domingo, marzo 15, 2026

IMPRESIONES DE UN VIAJERO (VII).

Oporto día 2.

 

Nuestra idea era conocer Oporto en profundidad y para eso era imprescindible olvidarse del coche. La lista de lugares a visitar era muy amplia y por eso decidimos contratar una visita guiada. Una visita que duraba dos horas y media, más el paseíto desde nuestro hotel hasta el lugar de partida de la visita: Monumento a Garrett, frente al Ayuntamiento de Oporto.


A la mañana siguiente de nuestra llegada, a la hora del desayuno continué con mi aprendizaje en el manejo de las máquinas de café y su infinita gama de diseños y matices. Además, los establecimientos, imagino que, con el objeto de evitar colas innecesarias, colocan un par – o más - de esos artefactos y a ser posible, todos diferentes, con lo que la sensación de desconcierto es aún mayor.

Mi truco era fijarme en alguno de los otros clientes que daba la sensación de tener un máster por alguna universidad en máquinas de café, y simplemente, imitarlo.

Tras el desayuno nos dejamos guiar por Google y conseguimos llegar hasta el lugar de la cita, antes mencionado y que aparece en la foto. Llegamos los primeros, así que, a pesar del frío, nos tocó esperar a todo el grupo, incluido la guía. A partir de ese momento el grupo, compuesto por unas 10 o 12 personas, intentamos seguir – en ocasiones con la lengua fuera – el ritmo de marcha forzada que nuestra guía, Ana, impuso. Era difícil de seguir porque Oporto es una ciudad en la que hay constantes pendientes, y la mitad – como mínimo - del itinerario fue cuesta arriba.

Uno de los aspectos que me llamó la atención fue comprobar que alguno de los miembros del grupo, viajaba solo. Para alguien como yo, que comer solo en una mesa con mantel lo percibo como una de las tristezas más grandes, lo de viajar se me escapa. Y, sin embargo, esa no fue la última vez que me encontré con viajeros solitarios.


Sea como fuere, iniciamos nuestro recorrido por la Avenida de los Aliados, y luego nos arrastró por la Universidad, la Torre de los Clérigos, la estación de trenes de San Bento, para terminar frente a la Catedral, sin olvidar pasar frente a la librería más famosa de Oporto, vinculada a la serie de Harry Potter, que era fácilmente identificable por la kilométrica cola de personas que casi daba la vuelta a la manzana, ansiosas de pagar unos 12 euros por entrar, hacerse alguna foto o incluso – ¡qué rareza! – comprarse un libro. Al parecer, los propietarios hacía tiempo que se habían cansado de que la gente entrara, abarrotara el interior, se hiciera unas fotos y se marchara sin comprar nada y molestando a los que estaban allí precisamente para comprar. Por eso, decidieron que, para empezar, tenían que reservar y, en cualquier caso, abonar una entrada que, en caso de adquirir algún libro, les sería descontada.

Todo ello y mucho más, sorteando la siempre persistente presencia de las obras de expansión del Metro, que obligaban a los peatones a circular por los lugares más insospechados, dando extraños rodeos, atravesando estrechos pasadizos salidos de una película de Indiana Jones, con personas circulando en direcciones opuestas, sencillamente porque el camino más corto estaba intransitable.


Ana se despidió de nosotros frente a la Catedral, no sin antes, recibir en metálico lo que cada cual estimó oportuno, al tiempo que nos aconsejaba que no merecía la pena entrar a visitarla. También, por su experiencia, nos envió por WhatsApp un archivo PDF con una lista interminable de restaurantes que, a título personal, ella había ido confeccionando con los años. Tras lo cual, el grupo se disgregó.

Como era la hora de comer, pero, sobre todo, porque llevábamos sube que te sube y baja que te baja casi tres horas, yo necesitaba un lugar donde descansar y recuperar fuerzas.

En nuestro deambular por la ciudad vimos que, justo frente a la estación de Sao Bento, había algunas terrazas donde podríamos tomar una cerveza y comer algo, y aunque eso representaba volver por nuestros pasos y continuar nuestro camino calle arriba, la distancia nos pareció asequible. Y allí que fuimos.

Había dos o tres bares cuyas terrazas estaban bastante concurridas, pero al menos en una, parecía haber sitio libre. Antes de sentarnos, escudriñamos el escaparate para hacernos una idea de su oferta y vimos que tenía tanto salado como, principalmente, dulce. Como dice el refrán “a buen hambre, no hay pan duro”, así que tampoco necesitábamos un restaurante con estrellas Michelin. Pedimos una especie de empanada gallega rellena de no me acuerdo qué, que fue más que suficiente para saciar el apetito de los dos y acompañado de una jarra de cerveza.

Mientras descansábamos de la paliza que nos había dado Ana, observaba a las personas que circulaban por la calle. Era como asistir a un desfile. La boca de Metro de Sao Bento estaba a sólo unos pocos metros de donde estábamos sentados, así es que disponíamos de entrada de primera fila. Algo que me llamó mucho la atención fue el gran número de personas con rasgos orientales que pasaban por allí. No sé si todos ellos eran japoneses, pero lo parecían. Además, lucían las ropas y modelos más extravagantes que uno pudiera imaginarse. Una chica llevaba una minifalda tan corta que parecía un cinturón ancho; calzaba unas botas de suela gruesa y de media caña y adornaba su estilo con una amplia boina de color amarillo. Poco tiempo después, veía a una señora más mayor, con una capa. Más tarde, una pareja de novios. Tuve la impresión de que habían soltado allí a los pasajeros de un avión procedente de Tokio.

Lo de comer en ese sitio había sido un acierto porque disfrutábamos de un inesperado y gratuito espectáculo. Todo habría resultado mucho más agradable si no hubiera sido porque las palomas, las gaviotas y toda clase de aves perturbadoras de la paz, se peleaban entre ellas por los restos de quienes habían abandonado la mesa, cuando no, directamente intentaban atacar a las mesas que todavía estaban ocupadas, como la nuestra. Me faltaban manos para cortar un trozo de empanada con los cubiertos, coger la jarra de cerveza y espantar a los malditos pájaros que volaban a nuestro alrededor. Muchas veces me acordé de Hitchcock y me preocupé. Debía ser un problema bien conocido porque los camareros, de vez en cuando, salían disparados desde dentro del bar armados con su bandeja y haciendo todo el ruido que podían para ahuyentar a los bichos, que la verdad sea dicha, molestaban a sus clientes y mucho. 

Una vez que recuperamos las fuerzas continuamos vagando todavía por la zona un buen rato. Todavía quedaban unas tres horas antes de que empezara a anochecer y no era plan de meterse en el hotel, por muy destruidos que estuviéramos. Así, decidimos pasear por la Rua das Flores, una calle peatonal y llena de vida, que ofrece todo lo que uno pueda desear: bares, restaurantes, tiendas de moda, helados…

De alguna forma continuamos sorteando las obras, las vallas, la maquinaria y conseguimos llegar, subiendo calle arriba, hasta donde habíamos iniciado nuestra visita por la mañana, frente al edificio del Ayuntamiento. Allí decidimos que ya era suficiente por un día y llamamos a un UBER.

Eso fue otro de nuestros grandes descubrimientos: Uber. Cuando ya no teníamos más fuerza para seguir pateando la ciudad, o simplemente, por comodidad, llamábamos a un Uber y nos dejaba en la puerta del hotel. Y nunca nos costó más de 4 euros. ¡Un invento!

Después de refrescarnos un poco en la habitación, bajamos al bar del hotel a darnos un pequeño homenaje y tomarnos una copa. Nos lo habíamos ganado. Eran las siete de la tarde, hora local, pero era noche cerrada. En el bar, no había nadie. Le pregunté al recepcionista si nos podía atender alguien y al poco rato apareció un camarero que salió de las catacumbas de las cocinas. ¡Qué bien sabe un cubata en esas circunstancias!

