A fuerza de verlos con demasiada frecuencia casi se nos han convertido en una figura imprescindible. Me refiero a esos individuos que llevan una capucha o un pasamontaña y que siempre están presentes cuando hay disturbios, algaradas, trifulcas y desórdenes. Su presencia es sinónimo de problemas. Los vemos en Ceuta, ocultándose sin tapujos de las cámaras de televisión que pululan por allí. Los vemos en la Puerta del Sol. En algunos casos, además de la braga que les tapa la cara, también se hacen acompañar de alguna bandera. Da igual qué represente con tal de que no sea la española.
Es curioso observar cómo han evolucionado las modas y los códigos de conducta. Antaño, taparse la cara, ocultarse, era tarea propia de ladrones y malhechores. La historia y las historietas están llenas de ejemplos de ello. En el antiguo oeste americano, los salteadores de diligencias se subían el sempiterno pañuelo que todos llevaban al cuello y ocultaban su rostro; y lo mismo hacían los bandoleros de la serranía de Ronda. Sin embargo, y es curioso observarlo, tanto el Llanero Solitario como el Zorro, llevaban antifaz. Por tanto, ver un pasamontaña resulta tan inquietante como ver una cinta americana: en ambos casos resulta casi inevitable anticipar la existencia de problemas serios.
Sin embargo, hubo
un tiempo en el que el uso de semejante prenda se hacía imprescindible, no para
hacer el mal, sino para todo lo contrario: preservar la identidad de los
agentes que luchaban contra ETA. Más tarde, por extensión, a casi cualquier miembro
de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado.
Este asunto de
ocultar la identidad no es nada nuevo. Al menos para los españoles. Ya en 1766,
un individuo de sobra conocido por la mayoría y que respondía al título de
Marqués de Esquilache, montó un follón tan llamativo que pasó a la historia
como “el motín de Esquilache”.
Reinaba Carlos
III y D. Leopoldo de Gregorio, que así se llamaba el señor marqués, tan
italiano como el resto de la corte, promulgó un bando con el objetivo –
supuestamente - de modernizar la indumentaria de la población y mejorar la
seguridad pública en la corte. En realidad, se trataba de evitar los
innumerables duelos, reyertas, atentados, asaltos y demás, que se producían en
las calles de Madrid, amparados en el uso de una capa larga, con la que se
podía ocultar fácilmente la espada, al tiempo que la vestimenta se
complementaba con el uso del chambergo, un sombrero de ala ancha, que ocultaba
el rostro. El decreto en cuestión obligaba a los madrileños a recortar las
capas para convertirlas en capas cortas y a sustituir el sombrero de ala ancha
por el sombrero de tres picos (o tricornio), que dejaba la cara completamente
al descubierto.
La realidad es
que no se montó el pollo que se montó por la vestimenta; eso fue la excusa. El amotinamiento
de la población se debió al precio del pan y otros alimentos básicos. Fue de
tal calibre que la multitud asaltó los palacios de los ministros extranjeros y
obligó al rey Carlos III a destituir y desterrar a Esquilache, así como a
revocar la norma de las capas y rebajar el precio de los alimentos básicos.
Salvando las
distancias y algunos detalles, se parece bastante a lo que sucede hoy en día en
nuestras calles. La presión y el descontento van en aumento y en algún momento
se supone que estallará. Hoy no es el hambre, pero cada día resulta más caro
comer, pagar la luz, la gasolina, la hipoteca, el alquiler, mientras al mismo
tiempo, algunos se llena los bolsillos robando a los pobres.
Volviendo al
tema de la vestimenta, en Francia, por ejemplo, se ha prohibido el uso de cierto
tipo de vestimenta y complementos, tanto por razones de índole religioso como
de seguridad e identificación de personas: Abayas, Qamis, velo islámico (hiyab),
la kipá judía, el turbante sij y cruces cristianas de dimensiones excesivas, velo
integral, Burka y Niqab, etc.
En España, como
siempre somos más papistas que el Papa, no tenemos nada parecido. Tan solo a
nivel estatal desde 2019 rigen prohibiciones para usar prendas que hagan
irreconocible el rostro en el transporte público, así como en ciertos espacios
gubernamentales, educativos y sanitarios.
Es evidente que
el uso de pasamontaña, cascos de moto o de cualquier otro adminículo que tenga
por objeto ocultar la identidad de quien lo lleva, debería estar contemplado
igualmente como elemento prohibido cuando se usa en manifestaciones violentas,
algaradas, ocupaciones ilegales del espacio público y desórdenes, imitando el
objetivo de aquel famoso bando del Marqués de Esquilache. Pero claro, si aquel
tuvo que salir por patas de España, imaginemos la reacción que se produciría en
la España de hoy en día, si se promulga un decreto en el que se prohíba el uso
de pasamontaña, salvo que nieve. Lo del famoso motín pasaría a ser una fiesta
infantil.
© Carlos Usín
