sábado, abril 25, 2026

IMPRESIONES DE UN VIAJERO (XIII)

Lisboa – día 2.

El comedor del hotel estaba tan abarrotado de gente – muchos de ellos jóvenes - que aquello parecía un grupo de refugiados hambrientos. Todos iban y venían con sus platos, una y otra vez, de su mesa al buffet, para servirse de la amplia gama de suculentos productos, dulces y salados, que estaban a su disposición.

En un descuido, me tiré en plancha sobre una mesa y al grito de “por mí y por todos mis compañeros”, tomé posesión de ella en nombre de mi amada esposa y el mío.

Mi desafío con las cafeteras se iba convirtiendo en un máster cum laude. Mi experiencia acumulada de hoteles pasados y el hecho de fijarme cómo lo hacían los demás clientes, cada vez me proporcionaba más seguridad.

Intentábamos seguir el viejo dicho de desayunar como un rey, comer como un príncipe y cenar como un mendigo, pero lo adaptamos a nuestro peculiar modo de entenderlo. Lo de desayunar como un rey lo llevábamos a rajatabla. Normalmente nuestro desayuno era mucho más copioso que de costumbre, porque por lo general, después nos esperaba un duro día de visita a cada ciudad. Y este era precisamente el caso, porque habíamos contratado una visita guiada por Lisboa que nos iba a llevar dos horas y media o tres andando por la capital. Así es que necesitábamos energías.


Después del desayuno teníamos unos veinte minutos caminando desde el hotel hasta el punto de encuentro de nuestra visita, que estaba en el Obelisco de la Praça dos Restauradores. Afortunadamente, el trayecto era recto y no tuvimos mayores problemas, aparte de que la mañana era fresca.

Ana, nuestra guía comenzó por pasar lista y aparte de comprobar que habías personas de todas partes de España, me sorprendió, una vez más, el hecho de encontrar a viajeros solitarios. En este caso había un chico que venía desde Barcelona y casi desde el aeropuerto, y una chica que creo que venía del País Vasco.

Ya que estábamos allí reunidos, Ana nos ilustró acerca del significado del obelisco, que conmemora la independencia lograda por los restauradores portugueses en 1640, tras sesenta años de dominación española.

A todos nos pareció un sitio bastante peculiar para quedar. Es como si a un grupo de franceses se les citara en el Arco del Triunfo en Moncloa y se les recordara que Goya pintó los fusilamientos de los levantados el 2 de mayo.

Desde allí, visitamos la emblemática plaza de Rossio, el Largo do Carmo, un lugar clave para entender la Revolución de los Claveles. Más tarde, en vez de utilizar el espectacular Elevador de Santa Justa, la guía nos obligó a subir a pie por unas escaleras infernales. Al menos nosotros ya teníamos las piernas entrenadas.

Después seguimos la ruta por el barrio de Chiado, que viene a ser como el barrio de Huertas o Las Letras en Madrid, un lugar asociado a la cultura, a lo bohemio, al menos, antaño.

Para finalizar paseamos por la majestuosa Rua Augusta y bajo su arco triunfal y terminamos – bastante cansados- en la imponente plaza del Comercio.


La visita estuvo aderezada con múltiples anécdotas y referencias a la historia y a acontecimientos que prácticamente destruyeron Lisboa varias veces: terremotos, maremotos, incendios, guerras…

Al terminar la visita oficial teníamos dos opciones: la primera, escoger algún restaurante de los que había por la zona, a lo que Ana, nos aconsejó que no cayéramos en la estúpida tentación. La otra, era preguntar qué tranvía nos llevaba al Monasterio de los Jerónimos. Y esa fue la que escogimos, porque la parada estaba a escasos metros.

Como era previsible, todos aprovechamos para preguntar por restaurantes aconsejables y Ana, guía experta, prometió que nos enviaría un PDF con una larga lista de ellos y con comentarios.

El tranvía era un vehículo ultramoderno con pago electrónico incluido. Como era la primera vez, fue peor que lo de mis problemas con las cafeteras de los hoteles, pero como los portugueses son encantadores, me enseñaron cómo hacerlo.  La última parada del tranvía nos dejó justo frente al Monasterio, una de las visitas obligadas a Lisboa. No se puede visitar la ciudad y perderse esta joya.

Después de la visita, cogimos de vuelta el tranvía que nos devolvería hasta la Plaza del Comercio. Esa era la teoría, porque la realidad fue que dos paradas antes de llegar al final del trayecto, tuvimos que bajarnos todos porque al parecer el tranvía se había estropeado.

A pesar de que llevábamos todo el día para arriba y para abajo por todo Lisboa, tuvimos que andar todavía un poco más hasta llegar a la plaza. Una vez allí habíamos consultado la guía en PDF que nos había enviado nuestra guía por WhatsApp y habíamos visto que había una zona, no muy lejos de la Plaza del Comercio, en la que nos aconsejaba visitar porque había muchos restaurantes. Y con el Google en la mano, hacia allí que nos fuimos.

