jueves, diciembre 26, 2024

Galicia – Capítulo 4 - Cambados.

Si aborreces las multitudes y las muchedumbres te dan alergia, el estar jubilado – entre otras ventajas – te aporta la gran ventaja de poder viajar cuando te venga en gana. De esta forma no sólo te conviertes en el dueño de tu tiempo y de tu libertad, sino que, además, es posible que, por viajar fuera de temporada, obtengas algunos beneficios extra a la hora de pagar. Así es que, no sólo pagas menos, sino que tampoco sufres aglomeraciones.

De nuestro apacible paseo por Combarro, en el que disfrutamos tanto del excelente tiempo como de la belleza del lugar, nos dirigimos a nuestro siguiente destino: Cambados, considerada la capital del vino de Albariño.

El Parador Nacional de Cambados se encuentra en medio de la localidad, lo cual ofrece la gran ventaja de poder aparcar el coche en su interior para, a continuación, andar arriba y abajo de su paseo marítimo o por sus estrechas callejuelas donde los bares, tabernas, restaurantes y demás, se suceden sin solución de continuidad, ofreciendo diversas especialidades gastronómicas. Aquí, tapas, allá mariscos y pescados, y acullá, menús.

En un principio nos temíamos que al estar tan céntrico tal vez nos pudiera afectar el ruido del entorno, pero, para empezar, la habitación – cómoda y espaciosa - daba a la parte posterior del edificio, justo con vistas a la piscina. Tal vez en otra época más bulliciosa, las condiciones sean distintas, pero en esta ocasión, no.

En Recepción nos dieron unas indicaciones generales, pero suficientes: a la derecha, para comer. A la izquierda, para comprar. Nos fuimos a la derecha.

Enseguida nos vimos caminando por unas intrincadas y silenciosas callejuelas, la mayor parte de ellas peatonales, repletas de bares, tascas, mesones, tabernas y restaurantes para todo tipo de momentos y de bolsillos. Algunos de esos locales permanecían cerrados, lo que parecía indicar que serían sólo de temporada, aprovechando las mareas humanas que seguro se producen en los meses de verano. Con todo ello no nos quedaban muchas más alternativas y elegimos una para calmar nuestro apetito.

Llegados a este punto he de decir que si bien parece que son otras Comunidades las que tienen la fama en eso de hacer el aperitivo, en Galicia no les van a la zaga. La diferencia, tal vez, estriba en que, mientras en otros lugares después del aperitivo la comida es algo más frugal, en Galicia, cuando dicen que es tiempo de comer no hacen prisioneros.

Al día siguiente, después de un desayuno opíparo y antes de partir en dirección a nuestro próximo destino, decidimos conocer un poco más de Cambados. Para ello regresamos al núcleo de la población y continuamos un poco más allá. Pronto llegamos a una calle principal, ancha, con diversos locales comerciales y por la que podían circular los vehículos, aunque la calzada era de piedra.

Al llegar a una amplia plaza supimos que estábamos en la Plaza de Fefiñáns, y que el enorme edificio que domina todo el entorno es el famoso Pazo del mismo nombre. A un lado de la enorme plaza, se encuentra la iglesia de San Benito. 



Lamentablemente nos habría gustado visitarla por dentro, pero estaba cerrada.






Estar en Cambados y no salir de allí con una o dos botellas de Albariño, además de una solemne estupidez, debería estar castigado por la vía penal. Por fortuna, en la distancia atisbamos justo en la esquina de la avenida principal, una tienda especializada en productos típicos de la región. Como no era posible catar el vino, tuvimos que solicitar la ayuda de un experto y el camarero que atendía el bar adyacente nos señaló a un señor mayor que, en un rincón de dimensiones ridículas, amontonaba botellas con diferentes tipos de vinos.

Le pedimos ayuda a la hora de llevarnos un buen Albariño y le preguntamos si ese que aparecía a nuestro lado, con la etiqueta de ser el ganador del concurso del 2024, realmente hacía honor a su fama. La cosa empezó a complicarse cuando le preguntamos si había tanta diferencia entre el primero y el segundo clasificado, y ahí, ahí fue cuando salió el gallego que todo gallego lleva dentro y ante la duda metafísica, nos llevamos las dos. Total 31€. Las botellas han hecho un largo recorrido por Galicia, Castilla León y Extremadura, en el maletero del coche, hasta llegar al trastero de casa donde reposan ahora. Las tenemos reservadas para estas fiestas, junto con una botella de champán francés que nos regalaron unos amigos franceses al regresar a Benalmádena.

Antes de abandonar el lugar, tuvimos tiempo de intercambiar algunas palabras con el anciano. Resulta que el hombre, cuando tuvo que hacer la mili, le destinaron a Madrid, al Ministerio de Marina. Pensándolo bien, hay que tener mucha mala leche para enviar a alguien al ministerio de Marina a Madrid, siendo como eres gallego y, además, vivir al lado de la costa, porque si fueras de las montañas de Lugo, todavía tendría un pase, pero esto parecía más la venganza de algún gerifalte que quería alejar al joven de la moza por la que estaba interesado el hijo del almirante. No sé, digo yo.

También nos dijo que vivir en Cambados era un privilegio. Que la máxima concentración de personas que era capaz de aceptar era Pontevedra, que tenía un tamaño asumible, pero que los de Vigo, están locos. Que no se acercaría ni de visita.

Así es que, con el botín a buen recaudo y habiendo conquistado los últimos objetivos vinícolas, nos dispusimos a enfilar a nuestro siguiente destino.

jueves, diciembre 19, 2024

Galicia – Capítulo 3 – Combarro

Algunos van a Galicia con el único afán de imitar a Pantagruel, y así, intentar atiborrarse hasta perder el conocimiento. Otros, simplemente acuden para no pasar calor. Yo creo que, a Galicia hay que ir con los cinco sentidos abiertos a toda clase de experiencias.

Para disfrutar Galicia es necesario llevar los ojos bien abiertos para descubrir esos paisajes que nos sorprenden mientras circulamos lentamente por sus sinuosos caminos, observando – por ejemplo - cómo los viñedos se extienden a un lado y otro de la carretera, confundiendo las lindes de unas parcelas con otras; o cómo allá, en lo alto de la colina, pastan mansamente unos caballos salvajes que, tal vez en breve, serán rapados por los “aloitadores “. O cómo, tras un recodo del camino, el horizonte se llena de mar.

Si decides hacer un alto en tu peregrinar y te apartas un poco del ajetreo, podrás escuchar el viento, sentado en una roca, en lo alto de una loma. No tendrás más compañía que alguna gaviota ruidosa y ese viento a tu alrededor. Un poco más allá, casi al alcance de tu mano, te espera un mar, a veces embravecido, y al que siempre debes mostrarle respeto. Y aunque esté ahí, cercano, inmenso y en movimiento, resulta casi mágico que no escuches las olas muriendo en la orilla.

