sábado, enero 31, 2026

IMPRESIONES DE UN VIAJERO (I)

Siempre que organizo un viaje me excito como esos perros Jack Russell terrier justo cuando les abren las puertas de sus jaulas y los sueltan al campo. Son un torbellino de energía. Huelen la acción, corren sin ningún destino fijo olisqueando todo lo que hay alrededor, el aire, el campo; ladrando a la espera de que el amo le dé las órdenes oportunas. Se comportan como un explorador incansable, valiente y con un altísimo instinto cazador, aprovechando su energía inagotable para correr, olfatear y cavar.


Galicia tiene un lugar privilegiado en mi memoria. Siendo muy niño, mis veraneos en un pueblecito de la costa de Lugo, me proporcionan los mejores recuerdos de toda mi infancia. Así es que regresar a Galicia, a cualquier parte, siempre lleva una carga muy importante de nostalgia.

En esta ocasión había diseñado un viaje en el que se mezclaban objetivos puramente hedonistas, con otros terapéuticos. En concreto, pensábamos disfrutar de un magnífico hotel de 4*, de su balneario con sus tratamientos, y aparte, del infinito tesoro paisajístico, cultural y gastronómico de la zona.

El pequeño inconveniente es que Galicia está a más de mil kilómetros de mi casa. El problema no es de Galicia, que lleva ahí toda la vida. El problema es que viviendo donde vivo quiero ir donde quiero ir. Y eso conlleva algunas limitaciones y por eso la planificación lo es todo si quieres que la experiencia sea perfecta.

Nuestro plan de vacaciones estaba diseñado al detalle, como el Día D: los itinerarios, tanto el de ida como el de vuelta, las visitas turísticas, las paradas obligadas. Todas las reservas confirmadas. No había lugar a la sorpresa.

Dada la distancia hasta nuestro destino final era más prudente hacer un alto en el camino y pernoctar en un lugar más o menos a mitad de camino. El Parador Nacional Casa de Insua, es el único establecimiento perteneciente a la cadena y situado en el país vecino.

Un lugar de ensueño, un oasis de paz, de quietud, donde, mientras tomas una copa de bienvenida en el jardín, no se escucha ningún sonido, ni siquiera el de los pájaros, los grillos o las cigarras, que parece que han decidido enmudecer para no perturbar el descanso. Un lugar en el cual, hasta el tañer de la campana de la iglesia cercana, se realiza con tanto mimo, que cuesta un poco escucharlo. Se diría que el campanero la ha forrado y pide perdón con cada golpe de tan suave que es. Un lugar que invita al recogimiento y a pasear por sus extensos y bien cuidados jardines. O si lo deseas, también puedes disfrutar de su piscina, de los vinos y quesos que producen en la finca y de la cerámica que ofrecen a los huéspedes. El lugar ideal para ir acostumbrando al cuerpo a toda clase de futuros lujos y placeres terrenales como masajes, piscinas termales, spa, albariño, pulpo a feira y demás.

A la mañana siguiente y después de la noche de relax, la tentación de la variedad del bufet del desayuno hacía difícil cualquier elección, ya fuera dulce, salado o una mezcla de ambos. El servicio por parte del personal, magnífico como siempre y encantadores.

Tras el generoso desayuno retomamos nuestro camino y nos dirigimos a nuestro destino a unos 400 kilómetros, en tierras gallegas.

Cualquiera que haya utilizado la autopista de peaje AP-9 seguramente compartirá conmigo la sensación de que detrás de cada repecho, de cada curva, hay un control de pago y que casi tienes que ir con la tarjeta de crédito entre los dientes para ganar tiempo.

Después de sortear semejante “sablazo”, por fin, conseguimos llegar a nuestro destino.

Y ahí, justo en ese momento, fue cuando empezaron a surgir las sorpresas. Esas que no estaban previstas.

La primera fue el parking. Había, sí, un recinto en el exterior del hotel habilitado para tal uso, pero absolutamente insuficiente para albergar a todos los vehículos de los clientes del hotel. Además, no es que estuviera a la puerta, precisamente. Lo curioso es que ese recinto se cerraba por la noche y se volvía a abrir por la mañana, como si en vez de coches hubiera vacas o respondiera a un toque de queda. Me pregunté qué hacían los clientes del hotel si se les ocurría salir por la noche a cenar y se encontraban con que la puerta estaba cerrada. Y a continuación, la respuesta más lógica: allí no se movía nadie a partir de las 20.00.

Además, las plazas eran tan estrechas que una vez habías aparcado el coche, para salir de él tenías que utilizar alguno de los artilugios de James Bond, como el asiento eyectable, por ejemplo, porque no había espacio para abrir la puerta y sacar el cuerpo. Pero en mi caso mi problema era otro: el parking estaba a rebosar. Así es que debía encontrar un lugar donde poder aparcar el coche. Y más tarde, cuando consiguiera llegar hasta el hotel, ya vería cómo acarrearía con las maletas y las bolsas por jardines y aledaños hasta llegar a la Recepción.

Dejamos el coche con el equipaje en el maletero justo frente al edificio del Concello, en las inmediaciones del hotel, y nos encaminamos allí.

Eran las 14.30 y habíamos cumplido nuestro objetivo de llegar a tiempo para la hora de la comida. Una cosa es que los hoteles no pongan a tu disposición la habitación hasta las 15.00 horas, oficialmente, y otra que pretendas comer a según qué horas.

Segunda sorpresa: al llegar a Recepción nos confirmaron que, tal y como suponíamos, la habitación no estaría disponible hasta las 15.00. Así las cosas, no quedaba otra alternativa que proceder a comer.

La tercera sorpresa fue el restaurante.

En un hotel de 4 estrellas no me esperaba que el comedor me recordara tanto al que tenía la soldadesca en la Base Aérea de Torrejón, en 1976, cuando un servidor estaba haciendo la mili.

Los manteles y las servilletas eran de papel blanco. Los cubiertos, los platos y los vasos, había que servirse como si estuvieras en el IKEA. Al menos no eran de plástico. Las camareras, que no vestían uniforme, iban retirando los platos sucios y empujando por todo el comedor unos carritos que parecía que los habían comprado en Aliexpress.

Al echar un vistazo general al comedor el panorama era desalentador. Por el aspecto de los comensales uno podría pensar que estaba en un geriátrico en hora de visita de los familiares.

Al igual que en IKEA, todas las comidas que se servían en el hotel eran estilo bufet. Allí no había carta, ni menú, ni maître, ni nada parecido. Tan solo unas bandejas colocadas sobre un mueble, una al lado de otra.

Al parecer, los allí presentes habían madrugado para llegar antes al restaurante y ya habían dado buena cuenta de lo ofrecido, porque alguna de las bandejas estaba medio vacía, y otras vacías del todo. Nuestro sueño de disfrutar de la deliciosa cocina gallega se había convertido en una ilusión.

Después de comer nos acercamos a Recepción para inscribirnos y que nos dieran una habitación. Antes de hacer una excursión hasta el coche y traer las maletas, era más prudente verla primero.

Subimos inmediatamente. El cuarto de baño era de dimensiones reducidas y para entrar en la bañera, era tan alta, que necesitabas la ayuda de un sherpa. Algo poco útil teniendo en cuenta que a la mayoría de los clientes les costaba un serio esfuerzo levantar una pierna hasta esa altura. Pero el mayor peligro no era la entrada en la bañera: era la salida. A pesar de eso, todo parecía correcto; así que, regresamos adonde habíamos aparcado el coche a recoger las maletas.

