Mostrando entradas con la etiqueta Hotel Mondego. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Hotel Mondego. Mostrar todas las entradas

sábado, abril 04, 2026

IMPRESIONES DE UN VIAJERO (X).

Coímbra – Día1


Tenía ganas de conocer en profundidad Coímbra. De mi visita anterior, muchos años atrás, sólo me quedaban en la memoria vagos recuerdos de una visita relámpago a la biblioteca de la universidad, unas viviendas tan destartaladas que tenían refuerzos de suelo a techo para evitar su derrumbe y otra visita al hotel Quinta das Lágrimas. Me habían hablado muy bien de él y me acerqué, a echar un vistazo. Como siempre, que voy a Portugal, las personas son simplemente fantásticas. En este caso, el camarero se deshizo en atenciones y hasta me llevó a los sótanos del establecimiento a visitar la bodega, todo esto acompañado de una lección rápida de las distintas clases de vinos que atesoraban en sus entrañas y que el hombre enseñaba con orgullo, casi como si las botellas formaran parte de su colección privada. Aparte de esto, mis recuerdos no llegaban más allá, así es que, eran algo escasos.


Antes de emprender cualquier viaje siempre intento ubicar lo más exactamente posible mi destino. Sabedor de que siempre surgen inconvenientes, imprevistos y problemas, quiero estar preparado para cuando el GPS se empiece a volver loco. En este caso intuía que me iba a topar con alguno, porque Google no terminaba de proporcionarme la información que yo necesitaba. Había algo que me preocupaba y era que daba la impresión de que el Hotel Mondego, que era nuestro destino, estaba en una zona peatonal.

Sabía de antemano que el hotel no disponía de aparcamiento propio en el sótano, pero se mencionaba uno cercano, aparte, por supuesto, del destinado para carga y descarga de viajeros. Pero lo que no habría imaginado jamás era que el problema sería descubrir dónde estaba el hotel en sí mismo, costumbre esta – la de no encontrar el hotel – que empezaba a convertirse en una preocupante costumbre, ya que en Braga me pasó lo mismo y hacía un par de años en el Parador antes mencionado, también en Portugal. Incluso en el Parador, me perdí dentro del hotel. Pero eso es otra historia.

En la imagen que ilustra la situación del hotel, no se ve, en absoluto, la densidad de tráfico que nos encontramos al llegar, ni la aglomeración de personas que parecía que estaban esperando el autobús – aunque no se adivina ninguna parada – y que impedían tener una visión algo más amplia de la acera, ni tampoco se ven unas obras que estaban realizando en las inmediaciones, y que obligaban a tener un camión detenido en doble fila recogiendo los escombros. El resultado fue que mientras nos decía el GPS que “su destino se encuentra a la derecha”, yo a la derecha no veía más que gente, un camión de escombros y un montón de coches detrás de mí.

Pasé por delante 3 veces. Cuando el GPS me decía que me había pasado, giraba de nuevo a la izquierda para dar la vuelta a la manzana y me encontraba siempre en el mismo sitio. Pregunté a unos señores muy amables que me habían visto pasar varias veces y que, imagino, estarían tan sorprendidos como yo de verme dar vueltas y más vueltas con el coche. Los señores eran muy amables, pero lo único que les entendí era que el hotel estaba “lá” – allí-. Sí, si ya sabía que lo estaba rondando como una mosca a un pastel, pero tenía que encontrar la maldita entrada.

 Entonces, seguí el pensamiento de Albert Einstein que decía: “No hay nada tan estúpido como esperar que las cosas cambien haciendo siempre lo mismo”. Así es que, me dirigí en paralelo al río Mondego hasta encontrar un lugar donde poder detener el coche y allí pedir auxilio al hotel, llamando por teléfono. Por cierto, una experiencia que ya la había sufrido anteriormente cuando nos alojamos en el Parador Nacional Casa de Insua un par de años atrás.

Una vez más, la recepcionista del hotel fue sumamente comprensiva y atenta. Salió a la puerta del hotel, casi hasta la calzada, para hacernos señas. Sólo le faltó encender una bengala. Si no llega a ser por ella todavía estaba dando vueltas a la manzana.

Después de descargar las maletas quedaba la segunda parte del problema: el parking. De nuevo la chica nos proporcionó una ayuda inestimable.

  •      Déjenlo ahí enfrente, en la zona de carga y descarga. Nadie les va a poner ninguna pega.

Efectivamente, la zona estaba vacía, pero estaba en la acera de enfrente y el tráfico era denso, lo que desaconsejaba realizar maniobras extrañas, como las que me sugirió la recepcionista de Oporto. Así es que, una vez más – la última – di la vuelta a la manzana y al regresar frente al hotel, el aparcamiento me pillaba a mano. Y allí lo dejé.

Solicitamos una habitación tranquila, y sin duda, la recepcionista nos proporcionó una en la que no se oía nada. Ni siquiera a los vecinos de la misma planta.

Como siempre que queríamos visitar a conciencia una ciudad, habíamos reservado un tour a la mañana siguiente. Al poco de llegar a nuestra habitación nos enviaron un mensaje diciendo que la visita se cancelaba debido al escaso número de personas que se habían apuntado. Así es que nosotros nos fijamos nuestra propia lista. A saber: la famosa biblioteca de la Universidad, la Catedral Vieja, el Centro histórico, el Jardín Botánico, el Monasterio de Santa Cruz, el Monasterio de Santa Clara y la Catedral Nueva.

