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sábado, abril 18, 2026

IMPRESIONES DE UN VIAJERO (XII)

Lisboa – día 1.

Después de nuestra intensa y agotadora visita a Coímbra, nuestra siguiente parada era Lisboa. Con sólo pronunciar su nombre me vienen a la mente imágenes evocadoras de un pasado romántico, intenso, en ocasiones misterioso, repleto de saudade, de espías y de buen comer.

Lisboa está en el recuerdo de Antonio Muñoz Molina en su obra “El invierno en Lisboa”. Del mismo modo que forma parte del libro “Tren de noche a Lisboa”, y su adaptación al cine, protagonizada por Jeremy Irons, o en el libro “El cartógrafo de Lisboa”, de Erik Orsenna.

Y dejo para el final a John Le Carré y su obra “La Casa Rusia”, y su adaptación al cine, que la convierte en una de mis pelis preferidas. Disfrutar del plantel de actores, encabezados por Michelle Pfeiffer y Sean Connery, y de la música de Jerry Goldsmith, - capaz de mostrar el misterio y el romanticismo al tiempo - es un placer con el que me regalo de vez en cuando.

Hablar de Lisboa es hablar de mar, de descubrimientos, de historia, de fado, de espías.

Lisboa vive en el corazón de muchos de nosotros.

En un principio pensamos en detenernos para visitar el Monasterio de Batalha, que nos pillaba de paso, pero cambiamos de opinión. Al final, aparecimos en Sintra. La primera dificultad – y no fue menor – fue encontrar aparcamiento. Teníamos la opción de subir hasta donde nos permitieran con el coche, para visitar el palacio de Sintra. Pero desde el parking deberíamos tomar un servicio de transporte para subir hasta el monumento. Pero, todavía nos temblaban las piernas de la paliza que nos habíamos metido en Coímbra y al final decidimos que tampoco íbamos a visitar Sintra.

Después de dar varias vueltas por el lugar y de encontrarnos zonas azules por doquier, nos tropezamos con un centro comercial en miniatura, con un aparcamiento que tenía un reducido número de plazas. Nos sorprendió que la barrera estuviera levantada y allí dejamos el coche con bastante recelo. La siguiente etapa, la de buscar una cafetería, eso se convirtió en un desafío. Al parecer habíamos encontrado un barrio donde, al contrario que en España, no había bares ni cafeterías por ninguna parte. Al final, encontramos uno de casualidad y allí que fuimos a disfrutar del excelente café que se puede tomar en Portugal. Después, el reto fue saber dónde habíamos dejado el coche, porque con tantas vueltas que habíamos dado para encontrar el bar, andábamos algo despistados.

Total, que habíamos previsto visitar Batalha y no fuimos; y estábamos en Sintra y lo dejamos para otro viaje.

El hotel en Lisboa, el EXE Liberdade, estaba situado en una avenida céntrica y con garaje en el propio establecimiento. A nuestra llegada, pasadas las 15.00 horas como mandan los cánones, nos encontramos con la Recepción repleta de jóvenes, en su mayoría, lo que nos intranquilizó un poco por el riesgo de sufrir las molestias de ruido a deshoras, y alborotos indeseados. Desconozco en qué parte del hotel les ubicaron a ellos, porque nosotros estuvimos en una zona super tranquilos.



Para aprovechar la tarde cogimos el coche y nos fuimos a visitar la torre de Belem y nos encontramos con dos problemas. El primero fue encontrar aparcamiento, algo que después de dar alguna vuelta que otra finalmente conseguimos, y el segundo no tuvo solución; y es que la Torre estaba siendo restaurada y no se podía visitar. Así es que nos contentamos con pasear por la zona que estaba bastante concurrida.

Más tarde, de regreso en el hotel planeábamos organizar un sábado algo especial y salir a cenar. Nuestra intención era encontrar un sitio donde sirvieran cocina típica portuguesa. Brujuleando por internet encontramos uno que estaba situado a espaldas de nuestro hotel, lo cual, tenía otra ventaja más y era que ni siquiera necesitaríamos un Uber. Se llamaba Alto Minho.

El concepto horario – en general – entre Portugal y España, no se 

parecen en nada. Por ejemplo, el restaurante en cuestión cerraba a las 

22.30, mientras que, en España, a esa hora, todavía hay gente que se 

plantea iniciar la cena. Según nuestro criterio de lo que es cenar 

temprano, llegamos a una hora más que prudencial. Sin embargo, 

nada más entrar, el hombre nos hizo la fatídica pregunta, y no, no 

teníamos reserva, pero tuvimos suerte: nos asignó la última mesa 

que quedaba libre.


El local estaba abarrotado – lo cual era una buena señal - y lo más interesante, la mayoría eran portugueses, lo que, sin duda, apuntaba en la buena dirección. Para mayor satisfacción, los vecinos de nuestra mesa - que llegaron más tarde que nosotros, pero con reserva- , resultó ser un grupo variopinto y multirracial. De las conversaciones que mantenían entre ellos en inglés, dedujimos que algunos eran guías turísticos en Lisboa, y tenían a este restaurante entre sus favoritos cuando de comida autóctona se trataba.

Otra de las anécdotas simpáticas está relacionada con la película “Love Actually”. Para los que no la recuerden o no la hayan visto, no sabrán de qué hablo.

Colin Firth viaja hasta la casa de Aurelia para pedir su mano. Al llamar a la puerta, le abre el padre que lleva una camiseta de tirantes. Cuando en un portugués incipiente e inseguro Colin le dice que viene a solicitar la mano de su hija, aparece la hermana de Aurelia, una chica nada agraciada y con cuarenta kilos de sobrepeso.

Pues bien, el parecido de la cocinera del restaurante con la “hermana” de Aurelia en la película era tal, que daba la impresión de que era la misma persona.

Bromas aparte, el servicio fue estupendo y la comida un auténtico éxito. Nos gustó tanto que preguntamos si al día siguiente – domingo – estaban abiertos y nos dijeron que era el único día de la semana que cerraban. Así es que, planeamos regresar el lunes siguiente.

Al abandonar nuestra mesa en busca de la salida, tuvimos que realizar auténticos escorzos, conteniendo la respiración para pasar por entre las mesas vecinas, sin derramar nada. Tal era el grado de ocupación de las mesas que apenas había sitio para transitar.

 

© Carlos Usín