 

 

© Carlos Usín

domingo, marzo 08, 2026

IMPRESIONES DE UN VIAJERO (VI).

Oporto día 1.

La bienvenida con la que nos acogió Oporto fue de lo más cálida. Qué hay más afectuoso que abrirte las puertas de una ciudad que estaba enteramente en obras como consecuencia de la expansión de su red de Metro. Lo que normalmente constituye un quebradero de cabeza para cualquier lugareño, para un turista y su GPS es, simplemente, una pesadilla. Desvíos provisionales, caminos nuevos, giros prohibidos y antes permitidos y viceversa. Parece la conjura perfecta para volver loco al GPS y de paso a mí.


En medio del más absoluto caos circulatorio al más puro estilo soterramiento de la M-30 en Madrid, en el que estábamos más 
tiempo parados que en marcha, me aventuré a descubrir nuevos caminos con la seguridad de que mi amigo el GPS me rescataría en el peor de los casos. Me rescató unas tres o cuatro veces, después de pasar una y otra vez por el mismo y equivocado sitio. Hubo momentos en los que me sentí un ratoncito en medio de un gigantesco laberinto intentando averiguar por dónde había que ir para conseguir el maldito trozo de queso, que en mi caso era el hotel EXE ESSENZIA PORTO.


Al llegar al hotel, tal y como se muestra en la imagen, la entrada principal está a la izquierda. Tuvimos suerte porque pudimos aparcar el coche justo frente al edificio, en las plazas destinadas a carga y descarga para los clientes. Pero todavía no había terminado nuestra aventura circulatoria.

Tras registrarnos, le pregunté a la recepcionista cómo hacía para meter el coche en el parking del hotel. La entrada al parking estaba en la calle que se ve a la izquierda, pero era dirección prohibida, y aunque ya ha quedado claro si me has seguido hasta aquí que eso de la dirección prohibida lo considero sólo una sugerencia en según qué casos, éste no era uno de ellos.

La señorita muy amablemente me indicó sin la más leve señal de sonrojo, que diera marcha atrás hasta la esquina y que no me preocupara de la señal de prohibido, que estaba permitido si tu destino era el parking que estaba a unos 50 metros a la derecha.

A mí esto del parking de los hoteles en Portugal me estaba empezando a mosquear. En Braga me dieron un mapa y casi una brújula para encontrarlo, con las instrucciones precisas para circular en dirección prohibida y ahora, en Oporto me volvía a encontrar con la misma historia. Solo que ahora la recepcionista rizaba el rizo y me proponía dar marcha atrás unos veinte o treinta metros para poder retroceder hasta la esquina y allí, girar a la izquierda y circular por sentido prohibido, aunque estaba permitido. Dada la intensidad del tráfico en ambas calles, la idea de dar marcha atrás me pareció una temeridad. No me apetecía lo más mínimo que nadie se estampara contra mi coche con todo lo que ello implicaba. Así es que, así las cosas, le sugerí a la señorita que su idea no me parecía muy apropiada y que si no creía que hubiera una alternativa más segura. Entonces fue cuando me dijo que continuara en el sentido natural de donde tenía el coche, y que diera la vuelta a la manzana por la izquierda. De esta forma, supuestamente, tomaría la calle del parking en su sentido natural.

¡Una mierda!

Al llegar a la esquina, parados en el semáforo, me di cuenta de dos cosas.

La primera era que la tonta del bote de la recepcionista, probablemente, no había cogido un coche en su vida o que, al menos, jamás había ido a trabajar en su utilitario. La segunda, consecuencia de la primera, era que el giro a la izquierda – tal y como sugirió la recepcionista - estaba prohibido y no era el momento de empezar a transgredir todas las normas de circulación.

Después de acordarme de la augusta progenitora de la chica, rápidamente le dije al GPS “help” y que me llevara de nuevo al hotel. Eso me llevó – otra vez - por el atasco del que habíamos conseguido librarnos antes, pero con la ventaja de que, como el ratón que había conseguido el queso, en esta ocasión ya sabíamos por dónde NO debíamos ir, lo cual nos ahorró bastante tiempo.

Tras esa experiencia paranormal, la idea de dejar el coche en el parking nunca me pareció más acertada. Nuestra idea era conocer Oporto en profundidad y para eso era imprescindible olvidarse del coche. La lista de lugares a visitar era muy amplia y por eso decidimos contratar una visita guiada. Una visita que duraba dos horas y media, más el paseíto desde nuestro hotel hasta el lugar de partida de la visita: Monumento a Garrett, frente al Ayuntamiento de Oporto.

A la mañana siguiente, a la hora del desayuno continué con mi aprendizaje en el manejo de las máquinas de café y su infinita gama de diseños y matices. Además, los establecimientos, imagino que, con el objeto de evitar colas innecesarias, colocan un par – o más - de esos artefactos y a ser posible, todos diferentes, con lo que la sensación de desconcierto es aún mayor.

Tras el desayuno nos dejamos guiar por Google y conseguimos llegar hasta el lugar de la cita. Éramos los primeros, así que, a pesar del frío, nos tocó esperar a todo el grupo, incluido la guía. A partir de ese momento el grupo, compuesto por unas 10 o 12 personas, intentamos seguir – en ocasiones con la lengua fuera – el ritmo de marcha militar que nuestra guía, Ana, impuso. Era difícil de seguir porque Oporto es una ciudad en la que hay constantes pendientes, y la mitad – como mínimo - del itinerario fue cuesta arriba.

Uno de los aspectos que me llamó la atención fue comprobar que alguno de los miembros del grupo, viajaba solo. Para alguien como yo, que comer solo en una mesa con mantel lo percibo como una de las tristezas más grandes, lo de viajar se me escapa. Y sin embargo, esa no fue la última vez que me encontré con viajeros solitarios.

Sea como fuere, iniciamos nuestro recorrido por la Avenida de los Aliados, y luego nos arrastró por la Universidad, la Torre de los Clérigos, la estación de trenes de San Bento, para terminar frente a la Catedral, sin olvidar pasar frente a la librería más famosa de Oporto, vinculada a la serie de Harry Potter, que era fácilmente identificable por la kilométrica cola de personas que casi daba la vuelta a la manzana, ansiosas de pagar unos 12 euros por entrar, hacerse alguna foto o incluso – ¡qué rareza! – comprarse un libro. Al parecer, los propietarios hacía tiempo que se habían cansado de que la gente entrara, abarrotara el interior, se hiciera unas fotos y se marchara sin comprar nada. Por eso, decidieron que, para empezar, tenían que reservar y en cualquier caso, abonar una entrada que, en caso de adquirir algún libro, les sería descontada.

Todo ello y mucho más, sorteando la siempre persistente presencia de las obras de expansión del Metro, que obligaban a los peatones a circular por los lugares más insospechados, dando extraños rodeos, porque el camino más corto estaba lleno de camiones o maquinaria pesada.

Ana se despidió de nosotros frente a la Catedral, no sin antes, recibir en metálico lo que cada cual estimó oportuno, al tiempo que nos aconsejaba que no merecía la pena entrar a visitarla. También, por su experiencia, nos envió por WhatsApp un archivo PDF con una lista interminable de restaurantes que, a título personal, ella había ido confeccionando con los años. Tras lo cual, el grupo se disgregó.

Como era la hora de comer, pero, sobre todo, porque llevábamos sube que te sube y baja que te baja casi tres horas, yo necesitaba un lugar donde descansar y recuperar fuerzas.

En nuestro deambular por la ciudad vimos que, justo frente a la estación de Sao Bento, había algunas terrazas donde podríamos tomar una cerveza y comer algo, y aunque eso representaba volver por nuestros pasos y continuar nuestro camino calle arriba, la distancia nos pareció asequible. Y allí que fuimos.