Mientras intentaba llegar sano y salvo al hotel, cargado con las maletas, arrastrándolas, me vino a la cabeza la imagen de Robert De Niro en la película “La Misión”, cuando hacía lo propio con todos los enseres de su hermano – al que había matado en una reyerta - y lo arrastraba como una pesada carga por toda la selva. Era pleno mes de agosto, calculo que recorrí cerca de 200 metros con el equipaje y tuve que hacer breves descansos para recuperar el resuello. Hasta Galicia llegó la ola de calor que asfixiaba a toda España. Sudaba como en una sauna y la idea de llegar a la habitación y comenzar a disfrutar del aire acondicionado me daba ánimos.

¡Iluso!

Una vez en la habitación y mientras deshacíamos las maletas y organizábamos todo, empezamos a comprobar que el aire acondicionado no enfriaba. Cuando terminamos de organizar la habitación, bajamos a recepción a preguntar qué pasaba y allí se empezó a formar el follón.

Otra sorpresa.

La señorita de recepción nos dijo que el aire se había estropeado el sábado (en ese momento era lunes por la tarde) y que estaban esperando a que los técnicos lo arreglaran. Hubo algunos huéspedes que comenzaron a elevar el tono y comentaron que eso era intolerable y lo cierto es que, en realidad, se estaba mucho mejor en la calle que en la habitación.

El argumento apestaba a excusa barata. Si de verdad la avería se produjo el sábado, un hotel de esa categoría debería haberla resuelto el domingo, como muy tarde. Empecé a sospechar que, en realidad, el aire acondicionado, llevaba mucho más tiempo sin funcionar…y no por una avería. Simplemente la dirección quería ahorrar costes.

Al no funcionar el aire acondicionado la alternativa era abrir la ventana para dormir frescos por la noche. El problema era que justo al lado, había una torre de refrigeración que hacía un ruido infernal. Alternativa descartada.

Por el momento, las cosas no estaban saliendo como habíamos planeado, pero estábamos allí, en breve disfrutaríamos de los beneficios del balneario y nos relajaríamos. De entrada y dado que en la habitación hacía un calor como en un asador de pollos, decidimos salir y darnos una vuelta por el pueblo.

Descubrimos que el pueblo era minúsculo hasta decir basta. Eso nos hizo comprender mejor que los huéspedes del hotel no necesitaran de sus vehículos por la noche, porque, simplemente, no había donde ir.

Entramos en la iglesia. Estaba desierta. Tal vez por eso, para llamar la atención de los feligreses, el campanero seguía con su insistente y molesto concierto. Un carrillón que parecía no tener fin.

Encontramos un bar a la sombra y pedimos algo de beber. Tal vez, con algo de alcohol y un poco de tranquilidad se nos fuera pasando el cabreo.

Durante todo el tiempo que estuvimos allí sentados, intentando relajarnos, estuvieron tañendo las campanas. Y lo malo es que parecía que sonaban a muerto. Y efectivamente, algo más tarde, al abandonar el bar y pasar de nuevo por la iglesia, vimos aparcado en la puerta un coche fúnebre y un grupo de personas esperando a que introdujeran el féretro en el templo.

Regresamos a la habitación y finalmente comprobamos que allí íbamos a pasar una mala noche. Sin aire acondicionado y con la ventana cerrada por obligación.

Bajamos a cenar, aunque sin mucho apetito. Enseguida descubrimos que el supuesto restaurante, que no pasaba de la categoría de abrevadero, no tenía capacidad para albergar a todos los clientes alojados, por lo que se habían establecido dos turnos con sus horarios correspondientes. Ese era el motivo por el que, a las puertas del comedero, había un numeroso grupo de personas esperando a que alguno de los que estaban cenando dentro, se levantara y se fuera. Ante semejante perspectiva y dado que el menú tampoco era como para tirar cohetes, decidimos buscar un sitio donde cenar mientras disfrutábamos de una noche fresca y agradable.

Comprobamos que todos los tugurios que había cerca del hotel, además de tener precios para los turistas, estaban llenos a rebosar. Al final, regresamos al mismo sitio donde habíamos tomado la copa por la tarde. Se estaba de maravilla, lo cual, parecía un contrasentido: era difícil entender que estuvieras mejor en una cafetería que en tu habitación de un hotel de 4 estrellas. Estuvimos allí alargando todo lo que pudimos nuestro regreso al horno de la habitación, pero al final, debíamos dormir en alguna parte y no iba a ser en la calle.

La noche fue un infierno. Intentar conciliar el sueño en una habitación en pleno mes de agosto, sin aire acondicionado, era imposible. No nos quedó otra alternativa que abrir la ventana y a pesar del ruido tan molesto, hacer lo posible por dormir.

A la mañana siguiente bajamos a desayunar. Allí pudimos comprobar que los ánimos estaban tan caldeados como las habitaciones. Un individuo y su amigo, que tenían la habitación en nuestra misma planta, venían desde Cádiz. Ellos – como todos – estaban indignados, pero se quedaron atónitos cuando les mencionamos nuestra decisión de regresar a casa en ese mismo instante, después de desayunar.

Después de desayunar hablamos con recepción, otra vez, y nos informaron que estaban esperando a que llegaran los técnicos para arreglar el problema. Les informamos que nosotros habíamos contratado un hotel con todos sus servicios y que, en esas circunstancias, cancelábamos nuestra estancia. A nuestro alrededor se arremolinó un grupo de clientes que se limitó a protestar, pero sin tomar ninguna decisión, ni siquiera la de denunciar oficialmente la deficiencia.

El problema para acercar el coche era que el hotel estaba en una zona básicamente peatonal y la circulación de vehículos estaba restringida a los vecinos. De todas formas, conseguí averiguar el camino para acercar el coche hasta la puerta del hotel. Después de la experiencia del día anterior, me negué a repetir la hazaña de acarrear de nuevo con el equipaje hasta el coche.

Metimos las maletas en el coche y empezamos nuestro regreso a casa. Teníamos por delante más de mil kilómetros y toda la meticulosa plantificación que habíamos hecho, acababa de saltar por los aires. Habíamos previsto permanecer diez días en el fabuloso hotel con balneario y no habíamos estado ni 24 horas. Pero eso no era todo.

Nuestro plan contemplaba que, a la vuelta de Galicia, en vez de regresar por Portugal, haríamos noche en el Parador de Ávila. El problema era que la reserva del Parador era para diez días después. Estábamos a mediados del mes de agosto. Así es que la primera decisión que debíamos tomar era si íbamos a parar en Ávila. Mientras ya habíamos iniciado el viaje de vuelta llamamos al Parador y nos dijeron que no podían cambiar la fecha porque el parador estaba completo. El importe de la reserva no era reembolsable.

Otra alternativa era intentar improvisar algo, pero tal y como se nos habían dado las cosas, parecía algo arriesgado intentar encontrar un hueco para una noche en un sitio desconocido, a mediados de agosto. Opción descartada. Tan sólo quedaba la más terrorífica: hacer todo el trayecto entero y sin pernoctar. Más de 1.100 kms.