Tardamos algo en llegar porque nos desorientamos y a veces me entraban ganas de estampar el móvil contra alguna pared, pero finalmente llegamos a la zona. Efectivamente, en la calle en la que estábamos había más restaurantes que bares en la famosa “senda de los elefantes” de Logroño. El problema que nos encontramos fue el horario. Allí, en Portugal, son gente seria y esto del horario de los restaurantes lo llevan a rajatabla. Por otra parte, nosotros, al ser sábado por la noche sabíamos que podríamos tener problemas a la hora de encontrar mesa disponible, a pesar de que fuimos con un poco de antelación a la hora de apertura. Y efectivamente tuvimos problemas.

Comenzamos a estudiar las cartas que ofrecían a las puertas de los restaurantes. Buscábamos uno donde sirvieran comida típica portuguesa. Elegimos uno y cuando entramos nos hicieron la pregunta del millón: “¿Tienen reserva?” Pues no, no teníamos reserva y ellos estaban a tope. Muy amablemente la señorita nos recomendó otro, del mismo propietario, que estaba unos metros más adelante. Nos acercamos hasta allí, y aparte de que tenía más luces que El Corte Inglés en Navidad, era un italiano. No tenemos nada contra la comida italiana, pero eso no era lo que nos había llevado hasta allí.

Continuamos nuestras pesquisas por el resto de restaurantes de la calle, descartando a diestro y siniestro, por unos motivos u otros. En unos era necesario reservar con antelación, otros tardarían en abrir más de una hora, etc. Al final, elegimos uno con la esperanza de haber acertado. Queríamos cenar comida típica portuguesa.

El nombre del restaurante era Restaurante Qosqo y era cocina peruana.

Dicen que cuando hay hambre no hay pan duro. Nosotros llevábamos desde las 10 de la mañana pateando Lisboa, con sólo un café y un pastelito en un breve descanso que nos permitió la guía y había llegado el momento de sentarse, beberse una cerveza, aunque fuese paraguaya, meter algo sólido y contundente para el cuerpo y ya hablaríamos de cocina portuguesa en otro momento.

No cenamos mal ni mucho menos, pero no deja de tener guasa que vayamos a Lisboa buscando cocina local y lo único que teníamos disponible era un italiano y el peruano donde estábamos.

Después de cenar como príncipes y no como mendigos, tal y como aconseja el saber popular, decidimos que ya era de regresar a la habitación del hotel. Y fue entonces cuando, una vez más, aprecié el magnífico invento que significa Uber.

 

© Carlos Usín

sábado, abril 18, 2026

IMPRESIONES DE UN VIAJERO (XII)

Lisboa – día 1.

Después de nuestra intensa y agotadora visita a Coímbra, nuestra siguiente parada era Lisboa. Con sólo pronunciar su nombre me vienen a la mente imágenes evocadoras de un pasado romántico, intenso, en ocasiones misterioso, repleto de saudade, de espías y de buen comer.

Lisboa está en el recuerdo de Antonio Muñoz Molina en su obra “El invierno en Lisboa”. Del mismo modo que forma parte del libro “Tren de noche a Lisboa”, y su adaptación al cine, protagonizada por Jeremy Irons, o en el libro “El cartógrafo de Lisboa”, de Erik Orsenna.

Y dejo para el final a John Le Carré y su obra “La Casa Rusia”, y su adaptación al cine, que la convierte en una de mis pelis preferidas. Disfrutar del plantel de actores, encabezados por Michelle Pfeiffer y Sean Connery, y de la música de Jerry Goldsmith, - capaz de mostrar el misterio y el romanticismo al tiempo - es un placer con el que me regalo de vez en cuando.

Hablar de Lisboa es hablar de mar, de descubrimientos, de historia, de fado, de espías.

Lisboa vive en el corazón de muchos de nosotros.

En un principio pensamos en detenernos para visitar el Monasterio de Batalha, que nos pillaba de paso, pero cambiamos de opinión. Al final, aparecimos en Sintra. La primera dificultad – y no fue menor – fue encontrar aparcamiento. Teníamos la opción de subir hasta donde nos permitieran con el coche, para visitar el palacio de Sintra. Pero desde el parking deberíamos tomar un servicio de transporte para subir hasta el monumento. Pero, todavía nos temblaban las piernas de la paliza que nos habíamos metido en Coímbra y al final decidimos que tampoco íbamos a visitar Sintra.

Después de dar varias vueltas por el lugar y de encontrarnos zonas azules por doquier, nos tropezamos con un centro comercial en miniatura, con un aparcamiento que tenía un reducido número de plazas. Nos sorprendió que la barrera estuviera levantada y allí dejamos el coche con bastante recelo. La siguiente etapa, la de buscar una cafetería, eso se convirtió en un desafío. Al parecer habíamos encontrado un barrio donde, al contrario que en España, no había bares ni cafeterías por ninguna parte. Al final, encontramos uno de casualidad y allí que fuimos a disfrutar del excelente café que se puede tomar en Portugal. Después, el reto fue saber dónde habíamos dejado el coche, porque con tantas vueltas que habíamos dado para encontrar el bar, andábamos algo despistados.

Total, que habíamos previsto visitar Batalha y no fuimos; y estábamos en Sintra y lo dejamos para otro viaje.

