Hay días – o noches– en el que los duendes, los dioses, los hados y las hechiceras, aburridos todos ellos por su indolente inactividad se conjuran contra algún sencillo mortal, ajeno a tales fantasmas y geniecillos, pero a punto de ser elegido como centro de todas sus perversas iniquidades. O sea: yo.
El hecho de disponer de un apartamento vacacional ofrece una amplia variedad de anécdotas, muchas de ellas verdaderamente kafkianas. De todas las que guardo en la memoria voy a extraer dos que, aunque separadas en el tiempo por unos pocos años, explican bien a las claras las pequeñas transformaciones que padecen el cerebro de algunos seres humanos cuando deciden desconectar, en el amplio sentido del término.
Pongamos, por
ejemplo, que un domingo cualquiera estás en casa desayunando plácidamente. Es
un día de verano y en tu agenda lo único que tienes previsto es terminar de
desayunar y más tarde, tomar el aperitivo. Entonces, mi mujer decide encender
su móvil. Al cabo de unos segundos y mientras da un bocado a una tostada con
mermelada de naranja amarga, el aparato emite un pitido. Había un mensaje. Se
trataba de una llamada perdida a las 4 de la madrugada. Quien llamaba a esas
horas tan intempestivas era una de las cuatro jóvenes irlandesas - que apenas
superaban los veinte años – que habían decidido pasar unos días de vacaciones
en la siempre atractiva y soleada Marbella y se alojaban en nuestro
apartamento. Entonces, surgieron las primeras dudas: ¿Se habrán equivocado?
¿Será un error? Pero y si no fuera así, ¿para qué necesitan llamar a nadie a
esas horas? ¿Habrá pasado algo en la casa? Sólo había una manera de terminar
con tanta incertidumbre: llamar a dicho teléfono.
El teléfono sonó,
pero no lo cogió nadie. Así es que sólo quedaba esperar a que del otro lado
alguien decidiera devolver la llamada y así, a la tercera, establecer una
comunicación directa.
Pasaron unos minutos
y mientras nosotros íbamos terminando de desayunar, el móvil vuelve a sonar.
Por fin, establecimos una conexión directa con las compatriotas de Óscar Wilde.
A través del móvil, difícilmente se entiende el mensaje que quiere transmitir
la portavoz del grupo. Su acento, la sensación de que la lengua la tiene algo
flácida y estropajosa, la clara sospecha de que no ha dormido mucho y demás
circunstancias, entorpecen la correcta percepción del mensaje a transmitir,
pero básicamente es: “Hemos perdido las llaves del piso”.
Nosotros, en
previsión de tales eventualidades, siempre entregamos dos juegos de llave a los
inquilinos. Por tanto, la afirmación de nuestra joven invitada, parecía indicar
que habían perdido los dos juegos de llaves, lo que, sin duda, originaba alguna
que otra contrariedad, pero nada irremediable. Lo que sí trastocaba mis
apacibles planes del domingo que acababa de despertar, era que tendríamos que
ir hasta Marbella para permitirles a nuestras irlandesas preferidas que pudieran
entrar en la casa.
Al llegar, nos
encontramos en el lugar acordado, que no era otro que la cafetería de la
urbanización. Al verlas, pudimos empezar a comprender la razón de que perdieran
las llaves y probablemente muchas más cosas, todas ellas inconfesables.
Ataviadas con
vestidos que se limitaban a tapar los puntos más esenciales de su anatomía
femenina, eran los ideales para ir a una guerra sensual de cualquier Beach Club
de la zona; con el maquillaje convertido en una careta barata de feria
ambulante; los ojos rojos de no dormir lo suficiente y la lengua hinchada,
fuimos dando un breve paseo hasta el apartamento. En el trayecto, además de
pedirnos mil perdones por las molestias, nos dijeron que nos llamaron por
teléfono a las 4 de la madrugada - menos mal que mi mujer apagó el móvil - y
que, al no contactar con nosotros, se vieron en la necesidad de alquilar una
habitación en un hotel cercano, de esos que te suelen costar un ojo de la cara
y la yema del otro. En general, al inicio de la noche su aspecto debía ser
impresionante, pero en esos momentos, representaban a los soldados que habían
perdido la batalla por el sexo; la antítesis de la lujuria.
