simplemente, que a nadie se le pasó por la imaginación que se intentara destruir el andamio desde el mismo poder.

Porque hay instituciones que son y DEBEN SER ajenas a los partidos políticos. Y cuando un gobierno se jacta de que la Fiscalía depende del gobierno, y se la apropia, la democracia está en serio riesgo de desaparecer.

Y esta idea del Caballo de Troya me trae recuerdos históricos que no me gustaría nada se repitieran en España. Por ejemplo, Hitler.

El partido que fundó se presentó a las elecciones generales y en un principio lo único que consiguió fue hacer el ridículo. Lo siguió intentando y finalmente – no quiero extenderme mucho -, el 30 de enero de 1933, Hitler fue nombrado canciller de Alemania por el presidente Hindenburg. A partir de ese momento, destruyó lo que de democracia había en esa Alemania y la convirtió en un estado fascista. El resto ya lo conocemos.

Un poco más tarde, tras la Segunda Guerra Mundial, los países detrás del telón de acero, fueron sucumbiendo a las maniobras de los diferentes Partidos Comunistas de cada país, quienes manipulando las elecciones, las urnas, las leyes y todo lo que se les ponía por delante, terminaron acaparando el poder en todos y cada uno de esos países, siguiendo las instrucciones de Moscú.

Una trayectoria parecida es la que siguieron algunos dictadores hispanoamericanos como Hugo Chávez en Venezuela, Daniel Ortega en Nicaragua, o más recientemente, Putin. Entraron en política con leyes democráticas y en cuanto pudieron, cambiaron las leyes y la Constitución para perpetuarse en el poder y convertir sus países en dictaduras comunistas.

En España se pretende instaurar y extender una censura periodística, estableciendo una censura desde la propia Cámara.

21/03/2025 

«El Gobierno y sus socios han registrado una propuesta de modificación del Reglamento del Congreso que permitirá impedir el trabajo a los periodistas en la Cámara.

El texto, apoyado por Sumar, Podemos, ERC, Junts, Bildu, PNV, BNG y Coalición Canaria, al que ha tenido acceso OKDIARIO, establece que la Mesa de la Cámara – en la que PSOE y Sumar tienen mayoría- adoptará las medidas adecuadas en cada caso, para facilitar a los medios de comunicación social la información sobre las actividades de los distintos órganos del Congreso de los Diputados.

En este contexto, «regulará el procedimiento para la concesión y renovación de credenciales a los representantes gráficos y literarios de los distintos medios, con objeto de que puedan acceder a los locales del recinto parlamentario que se les destine y a las sesiones a que puedan asistir».

Los ataques a los jueces son cotidianos y hasta las promueve el propio ministro de Justicia. Con ello se está dinamitando el respeto a la estructura básica de cualquier democracia y la separación de poderes.

Si el Tribunal Constitucional y el CGPJ están al servicio del gobierno de turno, ya no existe democracia.

Si se censuran a los medios de comunicación porque denuncian las corrupciones, ya no hay libertad de expresión.

La democracia se basa en un conjunto de contrapesos, de mutuos controles entre instituciones, que deberían impedir la deriva dictatorial de cualquier aspirante a detentar el poder de modo transitorio y que pretenda perpetuarse en él.

Pero cuando se retuercen los conceptos básicos se está atentando contra los cimientos de la propia democracia.

La malversación de dinero público debería ser un delito, aquí y en Tombuctú. Y no es aceptable el falso argumento de que, si quien ha robado, lo ha hecho en beneficio propio y exclusivo o bien, ha sido para favorecer a sus amigos. Es decir, no debería servir la excusa de que no se ha metido el dinero en su bolsillo.

Robar es robar, y si aquellos que defraudan a Hacienda tienen que responder de sus actos, los que desvían fondos públicos para otros fines que los previstos, deberían hacer lo mismo.

Y, sin embargo, en este extraño país en el que parece que no pasa nada porque la vida sigue como si tal cosa, cada día nos enteramos de cosas que, en cualquier otro país, habrían hecho caer al gobierno tras numerosas, tumultuosas y violentas manifestaciones callejeras.

