En el transcurso de unos pocos días he tenido sendas conversaciones sobre este asunto con amigas bien distantes entre sí: una en Madrid y la otra en México, y a pesar de la distancia física y de la pequeña diferencia de edad entre ellas – ambas rondan los 70 años – las dos echaban de menos la compañía de un hombre. Una me decía claramente, que se arrepentía de no haber intentado rehacer su vida al quedarse viuda hace 20 años. La otra, me consta que lo intentó, pero no ha tenido suerte. Una vez más, en ocasiones, el hecho de que lo intentes, sea lo que sea, no es suficiente para tener éxito.
Sobre la soledad, ya he hablado en mi blog (ver aquí) en alguna ocasión, pero a raíz de estas dos conversaciones, me ha hecho reflexionar una vez más en ello.
Para empezar, me
parece clarísimo que cuando se habla de compañía en estos términos y estas
edades, en realidad, estamos hablando de soledad. Creo que la soledad se puede
padecer en cualquier momento de la vida, bajo cualquier circunstancia; no es
necesario estar solo, viudo, soltero ni nada de eso, pero es en una edad
avanzada cuando resulta prácticamente imposible vencerla.
A los 30,40
incluso 50 años, creo que todavía existen posibilidades de encontrar a la
persona con la que te apetece compartir lo que reste de vida, pero hay un punto
a partir del cual, esas posibilidades se reducen en una progresión geométrica a
medida que vas cumpliendo años. Es lo que se conoce como “pasarse el arroz”.
Decía Winston
Churchill que “el éxito consiste en ir de fracaso en fracaso sin perder
demasiado el ánimo”. Tal vez sea la constancia, la resiliencia – ahora tan de
moda – la actitud, la clave para levantarte y seguir intentándolo. Todo eso
está muy bien, pero tal y como le decía a mi amiga “no creo que nadie con 70
años pretenda conocer a alguien del sexo contrario para hacerse amigos; para
tener compañía. Para tener compañía, me compro un perro o una radio o viajo
mucho”.
Estoy convencido
de que nuestro instinto animal, - salvaje y primitivo -, nos impulsa a
establecer una relación en la que el sexo forma parte de la ecuación. Si a los
30,40 o 50 años te pones a buscar pareja, pondría la mano en el fuego que no es
para rezar el rosario juntos; ni tampoco para tener compañía. Mi suposición
está basada en el hecho de que muchos señores - y mucho menos señoras -, a
estas edades, buscan una pareja mucho más joven. Por eso, aunque difícil, no es
imposible encontrar pareja a esas edades. La cosa se complica cuando estás en
una edad en la que el sexo comienza a ser un bello recuerdo – para ellas - y un
desafío a un ictus, infarto o semejante – para ellos -. Es decir, que, llegados
a cierta edad, el planteamiento, la pregunta clave es: Si no va a haber sexo ¿y
para qué? ¿Qué estoy buscando de verdad? ¿Busco rebelarme contra mi pasado?
¿Estoy dispuesto a convivir otra vez bajo el mismo techo con alguien? ¿Vamos a
vivir cada uno en su casa? En ese caso, ¿merece la pena? ¿Cómo encaja eso de la
compañía? ¿O sólo se trata de levantar el teléfono para desahogarte, quedar a
tomar un café y socializar un poco o no ir al cine ni al teatro tú solo?
Para aquellos
que me siguen de allende nuestras fronteras les diré que en un canal de la TV
hay un programa que se llama “First Dates”. He de afirmar con total rotundidad
que no veo jamás ese programa, pero sí que me he enganchado al que viene justo
a continuación, y por eso, veo los últimos 5 minutos.
Como se puede
deducir del título, se trata de un programa en el que personas de todas las
edades, sexo y condición, acuden para, supuestamente, conocer a su posible
pareja. Respetando los gustos y tendencias de cada uno, a mí me da vergüenza
ajena. Aquello parece un desfile de friquis, sin el menor atisbo de pudor. Por
eso, sospecho, que, en realidad, se trata de actores a los que se les paga por
fingir, porque si no, no me lo explico. Pero críticas aparte, lo que me trae a
colación este ejemplo de telebasura es que, a veces se presentan personas con 60
años o incluso 80. Y la pregunta que me hago a mí mismo cuando veo a esas
personas de escasa – o nula – cultura, sin saber estar, sin saber expresarse o
comportarse con un mínimo de educación, y sin ningún criterio, es ¿y para qué?
No estoy
diciendo que a partir de cierta edad haya que cavar un hoyo y tirarse dentro a
esperar que llegue el momento final. Lo que me planteo con muchas dudas es si
me pondría a conocer gente para conseguir “compañía”. Ayer mismo, en el
programa El Hormiguero, Pablo Motos preguntaba a sus invitados si hacían amigos
a partir de los 40 y aunque la respuesta no fue rotunda, la tendencia era
responder que no; que a partir de cierta edad es más complicado hacer amigos y
mucho más aún, conseguir a alguien para tener compañía. Además, añado yo, a
partir de una edad avanzada, nadie te asegura que la persona en cuestión,
después de haber superado todos los obstáculos mentales que le has puesto, no
vaya a fallecer al cabo de dos semanas.
Resumiendo, que
es gerundio. La soledad es la epidemia de nuestro tiempo. El tiempo de
internet, las redes sociales, WhatsApp, etc. Y luchar contra eso a veces nos
obliga a actuar de la manera más insospechada. Es lo que se denomina limerencia,
que es un estado mental de obsesión involuntaria caracterizado por una
necesidad intensa de ser correspondido. Necesitamos amar y ser amados y las
redes sociales están a reventar de Robinsones Crusoes, aislados en mitad de una
ciudad de cientos de miles o millones de personas, pidiendo ayuda; pidiendo
cariño, amistad, compañía. En ese sentido la soledad es el enemigo.
© Carlos Usín
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