Había dos o tres bares cuyas terrazas estaban bastante concurridas, pero al menos en una, parecía haber sitio libre. Antes de sentarnos, escudriñamos el escaparate para hacernos una idea de su oferta y vimos que tenía tanto salado como, principalmente, dulce. Como dice el refrán “a buen hambre, no hay pan duro”, así que tampoco necesitábamos un restaurante con estrellas Michelin. Pedimos una especie de empanada gallega rellena de no me acuerdo qué, que fue más que suficiente para saciar el apetito de los dos y acompañado de una jarra de cerveza.

Mientras descansábamos de la paliza que nos había dado Ana, observaba a las personas que circulaban por la calle. Era como asistir a un desfile. La boca de Metro de Sao Bento estaba a sólo unos pocos metros de donde estábamos sentados, así es que disponíamos de entrada de primera fila. Algo que me llamó mucho la atención fue el gran número de personas con rasgos orientales que pasaban por allí. No sé si todos ellos eran japoneses, pero lo parecían. Además, lucían las ropas y modelos más extravagantes que uno pudiera imaginarse. Una chica llevaba una minifalda tan corta que parecía un cinturón ancho; calzaba unas botas de suela gruesa y de media caña y adornaba su estilo con una amplia boina de color amarillo. Poco tiempo después, veía a una señora más mayor, con una capa. Más tarde, una pareja de novios. Tuve la impresión de que habían soltado allí a los pasajeros de un avión procedente de Tokio.

Lo de comer en ese sitio había sido un acierto porque disfrutábamos de un inesperado y gratuito espectáculo. Todo habría resultado mucho más agradable si no hubiera sido porque las palomas, las gaviotas y toda clase de aves perturbadoras de la paz, se peleaban entre ellas por los restos de quienes habían abandonado la mesa, cuando no, directamente intentaban atacar a las mesas que todavía estaban ocupadas, como la nuestra. Me faltaban manos para cortar un trozo de empanada con los cubiertos, coger la jarra de cerveza y espantar a los malditos pájaros que volaban a nuestro alrededor. Muchas veces me acordé de Hitchcock y me preocupé. Debía ser un problema bien conocido porque los camareros, de vez en cuando, salían disparados desde dentro del bar armados con su bandeja y haciendo todo el ruido que podían para ahuyentar a los bichos, que la verdad sea dicha, molestaban a sus clientes y mucho. 

Una vez que recuperamos las fuerzas continuamos vagando todavía por la zona un buen rato. Todavía quedaban unas tres horas antes de que empezara a anochecer y no era plan de meterse en el hotel, por muy destruidos que estuviéramos. Así, decidimos pasear por la Rua das Flores, una calle peatonal y llena de vida, que ofrece todo lo que uno pueda desear: bares, restaurantes, tiendas de moda, helados…

De alguna forma continuamos sorteando las obras, las vallas, la maquinaria y conseguimos llegar, subiendo calle arriba, hasta donde habíamos iniciado nuestra visita por la mañana, frente al edificio del Ayuntamiento. Allí decidimos que ya era suficiente por un día y llamamos a un UBER.

Eso fue otro de nuestros grandes descubrimientos: Uber. Cuando ya no teníamos más fuerza para seguir pateando la ciudad, o simplemente, por comodidad, llamábamos a un Uber y nos dejaba en la puerta del hotel. Y nunca nos costó más de 4 euros. ¡Un invento!

Después de refrescarnos un poco en la habitación, bajamos al bar del hotel a darnos un pequeño homenaje y tomarnos una copa. Nos lo habíamos ganado. Eran las siete de la tarde, hora local, pero era noche cerrada. En el bar, no había nadie. Le pregunté al recepcionista si nos podía atender alguien y al poco rato apareció un camarero que salió de las catacumbas de las cocinas. ¡Qué bien sabe un cubata en esas circunstancias!

© Carlos Usín 










domingo, marzo 01, 2026

IMPRESIONES DE UN VIAJERO (V).

Guimaraes.

 

Lo del GPS me parece el invento del milenio, en serio. Estamos tan acostumbrados a usarlo, incluso en el móvil, que ya nadie recuerda aquellos mapas de carreteras que se usaban antes de que la tecnología irrumpiera en nuestra vida. Y, sin embargo, fíjate tú, hay veces que echo de menos esos mapas de la Guía CAMPSA. Claro que a lo mejor tengo que explicar qué era eso de CAMPSA. Bueno, a lo que voy, que lo del GPS me parece estupendo, porque cuando te pierdes te coge de la manita y te devuelve al buen camino. Lo malo es cuando se hace un lío, no hay cobertura, cuando sus instrucciones no coinciden con la realidad, pero, sobre todo, cuando en una ciudad que no conoces, - que es justamente la razón fundamental por la que usas el GPS-, de repente te cambian el sentido de una calle o directamente te la cierran al tráfico. Y eso, exactamente eso, es lo que me pasó cuando llegué a Guimaraes: que la calle por la que debía circular, la habían cortado al tráfico porque había un accidente de dos coches que pensaron que tenían preferencia en un cruce.


En esos casos en los que el aparato se empeña en enviarte por el mal camino, deberías poder decirle que buscara una alternativa. Y sin duda, es posible, pero no mientras estás metido en un mogollón de tráfico, en una ciudad extraña y con matrícula española. Me costó un par de vueltas salir del círculo vicioso y por fin, encontré un lugar donde pude detenerme, poner los 4 intermitentes y buscar un parking lo más cerca posible del centro. Después de aparcarlo, lo cual siempre es un alivio, cogimos el paraguas por si acaso y nos dedicamos a vagar por la ciudad.

Pasear por las ciudades es como espiar los libros que tiene alguien en su biblioteca: te dice mucho de la persona o como en este caso, de la ciudad. Algo que me llamó mucho la atención fue la cantidad de ópticas que hay por todas partes. En España lo que abundan son bares y en Portugal ópticas. Otra de mis manías es la de analizar los escaparates de las zapaterías. Veo qué tipo de calzado ofrecen, el estilo y claro, los precios. En general, me pareció que en España las tiendas ofrecen más calzado de tipo deportivo, y en Portugal algo más clásico, más zapato de cuero, con buen diseño y en general, caro. Me pregunto cómo es posible que con el salario medio que hay en nuestro país vecino se puedan comprar esos zapatos que me parecieron buenos, de calidad, pero caros.

Otro de los aspectos que me llamó la atención fue los coches. La mayoría de los coches que veía eran Mercedes, BMW, Audi, Toyota, y, además, modelos ranchera, o SUV; coches grandes y parecían nuevos. Parecía que les sobrara el dinero.

Después de deambular un rato cotilleando tiendas, escaparates, bares y demás, giramos y nos encontramos con uno de los elementos más reconocidos e icónicos de Guimaraes: la iglesia de Nuestra Señora de Oliveira. En la misma plaza donde está ubicada elegimos uno de los muchos restaurantes que teníamos a nuestra disposición y entramos al interior.

En relación a los establecimientos de hostelería, otra cosa que me llamó la atención es que allí, en Portugal, ya pueden caer chuzos de punta, diluviar y no sé si nevar, pero no recogen las sillas, ni las mesas. Como mucho recogen las sombrillas y no creo que lo hagan siempre. Y algo que echamos de menos fue esa categoría tan española como es el mesón, la tasca. El típico bar en el que te tomas una cerveza y una ración de ensaladilla o un pincho de tortilla de patatas o si tienes “gusa” un bocadillo de calamares. En Portugal lo echamos de menos. Lo que nos encontramos eran cafeterías, pastelerías, en donde a veces, además de dulce vendían también salado, o restaurantes de cuchillo, tenedor y mantel. Pero por más que buscamos no vimos nada que se pareciera a un mesón. De todas formas, se come de vicio.