Al reanudar el camino, prestas atención a las viviendas. Su ubicación, envidiable por sus vistas en muchos casos. Los materiales utilizados para su construcción, generalmente piedra y madera, que reflejan el nivel socio económico de sus propietarios. Y cómo no, encontrarse con su arquitectura tradicional. En este sentido, Combarro pasa por ser uno de los pueblos más bellos y en los que más hórreos hay. Y ese fue el motivo principal por el que fuéramos a visitarlo.

Y así, flanqueados por un mar de viñedos emparrados a un lado y por las rías de Vigo y de Pontevedra al otro, llegamos a Combarro.

Combarro nos recibió como si estuviera desperezándose. Parece que llegamos demasiado temprano a pesar de que ya era mediodía. Pronto nos dimos cuenta que, el concepto de prisas, o el de estrés, eran totalmente desconocidos. Era como si el tiempo se hubiera detenido y a nadie le importara volver a poner en marcha el reloj.

Transitamos por su vía principal y casi en un suspiro, sin darnos cuenta, llegamos al final. Tuvimos que dar la vuelta. Buscábamos un lugar donde aparcar el coche y deambular por sus callejuelas, en busca de sus tan afamados hórreos.

El parking, al aire libre, estaba a las puertas de lo que parecía un modesto centro comercial, apenas ocupado por un par de cafeterías restaurantes, y tan vacío como el propio parking.

Cruzamos la calle y nos dirigimos a un bar a tomar un café. En la terraza había sólo un par de personas y con nosotros, éramos cuatro. El día era soleado, el viento estaba en calma, pero la temperatura era fresca. Todo a nuestro alrededor era paz y quietud. Invitaba a sacar el equipaje del coche y buscar un alojamiento para vivir todo el año.



Cuando terminamos el café volvimos a cruzar la calle – que apenas llevaba tráfico – y nos encaminamos a lo que parecía la plaza principal, también desierta. Allí, mientras disfrutábamos de la tranquilidad, paseando sin prisas, nos encontramos con un lugareño al que preguntamos por dónde podríamos ir para visitar los hórreos. Nos indicó que, justo al final de esa plaza, había un cartel – poco a la vista, dicho sea de paso – en el que indicaba con una flecha el camino. Y hacia allí nos dirigimos.



Al adentrarnos por las callejuelas del casco histórico, tuvimos la sensación de estar viajando por un túnel en el tiempo. Todo lo que había a nuestro alrededor era piedra. El suelo, las paredes de las viviendas a nuestra izquierda y los hórreos a nuestra derecha. Todo era piedra. Era tan angosto, que, si te cruzabas con algún ser humano, - algo que no nos sucedió -debías permitir que continuara su camino dejándole sitio y apartándote a un lado.

A nuestra derecha, entre los numerosos hórreos y terrazas de restaurantes, se adivinaba la ría, en absoluta calma como si quisiera colaborar en el mantenimiento de esa quietud que parecía envolver, como por embrujo, a la localidad entera.





A la izquierda, algunas tiendas donde vendían recuerdos. Una de esas propietarias, nos invitó a entrar y subir al piso superior a disfrutar de las vistas. Una forma novedosa de mostrar al público sus creaciones artesanales colgadas aquí y allá en las paredes. Arriba, en la terraza, las vistas, efectivamente, merecían la pena.

Al reanudar la marcha comprobamos el esmero que los lugareños ponen a la hora de ornamentar sus calles, y hasta las escaleras que conducen a las viviendas superiores, convirtiendo todos sus rincones en algo hermoso para la vista, el olfato y el espíritu.





Era fácil imaginar que ese paseo tranquilo, sin más compañía que nuestra propia sombra, sería muy distinto en plena vorágine vacacional. Ríos de turistas inundando las tiendas de souvenirs y los restaurantes en primera línea de ría, convertirían a ese apacible lugar en algo totalmente distinto. Una muchedumbre escandalosa circulando arriba y abajo, a paso de procesión.

sábado, diciembre 14, 2024

Galicia – Capítulo 2 – Baiona

Si nuestra salida de Penalva do Castelo tuvo algo de extraño, por lo del GPS, nuestro transitar por las autovías portuguesas no le fue a la zaga. Pensando en ello me pregunto si, las famosas meigas gallegas, no habrían comenzado ya a hacer de las suyas, incluso en territorio extranjero, lo cual, podría ser tachado de invasión. Tenebrosa, sí, pero invasión, al fin y al cabo.

Camino a Baiona nos encontramos con algún peaje, que abonamos sin problemas. Pero, repentinamente nos encontramos con uno inesperado. Al llegar a la ventanilla del operario – en este caso operaria – nos sorprendió pidiendo un ticket.

    - ¿Un ticket? – pregunté yo sorprendido-. No tenemos ningún ticket.

Lo más sorprendente es que nos parecía inconcebible que se nos hubiera pasado por alto un control de autopistas. Eso no es como saltarse una ceda el paso. Pero el caso es que allí estábamos, frente a la diligente trabajadora de la operadora de la autopista, quien a la velocidad de Billy El Niño, y dado que ya tenía en su poder mi tarjeta, se aprovechó de su ventaja y en menos que canta un gallo me había metido un puyazo de 40€ en todo lo alto.

Cuando vi reflejado en la pantalla el importe me quedé muy sorprendido, pero estaba claro que ese no era ni el momento ni el lugar para intentar aclarar qué demonios estaba pasando. No con una simple trabajadora cuyo empleo, tal vez, lo termine haciendo un robot con IA, y además con la barrera del idioma, porque, estaba claro, que la amable señora no tenía perfil como para hablar otra lengua que no fuera la de Cristiano Ronaldo. Así es que abonamos el penalti y desde luego que nos quedamos con el ticket.

Sin embargo, la reacción de mi mujer fue muy diferente. Los 40€ en su caso, se transformaron en 40 latigazos y al igual que Máximo Décimo Meridio, General de los ejércitos romanos del norte, juró alcanzar la venganza en esta vida o en la otra.

Estuvo investigando y llegamos a la conclusión de que esos 40€ correspondían a haber utilizado la autopista desde el sur de Portugal hasta arriba de todo, lo cual, evidentemente no era cierto. Pero como en ese momento no podíamos hacer más, dejamos correr el tiempo y ya haríamos algo cuando volviéramos a casa.

Claro que eso no fue nada en comparación con el atraco perpetuo de las autopistas una vez que ya entramos en territorio patrio. Fue pisar Galicia y se desató una furia recaudadora casi en cada recodo. Cada pocos kilómetros nos mandaban a otro desvío, de otra AP, como si se tratara del del célebre villancico “pago y pago y vuelvo a pagar”.

Casi no merecía la pena guardar la cartera. Hasta me planteé conducir con una mano, mientras con la izquierda, fuera de la ventanilla, mantenía en el aire la tarjeta, con el único fin de no perder demasiado tiempo en parar y arrancar. Pero lo cierto es, que corría el riesgo de que además de los peajes, tuviera que pagar alguna multa fruto de ser pillado in fraganti por alguna de los cien millones de cámaras que – por nuestro bien – han instalado en las vías de circulación. Por otra parte, el tiempo tampoco aconsejaba conducir con la ventanilla abierta. Era desapacible, ventoso y con lluvia intermitente. Y así nos recibió Baiona: con un vendaval, algo fresco y algo de lluvia.

