Cada vez con más frecuencia leo en la prensa que a tal o cual juez o fiscal, ha sido depurado, o le han degradado en sus funciones, o le han obligado a jubilarse, o le han enviado a Siberia a contar gamusinos. Y todo ello, por la sencilla razón de que, en las luchas internas por imponer una cierta ideología dentro del aparato judicial, unos suben y otros caen, y con ellos, todos los adláteres, pelotas, serviles y rastreros que les adulan. Y cada vez que me entero de alguna de estas jugadas, pienso en lo agradable que debe ser levantarse cada mañana, ir al trabajo y cruzarte por los pasillos con tu jefe/a, sabiendo que, aunque te muestre los dientes como un hipócrita gesto de amistad, tú ya vas sintiendo cómo te va clavando la puñalada por la espalda al tiempo que va retorciendo el arma, sin que deje de sonreír. Debe ser muy motivante intuir que en breve tu puesto lo va a ocupar algún lameculos, joven, desconocido, inepto, pero muy ambicioso, del que se servirán en algún momento futuro para sus espurios intereses y que se verá obligado a obedecer porque “ellos le han puesto ahí”.
Y todo esto me
recuerda a una época pretérita, en la que mi propio trabajo se desarrollaba en
un ambiente bastante similar a este. Una atmósfera en la que el jefe había sido
rebautizado con el sobrenombre de “Johnny Walker”, por obvias razones. Un
entorno en el que el armario donde se guardaban todos los manuales de IBM,
estaba bajo llave y cada vez que alguien necesitaba realizar una consulta debía
solicitar las llaves al que, desde entonces, pasó a ser conocido como “El amo
del calabozo”. Un entorno en el que los chivatos corrían – literalmente –
escaleras arriba para informar a su amo, Johnny Walker, de cualquier
información que le pudiera servir. Un entorno en el que el propio Johnny
Walker, se apropiaba de un dinero para su uso personal, cuando ese dinero
estaba destinado a otros usos por parte de sus empleados. Un entorno en el que
a ciertas personas se le permitió acceder a un curso de promoción profesional,
exigiendo que fuera secreto y que un servidor no tuviera conocimiento de ello.
En definitiva, un entorno en el que hubo objetos personales – una radio y un
juego de ajedrez – que desaparecieron, aprovechando que un servidor estaba de
vacaciones.
Así es que, cada
vez que leo alguna noticia referida a las purgas estalinistas que tienen lugar
aquí y allá, ya sea en tribunales, en fiscalías o en medios de comunicación,
recuerdo vivamente aquellos oscuros años transcurridos en un sótano, con una
sola ventana que daba a la entrada de un garaje subterráneo, y con turnos de
trabajo rotatorios. Un lugar en el que cuando alguien reclamaba su justo
interés por progresar profesionalmente y un aumento de salario, la respuesta de
Johnny Walker era mostrar un décimo de lotería acompañado de la frase “yo
también”.