El hotel en Lisboa, el EXE Liberdade, estaba situado en una avenida céntrica y con garaje en el propio establecimiento. A nuestra llegada, pasadas las 15.00 horas como mandan los cánones, nos encontramos con la Recepción repleta de jóvenes, en su mayoría, lo que nos intranquilizó un poco por el riesgo de sufrir las molestias de ruido a deshoras, y alborotos indeseados. Desconozco en qué parte del hotel les ubicaron a ellos, porque nosotros estuvimos en una zona super tranquilos.



Para aprovechar la tarde cogimos el coche y nos fuimos a visitar la torre de Belem y nos encontramos con dos problemas. El primero fue encontrar aparcamiento, algo que después de dar alguna vuelta que otra finalmente conseguimos, y el segundo no tuvo solución; y es que la Torre estaba siendo restaurada y no se podía visitar. Así es que nos contentamos con pasear por la zona que estaba bastante concurrida.

Más tarde, de regreso en el hotel planeábamos organizar un sábado algo especial y salir a cenar. Nuestra intención era encontrar un sitio donde sirvieran cocina típica portuguesa. Brujuleando por internet encontramos uno que estaba situado a espaldas de nuestro hotel, lo cual, tenía otra ventaja más y era que ni siquiera necesitaríamos un Uber. Se llamaba Alto Minho.

El concepto horario – en general – entre Portugal y España, no se 

parecen en nada. Por ejemplo, el restaurante en cuestión cerraba a las 

22.30, mientras que, en España, a esa hora, todavía hay gente que se 

plantea iniciar la cena. Según nuestro criterio de lo que es cenar 

temprano, llegamos a una hora más que prudencial. Sin embargo, 

nada más entrar, el hombre nos hizo la fatídica pregunta, y no, no 

teníamos reserva, pero tuvimos suerte: nos asignó la última mesa 

que quedaba libre.


El local estaba abarrotado – lo cual era una buena señal - y lo más interesante, la mayoría eran portugueses, lo que, sin duda, apuntaba en la buena dirección. Para mayor satisfacción, los vecinos de nuestra mesa - que llegaron más tarde que nosotros, pero con reserva- , resultó ser un grupo variopinto y multirracial. De las conversaciones que mantenían entre ellos en inglés, dedujimos que algunos eran guías turísticos en Lisboa, y tenían a este restaurante entre sus favoritos cuando de comida autóctona se trataba.

Otra de las anécdotas simpáticas está relacionada con la película “Love Actually”. Para los que no la recuerden o no la hayan visto, no sabrán de qué hablo.

Colin Firth viaja hasta la casa de Aurelia para pedir su mano. Al llamar a la puerta, le abre el padre que lleva una camiseta de tirantes. Cuando en un portugués incipiente e inseguro Colin le dice que viene a solicitar la mano de su hija, aparece la hermana de Aurelia, una chica nada agraciada y con cuarenta kilos de sobrepeso.

Pues bien, el parecido de la cocinera del restaurante con la “hermana” de Aurelia en la película era tal, que daba la impresión de que era la misma persona.

Bromas aparte, el servicio fue estupendo y la comida un auténtico éxito. Nos gustó tanto que preguntamos si al día siguiente – domingo – estaban abiertos y nos dijeron que era el único día de la semana que cerraban. Así es que, planeamos regresar el lunes siguiente.

Al abandonar nuestra mesa en busca de la salida, tuvimos que realizar auténticos escorzos, conteniendo la respiración para pasar por entre las mesas vecinas, sin derramar nada. Tal era el grado de ocupación de las mesas que apenas había sitio para transitar.

 

© Carlos Usín


sábado, abril 11, 2026

IMPRESIONES DE UN VIAJERO (XI).

Coímbra – Día2

El día comenzó, como no podía ser de otra manera, con el desafío de las cafeteras en el desayuno. En esta ocasión se habían esmerado, porque había tres tipos de cafetera diferentes. Era evidente que había una conjura demoníaca en mi contra. Justo antes de comenzar a llorar me acerqué a una de las camareras que atendía a los clientes y le pedí ayuda. Tras solucionar el reto del café de cada mañana quedaba la leche sin lactosa. En esta ocasión eran unos mini briks colocados justo encima de otra de las máquinas de café. Le di las gracias porque estaba aprendiendo mucho.

Después de coger fuerzas para el día que nos esperaba – de lo cual no éramos conscientes – nuestro primer objetivo era visitar la Catedral vieja. No parecía que fuera complicado encontrar un monumento como ese. Estábamos seguros de que por el camino y con la ayuda de Google, no tendríamos problemas. No tardamos mucho en comprobar que no fue exactamente así. En cualquier caso, nos pusimos en camino con ilusión. El día era espléndido, no teníamos ninguna prisa y pasaríamos la mañana callejeando por Coímbra.

El camino se iniciaba aquí.


Una vez que conseguimos coronar la primera loma, allí al fondo de la imagen, aprovechamos las estupendas vistas que teníamos para 
recuperar el resuello y hacer alguna foto del impresionante río 
 
Mondego para el – imborrable – recuerdo.


Después, girando de nuevo a mano izquierda, continuamos nuestra ascensión a los cielos.