El Parador Nacional de Baiona situado en lo alto de la península de Monterreal, ofrece una majestuosa imagen, a caballo entre un castillo-fortaleza del medievo y un súper Pazo gallego. El mero hecho de adentrarse en sus murallas y llegar hasta la entrada principal, impresiona.

Como en una película de Poirot, al llegar al pie de la escalera de la puerta principal, se acercó un joven que, además de ayudarnos con el equipaje, se ofreció gentilmente a aparcar el coche en un lugar apropiado. Lo que desentona de una escena así es que, en vez de un Mercedes, un Audi A8 o un Rolls, el coche es un Seat y de él no descendieron unos Condes, ni unos banqueros.

Mientras nos inscribimos salió a colación el tema de los peajes y entonces, la gente de Recepción nos comentó que para ellos representaba un quebradero de bolsillo, más que de cabeza, porque se veían obligados a circular por esas autovías a diario. La alternativa era intentar hacerlo por la carretera que va serpenteando por la costa, con lo cual, el tiempo del trayecto se multiplicaba por dos o por tres.

De poco nos sirvió el consuelo de saber que a los lugareños les sableaban cada día para ir y volver del trabajo.

Si el aspecto exterior del Parador es impresionante, no lo es menos el caminar por el interior de sus galerías. Amplios salones, de aspecto regio, apacible y luminosos, rodean un patio central acristalado presidido por una fuente. Tras un largo deambular con el equipaje rodando por mullidas alfombras que mitigan el ruido de las ruedas de las maletas, conseguimos llegar a la habitación. En esta ocasión y en contra de la experiencia paranormal vivida en Portugal, donde nos perdimos dos veces por falta de señalización, aquí, siendo la distancia mucho mayor, nunca tuvimos ningún problema en encontrar la salida, lo cual fue un alivio para mi ego. Aquí sí había indicaciones.





La habitación, sin embargo, no parecía estar a la altura de lo esperado. Era menos espaciosa que la del Parador de Portugal.

El cuarto de baño – muy amplio - era bastante peculiar porque tenía una bañera, normal y corriente, y, además, un plato de ducha aparte. Había un radiador a modo de calefacción para caldearlo, pero estaba más frío que un muerto, con lo cual, la sensación era algo desagradable.

El colchón de la cama era de los tiempos de Mari Castaña y dependiendo del lado de la cama en el que estuvieras, o te clavabas los muelles o no.

A partir de ahí, hay ciertos aspectos en los que sólo una mujer puede prestar atención. Por ejemplo, las pantallas de las lámparas individuales que había justo encima de la cama, estaban amarillas y eso era una señal inequívoca de falta de mantenimiento, de cuidado. Y de que tenían tantos años como el colchón. Otro aspecto que a un tío normal y corriente se le escapa, es que uno de los dos cuadros que adornaban la pared del cabecero, tenía el cristal roto y nadie se había tomado la molestia de volver a colocar uno nuevo.

Minucias aparte, dado que era la hora de comer y que anochecería en unas pocas horas, decidimos estirar las piernas y darnos un paseo hasta el centro del pueblo. El hecho de que el cielo amenazara con descargar su ira en forma de agua, que el frío viento nos obligara a abrigarnos y que el paraguas, - aunque lo abrimos en muy contadas ocasiones – no sirviera de mucho, no nos amilanó.

Después de callejear un poco por el paseo marítimo y sus alrededores, decidimos entrar en un bar donde ofrecían un menú a un precio razonable. La mayoría de los demás establecimientos que vimos en nuestro caminar, o estaban cerrados, o no daban menús, o su especialidad eran las tapas.

Al terminar nuestro almuerzo, decidimos aprovechar y visitar la muralla de la fortaleza del Parador. Las vistas eran espectaculares y el tiempo mostraba un mar levemente embravecido chocando contra las rocas de los acantilados.





Cuando dimos por terminado el paseo, decidimos descansar un rato en la habitación. Fue entonces cuando comenzamos a escuchar toda clase de ruidos de alguna de las habitaciones contiguas a la nuestra. En concreto había una en la que el cliente debía estar desprendiéndose de un kilo de cocaína, en bolsitas de a gramos, porque no hacía más que tirar de la cadena del retrete. Lo malo es que, por la noche, el sujeto continuó con la labor, hasta que, o bien dejó sin agua potable a Baiona, o bien, terminó de tirar la droga.

Una vez que recuperamos algo de fuerzas, fuimos a la cafetería a disfrutar de la copa de bienvenida. Confieso que en este viaje he bebido más Albariño que en todos los años de mi vida anteriores. ¡Alguien debía hacerlo!

Era un lugar agradable, espacioso, cómodo y atendido por un camarero atento. A través de las vidrieras, se adivinaba entre las sombras, un gran jardín, que en verano debía proporcionar unas vistas envidiables y un agradable frescor al viajero. También se veían a lo lejos las luces del pueblo.

Al acostarnos por la noche, el individuo de la cisterna del baño nos siguió atormentando, haciéndonos temer que en algún momento reventaran las paredes y nos inundara con vaya usted a saber qué.

El desayuno a la mañana siguiente sí que estuvo a la altura. Era variado, copioso y atendido por un pequeño ejército de camareras que siempre estuvieron atentas y cumplieron con su cometido a la perfección.

Nuestro siguiente destino era el Parador Nacional de Cambados. La distancia entre Baiona y Cambados es de apenas una hora, así es que, antes de partir, aprovechamos la notable mejoría del tiempo para hacer unas pocas fotos, a modo de despedida. 




Después, nos dirigimos a una localidad que nos pillaba de camino: Combarro.

domingo, diciembre 08, 2024

Galicia – capítulo 1

Recientemente, hemos hecho un viaje recorriendo algunos puntos de Galicia.

Por un lado, mi mujer no había estado por allí nunca, salvo una breve visita a Monforte de Lemos siendo niña. Por otro, tengo una vinculación especial con esa región. De muy niño solía pasar los dos meses de verano en un pueblito de la “mariña” lucense, Foz, y de esa corta época, guardo recuerdos imborrables. Lo de que tengo primas que viven por allí es secundario, porque como suele suceder a veces, son parte de esa familia a la que no has visto casi nunca. Y en esta ocasión, tampoco.

Como ya tenemos una cierta edad, en la programación del viaje y los alojamientos, descartamos el uso de mochilas, campings, albergues y demás. Nos regimos, pues, por estrictos motivos de salud y comodidad. Por ello, decidimos peregrinar modestamente de Parador Nacional en Parador Nacional, comenzando por el de Baiona.

Vivir en la costa del Sol tiene bastantes ventajas, excepto cuando te planteas viajar en coche justo al otro lado del país. Entonces empiezas a darte cuenta de la cantidad de kilómetros que vas a tener que hacer. Además, en las fechas que teníamos previstas, las previsiones del tiempo auguraban lluvia todos y cada uno de los días que íbamos a estar, a pesar de lo cual, no nos amilanó en absoluto y lo afrontamos con un espíritu positivo y gallardo.

