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domingo, julio 12, 2026

La gemela de Blue Jasmine.

Josefina nació en el seno de una familia acomodada. Acudió, como era preceptivo, a un colegio selecto donde, además de las asignaturas habituales, recibió clases de costura, de bordado, de punto de cruz y de macramé, todo ello muy útil para la función para la que estaba destinada, que no era otra que la de servir de esposa fiel y amantísima de un señor. Su madre, además, a nivel particular y como buena vasca, completó su formación y la enseñó a cocinar. Que no se diga jamás que una vasca no sabe cocinar. Sería tanto como decir que a un escocés no le gusta el whisky.

A pesar de lo bien que pintaban las cosas, la vida, a veces, se encarga de ponernos a prueba. En el caso de Josefina sucedió que su padre falleció cuando era una adolescente.

Al terminar los estudios y acceder a la mayoría de edad legal, también se le abrieron las puertas a la parte de la herencia de su padre. Ello le permitió disponer de fondos suficientes para poder organizar su vida sin demasiados agobios. Por eso, después de haber realizado algún curso de formación, tuvo su primer negocio. Pero le duró poco. A los tres meses tuvo que cerrar. Con un cierto espíritu emprendedor, aunque sin la base de conocimientos necesarios, decidió que su futuro estaba en el mundo de las flores y las plantas y montó una floristería, que no tardó demasiado tiempo en seguir el mismo camino que el negocio anterior.

Josefina era una mujer joven, educada y muy atractiva. No le costaba trabajo establecer una conversación y todo ello, en su conjunto, le fue facilitando el acceso a diferentes trabajos para los cuales no se necesitaba ninguna capacitación específica y notable, al margen de tener don de gentes y saber estar. Fue así como, con el transcurrir de los años, se vio rodeada por gente con alto poder adquisitivo, alto nivel de vida e incluso alguno de ellos, más de uno, le propuso matrimonio, algo a lo que Josefina, siempre se negó. Ella siempre quiso mantener su independencia por encima de cualquier otra consideración.

Los años fueron pasando y con ellos la juventud. Tuvo diversos negocios e inversiones que, en general, fueron compensando pérdidas y ganancias unos con otros, hasta que hace unos pocos años, invirtió todo el dinero que le quedaba, con la esperanza de que alguien diera duros a peseta. Y claro, al final pasó lo que tenía que pasar. La inversión supuso lo que Cuba para España: la pérdida de sus últimas posesiones, con el agravante de que la hipoteca de su casa, no estaba pagada.

Josefina, aquella joven atractiva, educada en un ambiente selecto y que disfrutó de los placeres en su madurez, hace ya tiempo que entró a formar parte de eso que se conoce como la tercera edad.

Arruinada, con el banco persiguiéndola por el pago de la hipoteca; la comunidad de propietarios reclamando sus cuotas; sin más ingresos que un triste subsidio que apenas le daba para comer, se vio en la necesidad de alquilar una de las habitaciones de su casa. Y así pasó bastantes años de penurias y renuncias. Nunca pasó por su imaginación poner en práctica los conocimientos que como cocinera le transmitió su madre. Jamás intentó conseguir salir del profundo hoyo en el que estaba a través de sus propios medios. Su espíritu intrépido a la hora de invertir en negocios de rentabilidad y viabilidad discutibles, no le llegó para tanto.

Después de todo, Josefina consiguió vender su casa por el método de la nuda propiedad; es decir, que legalmente la vivienda es de otra persona, pero ella tiene el usufructo hasta que se muera.

En cuanto tuvo dinero en metálico lo primero que hizo fue comprarse un coche. De segunda mano, claro. Y siguiendo con su inveterada costumbre de peregrinar de fiasco en fiasco en los negocios, invirtió en algo que, a todas luces era una estafa, como así se lo indicó un viejo conocido, quien, por cierto, tiene sus capacidades mentales algo disminuidas y convierte a Forrest Gump en un genio.

Hoy, Josefina, está sola. Ahora se lamenta de decisiones que tomó en el pasado, algo tan comprensible como inútil. Echa de menos a personas a las que ella misma apartó de su compañía y que, para más inri, ya han fallecido. Añora los tiempos de vino y rosas. A su lado ya no están aquellos que, en los momentos de las vacas gordas, de vacaciones en yates, de viajes de lujo, compartían con ella los días, algunas noches y se decían sus amigos.

Hoy, Josefina no encuentra consuelo a su desdicha.  No fue educada para afrontar situaciones así. Nunca tuvo el carácter para pelear por conseguir un trabajo. La vida le fue excesivamente plácida.

Conozco a personas cuyas abuelas en su día tuvieron que huir de la Revolución Bolchevique de 1917 y con más de 40 años, abandonar Moscú, coger a sus hijos de la mano y salir huyendo. Y llegaron a París, con una mano delante y otra detrás, y salieron a flote. Pero se necesita carácter, ánimo, espíritu de lucha y ganas de pelear. 

Josefina, ahora que ha conseguido salir del profundo hoyo en el que estuvo durante años, intenta inútilmente, revivir aquellos años de esplendor, donde podía gastar sin miramientos el dinero que le venía fácil.

Cada día más me recuerda a ese personaje interpretado magistralmente por Cate Blanchet, en la película de Woody Allen, “Blue Jasmine”. Una mujer que después de vivir en la opulencia se ve arrojada a sobrevivir en un mundo que ella siempre consideró inferior, casi obsceno.

 

© Carlos Usín