Recordemos, lo sucedido en nuestro país vecino, en Francia, con los “chalecos amarillos”. Esta movilización tiene su origen en la difusión en las redes sociales de llamadas de los ciudadanos a protestar contra el alza en el precio de los combustibles, la injusticia fiscal y la pérdida del poder adquisitivo. 

El movimiento también se extendió, en menor medida, a otros países vecinos principalmente BélgicaPaíses BajosAlemaniaItalia, y España.

Y aquí, en España, tenemos que soportar el acoso a los jueces y fiscales que no se arredran ante las amenazas del gobierno. Nos enteramos que pagamos sueldos a prostitutas y que ni siquiera van a trabajar a la empresa pública. Que pagamos los destrozos en algún Parador consecuencia de una fiesta salvaje con esas mismas prostitutas (u otras). Que la familia del presidente, padres, esposa, hermano y cuñado (de momento), se han beneficiado de dinero público en función de su situación y acceso al poder.

¿Alguien se imagina qué habría pasado en Francia, en Alemania o en Finlandia, con sólo la cuarta parte de lo que está pasando aquí?

Por cierto, y ya para terminar, mi respuesta a esa pregunta que me hicieron en la encuesta que mencionaba al principio, fue: «EL GOBIERNO».

jueves, abril 24, 2025

El imperio de los mediocres.

Día sí y día también los ciudadanos honestos y decentes que se levantan cada día para ganarse el pan con su esfuerzo, se ven sorprendidos por un nuevo escándalo protagonizado por políticos. La tipología de estos escándalos cubre una amplia gama en la que, por supuesto, no falta el sexo, las prostitutas, el alcohol y las drogas. Aunque lo que predomina es el nepotismo; eso que hace que lo que más escuece no sea la falta de escrúpulos, de valores o de principios de esos individuos, sino, la constante falsedad de sus inexistentes títulos académicos, habiéndose convertido tal artimaña en casi una norma.



En la mayoría de los casos esas fulgurantes carreras de algunos de esos políticos parece que obedecen exclusivamente y como único mérito, a la lealtad inquebrantable al líder, a unas siglas, una bandera o a un individuo, bien del partido o del sindicato. Dichos individuos disfrutan de unos privilegios inalcanzables para el resto de la población: puestos de máxima relevancia, remuneración muy por encima del salario del común de los mortales, gestión de presupuestos mastodónticos – cuando no se tiene constancia de que sepan sumar-, poder de nombrar asesores personales hasta que se les gangrene la mano de firmar, coche oficial, chofer, secretaria, despacho, vacaciones pagadas para él y su familia, incluso en ocasiones para los amigos, etc. etc. etc. Pero la sorpresa devenga en irritación y afrenta personal cuando el pobre ciudadano descubre que el susodicho politicastro de turno, ese que se expresa de forma torpe a base de frases hechas y, en ocasiones, con inolvidables quebrantos al diccionario de la RAE, que miente cada vez que abre la boca, no tiene cursados más estudios que los de bachillerato, y si los tiene.

No es una cuestión de envidia. Se trata de pura justicia social. Al ciudadano, - a ese al que le cuesta llegar a fin de mes, mantener a la familia en solitario, o colaborar con su pareja en ello, porque uno sólo ya no puede, que tiene que madrugar cada día, aguantar los atascos de tráfico o el ambiente cargado del Metro o el autobús, aguantar al jefe, que la mayoría de las veces suele ser un cretino, etc.- llegar hasta donde está, le ha costado tiempo, dinero y esfuerzo y por tanto, considera injusto que un individuo/a, con una educación elemental, disfrute de una posición así, al tiempo que en vez de estar dando gracias al cielo o a los españoles por haber sido agraciado/a con la lotería del poder, encima adoptan posturas chulescas, altaneras y despectivas, precisamente contra quien les da de comer.