Nuestro primer objetivo, como ya he dicho, era el Parador de Baiona, o lo que es lo mismo, más de mil kilómetros y unas diez horas de conducción ininterrumpida desde casa, lo cual, de facto se convertiría en unas doce o así. A mí me gusta conducir, pero nunca he apostado por heroicidades al volante y jamás he tenido la tentación de participar en las 24 horas de Lemans. Así es que, se hacía necesario que, antes de completar la primera etapa, debíamos encontrar un punto a mitad de camino. La sorpresa fue que en Portugal hay un alojamiento perteneciente a la red de Paradores Nacionales. Se trata de “Casa de Insua”, situado en la localidad de Penalva do Castelo, a la módica distancia de 767 kms y unas ocho o nueve horas conduciendo, incluyendo las paradas técnicas.

A medida que ascendíamos hasta Ciudad Rodrigo el cielo se fue oscureciendo, aunque la lluvia nos dio la bienvenida al traspasar la frontera con Portugal y -con mayor o menor insistencia- ya no nos abandonó hasta que llegamos a nuestro destino.

A pesar de que no era demasiado tarde, como en nuestro país vecino llevan la hora de Canarias, llegamos de noche cerrada y lloviendo. Y entonces sucedió algo muy curioso. Estábamos en un patio central rodeado de edificios y con una fuente en el medio. Pero entre la lluvia, la oscuridad y las escasas indicaciones, no alcanzaba a adivinar por dónde estaba la entrada a Recepción.


Después de sacar las maletas y mientras conseguíamos averiguar dónde estaba la entrada, nos cobijamos de la lluvia bajo un arco de uno de los edificios. Desde allí, justo enfrente, podíamos ver una entrada a otro edificio, pero el hecho de que hubiera una escalera nos inducía a pensar que ese no era el camino más natural para llegar hasta Recepción. No parecía lógico tener que acarrear con el equipaje mientras subías unas escaleras.

Aquello estaba oscuro, lloviznaba y no se veía un alma. Así es que no me quedó más alternativa que llamar por teléfono al establecimiento para pedir socorro. Imagino que el recepcionista se sorprendió al recibir mi llamada preguntando dónde estaba la entrada. Pues la entrada estaba justo donde parecía que no era lógico que estuviera: subiendo las escaleras. Así es que cruzamos casi a tientas hasta el otro edificio donde un diligente recepcionista había descendido desde su despacho hasta la puerta de entrada a recibirnos y ayudarnos con el equipaje.

Después de inscribirnos nos acompañó por un laberíntico recorrido hasta nuestra habitación. Tras tomar posesión de ella, nos arriesgamos a salir en busca de la cafetería-restaurante. Necesitábamos relajarnos y la copa de bienvenida que te ofrecen en todos los Paradores parecía lo ideal.

La encontramos sin necesidad de volver a llamar al joven de Recepción y nos sentamos a la espera de que apareciera algún camarero. Estábamos solos. Cuando apareció el camarero le pedimos un par de copas de vino del que ellos mismos producen. En el entorno del Parador, también tienen producción propia de quesos, miel de distintas clases, cerámica y diversos productos típicos de la zona. Al cabo de un rato, apareció otra pareja, también españoles. Éramos los únicos hospedados en el hotel, así es que tanto el recepcionista como el camarero, podíamos decir que estaban a nuestro servicio exclusivo. Esto lo pudimos confirmar al día siguiente durante el desayuno. Un espléndido bufet, en un amplio y luminoso comedor donde sólo estábamos nosotros y el camarero de la noche anterior.

Tras el desayuno nuestra intención era visitar las dependencias adyacentes para ver si nos llevábamos de recuerdo algún queso, algún tarro de miel o alguna botella de vino. 


Lamentablemente, la lluvia nos empujó a tomar la decisión de continuar nuestro camino en dirección a Baiona.

Aún a riesgo de parecer un discapacitado mental, he de confesar que, al salir de la habitación en busca de la salida, me perdí. La total ausencia de indicaciones que orienten a los huéspedes junto con una distribución algo tortuosa, fueron las razones. Todo fue una confabulación en mi contra. 


Emulando el comportamiento de Windows: en caso de problemas, reinicia. Regresé al punto de inicio, o sea, mi habitación, y como un ratón en busca de la salida del laberinto, o del trozo de queso, fui recordando por dónde había pasado la primera vez para no caer de nuevo en el mismo sitio.

Por puro orgullo personal, me negué a volver a llamar otra vez al recepcionista para solicitar su ayuda y que nos condujera a la salida. Fue justo antes de decidir usar el ascensor cuando descubrimos una puerta semiabierta y nos avalanzamos en busca de aventuras. Y allí estaba: el recepcionista de la noche anterior, cómodamente instalado tras su mesa de despacho. Tan solo nos quedaba intentar bajar las malditas escaleras, con las maletas a cuesta y no dejarnos los dientes – o algo peor - en el empeño. Conseguimos llegar sin novedad hasta el coche.

Después de colocar el equipaje en el maletero, le indicamos al GPS que nos sacara de aquel precioso lugar y nos condujera hasta Baiona. Pero algo iba mal. El móvil no conseguía acceder a internet. Algo que no tenía sentido, porque nos había llevado hasta allí. Lo intentamos una y otra vez durante algunos minutos. Finalmente, tuvimos que acudir a los ajustes del teléfono y modificar un parámetro. Parámetro que nadie había tocado.

Estábamos de nuevo en ruta camino de Baiona.

miércoles, noviembre 13, 2024

Morimos solos.

Ayer era el cumpleaños de mi amigo José. Sus amigos nunca le hemos llamado por el nombre. Ni Jose, ni Pepe, ni nada de eso. Le hemos llamado siempre por el apellido, pero además haciendo juego de palabras. El caso es que me apetecía felicitarlo. Y entonces, me di cuenta de que aparte de Facebook no tenía otra forma de contactar con él. Como tantas veces nos pasa en la vida, durante una larga etapa tenemos una relación constante con personas que, con el tiempo, se va reduciendo como dice la canción:” la vida separa dulcemente, sin hacer ruido”. Y eso es exactamente lo que nos ha pasado a mi amigo José y a mí: que la vida, las circunstancias, las vicisitudes, nos han ido separando sin que nosotros hayamos hecho nada por quererlo.

Repasando mi agenda tenía el email de la empresa, pero ya hace algunos años que está felizmente jubilado y desde luego, en Facebook hace mucho que no publica nada.

Entonces me acordé de un amigo común y, como él, compañero de trabajo durante años. Y le escribí. Y lo que me respondió, me dejó “triste, fané y descangasao” que diría un argentino, o al menos, así lo decía el tango.

Mi amigo Ángel, con el que además de ser compañeros de trabajo, compartíamos los tres el jugar en el equipo de fútbol sala, me dijo que José andaba un poco mal. Que había tenido un ictus y que tenía el lado izquierdo afectado, de tal forma que debía ayudarse de un andador. Que estaba en una residencia en El Escorial, pero que, al menos, la cabeza le seguía funcionando sin problemas.