A pesar de saber que no podíamos pernoctar en el Parador de Ávila, decidimos que el camino más apropiado era Orense-Zamora-Salamanca-Cáceres-Sevilla y a casa. Eran más kilómetros, pero podíamos elegir con más libertad cualquier sitio para hacer una pausa, comer o tomar un café. Lógicamente, recorrimos la A52 y la A66.

De vez en cuando el GPS nos informaba que era posible que en nuestro itinerario hubiera algún incendio de grandes proporciones. Nosotros no vimos nunca nada que tuviera relación con un incendio. Fue, más bien al contrario. Lo que nos cayó del cielo fue el diluvio. Una lluvia de tal calibre que las gotas al chocar contra el parabrisas parecían piedras. El limpia no daba abasto, el firme de la autopista comenzaba a inundarse; los cristales parecía que iban a estallar. Así es que, nos resguardamos de la lluvia debajo de uno de los puentes y allí esperamos unos instantes a que escampara un poco.

Yo siempre que me pongo tras el volante, me fijo como norma que no tengo que cumplir ningún horario. Tarde lo que tarde, la idea es llegar. Así es que paramos las veces que fueron necesarias y después de 15 horas de viaje y unos 1.100 kms, llegamos a casa a medianoche. Iniciamos el viaje a las 09.00.

A partir del día siguiente los telediarios abrían con las noticias de los más devastadores incendios en Galicia y Castilla - León. Unos incendios tan graves, que hubo varios muertos y hasta tuvieron que cerrar al tráfico la A-52 y la A-66 durante varias horas, y más de un día.

El GPS tenía razón. Y nosotros tuvimos suerte de que no nos pillaran esos incendios.

Y así termina un inolvidable viaje de ida y vuelta, de 2.300 kilómetros en tres cómodas etapas: dos de ida y una de vuelta.

Salvo por la mierda del hotel, el parking a 200 metros, la avería del aire acondicionado, su restaurante que más parecía un abrevadero, las campanas tañendo a muerto, el diluvio que nos obligó a guarecernos debajo de un puente, y que tuvimos suerte de que no nos pillaran los incendios más pavorosos de las últimas décadas, el viaje fue estupendo.

 

© Carlos Usín

viernes, diciembre 05, 2025

Navidad: sensaciones encontradas.

Hace unas pocas semanas recibí un par de mensajes especiales.




La primera sensación que tuve al recibirlos fue de sorpresa y alegría. Hacía muchos, muchos años, que no tenía noticias de ninguno de sus remitentes. Son esas típicas situaciones en las que, durante un cierto tiempo, más o menos dilatado, mantienes una relación constante, casi intensa, con ciertas personas y después, por diversas razones o por ninguna, esa relación se va difuminando hasta desaparecer. Algunos intentan definir esa situación con expresiones como “circunstancias”, “la vida” o “el destino”. Sea como fuere, el caso es que más de una vez nos ha pasado esto y cuando sucede con personas a las que aprecias, retomar el contacto, aunque sea de manera fugaz, siempre es como un regalo. Por el contrario, cuando la relación que has perdido es con alguien con quien no tenías muchas afinidades, agradeces el paso del tiempo sin noticias del enemigo.

Por eso, cuando después de veinticinco o treinta años recibo un WhatsApp de una de esas personas cuyo encabezado es: “hola, soy…., te acuerdas?” pues me alegré. Pero la alegría se tornó en preocupación poco después; exactamente cuando me dijo que su madre estaba en cuidados paliativos y que le quedaba poco de estar en este mundo.

En ese momento me vinieron de golpe docenas de recuerdos, de momentos que vivimos todos hace tanto tiempo que parece que fue en otra vida. También recordé las muy especiales circunstancias que la vida usó para poner en contacto a esa madre, que ahora moría sedada, y su hija adoptada. Una adopción que, ya de por sí, encierra una dramática historia.

La noticia, lógicamente, me puso triste, pero al mismo tiempo, entendí que a pesar de los muchos años transcurridos, cuando llega el momento de la amargura y de aceptar lo inevitable, necesitas compartir ese dolor, aunque sea a través de un simple chat en WhatsApp. Cuando estás al lado de la cama de tu moribunda madre necesitas que alguien te coja la mano y si no tienes una pareja sentimental, como es el caso, tienes que intentar lo que sea. Por eso, agradecí que a pesar del tiempo transcurrido prevalecieran esos buenos sentimientos que en su día nos unieron y que llegado el momento pensara en mí. Parece un contrasentido alegrarse de que alguien te tenga en cuenta a la hora de comunicarte una noticia tan luctuosa, pero lo importante es que, en los momentos duros, a pesar de los 30 años sin noticias, hay un hueco para mí en el corazón de esa persona.

Después de un breve intercambio de mensajes en los que intentamos ponernos al día, nos despedimos.

Pasaron unos días sin noticias y entendí que la situación requería respetar ese silencio.

Hasta aquí la pequeña historia de uno de los dos mensajes que mencionaba al inicio.

En el caso del segundo mensaje, la situación tampoco era una invitación a una fiesta.

Mi amiga, después de unos 26 años, me comunica que los médicos le han detectado un cáncer, pero que, al parecer, lo han detectado en una fase temprana y son optimistas. Y que menos mal – según sus propias palabras – que lo del divorcio duro y desagradable ha quedado atrás y las cosas se han producido de forma secuencial y no al mismo tiempo.

Así es que, por un lado, el divorcio, después de unos 30 años de matrimonio. Luego, cuando has conseguido superar ese trauma, en cuestión de pocos meses va el médico y te pone a prueba con un diagnóstico de los que te cambian la vida. Y, ahora, para redondear el panorama de mi amiga, le añadimos que el hijo mayor tiene síndrome de Down.

Aunque en España no se considera que estamos en Navidad hasta que se canta el Gordo, las ciudades engalanadas, el ambiente, y las televisiones, que prácticamente sólo emiten películas de corte navideño, no hacen sino invitarnos a una inmersión masiva en ese espíritu de fiesta, alegría y gasto desenfrenado. Y es en este punto en el que me detengo un momento a reflexionar sobre los distintos tipos de Navidad que existen y comprendo que haya legiones que las aborrecen, que no les apetece para nada las macro reuniones familiares, los compromisos, el gasto excesivo y obligado en regalos, y que cada año se les hace más difícil soportar la añoranza de los que ya no están.

Cualquiera que haya sufrido la pérdida de un ser querido sabe lo que es la primera Navidad con esa silla vacía. Cualquiera que haya sufrido un divorcio, conoce lo que es esa primera Navidad. Y si hay niños, más. Cualquiera que tenga que afrontar un problema de salud serio, vivirá unas Navidades distintas.

Y también están las otras Navidades: las de la ilusión, los sueños, la fiesta y la esperanza. La Navidad de los villancicos, pandereta y zambomba.

Hay Navidades de percebes y langostinos, y las hay de huevos fritos con chorizo. Hay Navidades de risas y alegrías, y las hay de lágrimas y ausencias.

En cualquier caso ¡Feliz Navidad!

martes, noviembre 18, 2025

Las hermanas Kessler se han suicidado.

