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sábado, abril 25, 2026

IMPRESIONES DE UN VIAJERO (XIII)

Lisboa – día 2.

El comedor del hotel estaba tan abarrotado de gente – muchos de ellos jóvenes - que aquello parecía un grupo de refugiados hambrientos. Todos iban y venían con sus platos, una y otra vez, de su mesa al buffet, para servirse de la amplia gama de suculentos productos, dulces y salados, que estaban a su disposición.

En un descuido, me tiré en plancha sobre una mesa y al grito de “por mí y por todos mis compañeros”, tomé posesión de ella en nombre de mi amada esposa y el mío.

Mi desafío con las cafeteras se iba convirtiendo en un máster cum laude. Mi experiencia acumulada de hoteles pasados y el hecho de fijarme cómo lo hacían los demás clientes, cada vez me proporcionaba más seguridad.

Intentábamos seguir el viejo dicho de desayunar como un rey, comer como un príncipe y cenar como un mendigo, pero lo adaptamos a nuestro peculiar modo de entenderlo. Lo de desayunar como un rey lo llevábamos a rajatabla. Normalmente nuestro desayuno era mucho más copioso que de costumbre, porque por lo general, después nos esperaba un duro día de visita a cada ciudad. Y este era precisamente el caso, porque habíamos contratado una visita guiada por Lisboa que nos iba a llevar dos horas y media o tres andando por la capital. Así es que necesitábamos energías.


Después del desayuno teníamos unos veinte minutos caminando desde el hotel hasta el punto de encuentro de nuestra visita, que estaba en el Obelisco de la Praça dos Restauradores. Afortunadamente, el trayecto era recto y no tuvimos mayores problemas, aparte de que la mañana era fresca.

Ana, nuestra guía comenzó por pasar lista y aparte de comprobar que habías personas de todas partes de España, me sorprendió, una vez más, el hecho de encontrar a viajeros solitarios. En este caso había un chico que venía desde Barcelona y casi desde el aeropuerto, y una chica que creo que venía del País Vasco.

Ya que estábamos allí reunidos, Ana nos ilustró acerca del significado del obelisco, que conmemora la independencia lograda por los restauradores portugueses en 1640, tras sesenta años de dominación española.

A todos nos pareció un sitio bastante peculiar para quedar. Es como si a un grupo de franceses se les citara en el Arco del Triunfo en Moncloa y se les recordara que Goya pintó los fusilamientos de los levantados el 2 de mayo.

Desde allí, visitamos la emblemática plaza de Rossio, el Largo do Carmo, un lugar clave para entender la Revolución de los Claveles. Más tarde, en vez de utilizar el espectacular Elevador de Santa Justa, la guía nos obligó a subir a pie por unas escaleras infernales. Al menos nosotros ya teníamos las piernas entrenadas.

Después seguimos la ruta por el barrio de Chiado, que viene a ser como el barrio de Huertas o Las Letras en Madrid, un lugar asociado a la cultura, a lo bohemio, al menos, antaño.

Para finalizar paseamos por la majestuosa Rua Augusta y bajo su arco triunfal y terminamos – bastante cansados- en la imponente plaza del Comercio.


La visita estuvo aderezada con múltiples anécdotas y referencias a la historia y a acontecimientos que prácticamente destruyeron Lisboa varias veces: terremotos, maremotos, incendios, guerras…

Al terminar la visita oficial teníamos dos opciones: la primera, escoger algún restaurante de los que había por la zona, a lo que Ana, nos aconsejó que no cayéramos en la estúpida tentación. La otra, era preguntar qué tranvía nos llevaba al Monasterio de los Jerónimos. Y esa fue la que escogimos, porque la parada estaba a escasos metros.

Como era previsible, todos aprovechamos para preguntar por restaurantes aconsejables y Ana, guía experta, prometió que nos enviaría un PDF con una larga lista de ellos y con comentarios.

El tranvía era un vehículo ultramoderno con pago electrónico incluido. Como era la primera vez, fue peor que lo de mis problemas con las cafeteras de los hoteles, pero como los portugueses son encantadores, me enseñaron cómo hacerlo.  La última parada del tranvía nos dejó justo frente al Monasterio, una de las visitas obligadas a Lisboa. No se puede visitar la ciudad y perderse esta joya.

Después de la visita, cogimos de vuelta el tranvía que nos devolvería hasta la Plaza del Comercio. Esa era la teoría, porque la realidad fue que dos paradas antes de llegar al final del trayecto, tuvimos que bajarnos todos porque al parecer el tranvía se había estropeado.

A pesar de que llevábamos todo el día para arriba y para abajo por todo Lisboa, tuvimos que andar todavía un poco más hasta llegar a la plaza. Una vez allí habíamos consultado la guía en PDF que nos había enviado nuestra guía por WhatsApp y habíamos visto que había una zona, no muy lejos de la Plaza del Comercio, en la que nos aconsejaba visitar porque había muchos restaurantes. Y con el Google en la mano, hacia allí que nos fuimos.

Tardamos algo en llegar porque nos desorientamos y a veces me entraban ganas de estampar el móvil contra alguna pared, pero finalmente llegamos a la zona. Efectivamente, en la calle en la que estábamos había más restaurantes que bares en la famosa “senda de los elefantes” de Logroño. El problema que nos encontramos fue el horario. Allí, en Portugal, son gente seria y esto del horario de los restaurantes lo llevan a rajatabla. Por otra parte, nosotros, al ser sábado por la noche sabíamos que podríamos tener problemas a la hora de encontrar mesa disponible, a pesar de que fuimos con un poco de antelación a la hora de apertura. Y efectivamente tuvimos problemas.

Comenzamos a estudiar las cartas que ofrecían a las puertas de los restaurantes. Buscábamos uno donde sirvieran comida típica portuguesa. Elegimos uno y cuando entramos nos hicieron la pregunta del millón: “¿Tienen reserva?” Pues no, no teníamos reserva y ellos estaban a tope. Muy amablemente la señorita nos recomendó otro, del mismo propietario, que estaba unos metros más adelante. Nos acercamos hasta allí, y aparte de que tenía más luces que El Corte Inglés en Navidad, era un italiano. No tenemos nada contra la comida italiana, pero eso no era lo que nos había llevado hasta allí.

Continuamos nuestras pesquisas por el resto de restaurantes de la calle, descartando a diestro y siniestro, por unos motivos u otros. En unos era necesario reservar con antelación, otros tardarían en abrir más de una hora, etc. Al final, elegimos uno con la esperanza de haber acertado. Queríamos cenar comida típica portuguesa.

El nombre del restaurante era Restaurante Qosqo y era cocina peruana.

Dicen que cuando hay hambre no hay pan duro. Nosotros llevábamos desde las 10 de la mañana pateando Lisboa, con sólo un café y un pastelito en un breve descanso que nos permitió la guía y había llegado el momento de sentarse, beberse una cerveza, aunque fuese paraguaya, meter algo sólido y contundente para el cuerpo y ya hablaríamos de cocina portuguesa en otro momento.

No cenamos mal ni mucho menos, pero no deja de tener guasa que vayamos a Lisboa buscando cocina local y lo único que teníamos disponible era un italiano y el peruano donde estábamos.

Después de cenar como príncipes y no como mendigos, tal y como aconseja el saber popular, decidimos que ya era de regresar a la habitación del hotel. Y fue entonces cuando, una vez más, aprecié el magnífico invento que significa Uber.

 

© Carlos Usín