Llegamos al
apartamento. Entraron con ansias de abalanzarse sobre cada una de sus camas. Pero
antes de regresar a casa, me quedaba la pregunta del millón. “Os dimos dos
juegos de llave. ¿Dónde está el otro? ¿Lo habéis perdido también?” Oh, no, no,
dijeron muy orgullosas. Lo guardamos a aquí, me dijo la que parecía más
despierta, mientras toda ufana abría uno de los armarios de la cocina y me
enseñaba el segundo juego de llaves a salvo de no se sabe qué.
Lo de anoche…lo
de anoche tiene más guasa.
Tú estás en tu
casa tranquilamente. Son las diez de la noche y estás hipnotizado viendo
Horizonte. De pronto, suena el teléfono. A esas horas, podría ser el
Administrador de la Comunidad para acordar algo con mi mujer, que es la
presidenta; o bien, algún vecino del grupo de los amigos. Pero no. Era la
pareja de coreanos que está en el apartamento de Marbella. Que han perdido la
llave del piso.
Yo, que jamás en
mi vida he perdido las llaves de mi casa, me pregunto si esta caterva de
tarados que inunda el planeta también pierde las llaves de su casa, ya sea en
Irlanda o en Corea del Sur, o si simplemente se empeñan en perderlas cuando
están de vacaciones en Marbella.
El caso es que,
con una alegría en mi cuerpo que no cabía en mí de gozo, pasadas las diez de la
noche comencé a vestirme para ir nuevamente a Marbella a rescatar a un
inquilino que había perdido las llaves.
Al poco de salir
de casa el ordenador de a bordo de mi coche me indica que el neumático
delantero derecho pierde presión. Me quedo realmente sorprendido porque hacía
48 horas había repasado la presión de los neumáticos en una gasolinera. Y
también me llama mucho la atención que siempre se refiere a los neumáticos
delanteros, no a los traseros. Bueno, el caso es que me dirigí a la estación
más cercana y comprobé que, efectivamente, los neumáticos había perdido
presión, algunos, bastante, incluso.
Cuando terminé
con la operación y me meto en el coche para reemprender la marcha camino de
Marbella, mi mujer me dice: “Me he dejado el móvil en casa”. Bien. Vale. Estas
cosas pasan. Y si han de pasar, es preferible que pasen todas juntas en una
sola e inolvidable noche. Así sólo te joden una y no siete. Regresamos a casa,
naturalmente, y después de recuperar el móvil de mi mujer, reiniciamos el
camino a Marbella. Había pasado una hora desde que habíamos recibido la llamada
de auxilio de los coreanos y estábamos en el mismo sitio. O sea, en casa. Ni el
Carpathia tardó tanto en ponerse en marcha.
Mientras todo
esto sucedía, los coreanos tenían que esperarnos en alguna parte. Así que les
sugerimos que fueran a la cafetería. Y cuando llegamos al filo de la
medianoche, allí estaban.
Al vernos, se
deshicieron en millones de disculpas por las molestias, por hacernos ir en
mitad de la noche hasta allí. Fueron súper amables y yo me conformaba con que
no se les ocurriera hacerse el harakiri allí mismo, en señal de hondo
arrepentimiento por sus fechorías.
Los acompañamos
al apartamento mientras dábamos un breve paseo. Nos pareció arriesgado
entregarles otro juego de llaves porque podrían perderlo en el trayecto. En el
camino, nos contaron que venían de visitar Oporto. Me sorprendió. Su idea de
viajar, de conocer, era tan amplia como podría abarcar su tiempo y su economía.
No sólo venían a Marbella. Tenían tiempo para coger un avión y visitar al menos
una de las ciudades más pintorescas de Portugal.
Después de
abrirles la puerta de la casa y comprobar que aún les quedaba el otro juego de
llaves que les entregamos, volvieron a ofrecer miles de disculpas y pedir
perdón eterno por sus pecados. Nos dimos media vuelta y regresamos a casa.
Todavía no nos
habíamos acostado, aunque era cerca de la una de la madrugada, cuando recibimos
un wasap de los coreanos.
“Lamentamos
mucho las molestias ocasionadas esta noche y les pedimos disculpas. La llave ha
aparecido finalmente en el fondo de nuestra maleta”.
© Carlos Usín