     
Y subiendo






Y subiendo

Y subiendo…y subiendo…y subiendo…y subiendo… yo miraba de vez en cuando atrás para ver en qué parte habían abandonado los sherpas la escalada, y no vi a ninguno.

Hasta que finalmente, exhaustos, faltos de oxígeno, con la lengua fuera y las piernas y los tobillos machacados, porque andar por ese empedrado tiene delito, conseguimos llegar a la Catedral vieja.

Que digo yo, que no me explico cómo pudo prosperar la religión católica allí si para ir a la Catedral tardabas lo mismo que Felipe II en ir al Escorial.

Pero ahí no terminó nuestro vía crucis.

Los peldaños para entrar en el templo parecían haber sido diseñados por colosos. A punto estuve de pedir un piolet para escaladores. Tal era la altura de los mismos. Era el remate final. A mí, me temblaban las piernas y recogí el corazón del suelo, palpitante todavía, un par de veces.

Aunque, por ver el interior mereció la pena tanto esfuerzo.



Además de visitar el interior, también aprovechamos y visitamos el claustro. Y amigo, eso son palabras mayores.



 


Como curiosidad, cabe destacar que todos los rosetones son diferentes unos de otros.

Después de recuperarnos, decidimos que, ya que estábamos por allí, podríamos acercarnos a visitar la Catedral nueva y ver qué tal. Para ello, tuvimos que continuar subiendo y subiendo por esas callejuelas empedradas, donde a pesar de lo escarpado del terreno, nunca dejabas de ver coches, algunos de ellos grandes. Que yo me preguntaba por qué senderos habrán conseguido llegar hasta aquí y por dónde han salido del vehículo si han aparcado pegado a la pared.

Cuando llegamos a las puertas de la Catedral nueva, realmente pudimos ver la enorme diferencia entre una y otra, pero en contra de lo que pudiera parecer, era mucho más atractiva la antigua.


Apenas nos asomamos a las puertas de entrada, vimos que la visita no merecía la pena pagar lo que se pedía.

Por otra parte, teníamos cerca la universidad y visitar la famosa biblioteca, pero después de consultar los datos, el acceso no parecía que fuera libre, había un horario y sobre todo un coste, todo lo cual, nos impulsó montaña abajo.

Decidimos entonces retroceder nuestros pasos, o por expresarlo más apropiadamente, a bajar desde lo alto de la ciudad hasta el nivel del río.

Conseguimos llegar sanos y salvos a una plaza, no lejos de nuestro hotel, en la que había varias terrazas donde elegir el sentarse. Después de varias horas pateando las callejuelas de la ciudad vieja y algunas de la nueva, necesitábamos más una silla y una cerveza antes que una botella de oxígeno. Era muy agradable disfrutar de un día soleado, tomando una cervecita tranquilamente en un bar, mientras se escuchaba a alguien que se afanaba en tocar una guitarra española, con más interés que acierto.

Nuestro siguiente objetivo era cruzar el puente sobre el río Mondego, trasladarnos a la otra orilla y visitar allí los Monasterios de Santa Clara, tanto el viejo como el nuevo.

De camino a la otra orilla, ver el cauce del río, realmente impresiona. Sobre todo, a alguien como yo que no había oído mencionar ese río en mi vida.

Lamentablemente, después de dar muchas vueltas y perdernos un poco, porque no estaba nada claro dónde estaba el monasterio y su correspondiente entrada, cuando llegamos a las puertas del Monasterio viejo, no era visitable porque estaba siendo restaurado. Así es que ni cortos ni perezosos, comenzamos el camino de penitencia hacia el nuevo, que, por supuesto, había que ir subiendo y subiendo.

Pero llegó un momento en el que dijimos: hasta aquí hemos llegado. Era tal el cansancio que arrastrábamos, literalmente, que rechazamos la idea de continuar yendo cuesta arriba ni un paso más. Nos dimos la vuelta y buscamos un restaurante donde comer en condiciones. Lo encontramos al otro extremo del puente, justo antes de cruzarlo. Además, los clientes que había eran portugueses, lo cual ya indicaba que no era el típico sitio para engatusar a los turistas. Y tenía otro aliciente: la terraza. Hacía un día espléndido, la temperatura era ideal y el hambre aconsejaba no dejar para después lo que te puedes comer ahora.

Por supuesto, pedí bacalao. Creo recordar que estaba gratinado sobre una cama de patatas panaderas y venía acompañado de una fuente de arroz. El que no ha comido en Portugal no sabe lo parecidos que son a sus primos los gallegos: las raciones son salvajes. Yo estaba hambriento, pero salí de allí a gatas y no pude terminarlo todo. La digestión la hicimos caminando hasta el hotel.

Para terminar el día y hacerlo completo del todo, por la tarde fuimos a un concierto de fado en un local del centro, que pertenece a una asociación que cuida y promueve el fado del estilo de Coímbra. Allí mismo aprendimos que existen dos tipos diferentes de fado: el de Coímbra, que es cantado exclusivamente por hombres y cuya temática está ligada a las tradiciones académicas universitarias. Su atuendo recuerda mucho al de la tuna española, aunque en este caso son mucho más austeros. Los grupos de músicos y cantantes, visten el traje académico de pantalones, sotana y capa de color negro. Nada de tiras, escarapelas y nada de color.

