Guimaraes.
En esos casos en los que el aparato se empeña en enviarte por el mal camino, deberías poder decirle que buscara una alternativa. Y sin duda, es posible, pero no mientras estás metido en un mogollón de tráfico, en una ciudad extraña y con matrícula española. Me costó un par de vueltas salir del círculo vicioso y por fin, encontré un lugar donde pude detenerme, poner los 4 intermitentes y buscar un parking lo más cerca posible del centro. Después de aparcarlo, lo cual siempre es un alivio, cogimos el paraguas por si acaso y nos dedicamos a vagar por la ciudad.
Pasear por las ciudades es como espiar
los libros que tiene alguien en su biblioteca: te dice mucho de la persona o
como en este caso, de la ciudad. Algo que me llamó mucho la atención fue la
cantidad de ópticas que hay por todas partes. En España lo que abundan son
bares y en Portugal ópticas. Otra de mis manías es la de analizar los
escaparates de las zapaterías. Veo qué tipo de calzado ofrecen, el estilo y
claro, los precios. En general, me pareció que en España las tiendas ofrecen
más calzado de tipo deportivo, y en Portugal algo más clásico, más zapato de
cuero, con buen diseño y en general, caro. Me pregunto cómo es posible que con
el salario medio que hay en nuestro país vecino se puedan comprar esos zapatos
que me parecieron buenos, de calidad, pero caros.
Otro de los aspectos que me llamó
la atención fue los coches. La mayoría de los coches que veía eran Mercedes,
BMW, Audi, Toyota, y, además, modelos ranchera, o SUV; coches grandes y
parecían nuevos. Parecía que les sobrara el dinero.
Después de deambular un rato
cotilleando tiendas, escaparates, bares y demás, giramos y nos encontramos con
uno de los elementos más reconocidos e icónicos de Guimaraes: la iglesia de
Nuestra Señora de Oliveira. En la misma plaza donde está ubicada elegimos uno
de los muchos restaurantes que teníamos a nuestra disposición y entramos al
interior.
En relación a los
establecimientos de hostelería, otra cosa que me llamó la atención es que allí,
en Portugal, ya pueden caer chuzos de punta, diluviar y no sé si nevar, pero no
recogen las sillas, ni las mesas. Como mucho recogen las sombrillas y no creo
que lo hagan siempre. Y algo que echamos de menos fue esa categoría tan
española como es el mesón, la tasca. El típico bar en el que te tomas una
cerveza y una ración de ensaladilla o un pincho de tortilla de patatas o si
tienes “gusa” un bocadillo de calamares. En Portugal lo echamos de menos. Lo
que nos encontramos eran cafeterías, pastelerías, en donde a veces, además de
dulce vendían también salado, o restaurantes de cuchillo, tenedor y mantel.
Pero por más que buscamos no vimos nada que se pareciera a un mesón. De todas
formas, se come de vicio.
Teníamos tiempo de sobra para
visitar lo más reseñable de la ciudad. Como siempre y un poco a sabiendas de
que no era posible visitarlo todo, teníamos una larga lista de lugares: la Plaza Largo da Oliveira – que
era donde estábamos -, el Castillo, el Palacio de los Duques de Braganza, el Santuario
da Penha (Funicular), el Museo Alberto Sampaio, pasear por Rua de Santa María,
visitar la Iglesia de Nossa Senhora da Consolaçao e Santos Passos, Largo de
Toural, Largo da Misericordia.
Después de comer decidimos subir hasta el Castillo,
ver el Palacio de los Duques de Braganza y por el camino nos encontramos
paseando por la Rua de Santa María.
Como suele ser habitual, el Castillo estaba encaramado
en lo alto de la ciudad, lo cual, si te acabas de comer una fabada o una
“franceshina”, es ideal para echar los hígados. Menos mal que nos dio por una
comida frugal y sana, porque en caso contrario habríamos fenecido a mitad de
camino.
El paseo, a
ritmo de caracol, sirvió para disfrutar de un entorno en el que era evidente
que, en su momento, Guimaraes fue una ciudad esplendorosa. Todavía, hoy en día,
guarda ese señorío que tienen algunos lugares, como, por ejemplo, El Escorial. Fue
como un viaje en el tiempo. Era fácil imaginar a los nobles de la época,
personas poderosas, ricas e influyentes, paseando con sus ricos ropajes por
esas calles o circulando cómodamente instalados en sus carruajes, bellamente
adornados y tirados por hermosos caballos. Las fastuosas fiestas que se
ofrecían en esos bellos edificios, a cuál más lujosa y con invitados más
importantes.
El pavimento, por ejemplo, no era de asfalto. Era una especie de adoquín, pero mucho más fino, más pequeño. Casi asemejaba un inmenso mosaico en el que las teselas se hubieran colocado una a una. El silencio sólo era alterado por las voces de un grupo de turistas japoneses que se bajó de un autobús.
Mientras caminábamos hasta la cima de la calle, se
respiraba una atmósfera de paz y sosiego. Ni un papel en el suelo, en ninguna
parte. Los parques y jardines perfectamente cuidados. Los cipreses escoltando a
cada lado de la vía. Tan sólo las hojas de los árboles iban y venían a merced
de la brisa que en ocasiones se levantaba.
Por fin, llegamos a la entrada del Palacio de los Duques de Braganza.
Tras la visita al Palacio, a continuación, pasamos a
visitar el Castillo que estaba al lado.
Lamentablemente, he de decir que aparte de resultar un rompe piernas, de tanto subir y bajar, del castillo sólo quedan cuatro piedras mal puestas. Tan sólo se mantienen en pie algunos muros exteriores, pero todo el interior está totalmente derruido. En realidad, entra más bien en el terreno de ruina que de monumento.
Cansados de tanto andar de un lado al otro y de tanto
subibaja, decidimos que ya era hora de emprender camino a nuestro siguiente
destino. Por fortuna, ahora todo el trayecto hasta el parking era cuesta abajo.
Por el camino nos encontramos con una tienda de
recuerdos, de esas que están abarrotadas de imanes para el frigorífico, y
montones de objetos con el nombre de la ciudad y los símbolos que las
identifican. Un tipo de negocio, por cierto, que suele estar regentado por
personas de rasgos hindúes o pakistaníes en la mayoría de los comercios. Siendo
fieles a nuestra costumbre y después de escudriñar la amplia oferta a nuestra
disposición, elegimos uno y nos marchamos, dando por finalizada nuestra intensa
visita a Guimaraes.
© Carlos Usín