Lamentablemente, hablar hoy en día de suicidio no levanta esa sensación de estupor, de sorpresa que originaba no hace tanto tiempo. Parece que los seres humanos nos vamos acostumbrando a casi cualquier cosa y aunque las estadísticas oficiales dicen que en España cada día se suicidan 11 personas, - que ya está bien - parece que la idea de abandonar este mundo solamente nos afecta cuando quien la toma es un adolescente víctima del acoso escolar.

Tal vez, en este caso, los que hayan leído la noticia se hayan sorprendido de que las hermanas, gemelas por más señas, hayan tomado la decisión al mismo tiempo y de forma asistida, lo cual, ya de por sí, hace que la noticia sea destacable. Hasta es posible que consideren como algo lógico y normal, que dos ancianas de 89 años decidan poner fin, de manera conjunta, a su existencia en este planeta. Y también es posible, que la mayor parte de esos mismos lectores no tengan ni repajolera idea de quienes eran estas dos venerables ancianas y porqué es noticia que hayan decidido bajarse de este mundo y porqué estoy dando la lata con el tema. Y esa sería la primera pregunta: ¿quiénes eran las hermanas Kessler?

Alice y Ellen Kessler nacieron en la localidad de Nerchau, perteneciente a la antigua Alemania Oriental, la comunista. Iniciaron sus estudios en el ballet clásico. En 1952 – antes de levantarse el Muro de infausto recuerdo – se trasladaron a la otra Alemania. Pronto comenzaron a destacar en escenarios y platós, y llegaron a representar a Alemania Occidental en Eurovisión en 1959.

La siguiente pregunta sería: ¿Y eso en qué nos afecta a los españoles? Pues hombre, tanto como afectar, no demasiado, pero en realidad, las hermanas Kessler están relacionadas con una incipiente Televisión Española, que en los primeros años 60 daba sus primeros pasos. Y mis primeros recuerdos como ser humano, también están ligados a esos años, cuando sólo había un canal y era en blanco y negro. Y las hermanas Kessler también se hicieron famosas en España, al aparecer en esas pantallas diminutas y entrar en las casas de todos los que se podían permitir el lujo de comprar un televisor, que no era nuestro caso. Pero nosotros, mis padres y yo, lo teníamos fácil: tan solo teníamos que cruzar el rellano de la escalera y tomar asiento en el salón de mi tío, Justo, el hermano mayor de mi padre que vivía enfrente. Él sí tenía televisor.

La escena me recuerda a esa otra de la película “La Gran Familia”, en la que por la noche se agolpaban todos en una ventana que, abierta de par en par, daba justo al salón del vecino, y él – como mi tío – sí que tenía televisor. En el caso de la película, la programación se terminaba en cuanto el vecino se percataba de toda la prole que había apostada al otro lado de la ventana y bajaba la persiana. En nuestro caso, afortunadamente no era así.

Gracias a esa facilidad podíamos ver bailar a las hermanas Kessler, ver actuar a Franz Johan, a la ventrílocua Herta Frankel y sus muñecos, reírnos con los Picapiedra y disfrutar de las aventuras en el rancho la Ponderosa de la serie “Bonanza”, o descubrir quién era el asesino en la serie de Perry Mason, abogado.

Eran los tiempos en los que las películas venían dobladas en español de Hispanoamérica y por eso nos sorprendía expresiones como “el occiso está en la cajuela del auto” cuya traducción es “el muerto está en el maletero”, o “jala la manija”.

Y así es como finalmente confieso que, en el fondo, cuando he leído la triste noticia de que las hermanas se habían suicidado, una ola de nostalgia me ha llenado, rememorando aquellos años de mi niñez en familia frente a un televisor. Porque, ver la tele, sí que la veíamos, pero aquello era un festival de chistes, chirigotas y comentarios, de los cuales yo sólo entendía que los mayores se lo pasaban en grande porque se reían mucho con las ocurrencias de unos y otros, aunque yo no entendía nada. Por ejemplo, mi tía Pepa, estaba impresionada con esas piernas tan largas y tan bonitas que tenían las Kessler, a lo que mi tío Justo, respondía: “Pepa, yo no las quiero para echar carreras”.

viernes, noviembre 07, 2025

El informe Cáritas.

Mientras día sí y día también los medios nos asedian con informaciones acerca de sobres llenos de billetes de dudosa procedencia y destinados a oscuros personajes; mientras algunos hacen ostentación indecente de su capacidad económica viajando a lejanos lugares con secretas intenciones o adquiriendo bienes de lujo a costa de los contribuyentes; mientras un minúsculo grupo de la sociedad, a los que alimentamos todos los demás, alardean de su supuesta supremacía sobre el resto y nos intentan convencer que “España va bien”, que “España va como un cohete”; mientras todo esto y mucho más sucede ante nuestros ojos, Cáritas publica un informe titulado: “Sobre exclusión y desarrollo social en España”. Un informe en el que con datos concretos y de forma descarnada, muestran una España que, bajo esta apariencia de sociedad progresista, en realidad, estamos viviendo en el filo de una navaja, de un abismo del que resultaría difícil salir. Algo impensable en la Europa del siglo xxi.

Imagen de Myriams-Fotos en Pixabay

Este informe, a pesar de su importancia y su calado, ha pasado de puntillas por los telediarios, sin más atención que la que recibe una noticia más, más o menos impactante, pero sin entrar en demasiados detalles. Se han mostrado mucho más proclives a hurgar en la pena de las víctimas de la DANA, algo que no hicieron con las del COVID, tal vez, porque éstas eran más de 120.000. Y, sin embargo, del informe de Cáritas se desprenden muchos datos que vienen a confirmar algunas situaciones que nos resultan incomprensibles hoy en día.

Uno de esos problemas con los que nos enfrentamos cada día, es el de la escasez de la vivienda.

Algunos simplistas pretenden justificar el problema argumentando que se debe, casi en exclusiva, a la especulación inmobiliaria, la codicia de los propietarios y el escaso salario que se percibe por el trabajo. Y, aunque tienen parte de razón, en realidad, el problema es mucho, mucho más complejo y debería ser atacado desde diversos frentes. No basta con que la ministra de turno ponga un teléfono.

Uno de esos aspectos que forman parte de la ecuación de este problema, se pone de manifiesto en el informe de Cáritas cuando dice (sic) “La transición migratoria ha transformado España de país emisor a receptor de 8,8 millones de inmigrantes.”

Es evidente que en España no permanecen esos 9 millones de inmigrantes, pero en opinión de Narciso Michavila, fundador de la empresa de demoscopia GAD3, en los últimos años, entre 2 y 3 millones de inmigrantes, han pasado a formar parte de nuestra sociedad, de forma estable. Y todas esas personas necesitan una casa donde vivir. Y a pesar de las fatuas y repetidamente incumplidas promesas del Presidente, en España no se construye lo suficiente, ni lo suficientemente rápido.

El suelo pertenece a los ayuntamientos; el papeleo tarda entre 5 y 10 años en tramitarse; todo el planeta quiere vivir en España, lo que aumenta de forma desproporcionada la demanda y pone en serios apuros a los nativos, que ven cómo sus sueldos son incomparablemente más bajos que los extranjeros.

Además, y por si esto no fuera suficiente, en España hay más de 1 millón de viviendas vacías, no por la codicia de sus propietarios, sino por la inseguridad legal ante los okupas; una actividad en cierta forma auspiciada, promovida o simplemente tolerada por el gobierno, lo que, sin duda, trae como consecuencia que, si un propietario no tiene la certeza de que, si su inquilino no abona lo convenido, debe abandonar la vivienda, aquel decida no poner su vivienda en el mercado.

