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domingo, julio 05, 2026

La soledad en edades senior

En el transcurso de unos pocos días he tenido sendas conversaciones sobre este asunto con amigas bien distantes entre sí: una en Madrid y la otra en México, y a pesar de la distancia física y de la pequeña diferencia de edad entre ellas – ambas rondan los 70 años – las dos echaban de menos la compañía de un hombre. Una me decía claramente, que se arrepentía de no haber intentado rehacer su vida al quedarse viuda hace 20 años. La otra, me consta que lo intentó, pero no ha tenido suerte. Una vez más, en ocasiones, el hecho de que lo intentes, sea lo que sea, no es suficiente para tener éxito.


Sobre la soledad, ya he hablado en mi blog (ver aquí) en alguna ocasión, pero a raíz de estas dos conversaciones, me ha hecho reflexionar una vez más en ello.

Para empezar, me parece clarísimo que cuando se habla de compañía en estos términos y estas edades, en realidad, estamos hablando de soledad. Creo que la soledad se puede padecer en cualquier momento de la vida, bajo cualquier circunstancia; no es necesario estar solo, viudo, soltero ni nada de eso, pero es en una edad avanzada cuando resulta prácticamente imposible vencerla.

A los 30,40 incluso 50 años, creo que todavía existen posibilidades de encontrar a la persona con la que te apetece compartir lo que reste de vida, pero hay un punto a partir del cual, esas posibilidades se reducen en una progresión geométrica a medida que vas cumpliendo años. Es lo que se conoce como “pasarse el arroz”.

Decía Winston Churchill que “el éxito consiste en ir de fracaso en fracaso sin perder demasiado el ánimo”. Tal vez sea la constancia, la resiliencia – ahora tan de moda – la actitud, la clave para levantarte y seguir intentándolo. Todo eso está muy bien, pero tal y como le decía a mi amiga “no creo que nadie con 70 años pretenda conocer a alguien del sexo contrario para hacerse amigos; para tener compañía. Para tener compañía, me compro un perro o una radio o viajo mucho”.

Estoy convencido de que nuestro instinto animal, - salvaje y primitivo -, nos impulsa a establecer una relación en la que el sexo forma parte de la ecuación. Si a los 30,40 o 50 años te pones a buscar pareja, pondría la mano en el fuego que no es para rezar el rosario juntos; ni tampoco para tener compañía. Mi suposición está basada en el hecho de que muchos señores - y mucho menos señoras -, a estas edades, buscan una pareja mucho más joven. Por eso, aunque difícil, no es imposible encontrar pareja a esas edades. La cosa se complica cuando estás en una edad en la que el sexo comienza a ser un bello recuerdo – para ellas - y un desafío a un ictus, infarto o semejante – para ellos -. Es decir, que, llegados a cierta edad, el planteamiento, la pregunta clave es: Si no va a haber sexo ¿y para qué? ¿Qué estoy buscando de verdad? ¿Busco rebelarme contra mi pasado? ¿Estoy dispuesto a convivir otra vez bajo el mismo techo con alguien? ¿Vamos a vivir cada uno en su casa? En ese caso, ¿merece la pena? ¿Cómo encaja eso de la compañía? ¿O sólo se trata de levantar el teléfono para desahogarte, quedar a tomar un café y socializar un poco o no ir al cine ni al teatro tú solo?

Para aquellos que me siguen de allende nuestras fronteras les diré que en un canal de la TV hay un programa que se llama “First Dates”. He de afirmar con total rotundidad que no veo jamás ese programa, pero sí que me he enganchado al que viene justo a continuación, y por eso, veo los últimos 5 minutos.

Como se puede deducir del título, se trata de un programa en el que personas de todas las edades, sexo y condición, acuden para, supuestamente, conocer a su posible pareja. Respetando los gustos y tendencias de cada uno, a mí me da vergüenza ajena. Aquello parece un desfile de friquis, sin el menor atisbo de pudor. Por eso, sospecho, que, en realidad, se trata de actores a los que se les paga por fingir, porque si no, no me lo explico. Pero críticas aparte, lo que me trae a colación este ejemplo de telebasura es que, a veces se presentan personas con 60 años o incluso 80. Y la pregunta que me hago a mí mismo cuando veo a esas personas de escasa – o nula – cultura, sin saber estar, sin saber expresarse o comportarse con un mínimo de educación, y sin ningún criterio, es ¿y para qué?

No estoy diciendo que a partir de cierta edad haya que cavar un hoyo y tirarse dentro a esperar que llegue el momento final. Lo que me planteo con muchas dudas es si me pondría a conocer gente para conseguir “compañía”. Ayer mismo, en el programa El Hormiguero, Pablo Motos preguntaba a sus invitados si hacían amigos a partir de los 40 y aunque la respuesta no fue rotunda, la tendencia era responder que no; que a partir de cierta edad es más complicado hacer amigos y mucho más aún, conseguir a alguien para tener compañía. Además, añado yo, a partir de una edad avanzada, nadie te asegura que la persona en cuestión, después de haber superado todos los obstáculos mentales que le has puesto, no vaya a fallecer al cabo de dos semanas.