Por otro lado está el Fado de Lisboa, que es Patrimonio Inmaterial de la Humanidad y se caracteriza por la voz solista apasionada que canta - indistintamente tanto hombres como mujeres – a la saudade (nostalgia), el fatalismo y la vida cotidiana.

Hubo un par de detalles nada nimios que nos llamaron la atención y no nos gustaron demasiado. El primero fue que, las exposiciones de la conductora del evento eran en portugués – naturalmente – e inglés; no español. Estoy bastante seguro que en la reducida sala de espectáculos con capacidad para apenas 20 o 30 personas, no éramos los únicos españoles. Pero vale. En España no conozco ningún espectáculo en el que se hable en otros idiomas y portugués. Sin problema.

Sin embargo, el segundo detalle fue más hiriente.

El sonido característico del fado reside en la guitarra portuguesa, como instrumento solista y como acompañamiento, en este espectáculo, había otro individuo tocando la guitarra española. Pues bien, la maestra de ceremonias que ilustraba a los presentes acerca del fado, cuando le llegó el turno de presentar al músico que tocaba la guitarra española, no se le ocurrió otra idea mejor que llamarla “viola de acompañamiento”, en vez de decir, simplemente, guitarra española.

Es que es como el del chiste: que uno dice que los franceses son muy raros porque al vino, lo llaman “vin”; vale. Al pan, lo llaman “pain”, bueno. Pero que no entiende que, al queso, que se ve que es un queso, lo llaman “fromage”. Pues en este caso pasa algo parecido. Pero joder que es una guitarra española y la tocaba como se toca la guitarra clásica española. Es decir, con el pie apoyado en el típico alzapié, la guitarra apoyada en la misma pierna y el pulgar siempre por detrás de los trastes.

Aparte de estos detalles, la verdad es que me encantó. Siento algo especial cuando escucho una guitarra portuguesa y una voz, preferiblemente femenina, entonando un fado. Y algo similar me sucede cuando escucho a un bandoneón al que le arrebatan las notas de un tango arrabalero.

Nuestra estancia en Coímbra había tocado a su fin. Lo habíamos aprovechado al máximo, a pesar de no haber visitado la biblioteca de la universidad. Al día siguiente, partiríamos hacia nuestro nuevo destino.

 

© Carlos Usín

















 


sábado, abril 04, 2026

IMPRESIONES DE UN VIAJERO (X).

Coímbra – Día1


Tenía ganas de conocer en profundidad Coímbra. De mi visita anterior, muchos años atrás, sólo me quedaban en la memoria vagos recuerdos de una visita relámpago a la biblioteca de la universidad, unas viviendas tan destartaladas que tenían refuerzos de suelo a techo para evitar su derrumbe y otra visita al hotel Quinta das Lágrimas. Me habían hablado muy bien de él y me acerqué, a echar un vistazo. Como siempre, que voy a Portugal, las personas son simplemente fantásticas. En este caso, el camarero se deshizo en atenciones y hasta me llevó a los sótanos del establecimiento a visitar la bodega, todo esto acompañado de una lección rápida de las distintas clases de vinos que atesoraban en sus entrañas y que el hombre enseñaba con orgullo, casi como si las botellas formaran parte de su colección privada. Aparte de esto, mis recuerdos no llegaban más allá, así es que, eran algo escasos.


Antes de emprender cualquier viaje siempre intento ubicar lo más exactamente posible mi destino. Sabedor de que siempre surgen inconvenientes, imprevistos y problemas, quiero estar preparado para cuando el GPS se empiece a volver loco. En este caso intuía que me iba a topar con alguno, porque Google no terminaba de proporcionarme la información que yo necesitaba. Había algo que me preocupaba y era que daba la impresión de que el Hotel Mondego, que era nuestro destino, estaba en una zona peatonal.

Sabía de antemano que el hotel no disponía de aparcamiento propio en el sótano, pero se mencionaba uno cercano, aparte, por supuesto, del destinado para carga y descarga de viajeros. Pero lo que no habría imaginado jamás era que el problema sería descubrir dónde estaba el hotel en sí mismo, costumbre esta – la de no encontrar el hotel – que empezaba a convertirse en una preocupante costumbre, ya que en Braga me pasó lo mismo y hacía un par de años en el Parador antes mencionado, también en Portugal. Incluso en el Parador, me perdí dentro del hotel. Pero eso es otra historia.

En la imagen que ilustra la situación del hotel, no se ve, en absoluto, la densidad de tráfico que nos encontramos al llegar, ni la aglomeración de personas que parecía que estaban esperando el autobús – aunque no se adivina ninguna parada – y que impedían tener una visión algo más amplia de la acera, ni tampoco se ven unas obras que estaban realizando en las inmediaciones, y que obligaban a tener un camión detenido en doble fila recogiendo los escombros. El resultado fue que mientras nos decía el GPS que “su destino se encuentra a la derecha”, yo a la derecha no veía más que gente, un camión de escombros y un montón de coches detrás de mí.