Y esto nos lleva a tratar otro asunto que se menciona en el informe: la precariedad laboral.

“La precariedad laboral se ha normalizado en el mercado laboral, afectando a millones de trabajadores. La inestabilidad laboral se convierte en la norma, configurando una sociedad donde esta situación determina la salud mental y contribuye a la fragmentación social”.

Alrededor del 70% de los contratos laborales en España son temporales. Y en muchos casos, el hecho de disfrutar de un empleo no supone que tengas acceso a una vivienda, ni siquiera en alquiler. Tienes que ser pluriempleado.

El pluriempleo se dispara un 30% con Sánchez: 582.400 personas tienen más de un trabajo” (Miguel Puga 19/2/2025).

El pluriempleo se ha convertido para muchos trabajadores en una estrategia de subsistencia para poder hacer frente a los gastos básicos, incluyendo el alquiler o la hipoteca.

Ahondando en el problema laboral, España registra una de las tasas de paro juvenil más altas de la Unión Europea, superando ampliamente la media comunitaria. Mientras que la media de la UE se sitúa aproximadamente en torno al 14-15% en 2025, la tasa española ronda el 24%.

Según Cáritas, en España hay más de 4 millones de personas en riesgo de exclusión severa.

“La clase media española se está deteriorando, llevando a muchas personas a los estratos más bajos y disparando la exclusión social severa un 52% desde el año 2007. En total, en España viven 4,3 millones de personas en la exclusión severa, de los cuales, un tercio (1,4 millones) son menores de edad. «No fallan las personas, está fallando el sistema» (J. Jorrín/R. Ugalde 05/11/2025)

“La pobreza en España se ha vuelto más crónica y multidimensional, golpeando con fuerza a la infancia y alcanzando a sectores de las clases medias trabajadoras, lo que exige respuestas urgentes, integrales y sostenidas en el tiempo”.

Más adelante, el Informe continúa:

“El crecimiento económico coexiste con una privación material creciente que se extiende a las clases medias trabajadoras, lo que evidencia que tener trabajo no es una garantía suficiente frente a las carencias materiales”.

Evidentemente, esta situación económica tan precaria tiene unas consecuencias directas en el tipo y calidad de alimentación de las personas. En este sentido en el informe se apunta:

” La EINSFOESSA 2024 mide por primera vez la inseguridad alimentaria en España mediante la escala FIES, revelando que el 11,6% de los hogares la padece. De acuerdo con la FAO, la FIES es una escala que, a partir de las respuestas de las personas sobre su acceso a comida adecuada, clasifica la inseguridad alimentaria en tres niveles crecientes: leve, moderada y grave. Pues bien, un 4,5% sufre inseguridad leve (baja calidad alimentaria), un 5,7% moderada (reducción de cantidad, saltarse comidas) y un 1,4% grave (días sin comer por falta de recursos).”

Es inadmisible de todo punto que, en España, actualmente, haya personas que padecen hambre y malnutrición.

Podría continuar con el extenso informe que ocupa más de 700 páginas, pero he preferido resaltar sólo algunos aspectos que me han parecido más llamativos, por su crudeza.

Y se supone que debemos dar gracias porque tenemos un gobierno progresista.

jueves, octubre 23, 2025

El suicidio en adolescentes

Sandra, la niña sevillana de catorce años que se quitó la vida por sufrir acoso en el colegio, es la última víctima – por el momento – de una tragedia que, de forma silenciosa, pero implacable, como si se tratara de una maldición, asola de vez en cuando de forma aleatoria a alguna familia en España.



El suicidio, sobre todo si se trata de un menor, es la prueba irrefutable del fracaso de un sistema, principalmente, el educativo. Las instituciones – Colegios, Institutos, Ministerios, etc. – pasan de puntillas sobre este asunto creando sobre el papel supuestos protocolos preventivos del suicidio, cuando en realidad, lo que deberían estar atacando es el propio acoso que sufren algunos alumnos. Y, sin embargo, cada vez que se detecta un caso de persecución a un alumno, la víctima es la que sufre el señalamiento al ser trasladada de centro o incluso, de aula dentro del propio centro, cuando lo lógico y lo normal sería apartar a los acosadores. Con este proceder el propio sistema favorece la proliferación de figuras como éstas y son, por tanto, cómplices necesarios en las consecuencias posteriores que pudieran derivarse de su pasividad. En este último caso de Sandra, hasta la policía ha tenido que escoltar a los agresores cuando no lo hicieron para proteger a la víctima. Es decir, se sabe – o hay fundadas sospechas – de quien o quienes son los culpables, pero no se adoptan medidas disciplinarias contra ellos.

Resulta difícilmente entendible que una vez identificados a los agresores, éstos reciban protección policial o que, como suele ser costumbre y ya he comentado antes, sea a la víctima a la que se cambie de aula o de centro, permitiendo de esta forma, que los matones que provocaron esa agresión continúen impunes en un territorio que, finalmente y por pura lógica, terminarán considerando de su exclusiva propiedad. Es como estar garantizando la creación de guetos dentro de los centros educativos. De continuar con esta línea de actuación, mucho me temo que, a no mucho tardar, los estudiantes comenzarán a acudir a las escuelas con cuchillos, navajas y machetes, al más puro estilo Bronx. O que, como defensa, comiencen a organizarse en pandillas surgidas a partir de su origen étnico, reviviendo así un West Side Story a la española.

José Manuel López Viñuela, padre de una hija, Kira, que también se suicidó por sufrir acoso escolar, afirma en una entrevista a ElDiario.es de Sevilla:

“Cada año fallecen de media entre 50 y 60 niños por suicidio consecuencia de acoso escolar. Pero el Instituto Nacional de Estadística (INE) no lo registra como tal. En muchos casos se contabilizan como tropezones en la vía del tren o como que han tomado una medicación más alta de la normal. Pero no, son suicidios.”

De hecho, si cualquiera que lea estas líneas se toma la molestia de buscar por internet estadísticas oficiales sobre este asunto, verá que los datos no están actualizados, son parciales, incompletos o, simplemente, inexistentes. Si desde el Gobierno y los centros educativos ni siquiera quieren poner negro sobre blanco la gravedad del problema, difícilmente se va a poder aportar alguna solución. El primer paso para resolver un problema, es reconocer que existe y cuando los suicidios se intentan enmascarar alegando que son “tropezones” o que se han equivocado al tomar la medicación, no sólo es una falacia: es un insulto a las familias.

50 o 60 niños suicidados al año, es una cifra que representa el doble de las mujeres asesinadas por violencia de género en lo que va de año en España. Y, sin embargo, el tratamiento mediático que recibe un problema o el otro, no son ni remotamente comparables. Uno, ocupa lugares preeminentes en todos los medios informativos. Del otro, apenas hay datos estadísticos oficiales. Mientras existe una Ley contra la Violencia de Género, los protocolos contra el acoso escolar, no pasan de constituir un conjunto de buenos consejos, cuyo cumplimiento parece más discrecional que obligatorio. Así, al menos, es lo que se deduce del análisis de los casos de acoso terminados en suicidio, ya que ningún centro educativo, ningún responsable, ningún director, o jefe de estudios, nadie, nunca, ha tenido que afrontar ninguna responsabilidad, ni penal, ni disciplinaria, ni administrativa.