Y entonces me vinieron miles de recuerdos en los que estaba José. Él también jugaba en el equipo de fútbol sala, pero el whisky, los años y “la mala vida” le retiraron antes que a Ángel y a mí.

A José le conocí en mi estreno en el mundo laboral, mi primer día de trabajo. Fue un 1 de agosto del siglo pasado, en 1978. Nuestra oficina estaba situada en la calle Orense de Madrid, en un sótano sin ventanas. Ideal. La razón de tan atractiva ubicación era que justo al lado estaba el ordenador central de Telefónica, con el que debíamos trabajar. Nuestra empresa, una subsidiaria de Telefónica, realizaba servicios de consultoría a diversos clientes, pero hasta tiempo después, no adquirió un ordenador propio.

Y ahí estaba José, enseñando a un puto becario como yo, que tenía algunas ideas vagas acerca de lo que era el apasionante mundo de la informática de esa época. Íbamos y veníamos al ordenador de Telefónica con nuestras cajas repletas de tarjetas perforadas. Para entrar en el santa sanctórum había que solicitar un permiso especial que se llamaba “presencia física”, lo que nos autorizaba a estar allí, pero ojito con según qué cosas tocar. Y lo que son las cosas. ¡Qué atrevida es la ignorancia! Un día, a este maldito becario, aprovechando que a los mandos del ordenador central de Telefónica no había nadie, se me ocurrió teclear un comando en la consola maestra a ver qué pasaba. ¡Con dos cojones! Y pasó, claro que sí. Pasó que el ordenador central de Telefónica comenzó a pararse a cámara lenta como si se estuviera muriendo por asfixia. Cuando descubrieron lo que estaba pasando el único que estaba cerca de la víctima era yo, pero como no había pruebas definitivas, se contentaron con lanzarme miradas furibundas y poco menos que prohibir mi “presencia física” allí.

Nuestra especial y particular forma de trabajo con un ordenador prestado, nos obligaba a tener que trabajar a las horas que nos dejaban libres y de ahí la cantidad importante de horas extras que teníamos que hacer. A lo mejor nos pasábamos toda la mañana de cháchara en la oficina y nuestro trabajo empezaba a las 5 o las 6 de la tarde y se prolongaba hasta la madrugada.

Con un régimen de vida laboral así, al final, compartes la mayor parte de tu vida con tus compañeros. Y así nos pasó a José y a mí. Si además del tiempo laboral, también compartíamos jugar en el equipo de fútbol, pues nuestra relación se puede considerar que era intensa.

Por eso, un día de un fin de semana, me llamó a casa. Él junto a dos íntimos amigos, que conformaban un “trío calavera”, habían quedado con unas chicas para tomar unas copas y pasar el rato. El caso es que eran tres chicos y cuatro chicas. Y por eso me llamó. Yo no estaba, pero al regresar a casa me dieron el recado y le llamé. Habían quedado para el día siguiente con ese grupo de chicas y me invitaba a ser el cuarto. Y quedamos. Y nos vimos más veces. Y hasta nos fuimos los 8 a pasar unos días de vacaciones en Semana Santa a La Manga del Mar Menor, a un chalet que nos dejaron prestado unos conocidos de alguien. Y así fue como conocí a la que fue mi esposa. Y José, claro, fue uno de los invitados a la boda.

Pasaron los años. Yo me fui de la empresa, él continuó. Incluso, a pesar de no ser de la misma empresa, yo seguía jugando con él al fútbol. La frecuencia con la que nos veíamos iba disminuyendo. Cada vez pasaba más tiempo entre una y otra cita. Alguna cena de antiguos compañeros, alguna comida.

Por toda esta historia, - y muchos más detalles que me ahorro-, cuando ayer nuestro común amigo Ángel me puso al día del estado de salud de José, me afectó. Me afectó imaginar verlo con un andador a quien corría tras un balón de fútbol no hace tanto tiempo. Me afectó saber que vivía en una residencia, solo, y que probablemente reciba pocas visitas o ninguna. Me afectó imaginar que, si las cosas no cambian, mi amigo José terminará como otro de mis amigos, que murió solo y tras sufrir seis ictus, en una casa en Jerez de la Frontera, que no era ninguna de las muchas que él había montado y disfrutado en Levante o en Madrid. Y todo ello me induce a solicitar la indulgencia de que el tránsito de esta vida a lo que sea después, sea rápido e indoloro. Morir a cámara lenta es un suplicio que nadie debería padecer. Bastante es con morir solo.

domingo, octubre 27, 2024

El arrepentimiento.

Hace unos días leía en Facebook un post de Pilar Mayo Gandullo a quien siempre sigo con mucho interés porque me encanta cómo escribe. Allí venía a decir que, quien más, quien menos, todos los que echáramos la vista atrás, tendríamos algún motivo para el arrepentimiento, porque nadie es perfecto y todos nos equivocamos. Y al hilo de esta reflexión también recuerdo otras conversaciones con otras personas en la misma línea: la de replantearse ciertas decisiones del pasado y qué habría pasado si en lugar de la opción A hubiéramos elegido la B.

Pero yo tengo otra teoría. Mi teoría asume que no hay posibilidad de arrepentimiento.

Para ello, parte del hecho de imaginar cada momento, como un instante mágico que jamás se va a volver a producir. Es así, con esa mentalidad, como actuamos a la hora de hacer una foto. Esa es nuestra intención al apretar el disparador: capturar un momento único.

En ese preciso instante el sol luce – o no – y está a una altura determinada en el cielo; el viento mueve suavemente las copas de los árboles; el agua del arroyo baja abundante, limpia, fría y cristalina. Y queremos capturar ese momento mágico apretando el botón de la cámara. Nos ha gustado tanto, que unos segundos más tarde, o tal vez unos minutos, o al cabo de unos días, o años, incluso, intentamos repetir esa magia. Pero es imposible.

El Sol ya no está a la misma altura, las nubes ya no son las mismas, son otras; el viento se ha convertido en vendaval y el arroyo se ha convertido en una masa de agua que lo arrastra todo a su paso y el planeta ha dado unas cuantas vueltas. Han cambiado las circunstancias en relación a la primera foto. Por tanto, no es la misma foto, es otra parecida.

Con nuestras decisiones sucede exactamente lo mismo. Cuando tomamos una decisión en un momento dado, lo hacemos bajo unas circunstancias concretas, una situación psicológica determinada, un entorno que nos influye; unas condiciones que nos afectan.

Y luego, más adelante, cometemos el error – a mi juicio – de regresar con la mirada de nuestro presente en ese momento, a evaluar aquella decisión de nuestro pasado. Y digo que lo considero un error por varias razones.

En primer lugar, cualquier postura que tomemos en relación a aquella del pasado, no va a cambiar nada. Por tanto, dedicar tiempo a reflexionar sobre algo en lo que no podemos intervenir, me parece una pérdida de tiempo.

