Como era de esperar las Navidades de 1965 distaron mucho de poder ser consideradas siquiera navidades.
Tras la muerte de mi padre, mi
madre – como era costumbre en aquellos tiempos – se vistió de luto riguroso. Un
negro intenso de los pies a la cabeza, en sus escasos vestidos, acompañado de
la eliminación absoluta, completa y total de la más leve sombra de maquillaje.
Un luto que se extendió a la prohibición de escuchar música, o incluso de ver
la tv, aunque esta última se suavizó levemente al consentir verla, pero con
apenas volumen. Un luto en el que se desaconsejaba cualquier mención a la
presencia de mi padre en este mundo, como si ignorando eso, se pudiera
solventar el daño que hacía su recuerdo, lo que, al final, tuvo como
consecuencia que mi padre se convirtiera en un desconocido. Un luto donde debía
reinar el silencio en su más amplio sentido. En definitiva, mi casa se
convirtió en un sepulcro con gente que respiraba dentro y utilizo el verbo
respirar porque para mí el concepto de vivir es distinto. Vivir es mucho más
que sólo respirar. Así es que con una atmósfera así de agobiante y lúgubre, es
fácil entender que nadie estaba para luces, regalos y villancicos.
Por razones evidentes, pero,
sobre todo, porque la economía no lo permitía, abandonamos la idea de continuar
con nuestros veraneos en Foz. Al morir mi padre se llevó consigo la llave de la
despensa. Fue así, impulsados por las circunstancias, como se intensificó la
relación con mis tíos, mis primas y la tía Nani, que vivía con ellos. Mucho
tiempo después he pensado en la cruz que le cayó a mi tío José Luís, el día que
decidió casarse con la hermana pequeña de mi madre. De entrada, tuvo que
arrastrar a la mayor de los hermanos Lacárcel, Nani, que, al no estar casada,
no tenía protección alguna. En aquellos años las mujeres no trabajaban.
Después, el bueno de mi tío, insistió una y otra vez en tener un hijo varón y
cuando consiguió cuatro hembras, se rindió. Y para terminar la escena
dramática, al cabo de los años, además, tuvo que acarrear con mi madre y
conmigo en las vacaciones. Cuántas veces le escuché decir eso de “el clan de
las Lacárcel”, mientras leía la prensa o un libro y miraba a su mujer y sus dos
cuñadas, la soltera y la viuda. Entre las tres hermanas copaban todos los
estados civiles posibles. El divorcio no existía.
El verano de 1966 fue algo
especial. Mi tío José Luís junto con su cuñado – ambos eran más del Real Madrid
que Santiago Bernabéu – decidieron alquilar un apartamento en Gandía. A la
fiesta terminó uniéndose otro de los colegas del trabajo, a pesar de que este
último era más del Atleti que Calderón – D. Vicente, no D. Pedro.
Así es que, una vez más, mis tíos
consiguieron meter en el Seat 1500, el matrimonio, a la tía Nani y a mis cuatro
primas, junto con las maletas. Un prodigio de la física aún no explicado
suficientemente. Como colofón a semejante desplazamiento al más puro estilo
Marco Polo, y dado que mi madre y yo no cabíamos en ninguna parte, fue mi
hermano el que tuvo que hacer de chofer y de paso unirse a la fiesta
componiendo un alegre conjunto formado por diez personas, y todas ellas tenían
que comer, dormir, ir a la playa, etc.
Regresar a la playa, aunque fuera
la de Gandía y no la de mi entrañable Foz, fue una sensación gozosa, aunque no
por mucho tiempo. Acostumbrado como estaba desde niño a estar todo el día en la
playa de Foz, sin saber lo que era ponerse un protector solar y terminar negro
como un conguito, pensé que en Gandía sería igual. Mi madre insistió una y otra
vez en que me pusiera crema solar en la espalda al menos, y yo, como siempre he
sido muy lógico y un pelín terco como una maldita mula, le respondía que en Foz
no lo necesité nunca y que el sol era el mismo en las dos playas. Evidentemente
me abrasé los hombros, lo que me obligó a quedarme varios días en el
apartamento, acompañado por mi tía Nani y otros días por mi madre, que
protestaron – y con razón – de mi incorregible cabezonería. Se ve que ni los
veranos podían ser perfectos.