Por todo ello, la postura de D. José Manuel López Viñuela, responde a una lógica elemental:

“Nosotros pedimos una ley de acoso escolar que estipule qué consecuencia puede tener, por ejemplo, no aplicar el protocolo a tiempo o mirar a otro lado por parte de profesores, o por parte de familias que no eduquen a sus hijos con valores y luego hagan daño a otros niños en el colegio. Esas familias también deberían tener consecuencias, al menos civiles. Queremos una ley clara que no dé lugar a errores y que penalice al centro que lo haga mal y que premie al que lo haga bien.”

Y mientras este drama se desarrolla dentro de los colegios e institutos, pero, sobre todo, en las familias que sufren la pérdida de un hijo, la ministra Pilar Alegría, hace oídos sordos a esta petición avalada por 230.000 firmas, pero al mismo tiempo se afana por intentar convencernos de que en el Parador Nacional de Teruel, donde ella se hospedaba, no hubo ninguna fiesta en las habitaciones de Ábalos.

Aunque lo peor de todo es la desidia de los centros educativos que, al margen de que existan protocolos o no, o sean manifiestamente mejorables, en la mayoría de los casos hacen lo imposible para desentenderse del problema. Al fin y al cabo, tampoco les va a suponer demasiado trastorno un supuesto incumplimiento de las normas establecidas. Y para muestra, el último ejemplo del colegio de Sandra, la última víctima, y su colegio Irlandesas Loreto de Sevilla, un centro que lleva años acumulando denuncias sin que los responsables hayan adoptado ninguna medida extraordinaria, aparte de poner un buzón y una figura en el organigrama, que, a todas luces, es más decorativa que eficaz.

En el extremo opuesto, en ocasiones nos encontramos con padres y madres que exacerban las situaciones.

Hace unos días, una amiga me comentaba que una madre de un niño, compañero de su hija en clase, había enviado una carta a la dirección del colegio protestando porque su hijo no había sido invitado a la fiesta de cumpleaños de la hija de mi amiga, que se celebró en la casa particular de ésta. En dicha carta dejaba deslizar algunas frases que podrían inducir a que su hijo estaba siendo víctima de algún tipo de acoso y que la no invitación a la fiesta, sólo era un ejemplo más. Evidentemente, la directora del centro se puso en contacto con mi amiga para aclarar esta rocambolesca situación.

Lamentablemente, hay gente que confunde la velocidad con el tocino. Una cosa es que se produzcan situaciones de acoso entre los escolares y otra muy diferente, es que uno de esos escolares celebre su cumpleaños en su casa con quien se le ponga en el píloro.

Mal ejemplo está dando la madre a ese hijo. Le está enseñando que cuando no consiga algo que le apetece- aunque no lo merezca -, debe protestar enérgicamente hasta ver si lo consigue. De momento, estamos hablando de niños de 11 años; ya veremos cómo entiende esa actitud la criaturita cuando tenga 18.

Es cierto que los colegios o institutos no pueden convertirse en centros carcelarios, pero no lo es menos que, hasta el momento, las supuestas medidas adoptadas hayan dado ningún fruto y desde luego, en nada ayuda que los centros, cada vez que surge un problema de esta índole, se ponga de perfil. Por ejemplo, cuando existe una orden de alejamiento de uno de los progenitores sobre el menor, el centro debe poner especial cuidado a quién se hace entrega del niño cuando vienen a recogerlo. En esos momentos, debe ser una prolongación de los brazos de la Justicia. Así es que no parece que sea muy complicado aplicar medidas preventivas para detectar, eliminar o minimizar las situaciones de acoso o de riesgo de suicidio.


 

domingo, octubre 12, 2025

Casarse después de los 50

Hoy me he topado con una noticia que habla de que una famosa periodista, de 56 años, ya ha fijado la fecha de su segundo matrimonio.


Dejando al margen otras consideraciones relacionadas con la propia noticia, me planteo algunas cuestiones: ¿por qué? Qué es lo que impulsa a unas personas que ya han superado los cincuenta años – o incluso los sesenta –a contraer matrimonio ¿Es necesario? Qué los motiva a tomar una decisión de ese calibre. ¿Acaso no es complicarse la vida? ¿No daría igual si la pareja decidiera convivir sin tener que pasar por el Registro Civil? ¿Van a convivir bajo el mismo techo o cada uno en su casa y Dios en la de todos? En ese caso, ¿en tu casa, en la mía o en una nueva? ¿Y los hijos?

Parece lógico pensar que una vez que se llega a esas edades, los hijos, en caso de existir, ya sea de uno o de ambos, tienen que ser mayores y precisamente eso pueda constituir un escollo. Al margen de un período de adaptación a las nuevas circunstancias, un niño de corta edad puede ser más flexible a la hora de adaptarse, que un individuo que ronda los treinta. Eso sin mencionar aquellos aspectos relacionados con las finanzas y la herencia.

Sean cuales fueren las circunstancias, la unión sentimental de dos personas - independientemente de la edad - conlleva siempre una serie de riesgos, complicaciones y servidumbres inherentes a dicha unión, al margen de los más nobles y elevados sentimientos que hubiere entre ellos.

La sociedad en la que vivimos es mucho más que comprensiva en cuanto a la forma y manera en la que una pareja decide vivir su relación, por lo que esos valores tampoco representan un impedimento o una obligación. En absoluto suponen coartar de ninguna manera los planteamientos de la pareja, sobre todo, si tenemos en cuenta que desde 2022, se equipara en igualdad de condiciones el acceso a la pensión de viudedad de las parejas de hecho con los matrimonios

Y, sin embargo, por alguna razón, en los últimos diez años se ha duplicado el número de matrimonios entre personas mayores de cincuenta. Según el INE, en 2022 se produjeron 2.765 bodas entre personas de 50 años. 20 años antes, fueron algo más de 600.

El auge de bodas boomers contrasta en un escenario donde cada vez se producen menos bodas, cada vez más hijos nacen entre parejas no casadas y las uniones religiosas caen en picado.

Al parecer y según algunos estudios que se han hecho sobre el tema, estos matrimonios suelen ser más tranquilos y auténticos. Por “tranquilos” interpreto que hacen una muy somera insinuación al hecho de que a partir de cierta edad entran en juego las limitaciones impuestas por la madre naturaleza en forma de menopausia-andropausia y sus devastadoras consecuencias. La disminución o ausencia de hormonas, sin duda, tranquiliza.

Pero no todo van a ser malas noticias. Así, según un estudio de la universidad de Chicago realizado en 2020, afirma que estos matrimonios reducen un 12% el riesgo de la depresión y un 9% el riesgo de enfermedades cardiovasculares. O sea, que no vas a tener mucho sexo, pero la ventaja es que no vas a morir de un infarto mientras lo intentas.

Otro dato importante a tener en cuenta es que, por un buen amor puedes aumentar algunos años de vida, porque reduce la soledad. Es importante recalcar en este punto lo de “buen amor”, porque como te hayas equivocado otra vez, en lugar de aumentar años de vida, los reduces con un infarto.

