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lunes, mayo 25, 2026

Estado de crispación.

Cualquiera que haya asistido tan solo una única vez a una Junta de Vecinos, conoce que en esas reuniones se grita más que en un partido de fútbol, se ponen sobre la mesa rencillas acumuladas durante meses y, en ocasiones, odios ancestrales por motivos que ya no se recuerdan cómo empezaron. Hasta ahí podríamos decir que todo normal. Ese tipo de reuniones, de dudosa efectividad y por supuesto, nada ejemplares, son la causa principal de que una amplia mayoría de los vecinos decida ahorrarse el tiempo y el bochorno de asistir a tan triste espectáculo y decidan no acudir, sin más. Los más comprometidos incluso llegan a delegar su voto en algún vecino, que viene a ser algo parecido a lo que se hacía en España en tiempos de la Guerra de Cuba o Filipinas, cuando los ricos pagaban dinero para no ir y los que pringaban – qué raro, verdad – eran los pobres.


Debo confesar que cuando tuve la primera ocasión de acudir como propietario a una Junta de vecinos, no entendía nada. Lo único que recuerdo de aquella reunión era ver a una vecina de mi planta, a pocas puertas de la mía, que se llamaba Mayte. La tal Mayte era toda una mujerona. De estatura imponente y complexión fuerte, solía vestir de forma inusualmente elegante, con abrigo de piel incluido, y tacones de diez centímetros, al tiempo que utilizaba un tono de voz que bordeaba la intimidación. Todo ello, en su conjunto, le confería un cierto estatus que atemorizaba y que me llevó a bautizarla como “la bestia”.
 

Vivía con su hijo, quien, en cierta ocasión organizó tal escándalo, que estuve a punto de llamar a la policía. El niño, un adolescente de la misma estatura que su madre, se lio durante varias horas a dar patadas a la puerta de entrada al domicilio, al tiempo que profería toda clase de gritos y de improperios. La puerta en cuestión, terminó con un agujero considerable como consecuencia de las patadas.

Pues bien, hecha una breve descripción de la madre y del niño, ahora voy con el comportamiento de “la bestia” en la única reunión de vecinos a la que fui en aquella comunidad. 

Todo parecía desarrollarse de modo normal siguiendo el orden del día. Hasta que “la bestia” se levanta, interrumpe al Administrador, que moderaba la reunión, y comienza a decir: «Yo sólo quiero que se despida al conserje. Es un borracho, que se pasa el día en el bar y nunca está en su sitio». El Administrador intentó – sin éxito – convencerla de que se ciñera al orden del día y que el asunto de ruegos y preguntas estaba al final de la reunión. Mayte, inasequible al desaliento, continuó con su monólogo como si el que acababa de hablar fuera invisible. «Es que, para colmo, el otro día llegaba cargada con unas bolsas y (el conserje) se negó a ayudarme. Dijo que no era su obligación.» Esta, desgraciadamente, no fue la única intervención de “la bestia”. Continuó con su matraca, repitiendo como un mantra eso de que «yo quiero echar al Conserje». Y así se mantuvo hasta que al final de la reunión, en el apartado de ruegos y preguntas, consiguió por fin que el resto – que ya estábamos hartitos de la señora – abordáramos el asunto. Se votó y el conserje continuó trabajando en el portal.

En fin, comprenderás que, para ser mi primera experiencia, fue bastante traumática para mi espíritu sensible. De hecho, además de no regresar a ninguna de las juntas posteriores, rogaba a los cielos no cruzarme con “la bestia” por los pasillos o, peor aún, coincidir en el ascensor.

Hasta ahí, podría considerarse que este tipo de cosas entran dentro de lo que hemos asumido como normal. Pero ahora nos adentramos en un terreno para muchos, desconocido. La Junta de Propietarios de mi comunidad que tuvo lugar recientemente.

Convocar una Junta de Vecinos un viernes y a las cinco de la tarde, ya hay que tener agallas. Por si fuera poco, el lugar elegido por la presidenta para semejante reunión fue el gimnasio de la comunidad. Un lugar en el que he estado una única vez, de paso, al que no recuerdo cómo llegar y que, al estar semiabandonado y sin aparatos, tan sólo es un espacio de reunión de personas de dudosa respetabilidad. En casos como este cada vecino, si lo estima conveniente, se lleva su propia silla, porque allí, aparte de polvo no hay nada.

Normalmente, las reuniones de nuestra Comunidad se han venido realizando en un colegio que tenemos a unos pocos cientos de metros y que, bajo pago, nos proporciona un salón con mesas y sillas. Pero al parecer, la presidenta decidió que era mejor ahorrar en el chocolate del loro y cambió el lugar.

A pesar de todos estos alicientes, – el día, la hora de la convocatoria, el lugar – y, sobre todo, el ambiente de enfrentamiento y de crispación que se vivía desde hacía meses, decidí no acudir.

Voy a ahorrar la infinidad de motivos y causas justificadas que han llevado a la presidenta a convertirse en el ser más odiado de la comunidad.

Por todo ello, decidí que lo mejor era no acudir a la convocatoria. Y lo hice porque me conozco. Y por lo que después me contó mi mujer, hice bien, porque al parecer, en algunos momentos de la extraordinariamente tensa reunión, hubo un conato de enfrentamiento físico entre un vecino, generalmente educado y calmado, y la mujer de otro, de profesión juez. Según me contó mi mujer, pensaba que cuando se fue a por ella, le iba a arrancar la cabeza del tronco. Y no fue el único momento tenso.