Teníamos tiempo de sobra para visitar lo más reseñable de la ciudad. Como siempre y un poco a sabiendas de que no era posible visitarlo todo, teníamos una larga lista de lugares: la Plaza Largo da Oliveira – que era donde estábamos -, el Castillo, el Palacio de los Duques de Braganza, el Santuario da Penha (Funicular), el Museo Alberto Sampaio, pasear por Rua de Santa María, visitar la Iglesia de Nossa Senhora da Consolaçao e Santos Passos, Largo de Toural, Largo da Misericordia.

Después de comer decidimos subir hasta el Castillo, ver el Palacio de los Duques de Braganza y por el camino nos encontramos paseando por la Rua de Santa María.

Como suele ser habitual, el Castillo estaba encaramado en lo alto de la ciudad, lo cual, si te acabas de comer una fabada o una “franceshina”, es ideal para echar los hígados. Menos mal que nos dio por una comida frugal y sana, porque en caso contrario habríamos fenecido a mitad de camino.


El paseo, a ritmo de caracol, sirvió para disfrutar de un entorno en el que era evidente que, en su momento, Guimaraes fue una ciudad esplendorosa. Todavía, hoy en día, guarda ese señorío que tienen algunos lugares, como, por ejemplo, El Escorial. Fue como un viaje en el tiempo. Era fácil imaginar a los nobles de la época, personas poderosas, ricas e influyentes, paseando con sus ricos ropajes por esas calles o circulando cómodamente instalados en sus carruajes, bellamente adornados y tirados por hermosos caballos. Las fastuosas fiestas que se ofrecían en esos bellos edificios, a cuál más lujosa y con invitados más importantes.

Los edificios que encontramos a nuestro paso hablaban con sus escudos y blasones de su pasado y del poder económico de sus propietarios, que rivalizaban, como suele ser costumbre, en disfrutar del palacete más grande, más lujoso o mejor adornado.


El pavimento, por ejemplo, no era de asfalto. Era una especie de adoquín, pero mucho más fino, más pequeño. Casi asemejaba un inmenso mosaico en el que las teselas se hubieran colocado una a una. El silencio sólo era alterado por las voces de un grupo de turistas japoneses que se bajó de un autobús.

Mientras caminábamos hasta la cima de la calle, se respiraba una atmósfera de paz y sosiego. Ni un papel en el suelo, en ninguna parte. Los parques y jardines perfectamente cuidados. Los cipreses escoltando a cada lado de la vía. Tan sólo las hojas de los árboles iban y venían a merced de la brisa que en ocasiones se levantaba.

Por fin, llegamos a la entrada del Palacio de los Duques de Braganza.

De su magnífica presencia y de su lujoso interior, da muestras el hecho de que en el pasado siglo xx, fue declarada residencia oficial del presidente de la República, en el norte de Portugal.

Tras la visita al Palacio, a continuación, pasamos a visitar el Castillo que estaba al lado.


Lamentablemente, he de decir que aparte de resultar un rompe piernas, de tanto subir y bajar, del castillo sólo quedan cuatro piedras mal puestas. Tan sólo se mantienen en pie algunos muros exteriores, pero todo el interior está totalmente derruido. En realidad, entra más bien en el terreno de ruina que de monumento.

Cansados de tanto andar de un lado al otro y de tanto subibaja, decidimos que ya era hora de emprender camino a nuestro siguiente destino. Por fortuna, ahora todo el trayecto hasta el parking era cuesta abajo.

Por el camino nos encontramos con una tienda de recuerdos, de esas que están abarrotadas de imanes para el frigorífico, y montones de objetos con el nombre de la ciudad y los símbolos que las identifican. Un tipo de negocio, por cierto, que suele estar regentado por personas de rasgos hindúes o pakistaníes en la mayoría de los comercios. Siendo fieles a nuestra costumbre y después de escudriñar la amplia oferta a nuestra disposición, elegimos uno y nos marchamos, dando por finalizada nuestra intensa visita a Guimaraes.

 

© Carlos Usín

domingo, febrero 22, 2026

IMPRESIONES DE UN VIAJERO (IV).

La idea de buscar alojamiento en Braga era porque, además de visitar la localidad misma, queríamos que fuera la base para visitar otras ciudades en nuestro camino desde el norte de Portugal hasta Lisboa. Y la primera candidata era Guimaraes.


Lo de la lluvia, persistente y en ocasiones intensa, ya sabíamos de antemano que nos iba a acompañar y estábamos preparados. Lo que me desconcertó por completo fue escuchar que el GPS me decía “ha llegado a su destino” y yo no veía ninguna señal de que en las cercanías hubiera un hotel. Estaba en mitad de una amplia plaza, con un magnífico edificio que parecía presidir aquel lugar, pero ninguna indicación visible de que hubiera un hotel. Y, sin embargo, el GPS insistía: “ha llegado a su destino”.

Para añadir alguna dificultad más a la lluvia, la zona estaba en obras y repleta de pivotes que impedían aparcar. O sea, que incluso en el caso de que consiguiera descubrir dónde narices estaba el hotel Vila Gale Collection no sabía dónde aparcar el coche, aunque solo fuera para bajar el equipaje. Al menos, era domingo y no parecía que estuviera entorpeciendo el tráfico.


Como no tenía muchas alternativas, avancé tímidamente, rodeando la bonita rotonda e intentando ver a través del cristal, de la lluvia y del limpia, algo que me indujera a sospechar que había un hotel cerca.

De repente, vi una señal de tráfico escrita en perfecto portugués que decía que esos lugares estaban reservados para que los clientes del hotel pudieran aparcar unos minutos mientras bajaban el equipaje.

Todavía no sabía dónde estaba el hotel, pero había una excelente noticia: podía dejar el coche allí aparcado y comenzar la búsqueda a pie. Lloviendo y con paraguas, sí, pero no podía estar muy lejos.

Al bajar del coche, detrás de nosotros, a unos escasos cincuenta metros, vimos que a la derecha del magnífico edificio que dominaba el entorno, había unos mástiles sosteniendo unas lánguidas banderas, que estaban así, imagino, tanto por la falta de viento que las agitara, como por el agua que les había caído. Más a la derecha de esos mástiles se adivinaba una puerta de cristal. Me dirigí a ella con la misma incertidumbre con la que un explorador se adentraría en una oscura cabaña de un poblado de una tribu desconocida en mitad del África ecuatorial. No sabía si detrás de esa puerta me encontraría con una oficina del ayuntamiento, abierta en domingo (poco probable, cierto) o la recepción de un museo. Al cruzar el umbral se disiparon todas mis dudas.

Allí, tras una mesa de estilo minimalista, tres jóvenes compartían espacio y lo que parecían ser varias pantallas de ordenador. No estaba en el interior de una oscura cabaña, de una tribu ignota, perdido en algún lugar del África subsahariana. Había encontrado la recepción de un magnífico hotel.

Lo que sucedió después de registrarnos me sumió, de nuevo, en una enorme confusión. La chica de recepción, que era la que dominaba el español, me dio las instrucciones para llegar hasta nuestra habitación, al mismo tiempo que me extendió un mapa con fotos y las indicaciones precisas que había que proporcionar al GPS para aparcar el coche. Y la verdad es que no sabía qué era más complicado, si una cosa o la otra. Casi habría preferido que me entregara dos mapas.

Antes de encontrar la habitación, nos perdimos. Una costumbre esta que ya experimenté en el Parador Nacional Casa de Insua. Pero no quiero desviarme.

Al salir de lo que parecía un montacargas nos topamos con una señorita apostada tras una mesa leyendo un libro. Me dio una sensación de tremenda soledad y aislamiento. Como si fuera parte de un castigo. Una chica joven, estaba allí, sola, un domingo por la tarde, sentada tras una mesa, en una planta desierta de un hotel a la espera de no se sabe muy bien qué. En la mesa no tenía ordenador, con lo cual, ni siquiera podía navegar por internet. Por no tener, creo recordar que no tenía ni teléfono. Y, además, no hablaba español, con lo que tuve que preguntarle en inglés, cómo podría llegar a mi habitación.