Pero no debemos perder de vista el hecho fundamental: el matrimonio no es solo un acto simbólico de la unión de una pareja, sino que es un acto jurídico que debe inscribirse en el Registro Civil, con obligaciones, derechos y beneficios, entre los cuales se pueden mencionar los relativos a la herencia, los beneficios fiscales, permisos retribuidos o la pensión de viudedad, entre otros.

Antes hablaba de la tendencia entre las personas maduras de apostar una vez más por una vida en común. Miles de personas, en este caso anónimas, que deciden dejar atrás experiencias dolorosas y afrontar nuevos retos. Pero no son sólo anónimas las que deciden adquirir ese compromiso. También los hay famosos.

George Clooney: Se casó con Amal Alamuddin en 2014, cuando él tenía 53 años.

Richard Gere: Se casó con Alejandra Silva en 2018, cuando tenía 68 años.

Harrison Ford: Se casó con Calista Flockhart en 2010, cuando él tenía 68 años.

Elton John: Se casó con David Furnish en 2014, cuando ambos superaban los 50 años.

Joaquín Sabina: Se casó con Jimena Coronado en 2020, poco después de cumplir 71 años.

En cuanto a mujeres famosas que hayan contraído matrimonio a una edad madura, dentro del panorama nacional, de la lista se ve claramente que sólo una se acerca a los 50:

Belén Esteban se casó el 22 de junio de 2019 a los 45 con Miguel Marcos.

Chenoa. La cantante y presentadora tenía ya 46 años.

Pilar Rubio y Sergio Ramos. La presentadora, que saca ocho años a su marido, había cumplido ya los 41.

Eugenia Martínez de Irujo dio el ‘sí, quiero’ con 48 años.

Tamara Falcó tenía 41 años.

Se ve que en esto de casarse también hay una clara discriminación. Los hombres sí pueden traspasar la barrera de los 50, pero las mujeres, ni se acercan.

Al parecer, esto de casarse después de los 50 es algo que es más común en unas culturas que en otras. En España, el único famoso, famoso, que se casó después de esa edad fue un tal Julio Iglesias. La mayoría de los maridos de las antes mencionadas, son más jóvenes que sus esposas.

En el lado opuesto, en el de los solterones empedernidos figuran, entre otros, por ejemplo, Al Pacino, Leonardo DiCaprio, o Marisa Tomei.

A destacar que, en el caso de Leonardo, al parecer hay constancia fehaciente de que, a pesar de sus 51 años, JAMÁS ha tenido una novia mayor de 25.

Se nos inculcó de niños que la felicidad consistía en elegir y acertar a la primera y si no acertabas, debías aguantarte y apechugar. Por fortuna, eso hace ya mucho que lo superamos y hoy en día ya no representa un estigma social haber pasado por dos matrimonios o incluso más, amén de otras relaciones sentimentales que no llegaron a cuajar.

Esto complica un poco el período de vacaciones con los hijos y la familia. Ya no basta con coordinarlas con los compañeros de oficina, como antes. Ahora tienes que coordinarlo con tu ex y sus propias circunstancias personales, sobre todo si a su vez tiene nueva pareja. Y si tienes hijos de diferentes padres o madres, apaga y vámonos. Los que están descolocados son los abuelos que no entienden nada.

Aparte de que la relación de pareja a partir de los 50 pueda añadir felicidad, serenidad, compañía, equilibrio, salud y hasta una cierta seguridad financiera, dependiendo de los casos, lo cierto es que el único denominador común de todos los seres humanos, es que queremos vivir el amor y estamos dispuestos a repetir tantas veces como sea necesario hasta encontrar a la persona con la que somos felices los dos. Y para eso no debemos imponer límites artificiales como la edad. Nunca es tarde para intentar ser feliz, sea la edad que sea.

Hay una escena de una de mis pelis favoritas - “Los Puentes de Madison” – que ilustra bien el mensaje. La hija lee la carta de despedida de su madre recién fallecida en la que le cuenta sus memorias. En esas líneas le da un consejo que nos sirve a todos: “Sólo tienes una vida para intentar ser feliz”. ¿Lo intentamos?

domingo, septiembre 28, 2025

Publica tu libro

Raro es el momento del día en el que no te encuentras con un mensaje así: “publicamos tu libro”; “abierto el período de admisión: envíanos tu manuscrito”, “descarga este conjunto de plantillas para publicar tu libro”; así hasta el infinito.



A cada paso que das te encuentras con mensajes a cada cual más y más sugerente, más atractivo, más provocativo, más tentador. Los problemas vienen después, cuando decides investigar un poco qué hay detrás de tanta promesa de éxito. En ocasiones es tan simple como intentar venderte un libro donde supuestamente te dicen qué debes hacer para terminar como Dan Brown o J.K. Rawling y el truco no es otro que comprar ese libro, con lo que estás haciendo es convertir en rico al que lo ha escrito. Pero la mayor parte de las veces se trata de que el autor financie, de una manera o de otra, la publicación de su propio libro. Eso, y que de forma voluntaria proporciones tus datos para que, a continuación, no dejen de bombardearte con spam.

A veces, detrás de ese anuncio tan atractivo no hay ni siquiera una página web que sustente la supuesta editorial, ni nadie que se haga responsable de los derechos de autor. Las más de las veces ofrecen al autor diversos planes para cubrir las distintas etapas de la publicación del libro, a cambio de un costo económico, por supuesto. También los hay que te ofrecen bajo contrato la posibilidad de que el autor se comprometa a abonar un cierto presupuesto que será amortizado cuando se hayan vendido un número determinado de ejemplares, lo cual, por cierto, nadie asegura, como es lógico. En ocasiones el propio autor debe comprometerse a la adquisición de un número determinado de ejemplares, y después, debe intentar colocarlos entre sus amigos, allegados, familiares, vecinos y conocidos.

Ahora, el último grito en el intento de captar escritores noveles desesperados por ser como Pérez Reverte, consiste en intentar convencerte de que la calidad del libro tampoco importa tanto; lo que importa es “conocer el algoritmo” que produce que tu libro tenga más visibilidad y si se consigue, entonces tu libro se venderá más. La consecuencia, claro, es que al final el autor abona por unos servicios informáticos que no aseguran la venta del producto, tan sólo que se vea más.

Tanto estas como otras tantas – llamemos- artimañas o trucos de marketing, no tienen otro objetivo que seducir a autores ansiosos de notoriedad. Juegan, en el amplio sentido del término, con la sana ambición de alcanzar unos objetivos económicos que les hagan sentirse orgullosos; alimentan las legítimas aspiraciones de fama y, sobre todo, de reconocimiento a su talento.

Mientras tanto, los escritores deciden seguir a lo suyo, escribir; y de paso, realizar personalmente la máxima difusión de su obra, bien sea mediante el continuo bombardeo en redes sociales, en grupos especializados, o bien, contactando con las editoriales, quienes, por descontado, se ven saturadas de obras de autores que nadie conoce.

Queda otra alternativa: la de presentarse a alguno de los concursos literarios disponibles que aparecen cada mes. Lo que sucede es que, entre las cláusulas y requisitos, en ocasiones, se esconden contratos leoninos que esclavizan al ganador del concurso con un contrato de permanencia que va desde los 3 o 5 años, hasta los 10. Más bien parecen condiciones disuasorias para evitar la afluencia masiva de juntaletras.

