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domingo, marzo 01, 2026

IMPRESIONES DE UN VIAJERO (V).

Guimaraes.

 

Lo del GPS me parece el invento del milenio, en serio. Estamos tan acostumbrados a usarlo, incluso en el móvil, que ya nadie recuerda aquellos mapas de carreteras que se usaban antes de que la tecnología irrumpiera en nuestra vida. Y, sin embargo, fíjate tú, hay veces que echo de menos esos mapas de la Guía CAMPSA. Claro que a lo mejor tengo que explicar qué era eso de CAMPSA. Bueno, a lo que voy, que lo del GPS me parece estupendo, porque cuando te pierdes te coge de la manita y te devuelve al buen camino. Lo malo es cuando se hace un lío, no hay cobertura, cuando sus instrucciones no coinciden con la realidad, pero, sobre todo, cuando en una ciudad que no conoces, - que es justamente la razón fundamental por la que usas el GPS-, de repente te cambian el sentido de una calle o directamente te la cierran al tráfico. Y eso, exactamente eso, es lo que me pasó cuando llegué a Guimaraes: que la calle por la que debía circular, la habían cortado al tráfico porque había un accidente de dos coches que pensaron que tenían preferencia en un cruce.


En esos casos en los que el aparato se empeña en enviarte por el mal camino, deberías poder decirle que buscara una alternativa. Y sin duda, es posible, pero no mientras estás metido en un mogollón de tráfico, en una ciudad extraña y con matrícula española. Me costó un par de vueltas salir del círculo vicioso y por fin, encontré un lugar donde pude detenerme, poner los 4 intermitentes y buscar un parking lo más cerca posible del centro. Después de aparcarlo, lo cual siempre es un alivio, cogimos el paraguas por si acaso y nos dedicamos a vagar por la ciudad.

Pasear por las ciudades es como espiar los libros que tiene alguien en su biblioteca: te dice mucho de la persona o como en este caso, de la ciudad. Algo que me llamó mucho la atención fue la cantidad de ópticas que hay por todas partes. En España lo que abundan son bares y en Portugal ópticas. Otra de mis manías es la de analizar los escaparates de las zapaterías. Veo qué tipo de calzado ofrecen, el estilo y claro, los precios. En general, me pareció que en España las tiendas ofrecen más calzado de tipo deportivo, y en Portugal algo más clásico, más zapato de cuero, con buen diseño y en general, caro. Me pregunto cómo es posible que con el salario medio que hay en nuestro país vecino se puedan comprar esos zapatos que me parecieron buenos, de calidad, pero caros.

Otro de los aspectos que me llamó la atención fue los coches. La mayoría de los coches que veía eran Mercedes, BMW, Audi, Toyota, y, además, modelos ranchera, o SUV; coches grandes y parecían nuevos. Parecía que les sobrara el dinero.

Después de deambular un rato cotilleando tiendas, escaparates, bares y demás, giramos y nos encontramos con uno de los elementos más reconocidos e icónicos de Guimaraes: la iglesia de Nuestra Señora de Oliveira. En la misma plaza donde está ubicada elegimos uno de los muchos restaurantes que teníamos a nuestra disposición y entramos al interior.

En relación a los establecimientos de hostelería, otra cosa que me llamó la atención es que allí, en Portugal, ya pueden caer chuzos de punta, diluviar y no sé si nevar, pero no recogen las sillas, ni las mesas. Como mucho recogen las sombrillas y no creo que lo hagan siempre. Y algo que echamos de menos fue esa categoría tan española como es el mesón, la tasca. El típico bar en el que te tomas una cerveza y una ración de ensaladilla o un pincho de tortilla de patatas o si tienes “gusa” un bocadillo de calamares. En Portugal lo echamos de menos. Lo que nos encontramos eran cafeterías, pastelerías, en donde a veces, además de dulce vendían también salado, o restaurantes de cuchillo, tenedor y mantel. Pero por más que buscamos no vimos nada que se pareciera a un mesón. De todas formas, se come de vicio.