Pasé por delante 3 veces. Cuando el GPS me decía que me había pasado, giraba de nuevo a la izquierda para dar la vuelta a la manzana y me encontraba siempre en el mismo sitio. Pregunté a unos señores muy amables que me habían visto pasar varias veces y que, imagino, estarían tan sorprendidos como yo de verme dar vueltas y más vueltas con el coche. Los señores eran muy amables, pero lo único que les entendí era que el hotel estaba “lá” – allí-. Sí, si ya sabía que lo estaba rondando como una mosca a un pastel, pero tenía que encontrar la maldita entrada.

 Entonces, seguí el pensamiento de Albert Einstein que decía: “No hay nada tan estúpido como esperar que las cosas cambien haciendo siempre lo mismo”. Así es que, me dirigí en paralelo al río Mondego hasta encontrar un lugar donde poder detener el coche y allí pedir auxilio al hotel, llamando por teléfono. Por cierto, una experiencia que ya la había sufrido anteriormente cuando nos alojamos en el Parador Nacional Casa de Insua un par de años atrás.

Una vez más, la recepcionista del hotel fue sumamente comprensiva y atenta. Salió a la puerta del hotel, casi hasta la calzada, para hacernos señas. Sólo le faltó encender una bengala. Si no llega a ser por ella todavía estaba dando vueltas a la manzana.

Después de descargar las maletas quedaba la segunda parte del problema: el parking. De nuevo la chica nos proporcionó una ayuda inestimable.

  •      Déjenlo ahí enfrente, en la zona de carga y descarga. Nadie les va a poner ninguna pega.

Efectivamente, la zona estaba vacía, pero estaba en la acera de enfrente y el tráfico era denso, lo que desaconsejaba realizar maniobras extrañas, como las que me sugirió la recepcionista de Oporto. Así es que, una vez más – la última – di la vuelta a la manzana y al regresar frente al hotel, el aparcamiento me pillaba a mano. Y allí lo dejé.

Solicitamos una habitación tranquila, y sin duda, la recepcionista nos proporcionó una en la que no se oía nada. Ni siquiera a los vecinos de la misma planta.

Como siempre que queríamos visitar a conciencia una ciudad, habíamos reservado un tour a la mañana siguiente. Al poco de llegar a nuestra habitación nos enviaron un mensaje diciendo que la visita se cancelaba debido al escaso número de personas que se habían apuntado. Así es que nosotros nos fijamos nuestra propia lista. A saber: la famosa biblioteca de la Universidad, la Catedral Vieja, el Centro histórico, el Jardín Botánico, el Monasterio de Santa Cruz, el Monasterio de Santa Clara y la Catedral Nueva.

Todavía teníamos algunas horas de luz antes de que anocheciera y aprovechamos para salir del hotel, pasear, que nos diera el aire (frío), perdernos por los callejones y descubrir el centro histórico.

Nos dejamos guiar un poco por la intuición, otro poco por la curiosidad, y con la ayuda de Google y casi sin pretenderlo, nos encontramos en medio de una gran plaza, en medio de la cual, había algo que recordaba que en un pasado indefinido fue una fuente. Justo enfrente, se levantaba un edificio que en sus orígenes fue románico, pero que con el transcurrir de los siglos ya quedaba poco del original. Se trataba del Monasterio de la Santa Cruz, que estaba precisamente en nuestra lista. Su elaborada fachada invitaba a entrar a visitarlo y lo hicimos. Y no nos defraudó en absoluto.

El interior, de una sola nave, nos llamó la atención la bóveda – que 

luego supimos que era de estilo manuelino – y, sobre todo, unos 

frescos en tonos azulados que cubrían las paredes de ambos lados de 

la nave.




Al salir del templo nos encontramos con algo que, después, a lo largo de nuestras diferentes visitas por diversas ciudades, nos resultó tristemente familiar: mendigos. En este caso, además, había varios, entorno a la iglesia y a la plaza.

Nos detuvimos unos instantes para observar el panorama. El aspecto de las casas, incluso de las personas que por allí pululaban, era de cierta pobreza. Desde que salimos del hotel y decidimos callejear hacia donde estábamos, nos habíamos fijado en las propias calles, sin pavimentar, empedradas; los escaparates de las tiendas mostraban productos que en España pasaron de moda en los años 50, con una luz mortecina que, invitaban a cualquier cosa menos a entrar a comprar. Nos preguntamos cómo podrían sobrevivir los propietarios y qué clase de personas usarían esas ropas, esos vestidos, y la sensación que prevalecía fue la de lástima.

Las fachadas de las casas parecían venirse abajo, desconchadas, 

sucias. Y daba igual que fuera un bloque de viviendas o una iglesia.





Aunque, para ser sincero, esa imagen, aunque frecuente, no era la única que llamó nuestra atención. También encontramos en más de una ocasión instantáneas dignas de ser recordadas, como esta en la que cuelgan de los balcones – impolutamente blancos - sendas banderas de Portugal. Una costumbre – la de mostrar orgullosos su bandera – muy arraigada en el país vecino y que en verdad envidio.