Y, por supuesto, siempre nos quedará el consuelo de que Van Gogh no vendió un cuadro en su vida, que Mozart murió arruinado y enterrado en una fosa común, o que Vargas Llosa fue rechazado por todas las editoriales, menos una.

domingo, septiembre 21, 2025

La generación de los flojos

Día sí y día también aparecen noticias relacionadas con el mundo laboral, según las cuales, muchas empresas, de diversos sectores económicos, se quejan de la dificultad de cubrir las vacantes que ofrecen. Los datos oficiales hablan de que en el año 2024 el número total de vacantes de empleo no cubiertas ascendió a unos 150.000, la mayoría de ellos (88%) en el sector servicios.



Las profesiones que presentan más vacantes de difícil cobertura son: (fte: SEPE) 

 

Según estas mismas fuentes “hay puestos que no se cubren porque no hay personas con el perfil adecuado o porque no quieren ocuparlos en las condiciones ofrecidas”.

Las empresas, entidades y expertos encuestados por el Observatorio de las Ocupaciones del SEPE, señalan que las principales razones por las que se produce estas vacantes sin cubrir son:

          ·         Falta de formación

          ·         Candidatos insuficientes

          ·         Carencia de experiencia laboral

          ·         Escasez de competencias técnicas

          ·         Condiciones laborales poco atractivas

          ·         Carencia de competencias personales y transversales

 

Al hilo de estos datos oficiales me planteo ciertas cuestiones. La primera de todas es, qué clase de formación estamos impartiendo en nuestro sistema educativo que ni siquiera somos capaces de cubrir puestos como los descritos más arriba. Se podrá afirmar que en España no pretendemos formar camareros, conductores o personal de limpieza y que a lo que nos dedicamos es a formar a ingenieros, médicos o abogados, por poner algunos ejemplos, pero la realidad indica que también esos sectores hay unas serias carencias de recursos y que, en muchos casos, esos profesionales emigran a otros países después de haber sido formados en España.

Por lo que respecta a la cantidad insuficiente de candidatos que se presentan para ciertas vacantes, la verdad es que me sorprende que suceda en un país con 2,5 millones de desempleados, de los cuales el 33%, aproximadamente, son jóvenes y otro tanto por ciento grande, mayores de 50 años.

Me parece perfecto que alguien decida no aceptar una oferta si considera que no se adapta a sus esquemas, sean estos los que sean. Pero esto me lleva a continuación a confrontar esta situación con otro dato bastante significativo. Según el informe "Panorama de la educación 2025" que elabora la OCDE, España se sitúa a la cabeza europea en ninis, - jóvenes que ni estudian ni trabajan - por detrás de Rumanía y por delante de Italia y Grecia. En concreto, casi un 18% de los jóvenes españoles entre 18-24 años, ni estudia ni trabaja.

Por intentar aclarar un poco la situación, resulta que en un país con 2,5 millones de parados – probablemente muchos más – hay más de 150.000 ofertas de empleo que se quedan sin cubrir, por diversas razones, al tiempo que un 18% de los jóvenes ni estudian ni trabajan. Y todo esto me lleva a plantearme la pregunta básica: ¿Y de qué viven estos? ¿De dónde sacan el dinero para pagarse el móvil, internet, las cervezas y demás?

Hoy mismo – no importa la fecha – han realizado una encuesta callejera a pie de obra. El responsable de la misma ha afirmado ante la cámara que, en muchas ocasiones, su empresa se retrasa en la ejecución de los trabajos por la escasez de recursos humanos y que de vez en cuando, tienen que renunciar a otras por no poder contar con profesionales debidamente formados. Y para terminar ha apostillado: “A los jóvenes españoles no les interesa trabajar en la construcción. De hecho, todo el personal del que dispongo, no son españoles y desde luego, no son jóvenes”.

Por último, voy a poner un ejemplo que he vivido en primera persona recientemente.

La localidad de Rota, en la provincia de Cádiz, es famosa, entre otras cosas, por albergar la base naval de los EE.UU. Por tanto, es muy habitual cruzarse por las calles, en los restaurantes, con personal americano adscrito a la misma y como es lógico, a lo largo de los años, algunos locales de ocio han pretendido adaptarse a los gustos norteamericanos para satisfacer a una población numerosa y estable.

Uno de los establecimientos más emblemáticos de la localidad, era – ya no lo es - una coctelería al más puro estilo americano, llamada “El Dardo”. La única en todo el pueblo y regida desde hace casi cincuenta años por “Chicho”. Cada vez que he ido a Rota, visitar el local formaba parte del protocolo.

Entrar allí no siempre era fácil. En ocasiones estaba tan abarrotado que había que esperar turno, mientras tras la barra, Chicho, despachaba cócteles a un ritmo frenético, acorde con su electrizante personalidad.

Sin embargo, en mi última visita hubo algo que me llamó la atención. Pasé varios días por la puerta y el local se veía totalmente vacío. Era algo inusitado, tanto para la coctelería como para Rota, un lugar en el que cualquier día, a partir del atardecer, te va a resultar complicado encontrar un sitio libre en cualquier bar o restaurante, salvo que estés listo y te adelantes. Todo está lleno todos los días. Por eso, me llamó tanto la atención ver “El Dardo”, completamente vacío.

A los pocos días tuve la ocasión de encontrarme con Chicho en una de las tiendas del pueblo. Y claro, hablamos sobre el asunto: “Es que he traspasado el negocio. He decidido jubilarme y creo que después de 49 años en la brecha, me lo merezco”.

      -     Pero ¿quién lo lleva ahora, tu hijo?

     -     No. Mi hijo estuvo unos años ayudando, probando, pero al final ha decidido aceptar una oferta de un hotel y trabaja ahí. Ha dicho que no está dispuesto a dedicarle 12 horas diarias al negocio y los fines de semana 15.

     -     Y entonces, ¿quién lleva el negocio?

    -     Lo han cogido un par de cocineros. No saben nada de coctelería. Yo les he dado un par de clases y les he dejado una lista de cócteles para que puedan arrancar.

Nos picaba la curiosidad a mi mujer y a mí acerca del motivo por el que el local había pasado de ser un referente de la noche de Rota a convertirse en un desierto. Y un día nos decidimos a descubrir la razón. Y no hay nada más sencillo de entender: no tienen ni repajolera idea de hacer un cóctel más allá de un Margarita, un San Francisco o un cubata. Lo del Manhattan les queda lejos. Personalmente, no le auguro mucho futuro a los nuevos propietarios con el negocio.

Y por lo que respecta al hijo de Chicho, al menos en este caso, el hombre había optado por aceptar otro empleo en donde supuestamente no van a exigirle tanto, como el negocio que heredaría del padre. Y como decía Chicho, “con 31 años no puedo decirle qué tiene que hacer”.

Me sorprende la seguridad, la firmeza, de aquellos jóvenes que argumentan que no están dispuestos a trabajar 10 o 12 horas de camareros para ganar 1.200-1.400 euros y rechazan las ofertas de empleo porque el trabajo es muy duro. Y me planteo entonces: ¿de qué viven? ¿Cuál es la alternativa? ¿A qué aspiran exactamente, a un trabajo de 9 a 6 con 100.000 euros al año? ¿Sin formación? ¿Tal vez aspiran a convertirse en influencers, youtubers, expertos en juegos online?