La penúltima estupidez surgida de alguna ameba que sobrevive en las cloacas de las redes sociales, aconseja que, si dejas de ducharte, las feromonas harán que ligues más. Al parecer, a alguien se le ha ocurrido crear una nueva tendencia en internet y hasta la han bautizado con un nombre: pheromone-maxxing. Según esta estupidez, el agua y el jabón destruyen las feromonas masculinas responsables de la atracción sexual.
Al paramecio que
se le ha ocurrido esta nueva genialidad, le voy a contar mi experiencia
personal con gente que, en el pasado, en un tiempo muy remoto, parecía que ya
seguía esta tendencia.
En mis lejanos
tiempos de cuando iba al colegio, en mi clase había un compañero que no es que
oliese mal. Es que parecía que se había muerto. El problema añadido era que,
desde el primer día de curso, a mediados de septiembre y hasta el último, hacia
el 21 de junio, nos sentaban en pupitres de a dos, por la inicial del apellido
y nos emparejaban de por vida. Como los galeotes, pero sin remos, aunque
amarrados a un duro banco. Así es que, es fácil imaginar que al pobre que le
tocara en suerte ser el compañero de pupitre del susodicho, preferiría que lo
condenaran a galeras, antes que aguantar todos los días semejante hedor. De ahí
que, en ocasiones, o bien el compañero o el propio individuo, fuera trasladado
al final de la clase, como un apestado…si es que había sitio libre, que no era
muy a menudo. Pero eso no solucionaba el problema. La peste era de tal calibre que
habría sido necesario crear un cinturón de salubridad alrededor, porque también
afectaba, como es lógico, a los que estaban en un círculo de 2 o 3 metros.
Absolutamente insufrible.
Muchos años
después, en uno de los clientes en los que mi empresa me destinó, había de
nuevo alguien que apestaba desde las ocho la mañana. Yo entiendo que si un día
por las razones que sean, llevas en la oficina más de veinticuatro horas – mi récord
son 26 seguidas – pues entra dentro de lo razonable que huelas a choto. Pero
que recién llegada de casa – en este caso era mujer – que huelas a cebolla
rancia, desde por la mañana temprano, no me entraba en la sesera. En este caso,
además, ocurre la infeliz circunstancia que la susodicha – de cuyo nombre
realmente no me acuerdo – era de esas personas que cuando se acercaba a
preguntarte algo, se te echaba literalmente encima y si además quería ver algo
en la pantalla, peor aún. En este caso, y para no herir susceptibilidades, - pues
ella era funcionaria y yo un mero esclavo subcontratado -, solía taparme la
nariz de manera más o menos disimulada. Lo de intentar contener la respiración
estaba descartado por riesgo de asfixia.
Para alguien
como yo que, en su día se sabía por dónde pasaba en la oficina por el perfume
que iba dejando – Esencia de Loewe – pues la verdad es que llevo bastante mal
lo de compartir espacio con la hediondez. La pena es que ya no se usa el
almizcle natural, aunque, lo entiendo.
Yo siempre me he
preguntado cómo es posible que este tipo de individuos pudieran llegar a
mantener contacto íntimo con otras personas. Claro que, hace unos días
escuchaba al gran Leo Harlem en uno de sus monólogos hablando de que, en la
antigua Roma, algunas mujeres se impregnaban sus partes íntimas con estiércol
de cocodrilo para aumentar el deseo sexual. Debían estar muy desesperados, la
verdad.
Así es que, a
esa panda de tarados que van promoviendo por redes sociales que el hedor, la
peste y la inmundicia, son sexys y te hacen ligar más, les aconsejo que se
planteen cambiar de círculo de amistades. Pero, eso sí, que antes se laven y se
quiten la mugre.
© Carlos Usín