En nuestro errático deambular, ya anochecido, nos encontramos con la zona más comercial en una calle peatonal llena de vida, de luz. Estaba abarrotada de gente, de un perfil muy diferente al que habíamos visto tres calles atrás. Bares, restaurantes, todo tipo de tiendas, mostraban una cara bien distinta y los adornos de Navidad proporcionaban una sensación mucho más alegre que la lúgubre sensación que nos había dejado nuestra visita al centro histórico.

Subimos – ¡cómo no! – por una empinada cuesta en busca de una tienda de recuerdos, que se vislumbraba no muy alejada de donde estábamos. Y un poco más allá descubrimos un restaurante de comida típica portuguesa que se llama Tapas nas costas y allí que nos metimos. Era un sitio muy agradable y lo mejor de todo, había más gente cenando fuera en la calle que dentro. Nos atendieron de maravilla, en español, como en la inmensa mayoría de los sitios y comimos espléndidamente.

De entre las cosas que nos llamaron la atención fue ver a varios jóvenes, de ambos sexos, vestidos con capas y escarapelas, al más puro estilo tuna de universidad española. También lo habíamos visto en Oporto. Al parecer, los estudiantes tienen a gala lucir esa indumentaria que les identifica como estudiantes. Según supimos, en muchas ocasiones la usan incluso para sus eventos sociales particulares, sin ninguna relación con la universidad. Tal vez, el hecho de que la vestimenta sea bastante cara, haga que sus usuarios quieran amortizarla, además, de sentirse orgullosos de pertenecer a una universidad en concreto.

Dos chicas que iban ataviadas de esta guisa, nos pararon mientras paseábamos y después de preguntarnos si hablábamos su idioma, preferimos hablar en inglés. Ambas lo dominaban a la perfección y nos alegramos de ello, porque si nos hubieran hablado en portugués a esa velocidad, no habríamos entendido nada.

En pocas palabras, las chicas, encantadoras, educadas y muy simpáticas, querían recaudar fondos para ayudarse en sus estudios. Brevemente, nos contaron que los estudios universitarios en Portugal son prácticamente privados, que apenas reciben ayudas del estado y que sus padres tienen que hacer frente a una montaña de gastos entre matrículas, libros, residencia de sus hijos y manutención en general, casi siempre, fura de la ciudad de origen. Por eso, estas chicas tan simpáticas, habían confeccionado unas bosas como de esparto o un material similar para llevar colgada del hombro. Algo, sin duda, de estilo mucho más juvenil. Nos habría encantado poder comprar una, pero lo cierto es que nosotros no llevamos nunca dinero en metálico o muy poco y en este caso, se trataba de unas pocas monedas, que no teníamos. Pero el encuentro, además de agradable fue didáctico.

 

© Carlos Usín

sábado, marzo 28, 2026

IMPRESIONES DE UN VIAJERO (IX)

 AVEIRO.


Si Guimaraes nos sorprendió gratamente por sus hermosos y blasonados edificios, y por sus bien cuidadas calles, Aveiro no se quedó atrás.

Distante de Oporto a unos 75 kms, la ciudad reúne muchos encantos, aunque la inmensa mayoría de turistas que la visitan, nos quedamos prendados de sus canales surcados por coloridas embarcaciones, llamadas moliceiros, que antiguamente se usaban para recoger las algas marinas de la cercana desembocadura de la ría de Aveiro, por lo que se la conoce como “La Venecia de Portugal”.

Lo primero que sorprende de Aveiro es lo impecable de las aceras, donde se describen formas geométricas y dibujos diferentes a medida que se adentra uno por sus calles, la mayoría peatonales. Incluso el escudo de la ciudad frente a la entrada principal del Ayuntamiento.




Muchos de sus edificios mantienen la típica fachada con

azulejos, más o menos intensos o descoloridos por el paso del

tiempo, pero que les proporciona carácter.


Pasear por sus rincones es dejarse sorprender.


A pesar de ser un día laborable normal, sorprendía el ritmo tranquilo 

que se respiraba en la parte central de la ciudad, la más turística. Las 

tiendas, las cafeterías, todo estaba abierto, pero no se veía una gran 

afluencia de personas.

Desde nuestra posición, sentados junto a un ventanal en el interior de una cafetería degustando un delicioso café y un dulce típico de Aveiro, el ovo mole, - que es una crema suave y cremosa envuelta en una fina oblea con formas marinas – veíamos diferentes grupos de turistas siguiendo a su guía que, en la mayoría de los casos, portaba una banderita española. Allí no vi a tantos japoneses. Allí lo que había era una invasión de españoles.

En la lista de monumentos a visitar, teníamos como de costumbre varios, pero decidimos que el agradable paseo que habíamos dado, disfrutando de un caluroso día de noviembre era más que suficiente.



© Carlos Usín 

sábado, marzo 21, 2026

IMPRESIONES DE UN VIAJERO (VIII)

Oporto día 3.


