El otro día hablaba con un amigo y me contaba que había detectado un problema que le afectaba en lo más íntimo y personal. Me dijo «no sé si se trata de una conjura planetaria contra mí, si es que estoy mermando de altura a marchas agigantadas por la edad o si, por el contrario, es un mal que afecta a más individuos, pero el caso es que cada vez que voy a usar un baño público, los urinarios me quedan a la altura del pecho. Y eso es un problema.» Reconozco que la cuestión me pilló desprevenido y me dejó como a Ábalos: estupefacto. A partir de ese momento, comencé a prestar más atención a las explicaciones de mi amigo.
«Es un problema
porque me veo en la tesitura de tener que ponerme de puntillas, lo cual, ya de
por sí, es una postura incómoda, insegura, porque cuesta mantener el
equilibrio, ridícula y si me apuras, indigna. Y, además – continuaba mi amigo –
tienes que andarte con sumo cuidado de que tus partes pudendas no rocen nada
del urinario, no vaya a ser que cojas lo que no tienes.»
Pero, ¿tan grave
es el asunto?, -le pregunté-. «Pues imagina que, en una postura como
esa, que estás bordeando el escorzo, de puntillas y tambaleándote, pendiente de
no rozar con nada para que no te contagien de cualquier mierda de esas, encima
tienes que acertar. Es que me entra un complejo de Manneken Pis insufrible. Y
para más inri, a veces entra un bigardo de dos por dos, se pone en el
“miccionódromo” contiguo y se fija en mi desde su metro ochenta y cinco y me
imagino que se partirá el pecho de la risa a mi costa.»
Peo hombre –
intenté animarlo un poco – siempre puedes usar el inodoro. A lo que mi amigo me
respondió: «es que siempre están ocupados» - me confesó en todo lastimero-. «Estoy
convencido de que el alto nivel de ocupación de los retretes se debe a que hay
muchos más como yo que han detectado este problema y han decidido utilizar el
método alternativo.» Bueno, - le dije yo - ¿y porqué no haces lo mismo? «Porque
cuando yo voy no puedo perder el tiempo esperando a que alguien abandone el
excusado. Por eso, me dirijo como un torpedo a los urinarios, que suelen estar
disponibles». Bueno, macho, ¿y qué piensas hacer? – le pregunté algo preocupado-.
Pero su respuesta me dejó aún más inquieto y sin duda, perplejo. «He pensado en
llevar conmigo una especie de taburete plegable. Cuando llegue el momento, lo
despliego, me subo a él y al menos, aunque alguno se descojone de la risa, yo
mearé a gusto. Sin posturas complicadas, sin ponerme de puntillas y sin riesgo
de contagiarme de una ETS. Ya los he estado viendo en Amazon.»
© Carlos Usín