A pesar de todas las dificultades y los vericuetos por los pasillos y ascensores del hotel, conseguimos llegar a la habitación. Ahora, sólo era cuestión de seguir las migas de pan que habíamos dejado por el camino para regresar hasta donde teníamos el coche aparcado.

Al entrar en el coche introduje la dirección que me habían dado en recepción. El aparcamiento, efectivamente, era gratuito, pero debido a las obras que estaban llevando a cabo en la ciudad, era necesario dar un gran rodeo. Así es que, además de darle la dirección al GPS, también llevábamos un mapa con las anotaciones a mano, acerca de dónde debíamos girar y hasta dónde debíamos circular por dirección prohibida. Eso me pareció una idea excelente porque pensé que eran de los míos y me sentí muy identificado.

Por algún extraño sortilegio y no sin muchas dudas y consultas al dichoso mapa, conseguimos llegar hasta una verja en la que se leía que era un aparcamiento para los clientes del hotel. Tras tocar el timbre, ésta se abrió y entramos en el recinto. No era un aparcamiento cubierto, era al aire libre y aunque el edificio que se veía contiguo, era efectivamente, el hotel, ahora sólo teníamos que descubrir, bajo la persistente lluvia, dónde estaba la entrada para conseguir llegar a la habitación, con el agravante de que ya nos habíamos aprendido un camino y ahora debíamos descubrir cómo llegar desde otro punto que no era Recepción. Parecía que estábamos en mitad del Paris- Dakar.

Dejamos el coche en el recinto, que, a decir verdad, estaba vacío a excepción de un par de coches más, y nos dispusimos a investigar dónde habían escondido la entrada, porque, claro, no había un cartel que dijera “entrada”.

Según las leyes de Murphy elegimos un lado del edificio rectangular y era el lado malo. Toda una hilera de cristaleras nos mostraba que esos espacios eran para la piscina interior, el gimnasio, el SPA y demás servicios. Así es que la entrada debería estar en el lado opuesto. Antes de sacar las maletas del coche y arrastrarlas por el empedrado, nos cercioramos de que la puerta que habíamos descubierto frente a nosotros y que no tenía ninguna indicación, estaba abierta. Al menos, ya sabíamos cómo entrar en el hotel.

Tras recoger el equipaje, utilizamos la nueva entrada y aunque estábamos dentro del hotel, no sabíamos exactamente dónde. Cuando me dieron el mapa y las coordenadas GPS, no me dieron las indicaciones de cómo llegar desde allí a mi habitación.

Todo aquello parecía como una película de miedo. Pasillos larguísimos y desiertos. Salas vacías. Piscinas sin clientes. Ascensores que parecían montacargas. Señoritas solas, como abandonadas tras una mesa, sin más cometido que entretenerse leyendo un libro. Me dio por pensar que pasaría si a la pobre chica le daba un jamacuco. No tenía ni teléfono para pedir ayuda. ¿Y el baño? ¿Cómo se las apañaba?

Y a pesar de todo, conseguimos llegar a la habitación. Otra vez.

Calculo que serían entorno a las tres de la tarde, hora local portuguesa, de un domingo lluvioso y bastante desapacible. Teníamos una ambiciosa lista de visitas turísticas por hacer, como la Catedral de Braga, el famoso Santuario del Bom Jesús do Monte, el centro histórico, Jardín de Santa Bárbara, Santuario de Nuestra Señora de Sameiro, Iglesia de la Santa Cruz, Iglesia de la Misericordia, Iglesia do Pópulo o la Casa do Raio. Sabíamos que no íbamos a poder verlo todo porque nos faltaba vida, pero sí al menos lo más importante. Por otro lado, tampoco teníamos mucho tiempo. Comenzaría a anochecer en un par de horas y era domingo y por ello, contábamos con que muchos de esos lugares estarían cerrados. Así es que hicimos una rápida asignación de prioridades y dejamos para la mañana siguiente, después de abandonar el hotel, la visita al Santuario de Bom Jesus, que nos pillaba de paso hacia Guimaraes.

Por proximidad, pues estaba en la misma plaza donde estaba nuestro esquivo hotel, pero en la parte de arriba, decidimos visitar en primer lugar la Iglesia de la Santa Cruz. Mala suerte. Estaba cerrada. Además, había una exposición y la entrada no era gratuita.

Continuamos bajo la lluvia con nuestro deambular hacia el centro de la ciudad más antigua de Portugal. Pasamos por delante de lo que parecía una capilla, en cuyo jardín había una cafetería. Algo muy extraño que, desde luego, y dada la climatología, no invitaba a entrar.

Casi sin quererlo nos topamos con la Catedral de Braga, - uno de los más importantes templos del románico portugués - de la que salía un gran número de personas. Yo creí que es que los estaban echando porque iban a cerrar, pero al parecer, alguien eligió ese día lluvioso para contraer matrimonio. O sea, como Felipe y Leticia, pero sin tanta realeza europea.


Aprovechamos la oportunidad y entramos a visitarla y hacer algunas fotos, abonando 4€.

La verdad es que por dentro era mucho más atractiva que por fuera. Uno, cuando escucha la palabra catedral automáticamente imagina algo grandioso, espectacular, enorme; y, sin embargo, cuando descubrimos que lo que estábamos viendo era la catedral nos sorprendimos. No parecía un templo así de importante. Aunque lo más llamativo y al mismo tiempo triste, fue descubrir un par de cubos situados junto a los bancos destinados a los feligreses, recogiendo el agua que se filtraba desde las alturas del techo.

Continuamos calle abajo en busca de algún lugar típico, donde poder cenar. El tiempo había pasado rápido desde que llegamos a la ciudad. No habíamos comido nada desde el desayuno y aunque la hora local marcaba algo más de las 18.00, en realidad, para nuestro estómago, era una hora más. Hacía ya un buen rato que había anochecido. Continuaba lloviendo y aunque íbamos bien preparados, con calzado y abrigo adecuados, la verdad es que apetecía sentarnos y descansar.

De la amplia oferta en tema de restaurantes que teníamos a un lado y a otro de la calle, elegimos uno que tenía una carta variada y con precios asequibles. Su nombre Doña Petisca y he de decir que fue todo un acierto.

Hay sitios en los que, nada más entrar, te das cuenta de que la atmósfera es la que estabas buscando. El ambiente era cálido. Las pocas mesas que disponían estaban llenas y sin embargo las conversaciones se mantenían en un tono discreto, sin estridencias.

Uno de los camareros vino a atendernos y aunque comenzamos a hablar en inglés, en cuanto se dio cuenta de que éramos españoles, cambiamos de idioma. Por alguna extraña razón, los españoles hemos asignado a los portugueses una especie de obligación según la cual, tienen que entendernos sí o sí cuando nos dirigimos a ellos en español. Por eso, por respeto, en principio uso el inglés y la inmensa mayoría de las veces, nos atienden en nuestro idioma y encantados de hacerlo. Siempre he pensado que los portugueses son encantadores.

Siempre que viajo procuro probar no sólo la cocina del lugar, también me interesa el pan y el vino del país, de la zona. Como no conocíamos los vinos de la carta le pedimos consejo al camarero y nos fue de gran ayuda, porque cada uno de nosotros eligió un tipo distinto. De igual modo, nos dejamos aconsejar en relación a la cocina y nos sugirió un plato llamado “francesinha”, cuya autoría se atribuye a un cocinero de la vecina Oporto. Al parecer, según nos contó el hombre, es un plato muy popular en Portugal y uno de los más contundentes, aunque dependiendo de las regiones, lo hacen de una manera o de otra. En cualquier caso, para nosotros era la primera vez y lo cierto es que nos encantó.