Este español no puede evitar equiparar el esfuerzo que ha tenido que hacer para llegar hasta allí, con el que ha realizado el inútil del político. A lo que hay que sumar que para mantener su puesto de trabajo lleva aparejado soportar la espada de Damocles de cumplir años, algo inevitable, y que te despidan cuando alcances la edad fatídica. Porque hasta en eso hay diferencias. Cuando se despide a un político de su puesto, enseguida encuentra acomodo en cualquier parte de la cosa pública y a veces, de la privada, con una jubilación asegurada. Mientras tanto, el empleado, incluso los de alto rango, tiene que seguir buscando sus habichuelas.

Pero si además del esfuerzo realizado, empieza a comparar conocimientos y experiencia, el enfado se torna en cólera incontrolada al comprobar que una inmensa nube de mediocres funcionales son los que mejor viven en España. Y entonces uno, cualquiera, se pregunta: ¿Y esto es lo mejor que podemos tener para que tomen las mejores decisiones y nos gobiernen? Y tristemente, esta pregunta y estas mismas sensaciones, se reproducen cada vez más con más frecuencia en las no ya en política, sino también en las empresas. Es lo que se llama la “mediocracia” o el imperio de los mediocres.

La proliferación de incompetentes a costa del erario público no sólo representa una insoportable carga económica para el país; es que, además, supone una metástasis multifuncional y orgánica, al expandirse como un cáncer merced a los nombramientos basados en la amistad, la sangre, la camaradería, el clientelismo, la lealtad y las siglas, pasando por encima de los funcionarios de carrera, los técnicos cualificados y arrinconando valores como la eficacia, el trabajo y los méritos profesionales.

El escritor francés, Alain Denault escribió un libro titulado “MEDIOCRACIA: CUANDO LOS MEDIOCRES LLEGAN AL PODER” ([1]), en el que se verifica que “el rigor y la exigencia han dejado paso al esquema carente de referentes que inspira esta crítica mordaz. Da igual si es el ámbito político, académico, jurídico, cultural o mediático: se mire por donde se mire, se constata el triunfo de lo mediocre”.

¿Algunos ejemplos? “El político ambivalente afín a progresistas y conservadores; el profesor de universidad que ya no investiga, sino que rellena formularios burocráticos; el reportero que encubre los escándalos fiscales y hace ruido en la prensa amarillista o el artista revolucionario, pero subvencionado.”

A esta lista yo añadiría: los títulos académicos tan falsos como Judas - y comprados por el mismo precio-, que otorgan Masters a quien no lo merece con el pretendido afán de parecer más preparado y más listo de lo que es; el falseamiento del historial académico y profesional, que, al descubrirse posteriormente, se elimina de la web y se intenta justificar con la torpe excusa de que ha sido un lapsus; las inexistentes explicaciones o balbuceos a la pregunta de ¿dónde ha trabajado usted antes de dedicarse a la política?, porque no ha trabajado en su vida en ninguna empresa; o comprobar la carrera fulgurante de alguna cajera de supermercado que termina en la cama del líder y después en el Consejo de Ministros.

Y mientras se van conociendo estos “pequeños detalles”, el españolito de a pie, ese que de verdad es el que levanta el país con sus impuestos y su esfuerzo, observa alucinado y boquiabierto cómo un individuo, diputado en el Congreso e imputado en un juicio por atentado contra la autoridad, atiende a una nube de periodistas, peinado con rastas como un jamaicano, vestido con andrajos, mientras resulta evidente que realiza esas declaraciones bajo los efectos de alguna sustancia sicotrópica, pues su mirada perdida y su boca estropajosa le delatan.

Por la boca muere el pez, reza el dicho, y a fe mía que cada día perecen más de cien que, ensimismados por el poder de su posición, pierden el sentido – si es que alguna vez lo tuvieron – cada vez que ven una cámara o un micrófono. Pero, sin embargo, a pesar de las simplezas que sueltan por esa boca; a pesar de las estupideces y contrasentidos; a pesar de las mentiras y contradicciones permanentes, ahí siguen, cobrando su generosa paga por hacer no se sabe muy bien qué.