Teníamos tiempo de sobra para visitar lo más reseñable de la ciudad. Como siempre y un poco a sabiendas de que no era posible visitarlo todo, teníamos una larga lista de lugares: la Plaza Largo da Oliveira – que era donde estábamos -, el Castillo, el Palacio de los Duques de Braganza, el Santuario da Penha (Funicular), el Museo Alberto Sampaio, pasear por Rua de Santa María, visitar la Iglesia de Nossa Senhora da Consolaçao e Santos Passos, Largo de Toural, Largo da Misericordia.

Después de comer decidimos subir hasta el Castillo, ver el Palacio de los Duques de Braganza y por el camino nos encontramos paseando por la Rua de Santa María.

Como suele ser habitual, el Castillo estaba encaramado en lo alto de la ciudad, lo cual, si te acabas de comer una fabada o una “franceshina”, es ideal para echar los hígados. Menos mal que nos dio por una comida frugal y sana, porque en caso contrario habríamos fenecido a mitad de camino.


El paseo, a ritmo de caracol, sirvió para disfrutar de un entorno en el que era evidente que, en su momento, Guimaraes fue una ciudad esplendorosa. Todavía, hoy en día, guarda ese señorío que tienen algunos lugares, como, por ejemplo, El Escorial. Fue como un viaje en el tiempo. Era fácil imaginar a los nobles de la época, personas poderosas, ricas e influyentes, paseando con sus ricos ropajes por esas calles o circulando cómodamente instalados en sus carruajes, bellamente adornados y tirados por hermosos caballos. Las fastuosas fiestas que se ofrecían en esos bellos edificios, a cuál más lujosa y con invitados más importantes.

Los edificios que encontramos a nuestro paso hablaban con sus escudos y blasones de su pasado y del poder económico de sus propietarios, que rivalizaban, como suele ser costumbre, en disfrutar del palacete más grande, más lujoso o mejor adornado.


El pavimento, por ejemplo, no era de asfalto. Era una especie de adoquín, pero mucho más fino, más pequeño. Casi asemejaba un inmenso mosaico en el que las teselas se hubieran colocado una a una. El silencio sólo era alterado por las voces de un grupo de turistas japoneses que se bajó de un autobús.

Mientras caminábamos hasta la cima de la calle, se respiraba una atmósfera de paz y sosiego. Ni un papel en el suelo, en ninguna parte. Los parques y jardines perfectamente cuidados. Los cipreses escoltando a cada lado de la vía. Tan sólo las hojas de los árboles iban y venían a merced de la brisa que en ocasiones se levantaba.

Por fin, llegamos a la entrada del Palacio de los Duques de Braganza.

De su magnífica presencia y de su lujoso interior, da muestras el hecho de que en el pasado siglo xx, fue declarada residencia oficial del presidente de la República, en el norte de Portugal.

Tras la visita al Palacio, a continuación, pasamos a visitar el Castillo que estaba al lado.


Lamentablemente, he de decir que aparte de resultar un rompe piernas, de tanto subir y bajar, del castillo sólo quedan cuatro piedras mal puestas. Tan sólo se mantienen en pie algunos muros exteriores, pero todo el interior está totalmente derruido. En realidad, entra más bien en el terreno de ruina que de monumento.

Cansados de tanto andar de un lado al otro y de tanto subibaja, decidimos que ya era hora de emprender camino a nuestro siguiente destino. Por fortuna, ahora todo el trayecto hasta el parking era cuesta abajo.

Por el camino nos encontramos con una tienda de recuerdos, de esas que están abarrotadas de imanes para el frigorífico, y montones de objetos con el nombre de la ciudad y los símbolos que las identifican. Un tipo de negocio, por cierto, que suele estar regentado por personas de rasgos hindúes o pakistaníes en la mayoría de los comercios. Siendo fieles a nuestra costumbre y después de escudriñar la amplia oferta a nuestra disposición, elegimos uno y nos marchamos, dando por finalizada nuestra intensa visita a Guimaraes.

 

© Carlos Usín