En esencia, el plato se compone de tres rebanadas de pan de molde tostado, jamón cocido, salchicha fresca, linguiça (salchicha ahumada portuguesa), y filete de ternera o cerdo. Una generosa capa de queso que se gratina sobre todo el sándwich. Frecuentemente se corona con un huevo frito y como guarnición se sirve acompañada de patatas fritas. Pero lo que caracteriza a una auténtica “francesinha” es su salsa, un caldo denso, brillante y ligeramente picante.

¡De muerte! ¡Espectacular!

Mientras esperábamos el postre, vino la dueña, que también debía de estar metida entre fogones y estuvimos charlando un rato con ella. Cada uno en su idioma y sin necesidad de traductores. Muy simpática.  Nos confesó que era la primera vez que lo ponían en la carta y le preocupaba que se le hubiera ido la mano con el picante. Y yo, que no soy muy propenso al picante, me pareció que estaba perfecto, porque era muy suave; lo justo para darle un toque distinto, pero no tanto como para que se te queda lengua tonta. Como no podía ser de otra forma, entre mi mujer y ella establecieron una conversación entorno a los ingredientes que llevaba el plato. Por supuesto, se guardaría algún secreto, claro.

Al salir, de regreso al hotel, la lluvia había cesado y el paseo, de nuevo, nos vendría bien para digerir aquella bomba calórica, pero deliciosa, que nos habíamos zampado como si no hubiéramos comido en una semana.

A la mañana siguiente conseguimos encontrar sin dificultad el restaurante donde se servía el generoso desayuno. Lástima que no fuera verano, porque el restaurante que había al aire libre invitaba a disfrutar del hermoso jardín adornado con flores y plantas.

Después de desayunar, con la seguridad que proporciona haberse perdido el día anterior varias veces por los pasillos del hotel, supimos acceder a nuestra habitación sin problemas. Al salir de ese ascensor con aspecto de montacargas, me sorprendió no ver a la chica solitaria del día de antes, la que leía un libro a falta de ordenador que la conectara con el mundo exterior. De hecho, en esa mesa no había nadie. Podía imaginar que ese extraño puesto estuviera ocupado por turnos, pero era evidente que allí no había nadie.

Tras recoger el equipaje y abandonar la habitación, pasamos por Recepción para cumplir con los trámites de salida. Desde allí, recorrimos largos pasillos que atravesaban las entrañas del hotel, camino del parking. Y sin perdernos.

El mal tiempo no nos había abandonado del todo. La lluvia incesante del día anterior se había convertido en un sirimiri portugués. A pesar de lo cual, nuestro plan de visitar el Santuario de Bom Jesus seguía en pie. No pudimos disfrutar de muchas de las visitas que teníamos programadas en Braga, pero no podíamos abandonar la ciudad sin visitar dicho lugar.

(CucombreLibre from New York)

Yo había estado allí hacía años, aunque jamás se me pasó por la imaginación subir las escaleras que llevan hasta el templo. Me limité a hacer algunas fotos desde abajo. Y en esta ocasión quería hacer de Cicerone y mostrarle a mi mujer lo hermoso del lugar. Así es que, nada más entrar en el coche, introduje la dirección del lugar en el GPS y nos dirigimos hacia allí.

La distancia entre Braga y Guimaraes es de apenas de 25 kilómetros, y Bom Jesus nos pillaba de camino. El sirimiri que, al parecer se traduce como “chuvisco”, continuó durante el corto trayecto hasta Bom Jesus, pero a medida que nos íbamos acercando, subiendo el monte por un sinuoso camino, se convirtió en una niebla meona. Una niebla que se hacía más y más espesa, cuanto más arriba, hasta tener que usar los faros antiniebla, tanto delanteros como traseros. Y la sorpresa llegó justo al final.

Después de ascender hasta allí nos encontramos de sopetón con una garita ocupada por un señor y una barrera. Y eso era nuevo. La vez anterior que yo estuve, el acceso era gratuito, al menos hasta los pies de la famosa escalinata. El problema no era ya que no me apetecía nada pagar, que también, sino que, dadas las condiciones climatológicas, con esa densa niebla que todo lo cubría, yo tenía serias dudas de que siquiera se pudiera ver el famoso santuario. Así es que, en ese caso, habríamos malgastado el dinero.

Sin ni siquiera preguntar el precio de la entrada al solitario caballero que se resguardaba de las inclemencias dentro de su garita, nos dimos media vuelta y nos encaminamos hacia Guimaraes.

Sabíamos que nuestra estancia en Braga iba a ser breve y lo fue. Menos de 24 horas después de llegar, partíamos hacia un nuevo destino. Teníamos una ambiciosa – y un poco ilusoria - lista de visitas turísticas por hacer y la mayoría se quedó pendiente, pero al menos, el hotel fue una gran elección y, además, nos proporcionó la aventura de perdernos por sus escondrijos y recovecos.

 

© Carlos Usín

 

sábado, febrero 14, 2026

IMPRESIONES DE UN VIAJERO (III)

Hay lugares que en nuestra imaginación están ineludiblemente unidos a una atmósfera, a un paisaje, a un color. Esa es la imagen que tengo de Santiago: una ciudad monumental, con sus calles acondicionadas y diseñadas para evacuar el abundante agua de lluvia con la que son regadas o sus piedras empapadas por los frecuentes aguaceros que caen del cielo gris, a veces con saña, a veces con indolencia. Así nos recibió la capital: con una leve llovizna, que a ratos se convertía en un breve chaparrón y a veces, nos daba un pequeño respiro y escampaba.


Los aficionados al golf dicen que “es un deporte tan magnífico que se puede jugar incluso cuando hace sol”. Podría decir algo similar de Santiago: es hermosa por muchos motivos; y tal vez el mayor de todos sea disfrutar de su lluvia. Parece que, si a Santiago le quitas la lluvia es como un pote gallego sin alubias.

Descubrimos el hotel Hotel Virxe da Cerca el año 2024 por casualidad. Buscábamos alojamiento en el Parador de Santiago, pero al parecer estaban remodelándolo. En cuanto a estética y servicios, se parecen como un huevo a una castaña, pero el Virgen de la Cerca tiene una serie de puntos a su favor. Está a una distancia asumible del centro, del meollo de Santiago. Eso te permite ir andando tanto a la Catedral, como a la zona de restaurantes, tiendas y demás. También tenemos a tiro de piedra el mercado central y toda la zona de restaurantes y bares de alrededor. Y al mismo tiempo, estamos al abrigo del bullicio de una ciudad a rebosar de estudiantes, de turistas y de locales de restauración.

La habitación es abuhardillada y sus vigas de madera a la vista, le dan un ambiente íntimo, de calidez. No es que sea un palacio, pero es cómoda, confortable y está perfectamente aislada tanto del resto de habitaciones como del ruido de la calle y de las inclemencias del tiempo.

Desde el restaurante donde se sirve el desayuno, se contempla un amplio jardín a través de sus cristaleras. Estoy seguro de que, en verano debe ser delicioso desayunar en ese entorno, al aire libre.

Aunque el hotel no dispone de aparcamiento propio, sí que hay uno cubierto a la vuelta de la esquina y por 20€ por día, tienes el coche a buen recaudo. Por todo ello, nos decidimos en aquel momento y por eso mismo, hemos repetido. Incluso solicitamos que nos dieran la misma habitación y tuvimos suerte y nos la pudieron asignar.

La vez anterior, en 2024, nuestra idea fue conocer a fondo la ciudad y a fe mía que lo hicimos. Nos apuntamos a una visita organizada y durante tres horas nos tuvieron pateando Santiago, arriba y abajo. Y como prueba de ello, la foto que lo demuestra.