En segundo lugar, es imprescindible relativizar los diferentes momentos. En aquella ocasión, como ya he dicho antes, las condiciones para tomarla eran unas, mientras que ahora, son otras radicalmente distintas. Es como en el ajedrez: hay movimientos que te ves obligado a realizar sin demasiadas alternativas. O escoger el estilo de navegación en función de la dirección del viento y tu destino. No siempre cambiar de rumbo es un signo de equivocación, mientras que no hacerlo puede conducirte a la catástrofe.

En tercer lugar, creo que es bastante habitual juzgar la bondad de una decisión por el resultado obtenido al cabo del tiempo. Y tampoco estoy muy de acuerdo con ese enfoque.

Cuando Edison inventó la bombilla incandescente le preguntaron cuántos experimentos había realizado hasta dar con la solución y él contestó que unos 2.000. Entonces, el periodista pretendió apostillar: “entonces tuvo dos mil fracasos antes de triunfar”, a lo que el inventor respondió: “No. He descubierto dos mil maneras de cómo NO hay que hacerlo”.

Las personas tendemos a considerar un divorcio como un fracaso estrepitoso, cuando en realidad, no es más que una lección acerca de cómo debería ser el matrimonio adecuado para nosotros, y eso, no siempre se aprende a la primera (ni a la segunda…). De este tipo de tics y “taras” psicológicas nacen los arrepentimientos, los complejos y los problemas.

En mi teoría, - personal, subjetiva y discutible-, sólo sirve si en el momento en el que tomaste la decisión fuiste fiel a ti mismo. Si lo hiciste, es difícil que tiempo después puedas echarte en cara a ti mismo cualquier contratiempo que hubiera podido surgir. Los imponderables son esos factores imprevisibles que nos afectan más o menos, pero que existen.

Fernando Arrabal, antes de convertirse en famoso escritor, trabajaba en una empresa, ya desaparecida, como administrativo. El hombre, al parecer llevaba mal eso del horario y solía llegar al trabajo con un cierto retraso y de manera frecuente. Hasta que un día el director de Personal le llama a su despacho para llamarle la atención y pedir que modifique su comportamiento.

    - Pero, señor director, es imposible que yo llegue tarde a fichar – intentó defenderse el bueno de Fernando.

    - Mire usted, señor Arrabal, aquí tengo su ficha y como ve los fichajes en rojo son constantes. Debe usted cambiar su actitud o la empresa se verá en la obligación de tomar medidas disciplinarias.

    - Pero, señor director. Es imposible que yo llegue tarde a la oficina. Yo salgo de mi casa a mi hora y vengo a mi paso.

Este es el mejor ejemplo de que la confianza en uno mismo convierte en estéril el tener que revisar nuestras decisiones en un futuro.

Para terminar, yo dejaría una sugerencia, más que un consejo. Para evitar los arrepentimientos lo mejor es no mirar atrás. No vas a cambiar nada del pasado y es posible que te estampes contra el poste que tienes frente a tus narices. Es mejor intentar centrarse en el presente, que es lo único que realmente está sucediendo, ya que el  futuro, por definición, es incierto.

viernes, octubre 18, 2024

Acoso a la Justicia (01/03/2021)

Confieso que durante bastante tiempo – probablemente más del debido – mi ingenua inocencia me llevaba a pensar que los árbitros de fútbol eran ecuánimes y objetivos. Que podían equivocarse pero que no lo hacían de mala fe. Por alguna extraña concomitancia de índole freudiana que seguramente tiene que ver con el desempeño del poder, pensaba exactamente lo mismo acerca de los jueces. Los de la toga, no los de línea.

A medida que fue pasando el tiempo, fui madurando, al tiempo que cada vez con más firmeza, alejaba de mí esa imagen dulzona y absolutamente estúpida, de pensar que “to er mundo e güeno”. Y de esa ingenuidad pueril he pasado a sostener la teoría que esto está lleno de hijos de Satanás. Y que conste que no lo digo por el VAR, que también. Me estoy refiriendo a la impúdica lucha sin cuartel por intentar dominar el CGPJ y en general, a la Justicia, con mayúsculas.

Porque, aunque ahora mismo se esté dando una batalla para controlar el órgano de los jueces, en el fondo, estamos inmersos en otra guerra, mucho más amplia, que tiene tintes totalitarios, fascistas y, en cualquier caso, preocupantes. Porque es muy preocupante y al mismo tiempo sintomático, que el común de los ciudadanos sepamos de antemano cómo va a terminar una investigación judicial - con imputación o sin ella-, sobre ciertos personajes y cómo va a terminar sobre ciertos otros. Y a eso, es imposible que se le llame Justicia.

Es imposible que haya justicia cuando al frente de la Fiscalía, colocas a una tiparraca que tiene carné del partido del gobierno y que, de hecho, ha sido ministra con ese mismo gobierno. Pero es que hay más. La susodicha, es pareja sentimental de un ex juez, al que echaron de la carrera judicial por creer que la justicia estaba a su merced para cubrir los objetivos que él se hubiera fijado en cada momento. Y por si todo esto no fuera suficiente, el propio presidente del gobierno, alardea en plan chulesco cuando dice “¿De quién depende la Fiscalía? Pue eso”. Por si no nos había quedado claro.

Ahora, a este “selecto” grupo de jueces marxistas, se les unen otros dos ejemplares que no les andan a la zaga: José Ricardo de Prada y Victoria Rosell. Estudiemos un poco sus andanzas para conocer mejor el cariz que están tomando las cosas en la Justicia.

(Fuente: Infolibre y Libertaddigital)

El juez De Prada, fue el artífice de la famosa moción de censura que consiguió derrocar al Gobierno de Mariano Rajoy y llevar a Pedro Sánchez a La Moncloa. De Prada tumbó al Ejecutivo del PP con la sentencia sobre la primera época del caso Gürtel en la que cuestionó la "credibilidad" del propio Rajoy y en la que los populares fueron condenados a pagar 245.000 euros de multa como partícipes a título lucrativo de la trama corrupta.

A destacar varios aspectos de esta actuación.

1)      El juez De Prada junto con su colega Julio de Diego López, obligaron a Mariano Rajoy a acudir personalmente a testificar, siendo presidente del Gobierno, algo hasta ese momento, inédito en España, lo que a todas luces fue un exceso de poder por parte de los jueces y una humillación inferida al, en ese momento, todavía presidente Rajoy.

 

2)      Los comentarios vertidos en la sentencia por parte de De Prada, sirvieron como excusa a Pedro Sánchez, a la sazón ciudadano sin más – le habían echado de la Secretaría General del PSOE y había renunciado al acta de Diputado – para presentar una moción de censura contra el gobierno del PP, que terminó como todos sabemos: con la inestimable ayuda del PNV que había estado negociando con Rajoy unas semanas antes cómo arrancarle 800 millones más. Una vez obtenidos los millones, decidieron subirse al carro de un gobierno débil que les iba a necesitar.