La vuelta al colegio fue tan
desagradable como cada año. Cada día que acudía lo descontaba mentalmente de
aquellos “doce años de esclavitud” que tenía que estar allí y que le anuncié a
aquel niño mi primer día de colegio. Aunque
no todos los años fueron iguales. La calificación oscilaba entre lo malo y lo
peor.
Los castigos físicos eran el pan
de cada día. Daba igual que tu comportamiento fuera ejemplar, como era mi caso.
Siempre he sido un niño que prestaba atención, no alborotaba ni cosas así. Pero
eso daba igual. Los curas y los profesores seglares solían utilizar para el
castigo una regla, a ser posible, de madera, porque las de plástico a veces se
rompían. El lugar donde se aplicaba el castigo dependía del delito. Y el código
penal era subjetivo de cada profesor.
A veces se trataba de castigar las
palmas de las manos. Tenías que ofrecer ambas boca arriba y esperar a que el
agresor decidiera cuál de las dos te iba a dejar ardiendo. Y mientras esto
sucedía, amenazaba con atizar al pobre crío, el cual, muerto de miedo por el
daño que le iban a infringir, retiraba apresuradamente las manos, en una
especie de juego macabro que se prolongaba hasta que el profesor o el cura conseguía
golpear con saña. Con el tiempo descubrí que, para los curas y profesores,
resultaba mucho más satisfactorio comprobar que el alumno volvía a su pupitre
quejándose del dolor de la mano, mientras el resto de la clase se partía de la
risa por lo bajo, excepto cuando al pobre chaval le hacían tanto daño que
regresaba llorando. Pero puestos a ser rebelde, servidor nunca dio muestras de padecer
dolor, simplemente, porque así el agresor no disfrutaba. Era una especie de
juego sado-masoquista, lo cual, he de decir, encabronaba aún más al profesor,
que si no se había quedado satisfecho viendo cómo sufría, lo repetía y con más ahínco.
El objetivo era arrancar un gesto de dolor, un grito, una lágrima, una muestra
de su poder sobre mí y a fe mía que aquello dolía, aunque yo no lo demostrase.
Me sentía como Gladiator cuando en la escuela de gladiadores le obligaban a
pelear y él se negaba aguantando todos los golpes que le daban.
Además de las palmas de las manos
otro lugar preferido de los profesores eran los glúteos, todos ellos, lugares
donde no se dejaban marcas ni señales o al menos no perduraban en el tiempo,
con lo que el niño estaba inmaculado al llegar a casa. Eso era casi siempre,
pero un día, un profesor que tuve (9 años) le había cogido cariño a eso de la
regla y a darme estopa tan fuerte como le apetecía. Y un día se pasó de la raya
y en vez de golpearme en el glúteo con la regla, que ya le había demostrado que
no me dolía, lo hizo en la parte alta del muslo. Eso sí que dolió por mucho que
yo fingiera que no. El problema fue que me costaba estar sentado y cuando
llegué a mi casa, se lo enseñé a mi madre y vio la señal de la regla en los dos
muslos, justo por debajo del glúteo. Mi hermano, que por entonces también era
profesor en el mismo colegio, aunque en otros cursos, pidió una entrevista con
el hijo de la gran puta del profesor. Creo recordar que yo estuve presente en
esa entrevista y pude comprobar el cinismo del individuo cuando intentaba
quitarle importancia al asunto, como si se tratara de una simple anécdota,
sonriendo como si en el fondo me tuviera aprecio, mientras yo le dedicaba una
de esas miradas fijas, sin pestañear, que intentaba transmitir todo el odio y
el resentimiento que guardaba dentro. La respuesta del profesor fue presentarme
ante la clase como una especie de marica, de niño enclenque y mimado, que no
podía aguantar “un cachete”. A partir de
ahí, dejó la regla a un lado y se dedicó a darme capones. Normalmente los daba
tan fuerte que terminaba por aparecer un chichón. Mi madre se asustó cuando
comprobó que tenía la cabeza llena de ellos.
Era el método que se utilizaba en
aquellos años para mantener la disciplina, para que sacaras mejores notas. En
definitiva, era un sistema cruel, vengativo y abusador. Pero tuve que sufrir
cosas peores.
Tampoco fue un buen año.
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