 

 

Por eso, en esta ocasión íbamos a tiro hecho. Nuestro objetivo era asistir al día siguiente, domingo, a la celebración del día de Cristo Rey, en la catedral, un acto en el que se utilizaría el botafumeiro. Esa era la razón de nuestra presencia, como lo fue el año anterior, aunque el año anterior, nuestra estancia fue más prolongada.

Llegamos al hotel algo después de las 15.00. Después de registrarnos y tomar posesión de nuestra habitación, teníamos que dilucidar qué decisión tomar con respecto a la comida. Entre unas cosas y otras, por mucha prisa que nos diéramos en ir andando a cualquier restaurante, llegaríamos a unas horas indecentes. Es más, muchos seguro que ya habían cerrado. Por otra parte, a pesar de la hora, tampoco es que estuviéramos famélicos. Tal vez, la culpa de esa sensación de inapetencia la tuviera el desayuno pantagruélico con el que nos habíamos regalado en Salamanca. Por todo ello, decidimos quedarnos en la habitación, relajarnos y salir más tarde cuando abrieran de nuevo los restaurantes para el horario de la cena.

Al igual que nos sucediera el día anterior en Salamanca, Santiago era una fiesta ese sábado noche. La zona donde se concentran todos los restaurantes estaba a rebosar. Todos los bares, cafeterías, mesones, tascas, estaban repletos de gentes de todas las edades, tanto lugareños como turistas. Todos buscaban – buscábamos – lo mismo.

Mientras intentábamos avanzar lentamente, como en una procesión de Semana Santa, sin tropezar con los que te precedían o los que venían en dirección contraria, echábamos un vistazo a izquierda y derecha para evaluar la inmensa variedad de productos y especialidades que se ofrecían en los escaparates y las cartas de precios expuestas en la entrada de los establecimientos. En nuestro caso teníamos casi decidido el sitio donde cenaríamos, pero, de todas formas, íbamos cotejando la oferta, los precios, por si nos encontráramos con algo apetecible.

Cuando llegamos a nuestro restaurante elegido, la Taberna O Boteco,  todavía no habían abierto. Debíamos esperar una hora.

Llovía con insistencia. La rua era un río de personas, yendo y viniendo, arriba y abajo, como corresponde a un sábado por la tarde-noche. Y todos con sus paraguas. Todo ello convertía el ir y venir en busca de refugio en una enorme molestia. Todos los locales estaban abarrotados, o no habían abierto, o tenían unos precios desorbitados. Tuvimos que guarecernos unos minutos bajo unos soportales para apartarnos de la multitud que a duras penas se movía por la calle, buscando, en la mayoría de los casos, lo mismo que nosotros.

Así es que, finalmente, conseguimos entrar en un abarrotado bar, donde había gente sobre la chepa de otros, y después de dar un par de codazos, tres navajazos y amenazar con la 9 “milímetros”, nos cedieron amablemente un lugar en la barra. Una vez acomodados, rendimos culto a dos copas de Albariño. Teníamos que ir dándole al cuerpo algo con lo que entretenerse antes de la cena.

Al salir del local, después de la cena, la lluvia nos dio un respiro. Las calles estaban menos concurridas, se respiraba un aire fresco, puro, limpio. El paseo de regreso hasta el hotel nos ayudaría a tener una digestión menos pesada.

Al día siguiente, disfrutamos de un excelente desayuno, donde no podía faltar la tarta de Santiago, entre otros manjares.

Aquí, el asunto del café se resolvió de la manera más sencilla. No era necesario realizar ningún curso intensivo en la Universidad de Wisconsin y en cuanto a la leche sin lactosa, sólo había que solicitarlo a alguna de las dos camareras que, enseguida depositaron una jarra en la mesa.

Después del opíparo almuerzo, asistimos puntuales al acto religioso en una Catedral abarrotada de público proveniente de todas partes del mundo.

Algo que, al parecer es tan habitual como inapropiado, es que hay muchas personas que acuden al templo a coger sitio en los mejores bancos, al tiempo que se las ingenian para colocar todo tipo de objetos con el fin de indicar que ese sitio ya está reservado a otras personas. La primera vez que lo vi me pareció un abuso y me recordó a esas personas que, en la vía pública, ocupan un espacio entre dos coches “reservando” esa plaza a un conductor que todavía no ha llegado. Pero, claro, no te vas a poner a discutir con alguien en medio de la catedral, no?

Terminado el cual, recogimos el equipaje del hotel y abandonamos Santiago, camino de nuestro siguiente destino.

© Carlos Usín.

sábado, febrero 07, 2026

IMPRESIONES DE UN VIAJERO (II).

A medida que me acercaba a Salamanca el termómetro del coche señalaba que la temperatura exterior iba descendiendo poco a poco hasta llegar a marcar -6. Nada extraño por esas latitudes. Aunque a mí, lo que de verdad me preocupaba, y cada vez más, era el indicador de los kilómetros que me quedaban antes de quedarme sin gasolina. Ese también iba descendiendo: primero 100 que es cuando se enciende la alarma. Después, 85…80…75…60. Y sin atisbar una maldita gasolinera. Reduje la velocidad para reducir el consumo. Hacía rato que había caído la noche, aunque eran poco más de las 18.00, y ya empecé a imaginar los peores presagios: noche oscura, gélida, al borde de la autopista, sin gasolina. Tan solo faltaba para el broche final que se perdiera la cobertura del móvil. Finalmente, el anuncio de una estación de servicio emergió en la oscuridad como un oasis en el desierto y me abalancé sobre ella como si fuera Mad Max en busca de gasolina.


Al salir de la cálida atmósfera del coche un aire polar me obligó a ponerme el “plumas” a toda prisa. El depósito tragó como un camello sediento, pero al menos, ya podía llegar a la capital sin problemas. Era cuestión de hora y media, o así. Una hora prudencial de llegada al hotel que todavía me permitía dar una vuelta por la Plaza Mayor – cerca del hotel - antes de irme a dormir.

Una vez que había eliminado de la ecuación el factor gasolina, empecé a pensar en la cena. La verdad es que tenía algo de hambre, porque cuando conduzco en un viaje largo, procuro no comer o hacerlo frugalmente. Tampoco era cuestión de cenar como un troglodita, pero desde luego, disfrutar de lo mucho que ofrece Salamanca, sí.

Cuando uno le da la dirección del hotel al GPS se encomienda a su sapiencia infinita y no espera mayores contratiempos. Hasta que sucede, claro. Y a mí, me pasa de vez en cuando y esa fue una de esas ocasiones.

La travesía hasta las estribaciones de la capital no representó ningún problema. Tan solo faltaban unos cien metros para aparcar el coche frente a la entrada principal del hotel Eurostars Las Claras. Sólo tenía que girar a la izquierda, recorrer menos de 100 metros y al torcer a la derecha, allí estaba la entrada. La entrada, sí que estaba. Incluso el hotel, pero alguien se había enterado que yo iba y decidió cambiar el sentido de la calle. Lo que antes era de bajada, ahora era de subida.

En ese momento maldije al GPS por no haberme dado un camino alternativo.

Para que no hubiera dudas había una valla con una señal de prohibido justo cuando debía torcer a la izada. La valla estaba, pero no impedía el paso de vehículos, porque había que permitir la circulación a los que venían.

En ese momento tenía dos alternativas. La primera, averiguar cómo le dices al GPS que te está diciendo que “tu destino está a la derecha a cien metros”, que reflexione, se lo piense y te mande a dar una vuelta por Salamaca la nuit, con el riesgo de que en cualquier giro te equivoques, te pierdas y los cien metros se conviertan en kilómetros.

La segunda opción, era pasarme por el arco del triunfo la señal de prohibido, circular cien metros en dirección contraria y girar.

Adivina.

¡Exacto!  

Giré a la izquierda asegurándome, eso sí, de que no venía nadie de frente. Todo fue según mis planes, hasta llegar justo a la esquina. Allí, cuando tenía que girar a la derecha y aparcar en la puerta principal del hotel, justo allí, me encontré con tres coches de frente. Seguro que eran miembros de la conjura contra mí y formaban parte del equipo que decidió cambiar el sentido de la calle.