Y por si no tuviéramos suficiente en el ámbito de lo político y la empresa pública, en la empresa privada, también se dan este tipo de aberraciones. Y eso es lo preocupante: que mientras los torpes florecen y se reproducen, los que valen, emigran. Estamos rodeados de inútiles, de indigentes mentales, de parias enmascarados como valedores, de gentes que incomprensiblemente detentan unos puestos para los que cada día demuestran con sus hechos y sus declaraciones que no están ni remotamente preparados.

El Dr. Luís de Rivera, psiquiatra español, ha estudiado a fondo el asunto de los mediocres y lo ha definido como el “síndrome MIA”, o lo que es lo mismo, trastorno por Mediocridad Inoperante Activa.

En qué consiste y cómo se detecta este síndrome.

La mediocridad, es la incapacidad de apreciar, aspirar y admirar la excelencia. Por tanto, el enfermo de este mal, será un individuo que luche por oscurecer, defenestrar o eliminar en diversos grados, a todo aquel que pudiera destacar en la empresa, - o en la política - dependiendo del grado de infección que tuviera.

El grado más leve, es el más simple. Ni le importa la mediocridad, ni la entiende, y es feliz con la satisfacción de sus necesidades básicas. Son individuos “amorfos”, que no aportan nada, pero tampoco estorban mucho. Algo así como un geranio con piernas.

Luego hay un agravamiento de la dolencia. Se corresponde con el perfil del fatuo, que quiere ser excelente, aunque no entiende en qué puede eso consistir, por lo que sólo puede imitar, copiar o fingir. No es dañino, aunque, si tiene un puesto importante, puede agobiar a los demás con exigencias burocráticas que sólo pretenden dar la impresión de que está haciendo algo importante.

Pero el verdaderamente peligroso es el mediocre inoperante activo, ser maligno incapaz de crear nada valioso, pero que detesta e intenta destruir a todo aquél que muestre algún rasgo de excelencia. Son fácilmente reconocibles por sus comportamientos.

Los análisis sobre la situación del mercado, la eficacia de la compañía que dirige, la calidad del trabajo que se desarrolla, los métodos utilizados, la mejora de la productividad, etc., son conceptos que se le escapan. A lo sumo, puede idear burocracia y más burocracia, en un claro gesto de impotencia, ineptitud y ceguera ante lo más evidente, matando toda clase de buenas perspectivas, desanimando a quienes se involucran con la mejor intención y empobreciendo a la propia empresa.

El afán de aparentar, de darse autobombo, le lleva a intentar asemejarse a un Florentino Pérez, por el simple hecho de disfrutar de un BMW que paga la empresa, lo cual, resulta lastimoso cuando en verdad, tiene el coeficiente de inteligencia de un paramecio.

Los compromisos de estos inútiles profesionales se ciñen, casi exclusivamente, a eventos sociales con quienes se supone que deberían ser sus clientes. A saber:

ü  Jugar al pádel o al golf

ü  Invitar a comer, a copas…

ü  Partidas de mus

En su infinito afán por destruir todo aquello que no comprende – o sea: todo – no encontrará barrera, obstáculo o impedimento alguno, y si fuera necesario, llegará a sabotear cualquier operación beneficiosa para la compañía, si con ello puede intentar conseguir tener algún argumento en contra de quien lo ha intentado, y así, echarle en cara que al final, la operación, no terminó como se esperaba.

Como bien indica el Dr. De Rivera en su artículo, lo peor que puede pasar en una empresa es que un individuo con un trastorno de esta índole, pueda llegar a desempeñar puestos de responsabilidad.

Y ahora, llegados a este punto, ¿a alguno se le ha venido a la mente algún nombre? ¿alguien ha creído identificar a algún enfermo de MIA? ¿reconocemos a alguien del gobierno? ¿hemos puesto nombre y apellidos a ese tipejo de la empresa que nos hace la vida imposible?

El asunto de los mediocres e ineptos, es sólo una parte del enorme problema laboral que tenemos en España.