 

3)      Tras la llegada al poder por la puerta de atrás de Pedro Sánchez, el Pleno de la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional concluye que la argumentación que hizo el magistrado José Ricardo de Prada sobre la presunta caja B del PP en la sentencia sobre la primera época de la trama Gürtel no era "absolutamente necesaria" y su imparcialidad para juzgar la supuesta contabilidad opaca del partido ya está "comprometida". El daño, ya estaba hecho.

 

4)      La propia Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional decidía posteriormente apartarle del juicio de la caja B del PP al considerar que ya entró a valorar los hechos en la sentencia que dictó sobre la primera época del caso Gürtel (1999-2005). Tras denunciar varios medios de comunicación sus maniobras en la citada sentencia, De Prada pidió amparo al CGPJ ante lo que consideraba una campaña que le había convertido en "chivo expiatorio". Tras estudiar su caso, el Gobierno de los jueces se negó a darle amparo.

 

Dada su inequívoca trayectoria profesional y el cariz tanto de sus comentarios como de sus propias sentencias, existen motivos más que suficientes para considerar al juez De Prada un Trotskista o Estalinista.

Especialmente polémicas han sido sus decisiones judiciales relacionadas con el terrorismo de ETA o de los CDR en Cataluña. Además, fue uno de los magistrados que apoyó públicamente a Baltasar Garzón cuando fue juzgado en el caso de las escuchas ilegales en Gürtel por lo que fue finalmente inhabilitado como juez.

Como se ve, se cierra el círculo. La Loles de Fiscal, su churri el Garzón, pululando como una mosca alrededor de la miel por las fronteras de la justicia en España; De Prada allanando el camino del Dr. Fraude a la Moncloa y ahora, la Moncloa, quiere recompensar sus esfuerzos y su marxismo militante con un puesto en el CGPJ.

En 2011, De Prada justificó el chivatazo a ETA en elcaso Faisán porque, según su criterio, se produjo en un contexto de negociación que el Gobierno socialista mantenía con la banda terrorista y porque sus autores fueron policías que seguían órdenes. Aseguró literalmente que el chivatazo fue una "acción de oportunidad y eficacia discutible, pero, en todo caso, tendente a evitar de una u otra manera futuras acciones terroristas".

Esta tesis, era exactamente, punto por punto, la que defendía Garzón, instructor del caso, churri de la Loles y colega de militancia comunista.

Más ejemplos del talante “progresista” del individuo.

En una ocasión rechazó condenar a un joven que había realizado una pintada a favor de ETA descartando el delito de enaltecimiento de terrorismo porque se trataba de un "texto inacabado de contenido interpretable".

Durante un curso de verano de la Universidad Complutense de Madrid afirmó incluso que las penas a etarras eran "altas y desproporcionadas".

La Asociación de Víctimas del Terrorismo AVT le denunció ante el Consejo General del Poder Judicial por afirmar que en España "las torturas se han producido de forma clara". Dichas acusaciones las realizaba en una mesa redonda organizada por el Ayuntamiento de Tolosa, compartida con el abogado de ETA, Íñigo Iruin, y bajo el título "Excepcionalidad jurídica en Euskal Herria". "Yo he tenido muchos casos de sospecha fuerte de tortura que los tribunales no han dado respuesta como corresponde a un Estado de Derecho", añadía.

Más recientemente, en el caso del golpe del 1-O de 2017 fue el único de los 5 magistrados de su Sección que se posicionó en contra de mantener la prisión provisional para el expresidente de la ANC, Jordi Sánchez y el presidente de Ómnium Cutural, Jordi Cuixart.

Además, anuló la prisión de 4 de los CDR arrestados por delitos de terrorismo, fabricación y tenencia de explosivos, y conspiración para causar estragos. Respecto a uno de ellos, aseguró que no almacenaba explosivos, sino "sustancias" para fabricarlos.

Por su parte, la juez Victoria Rosell es magistrada en excedencia de la asociación ‘progresista’ Juezas y Jueces para la democracia, exdiputada de Podemos y actual delegada del Gobierno contra la Violencia de Género. Llegó incluso a ser postulada como ministra de Justicia por la formación de Pablo Iglesias.

Desde su Juzgado de Instrucción nº 8 de Las Palmas de Gran Canaria, ha tenido diversos incidentes con los representantes del Ejecutivo de las islas a los que acusaba de trabajar para el PP.

También desarrolló funciones como juez de control del Centro de Internamiento de Extranjeros CIE de Gran Canaria. La Delegación del Gobierno y la Fiscalía la acusaron de practicar diligencias que excedían sus competencias. Llegó incluso a impedir la devolución a Marruecos de dos inmigrantes a pesar de que no era competente para ello.

Fuera de los Juzgados también ha provocado fuertes enfrentamientos por su soberbia. Siendo diputada de Podemos protagonizó una lamentable escena en el aeropuerto de Gran Canaria en el 2016. Se presentó en el mostrador de información de AENA "con actitud soberbia, solicitando que se le abriese la sala de autoridades inmediatamente, para viajar a Madrid" en un vuelo que salía 45 minutos después.

El empleado del aeropuerto le explicó que, aunque fuera diputada no tenía derecho a usar esa sala, ya que "hay un protocolo de solicitud, que autoriza previamente la Delegación de Gobierno, siempre y cuando quien lo solicita tenga derecho a ello". La Guardia Civil le exigió que se identificara tras montar un enfrentamiento airado y Rosell le llegó a contestar "no me da la gana". Ella lo negó e intentó quitar hierro a la polémica que, sin embargo, fue captada por las cámaras de seguridad.

De esta ristra de ejemplos extraídos de la prensa, lo que cabe destacar, por encima de cualquier otra consideración, es la infinita soberbia con la que los marxistas-leninistas-estalinistas-trotskistas, se mueven por el mundo. La misma con la que los terroristas de ETA se movían por San Juan de Luz o Biarritz.

La prepotencia con la que actúan y se dejan oír, nos da una idea de lo que pudo haber sido en su día un estado como el soviético dirigido por los originales Stalin, Lenin, Beria, Jruchev y compañía. Si en estos días y con una libertad de prensa amenazada, pero todavía libre, con cámaras de seguridad que todo lo graban, con Fuerzas y Cuerpos de Seguridad que siguen siendo fieles a su papel, son capaces de comportarse de esta forma, no alcanzo a imaginar lo que sería si la presión a la que están sometiendo a la Justicia, terminara por romper el equilibrio inestable de fuerzas que actualmente la sostienen.

No es solamente la lucha por el CGPJ, es que es todo. Es la Fiscalía, el Constitucional, el Supremo, la forma de elegirlos. Y si en algún momento llegaran a controlarlo todo, que nadie tenga la más mínima duda que terminaríamos como Venezuela, aprobando leyes inasumibles, persiguiendo a los “enemigos del pueblo”, traicionando la voluntad democrática y al fin, alzándose con el poder omnímodo que es el que persiguen desde 1917.

No se puede, no se debe negociar nada con esta gentuza. Son lobos con piel de cordero y cuando alcancen sus objetivos totalitarios, ya no tendremos posibilidad de volver atrás. Salvo con sangre, como siempre. La historia debería enseñarnos que así ha sucedido en todos los países donde se implantó esta filosofía criminal. Sin excepción.