La opción de dar marcha atrás y apartarse para cederles el camino quedó descartada al instante. Era de noche, detrás, en alguna parte, había una valla sin señalizar. Tenía que pensar rápido antes de que la paciencia se les agotara y comenzaran a lanzar exabruptos. En mi análisis de la situación medí las distancias, los riesgos y los ángulos, y decidí acortar por la tangente: tomé una solución imaginativa, audaz, a la par que novedosa: me subí a la acera, y llevé el coche hasta donde quería.

Afortunadamente, el bordillo era casi inexistente porque estaba adaptado a personas con movilidad reducida y lo mismo sucedía con el pequeño escalón hasta llegar a la zona de bajada de equipajes frente al hotel. La farola que había en medio, tampoco supuso ningún problema.

Tras los trámites normales de registro, y dejar el equipaje en la habitación, lo siguiente era aparcar el coche.

Había varias razones por las que meter el coche en el parking del hotel. La primera era que todos los alrededores, era zona azul y yo no iba a estar pendiente del horario y preocupado por si el guardia estaba ansioso de poner una multa o no. Además, había obras en la zona y esa era la razón por la que la calle en cuestión había modificado su sentido natural de circulación. Y, ¡qué caramba! Yo ya contaba con que, en Salamanca, en esas fechas, iba a hacer el frío que acostumbra y no me apetecía que el coche se quedara a la intemperie. Por otra parte, no es lo mismo subir y bajar el equipaje del garaje a la habitación, por ejemplo, en el ascensor, que ir acarreando por la calle con él, como tuve que hacer en Galicia. Para mí, en la elección del hotel hay un factor muy importante y es si dispone de parking propio o no. En este caso, además, era novedoso.

El parking estaba unos pocos metros más abajo del hotel. El acceso se controlaba desde Recepción y lo novedoso era que se trataba de un ascensor. Un ascensor tan suave en sus desplazamientos que te costaba apreciar que se movía. Una vez abajo, el parking, que no tenía demasiadas plazas, estaba prácticamente vacío y ningún cartel advertía de por dónde estaba el ascensor que te conducía a Recepción.

Con los deberes hechos y con un frío considerable, aprovechamos que la Plaza Mayor no estaba lejos y fuimos allí. El aire frío no impedía que el paseo resultara reconfortante. Era viernes por la noche y se notaba en el ambiente. Nos sorprendió que, a pesar de que la temperatura estaba entorno a los cero grados, los bares, las cafeterías, los restaurantes y hasta las terrazas al aire libre, estaban a rebosar. Había gente en la calle haciendo cola para entrar en los sitios. Nos dimos una vuelta por la zona para ver dónde podríamos quedarnos y cenar.

A medida que íbamos leyendo las cartas de los restaurantes, de los bistrós, de los mesones, tascas y toda clase de tugurios que nos encontrábamos, podía sentir cómo mis jugos gástricos se iban haciendo una idea del primer plato, el segundo y hasta del postre.

Fuimos desechando opciones; unos por los precios escandalosos; otros por el gentío que los abarrotaba; otros porque estaban vacíos y eso significaba peligro; otros porque había que reservar con antelación. Al final, también en esto adoptamos una solución innovadora, revolucionaria: nos metimos en un VIPS.

Estar en Salamanca y meterse a cenar en un VIPS es como ser americano y pedirse un perrito caliente y una Coca Cola en Ávila, por ejemplo. Pero a partir de cierta edad, la naturaleza impone su absolutismo sobre diversos vicios, incluidos la lujuria y la gula. Impera la cordura, la sensatez y las decisiones racionales y saludables. La verdad es que, hasta el VIPS se llenó hasta la bandera, lo que vino a confirmar que no éramos los más raros del lugar.

En el camino de regreso al hotel las terrazas seguían a rebosar, la gente seguía de pie en la calle con un vaso en la mano, charlando animadamente y las mesas de los restaurantes y mesones, estaban ocupadas. Daba igual que se tratara del interior o del exterior, estaba claro que los lugareños habían decidido abrigarse y salir de casa, porque la alternativa era quedarse la mayor parte del año. Imagino que eso es lo que se conoce como adaptación al medio.

Tras el largo viaje y el paseo en la fría noche salmantina empezamos a notar el cansancio. Por eso, agradecimos entrar en la habitación y encontrarla cálida, tranquila, en silencio. Era amplia y cómoda, incluyendo el cuarto de baño, no como el del hotel en Galicia de infausto recuerdo (ver I). En este, se había eliminado la bañera y se había dejado la ducha con una alcachofa gigante que hacía mucho más gozosa y placentera la experiencia. El inodoro, estaba al otro lado, resguardado tras una puerta de cristal. Una cama enorme con un colchón perfecto, invitaba a descansar del viaje y a dormir a pierna suelta.

A la mañana siguiente nos levantamos y bajamos a desayunar. Un comedor de verdad, con manteles de verdad, con camareras de verdad, con cubiertos y vajilla de verdad, y con una amplia oferta de alimentos, tanto dulces como salados.

Un detalle que me llama la atención es que, desde hace ya años, a los que somos cafeteros se pone a prueba nuestro ingenio, porque en cada alojamiento el sistema de obtener una taza de café con leche, varía como de la noche al día. Eso, al final, te va convirtiendo - de una manera apenas perceptible - en un experto en el uso de todos los artilugios para conseguir la droga negra. Ahora todo son máquinas sofisticadas, en las que – en unos casos - debes seleccionar e introducir una cápsula, en el lugar y de la forma predeterminada, bajar alguna barra de seguridad, apretar varios botones, remover los tanques de oxígeno de la nave, hallar el logaritmo neperiano de 1 y después, tal vez, sólo tal vez, comienzas a ver expulsar el ansiado liquido negro por algún conducto.

En otras, la obtención del café pasa por intentar descifrar cuál de todos los botones que tienes frente a ti, se corresponde con un sencillo café con leche. Más parece el panel de control del Apolo XIII.

A mí, con estas cosas me entra complejo de inútil, porque en cada hotel el sistema es diferente y hace que cada vez que me enfrento a este problema, me quedo paralizado intentando averiguar cuál es el botón de autodestrucción para evitar que explote como en Misión Imposible.

Después de superar la prueba del café, la de la leche, y de llenar el plato con diferente tipo de frutas, primero, y de dulces, después, te sientas ansioso y hambriento a disfrutar con tranquilidad de tu bien ganado desayuno.

A través del ventanal, podía sentir el intenso frío que hacía fuera, en la calle. Los cristales estaban ligeramente empañados por la diferencia de temperatura. Las escasas personas que pasaban por allí, iban bien abrigadas y el aire que exhalaban dejaba una estela blanca que se difuminaba tras ellos. A algunos parecía que les salía humo de su cabeza por la diferencia de temperatura entre el cuerpo y la atmósfera.

Después del desayuno y dado que teníamos tiempo de sobra hasta llegar a nuestro próximo destino, decidimos ir a comprar un recuerdo a una tienda especializada. El típico imán para colocar en la nevera. Había buscado una tienda especializada en este tipo de objetos. Entre las respuestas que me dio Google elegí la que me pareció mejor: Trotamundos. No estaba lejos del hotel, pero aún así, nos costó un poco encontrarla, no porque estuviera escondida, sino porque Google a veces no es fácil de seguir.

Tras lo cual, regresamos al hotel, recogimos el equipaje, el coche y nos marchamos hacia nuestro siguiente destino.

No era el momento de visitar la capital, ni su catedral, ni la universidad ni ninguno de los monumentos por los que es famosa. Eso queda pendiente para un futuro. En esta ocasión se trataba sólo de una situación de paso.

 

© Carlos Usín