En febrero de 2018 un artículo del diario Nueva Tribuna decía:” El conocido y prestigioso European Trade Union Institute ha publicado un informe (“Bad Jobs” recovery? European Job Quality Index 2005-2015) sobre la calidad del empleo en los 28 países de la Unión Europea que es demoledor para España. Si consideramos que una de las responsabilidades del Estado en cualquier país es asegurarse que la población pueda aspirar a desarrollar su gran potencial a través del trabajo, entonces la conclusión rotunda de este informe es que el Estado español está fracasando rotundamente”.

 En la mayoría de los indicadores de calidad de empleo utilizados en este excelente estudio -(1) salarios, (2) formas de empleo y seguridad laboral, (3) tiempo de trabajo y equilibrio trabajo-vida, (4) condiciones de trabajo, (5) habilidades y desarrollo en su carrera laboral, y (6) representación sindical-, España aparece en el informe a la cola (repito, a la cola) de toda la Unión Europea, sólo después de Rumanía y Grecia”.

España es un país donde la precariedad laboral alcanza cotas inaceptables y, además, la tendencia es al alza; donde las condiciones de trabajo son las peores de la UE; donde el nivel de desempleo es pavoroso; donde el número de trabajadores pobres es mayor; un país que está entre los que menos atención prestan al mejoramiento del conocimiento y la educación laboral; donde en pleno siglo XXI hemos visto cada día a miles de personas acudir en busca de ayuda para poder comer, cuando hasta hace unos meses atrás, estas personas habían mantenido un empleo con mayor o menor fortuna, pero al menos, les permitía cubrir sus necesidades primarias.

Un país que vive bajo estas condiciones tiene que soportar estoicamente que su clase política, (la misma que le ha enviado a las colas del hambre; la misma que le ha obligado a cerrar su negocio durante meses, pero no le ha ayudado con dinero en efectivo, ni con exenciones fiscales, ni prorrogando el pago de los impuestos), se suba el ya generoso sueldo que disfrutaban, viaje en avión privado pagado por todos los españoles, se salte las restricciones impuestas por ellos mismos al resto de la población por razones de seguridad en la lucha contra el COVID, al tiempo que observa entre atónito e indefenso, cómo una pléyade de mindundis analfabetos, de mediocres insuperables, ocupa puestos de privilegio con sueldos indecentemente altos, como pago a su único logro, que no es otro que ser la pareja de alguien importante, o el compañero de pupitre en el colegio del presidente.

En otras épocas en situaciones así, con el nepotismo más extremo y palmario, los comunistas se pusieron del lado de los oprimidos y mediante sus estrategias de tensión y exacerbación de sentimientos, asaltaron la Bastilla y el Palacio de Invierno de los Zares en San Petersburgo. Luego ya sabemos cómo terminó todo eso. Pero es que hoy, esos que se autodenominan comunistas, se han comprado un chalet de más de un millón de euros y viven en una especie de gueto privado, mantenido por la Guardia Civil, del mismo modo que en su día el Zar Nicolás vivía protegido por la Guardia Imperial. Y eso, también sabemos cómo terminó.

Los españoles asistimos indefensos, confusos, estupefactos, incrédulos, a un despliegue de ineptitud como nunca antes habíamos padecido, hasta el extremo de que un cretino, que jamás ha ejercido de médico, porque fue incapaz de superar el MIR, es capaz de afirmar en una rueda de prensa del gobierno que, en España, el COVID-19 afectará a una o dos personas y 120.000 muertos después, no ha afrontado ninguna responsabilidad ([2]).

Un país en el que cualquier analfabeto puede meter la mano en la caja del dinero, colocar a sus amantes en empresas públicas y que ni siquiera aparezcan por la oficina; a sus amigos y parientes con sueldos que pagamos los demás con nuestros impuestos, o pagarse unas juergas a base de whisky y prostitutas, pagado todo con dinero público, se parece bastante a un país del medievo, donde los señores feudales campaban a sus anchas, imponían sus leyes de modo discrecional y abusaban de sus derechos.

Y aunque parezca mentira, estamos en el siglo XXI y pongamos que hablo de España, parafraseando al cantautor.



[1] Yo tengo ese libro

[2] 31/01/2020 Fernando Simón: "España no va a tener, como mucho, más allá de algún caso diagnosticado"