Resumiendo, que es gerundio. La soledad es la epidemia de nuestro tiempo. El tiempo de internet, las redes sociales, WhatsApp, etc. Y luchar contra eso a veces nos obliga a actuar de la manera más insospechada. Es lo que se denomina limerencia, que es un estado mental de obsesión involuntaria caracterizado por una necesidad intensa de ser correspondido. Necesitamos amar y ser amados y las redes sociales están a reventar de Robinsones Crusoes, aislados en mitad de una ciudad de cientos de miles o millones de personas, pidiendo ayuda; pidiendo cariño, amistad, compañía. En ese sentido la soledad es el enemigo.

 

© Carlos Usín

viernes, marzo 14, 2025

Víctimas de la limerencia.

Prácticamente cada día los medios de comunicación nos advierten de nuevas y sofisticadas formas de las que se valen los bandidos para conseguir nuestro dinero, usurpar nuestra identidad o vaya usted a saber qué fines inconfesables pretenden. De hecho, hace ya años, una persona que yo conocí muy de cerca, fue víctima de una estafa por internet, lo cual, además de un quebranto económico y el bloqueo por vía judicial de sus cuentas, le supuso estar bajo sospecha de la policía por blanqueamiento de capitales. Bromas, las justas. Su situación económica era angustiosa y terminó perjudicando a su capacidad de analizar fríamente la situación. Se trataba, en definitiva, de una persona desvalida, una condición indispensable para este tipo de engaños.

Quien más, quien menos, recibimos en nuestro email o en nuestro WhatsApp alguna noticia que en principio tiene toda la apariencia de ser inofensiva y, por tanto, legal, pero que, en realidad, encierra una trampa, más o menos sofisticada. En este sentido, los que “pican” no es que sean especialmente ingenuos o lerdos; no olvidemos que el software de espionaje Pegasus, por poner sólo un ejemplo, se instaló en los móviles del presidente del Gobierno y de varios ministros, sin que hasta la fecha sepamos cuántos fueron infectados, ni qué tipo de información consiguieron, ni quién fue el responsable. A lo mejor fue a raíz de esos hechos cuando les entró a todos una fiebre convulsa por borrar mensajes y cambiar de móvil cada semana.

Sin embargo, a los mortales nos llegan otro tipo de mensajes: unos nos hacen creer que tenemos un paquete pendiente de ser entregado; otros, que hemos sido elegidos para formar parte de un sorteo; o bien, que nuestro banco ha decidido confirmar los datos que ya tienen, etc. y como denominador común, o bien, enviar una cierta cantidad de dinero o proporcionar datos bancarios.

Pero, lamentablemente, también se ha puesto de moda un tipo de estafa que encuentro de una vileza y una bajeza moral inauditas. Se trata de hacer creer a algunas personas que han despertado un inusitado interés amoroso en quien les escribe.

Quién puede negarse a sí mismo la posibilidad de despertar semejante pasión, aunque tan solo se trate de una foto y un perfil en una red social. Quien va a renunciar, tenga la edad que tenga, a volver a sentir las mariposas en el estómago, las palpitaciones del corazón, la respiración agitada, propias del estado del enamoramiento. Quien puede hacer oídos sordos a unas palabras vertidas con estudiada sagacidad en un papel, que nos halagan y nos rejuvenecen. ¿Acaso la mera presencia en ciertas redes sociales no tiene como objetivo paliar la soledad, encontrar de nuevo el amor?

El proceso es bien simple en su maquiavélico objetivo: se trata de convencer a la víctima de la sinceridad de los sentimientos vertidos en unos mensajes, para, una vez que la víctima ha mordido el anzuelo, el estafador comenzará a solicitar el envío de dinero por las razones más esotéricas y variopintas, mientras la víctima, convencida de que está haciendo un bien a su amado(a), continúa colaborando con el mayor de los entusiasmos, convencida de que, al fin, el destino le ha proporcionado el amor, el cariño y el afecto que tanto tiempo ha estado anhelando.

El perfil característico de este tipo de víctimas es el de una persona con unas carencias afectivas severas, lo que las convierte en especialmente vulnerables ante las supuestas demostraciones de una pasión desenfrenada. Podemos hacernos mayores, incluso muy mayores, pero la necesidad de afecto, de cariño, de sentirnos queridos, amados, eso no desaparece. En algunos casos podemos encontrarnos con que lo que empezó como un enamoramiento puede llegar a derivar en obsesión. Es lo que se conoce como limerencia. 

A veces, para asegurar la colaboración del pobre ingenuo, el falso perfil representa a un famoso. Hoy mismo, en las noticias, ha salido una mujer mayor que estaba convencida de que Enrique Iglesias se había enamorado perdidamente de ella. La pobre señora, llorando a lágrima viva, le transmitía que sus sentimientos eran sinceros y le rogaba al cantante que le confirmara si él sentía lo mismo por ella.

¡Cómo somos los seres humanos! Incluso cuando nos demuestran que nos han estafado en el más amplio y perverso sentido del término, necesitamos que nos lo confirmen.

Habrá gente que, al conocer este tipo de estafas se burlen de las víctimas, por incrédulas, por necias o por lo que sea, pero a mí, personalmente, aparte de los trastornos psicológicos que puedan tener – que seguro que los tienen – me producen una pena inmensa. Y para aquellos que se aprovechan de su vulnerabilidad el mayor de mis desprecios.

Fue la psicóloga Alejandra Vallejo Nájera la que dijo:

"El desamor es el principal problema emocional de nuestros días y todas las heridas emocionales adyacentes: el rechazo, la humillación, el abandono, la injusticia, la traición. Necesitamos amar y que nos amen”. 

Basarse en esta necesidad para realizar una estafa, es de una mezquindad infinita.