Para colmo, el Administrador, otro “figura” al que estaba previsto mandar al paro si vencía la candidatura de la oposición, nada más promulgar el número de votos obtenidos por unos y por otros y el nombre de la nueva presidenta, a continuación, y sin solución de continuidad, presentó su dimisión, recogió sus papeles y huyó del lugar como alma que persigue el diablo.

Todo eso me ha llevado a reflexionar sobre el clima de enorme crispación en el que parece que estamos instalados desde hace años. Una crispación que empapa a todos los niveles de la sociedad y que lo puedes observar en un partido de fútbol con niños de 8 años, donde los que se pelean a puñetazos son los padres o una discusión de tráfico en la Feria de Sevilla, que termina con un trabajador muerto y su agresor, de 44 y con antecedentes, detenido. Son sólo un par de ejemplos cotidianos que nos podemos encontrar en cualquier momento. Y la pregunta es: ¿Esto siempre ha sido así?

Discusiones y nerviosismo ha habido toda la vida. La diferencia es que ahora parece que el nivel de tolerancia es tan bajo que, prácticamente, ha desaparecido y la respuesta también parece bastante desproporcionada.

Me recuerda al chiste en el que se encuentran dos amigos por la calle y uno le dice al otro «¿cómo estás?» y el otro le contesta. «Pues anda que tú».

Es como si viviéramos en un estado de guerra y al menor ruido sospechoso descargáramos una ráfaga de ametralladora hacia el lugar de donde viene el ruido, sin esperar a confirmar si era amigo, enemigo o mediopensionista. Y tal vez ahí radique el problema: en que, de verdad, vivimos en un estado de guerra, al menos psicológico. Tal vez, unos más que otros, seamos víctimas de un estado de frustración por la situación que vivimos como país: dificultades económicas, problemas con la vivienda, problemas para encontrar un trabajo acorde a los conocimientos, escándalos y abusos de políticos, incertidumbre, constatación de que la justicia no se aplica igual a todos, corrupción institucional, etc. Todo ello va creando una frustración a nivel social que tiene sus consecuencias. Es como una olla en la que poco a poco, va subiendo la presión. Tal vez, algunos datos oficiales ayuden a entender mejor el impacto que está teniendo en la sociedad actual.

El Informe Anual del Sistema Nacional de Salud (SNS) 2024 indica que el 35,6% de la población española presenta algún problema de salud mental.

Según el Estudio Internacional de Salud Mental de AXA (2025), el 59% de los españoles afirma sufrir estrés, mientras que un 48% declara tener algún grado de depresión.

Bajas laborales: En 2024 se alcanzó la cifra récord de 671.618 bajas laborales por problemas de salud mental, un incremento exponencial frente a las aproximadamente 284.000 registradas en 2016.

Colectivos específicos: El estrés se ha disparado especialmente entre directivos, con un 83% que afirma haberlo sufrido en 2025.

Jóvenes (Generación Z y Millennials): Son quienes más priorizan la salud mental (63%) y quienes reportan mayores índices de estrés (70% en jóvenes de 18-24 años). Los trastornos de ansiedad en menores de 25 años han crecido un 36,4% desde 2019.

Mujeres: Presentan una mayor carga de enfermedad. La prevalencia de depresión en mujeres (7,2%) duplica la tasa observada en hombres.

Mayores: Más del 40% de los mayores de 50 años y el 50% de los mayores de 80 años presentan algún diagnóstico de salud mental

 

Después de echar un vistazo a estos datos no parece un error afirmar que vivimos en uno de los peores momentos de los últimos años: la precariedad laboral, los salarios escasos, los problemas relacionados con la vivienda, la inseguridad ciudadana…son cuestiones que, ya de modo individual son preocupantes, pero que si en ocasiones, se superponen unos a otros, es muy fácil que cualquier excusa sirva para abrir la espita, y que salga la frustración en forma de violencia, ya sea verbal o física, o ambas.

Por supuesto, además de estos factores externos, están otros que demuestran la catadura moral de los individuos. A mí no se me ocurriría discutir a muerte por un asunto de tráfico, pero en esta comunidad, al parecer, hay gente con la que jamás has tenido ningún contacto más allá de un “hola” o “adiós” y que ahora mismo estarían dispuestos a hacerte desaparecer, simplemente porque no estás a favor de la presidenta perdedora. No son muchos, pero como suele ser habitual, hacen mucho más ruido.

Así es que, como corolario, está claro que hay factores que contribuyen a que vivamos bajo un estado de presión importante, pero también es cierto, que la educación y el fondo de los seres humanos son los que, en definitiva, determinan el grado de respuesta.

 

© Carlos Usín


PD. La presidenta saliente de la comunidad ha conformado un grupo de leales que, como era de esperar, dedican gran parte de su tiempo a dar por saco a la nueva presidenta, que por casualidad, es mi mujer. Me recuerdan a esos grupos políticos de la famosa película "La vida de Brien".


(Fuentes: Ministerio de Sanidad a través de sus Informes Anuales del SNS.  

Confederación Salud Mental España: Publican anualmente informes sobre el estado de los derechos humanos y la situación de la salud mental en el país.

INE (Instituto Nacional de Estadística): Proporciona datos de la Encuesta Europea de Salud en España sobre cuadros depresivos y ansiedad)