Ahora que se ha establecido una lucha sin cuartel por dominar el CGPJ algunos sugieren que tal vez sería bueno que regresáramos al sistema que había en 1985, cuando Felipe González cambió el sistema de elección de los jueces. Antes de eso, eran los propios jueces quienes elegían entre sus colegas quién debería ostentar el cargo.

Pero visto lo visto, y aunque no comparto que sean los partidos políticos quienes manoseen la Justicia con sus negociaciones, me parece que sería todavía peor que una pandilla de togas execrables, decidiese ir coronando poco a poco todos los resortes del aparato judicial del Estado, extendiéndose como un cáncer en su fase de metástasis o como una mancha de chapapote: negra, apestosa y pastosa, que no se limpia con nada y que todo lo que toca lo mata.

¡Qué decepción! Los que tienen que impartir justicia, se dedican a aplicar sus principios ideológicos y no la ley, a la que reinterpretan en función de aquellos y cuando no les sirve, la cambian a su antojo.

Lo peor de todo es que no veo que la sociedad sea consciente de lo que está en juego. Da la impresión que esta batalla es algo “de los políticos” que no afecta a los ciudadanos y me temo que ese es otro punto a favor de los asaltantes: el convertir en algo fútil, casi invisible, algo tan importante como luchar por la justicia. Reduciendo esta batalla a una aparente lucha de poder y de influencia dentro del CGPJ, se da la sensación de que el asunto es sólo cosas de partidos, del PP, de algo que, a los ciudadanos normales, les aburre. Y no se dan cuenta de la que se nos viene encima.

Sin justicia, sin ley, no somos nada.

sábado, septiembre 14, 2024

La jornada lectiva.

No tenía la más mínima intención de volver a hablar en mi blog sobre el colegio y menos aún, a continuación de mi último post. Ya abordé este tema en una serie que titulé “Sinatra y mis recuerdos”. Pero es que acabo de leer una noticia en la que se afirma que la jornada partida «mejora el rendimiento y reduce las desigualdades», y claro, después de leer ese tipo de estupideces de los sabios, me he arrancado como un Miura cuando le agitan un trapo rojo.

Vamos por partes, como dijo Jack el destripador.

Yo tuve que sufrir la jornada partida durante los doce años que estuve en el maldito colegio. Así es que, en realidad, no puedo comparar un horario con el otro ni sus supuestas ventajas. Reconozco que mi caso particular nada tiene que ver con la mayoría de aquellos que fueron mis compañeros de clase. Muchos de ellos vivían cerca del colegio, mientras que yo lo hacía en la otra punta de Madrid.

La primera consecuencia de ello, y no la menos importante, era que, saliendo a las 13.30 y teniendo que regresar a las 15.30, me resultaba físicamente imposible atravesar Madrid para llegar a casa, comer y volver a clase, aunque fuera con el buche lleno. Un servidor no llegaba a tiempo a la clase que empezaba a las 15.30, lo cual, me acarreó no pocos problemas de incomprensión por parte de los “sotánicos”. Por otra parte, a fuer de ser sincero, aquello que yo hacía no podía llamarse comer, sino más bien, engullir.

Continuando con el tema, la jornada lectiva terminaba a las 18.00, que, por cierto, en invierno en Madrid, prácticamente es de noche. Entonces comenzaba la segunda migración del día camino de los cuarteles propios, lo que en pocas palabras significaba llegar a mi casa a las 19.30 o más. Y todavía tenía que hacer los deberes.

¡Ah!, se me ha olvidado un dato importante: hablo de un niño de unos 11, 12 años, y en adelante, que se había levantado a las 07.00 de la mañana.

Así es que, analizando esa supuesta teoría de los llamados “expertos” de que el horario partido mejora el rendimiento y reduce las desigualdades, me voy a permitir el lujo de ciscarme en sus teorías porque hasta el momento no le he visto ninguna ventaja. De todas formas, lo que más me ha llamado la atención ha sido eso de que “reduce las desigualdades”. Me gustaría que me lo explicasen.

Pero bueno, hasta ahora sólo he mencionado mi triste experiencia y alguien podría hablar de afán de protagonismo. Por eso, ahora voy a mencionar uno de los sistemas educativos con mayor éxito, como así queda reflejado año tras año en el tristemente famoso Informe PISA, en el que España, al igual que la historia aquella de los remeros japoneses y los españoles, hacemos el ridículo año tras año. Me refiero a Finlandia.

El primer dato que me sorprende es el siguiente: la educación desde el nivel preescolar hasta la educación superior es gratuita en Finlandia. (Ministerio de Educación y Cultura).

Hay que ver la cantidad de cosas que podríamos hacer en España si no nos dedicásemos a robar.

Los jóvenes finlandeses son los mejores lectores del mundo.

El Programa para la Evaluación Internacional de los Alumnos (PISA) es un estudio internacional lanzado por la OCDE en 1997. El objetivo es evaluar los sistemas educativos a nivel mundial cada tres años evaluando las competencias de los alumnos de 15 años en las principales asignaturas: lectura, matemáticas y ciencias. Hasta la fecha 70 países y economías han participado en el estudio PISA.

Finlandia ha estado entre los primeros países en el ranking de PISA desde la primera evaluación en 2000. Según los resultados de la última edición del estudio global de educación PISA, Finlandia es el único país donde las niñas tienen más probabilidades de tener un rendimiento máximo en ciencias que los niños.

¿Qué es tan especial en la educación en Finlandia?

(Dirección Nacional Finlandesa de Educación)

  • La enseñanza es una profesión muy popular
  • No hay inspecciones
  • No hay exámenes nacionales
  • No hay evaluación de profesores
  • Los profesores se sienten valorados por la sociedad
  • Jornadas escolares cortas
  • La cantidad de deberes es baja

 

Por los datos reseñados, parece que España va en la dirección opuesta a la de países que deberíamos imitar.

Por otra parte, todavía no he visto ninguna mención a que la jornada partida sea lo mejor para los alumnos, ya sean finlandeses o de Tomelloso.

En cuanto a esa afirmación de que dicha jornada partida reduce las desigualdades, no hay nada tan desigual como el tener 17 sistemas educativos diferentes, alguno de los cuales, por cierto, tiene como objetivo fundamental erradicar al español de su sociedad.

“Un secreto a voces del éxito del sistema finlandés de educación es que el mismo alto estándar educativo está a disposición de los alumnos en todo el país, al margen de su situación geográfica o su origen socioeconómico. La ministra de Educación, Li Andersson, lo recalcó en una rueda de prensa celebrada en Helsinki, señalando que los resultados del informe PISA mostraban que las diferencias entre las numerosas escuelas que habían participado eran mínimas.”

Resumiendo, que es gerundio. La noticia me parece una completa estupidez y tan solo se pretende mantener a los niños encerrados en el colegio, mientras sus padres se juegan su empleo intentando compaginar su vida laboral y familiar.

Pero ese es otro tema.