Todavía teníamos algunas horas de luz antes de que anocheciera y aprovechamos para salir del hotel, pasear, que nos diera el aire (frío), perdernos por los callejones y descubrir el centro histórico.

Nos dejamos guiar un poco por la intuición, otro poco por la curiosidad, y con la ayuda de Google y casi sin pretenderlo, nos encontramos en medio de una gran plaza, en medio de la cual, había algo que recordaba que en un pasado indefinido fue una fuente. Justo enfrente, se levantaba un edificio que en sus orígenes fue románico, pero que con el transcurrir de los siglos ya quedaba poco del original. Se trataba del Monasterio de la Santa Cruz, que estaba precisamente en nuestra lista. Su elaborada fachada invitaba a entrar a visitarlo y lo hicimos. Y no nos defraudó en absoluto.

El interior, de una sola nave, nos llamó la atención la bóveda – que 

luego supimos que era de estilo manuelino – y, sobre todo, unos 

frescos en tonos azulados que cubrían las paredes de ambos lados de 

la nave.




Al salir del templo nos encontramos con algo que, después, a lo largo de nuestras diferentes visitas por diversas ciudades, nos resultó tristemente familiar: mendigos. En este caso, además, había varios, entorno a la iglesia y a la plaza.

Nos detuvimos unos instantes para observar el panorama. El aspecto de las casas, incluso de las personas que por allí pululaban, era de cierta pobreza. Desde que salimos del hotel y decidimos callejear hacia donde estábamos, nos habíamos fijado en las propias calles, sin pavimentar, empedradas; los escaparates de las tiendas mostraban productos que en España pasaron de moda en los años 50, con una luz mortecina que, invitaban a cualquier cosa menos a entrar a comprar. Nos preguntamos cómo podrían sobrevivir los propietarios y qué clase de personas usarían esas ropas, esos vestidos, y la sensación que prevalecía fue la de lástima.

Las fachadas de las casas parecían venirse abajo, desconchadas, 

sucias. Y daba igual que fuera un bloque de viviendas o una iglesia.





Aunque, para ser sincero, esa imagen, aunque frecuente, no era la única que llamó nuestra atención. También encontramos en más de una ocasión instantáneas dignas de ser recordadas, como esta en la que cuelgan de los balcones – impolutamente blancos - sendas banderas de Portugal. Una costumbre – la de mostrar orgullosos su bandera – muy arraigada en el país vecino y que en verdad envidio.

En nuestro errático deambular, ya anochecido, nos encontramos con la zona más comercial en una calle peatonal llena de vida, de luz. Estaba abarrotada de gente, de un perfil muy diferente al que habíamos visto tres calles atrás. Bares, restaurantes, todo tipo de tiendas, mostraban una cara bien distinta y los adornos de Navidad proporcionaban una sensación mucho más alegre que la lúgubre sensación que nos había dejado nuestra visita al centro histórico.

Subimos – ¡cómo no! – por una empinada cuesta en busca de una tienda de recuerdos, que se vislumbraba no muy alejada de donde estábamos. Y un poco más allá descubrimos un restaurante de comida típica portuguesa que se llama Tapas nas costas y allí que nos metimos. Era un sitio muy agradable y lo mejor de todo, había más gente cenando fuera en la calle que dentro. Nos atendieron de maravilla, en español, como en la inmensa mayoría de los sitios y comimos espléndidamente.

De entre las cosas que nos llamaron la atención fue ver a varios jóvenes, de ambos sexos, vestidos con capas y escarapelas, al más puro estilo tuna de universidad española. También lo habíamos visto en Oporto. Al parecer, los estudiantes tienen a gala lucir esa indumentaria que les identifica como estudiantes. Según supimos, en muchas ocasiones la usan incluso para sus eventos sociales particulares, sin ninguna relación con la universidad. Tal vez, el hecho de que la vestimenta sea bastante cara, haga que sus usuarios quieran amortizarla, además, de sentirse orgullosos de pertenecer a una universidad en concreto.

Dos chicas que iban ataviadas de esta guisa, nos pararon mientras paseábamos y después de preguntarnos si hablábamos su idioma, preferimos hablar en inglés. Ambas lo dominaban a la perfección y nos alegramos de ello, porque si nos hubieran hablado en portugués a esa velocidad, no habríamos entendido nada.

En pocas palabras, las chicas, encantadoras, educadas y muy simpáticas, querían recaudar fondos para ayudarse en sus estudios. Brevemente, nos contaron que los estudios universitarios en Portugal son prácticamente privados, que apenas reciben ayudas del estado y que sus padres tienen que hacer frente a una montaña de gastos entre matrículas, libros, residencia de sus hijos y manutención en general, casi siempre, fura de la ciudad de origen. Por eso, estas chicas tan simpáticas, habían confeccionado unas bosas como de esparto o un material similar para llevar colgada del hombro. Algo, sin duda, de estilo mucho más juvenil. Nos habría encantado poder comprar una, pero lo cierto es que nosotros no llevamos nunca dinero en metálico o muy poco y en este caso, se trataba de unas pocas monedas, que no teníamos. Pero el encuentro, además de agradable fue didáctico.

 

© Carlos Usín