El día anterior nuestra guía, Ana, nos dio un buen paseo por la ciudad, aunque usar el término “paseo” no define bien el ritmo que imprimió y que, con bastante frecuencia, la obligó a detenerse para esperar a los rezagados. Un paseo aderezado en ocasiones con bromas, chistes y chascarrillos para hacer que la visita fuera más agradable y también historia. Historia en la que no podía faltar una referencia a la “Revolución de los claveles” y a las razones que impulsaron a esa decisión. Historia de cómo Oliveira Salazar entró en un primer gobierno, como ministro, de cómo terminó haciéndose con el poder omnímodo y de cómo lo ejerció de forma criminal durante décadas. Y todo esto nos lo contaba apostados a un costado de un edificio situado en la zona llamada de Cordoaria, que nos servía – poco, la verdad – para resguardarnos del intenso aire frío que corría en esos momentos. El edificio que sirvió de cárcel (Cadeia da Relação ) y que funcionaba como cárcel y centro de detención de la PIDE (policía secreta) para los represaliados políticos y que estaba frente a otro en el que se juzgaban a los mismos; es decir, que en uno te juzgaban, te sentenciaban en menos que cantaba un gallo, cruzabas la plaza y desaparecías, generalmente para siempre, en las tripas del otro. Estábamos en el centro de la represión Salazarista. Hoy se conoce como Campo dos Mártires da Pátria.

A pesar de todo ello y de las casi 3 horas de visita, quedaron algunas 

cosas por ver. Oporto no es una ciudad que se pueda abarcar en un 

solo día. Por eso, nosotros ya habíamos planificado que estaríamos 

tres; un tiempo que consideramos prudencial para conocer de verdad 

una ciudad llena de encantos, de atractivos, de historia, de 

monumentos. Teníamos la sensación de que necesitábamos realizar 

una visita más calmada, con tiempo suficiente para hacer algunas 

fotos, pasear por la ribera del río, callejear por el antiguo barrio de 

pescadores, tomarnos un café, degustar algún dulce. En definitiva, 

sentir la ciudad y paladearla, no engullirla de un bocado.



Ese día teníamos pensado visitar el edificio de la Bolsa de Oporto y dada su cercanía a la parte baja de la ciudad y al río, vagabundear por allí. Y así lo hicimos. 

El Uber nos recogió en la puerta del hotel y nos depositó en la gran plaza donde se ubica la Bolsa.

Es genial eso de subirse a un taxi sabiendo de antemano el precio 
que  te va a costar el trayecto, sea cual sea éste. Y en Oporto, no 
recuerdo que nunca alcanzara los 5€. 

Qué sensación de independencia saber que tu coche está a buen recaudo y que el que se sabe los trucos para evitar un atasco, es el que conduce y tú vas cómodamente instalado en el asiento trasero. Y cuando has llegado a tu destino, saludas, te bajas y todo está abonado.

Antes de entrar al edificio de la Bolsa disfrutamos del día soleado e imprimimos un ritmo lento a nuestra visita. Desde luego, el aspecto exterior del Palacio de la Bolsa era imponente. Justo enfrente y en medio de unos cuidados jardines, un monumento dedicado a Henrique “el navegante” daba nombre a la plaza donde estaba ubicado, y al otro lado, el Mercado de Oporto, completaban la escena.

Fue más tarde, al entrar físicamente en el edificio cuando nos llevamos el chasco. Nadie nos había advertido de que la entrada costaba 14€, o sea, 28€ y por ahí no íbamos a pasar.

De mis viajes anteriores a Portugal guardaba la agradable sensación de que muchos de los lugares que visité, eran de acceso gratuito. Sin embargo, ahora, fueras donde fueras, había que pasar por taquilla antes, lo cual, en principio no estaba mal; lo que era inaceptable era el precio. Así que, decidimos que podríamos vivir el resto de nuestra vida sin conocer el interior de la Bolsa de Oporto y nos fuimos por donde habíamos entrado.

Cerca de allí nos encontramos con la iglesia de San Francisco y la de
 
San Nicolás. Entramos en esta última, con sus característicos 

azulejos adornando su fachada. El interior, de una sola nave, nos 

sorprendió por su riqueza ornamental y un espléndido retablo mayor 

de estilo rococó.

A la salida nos dirigimos calle abajo hacia el río y su majestuosa presencia. Contemplamos cómo algunos cruceros fluviales paseaban a los turistas de un lado a otro del río; algunas embarcaciones típicas llamadas “rabelos”, servían más para el recuerdo amarradas a su atracadero.

A pesar de lo temprano de la hora las terrazas de los bares y cafeterías que jalonaban la margen del río, presentaban un aspecto muy concurrido.

A lo largo del recorrido se observaban diversos artistas callejeros 

ofreciendo lo mejor de sus habilidades. Cantantes, magos, payasos, 

todo valía para intentar ganarse unos euros.


Recorrimos arriba y abajo

su ribera, disfrutando de 

un magnífico día 

soleado. Dentro de la 

fascinación en general

por la atmósfera que se 

respiraba, me llamó la 
atención la        imagen de algunos edificios que enfrentaban directamente al río. En sus fachadas, muchas de ellas adornadas con los típicos azulejos de 
color azul, convivían el pasado de esos mosaicos, algo deslucidos
por el paso del tiempo, con las antenas parabólicas y todos, con la
ropa tendida al sol. 


Era una imagen que evocaba otro tiempo, cuando el tendedero servía 

como un muestrario de lo más íntimo de cada casa y se enseñaba 

casi sin pudor, porque en realidad, todos eran igual de pobres.

Escogimos una pastelería para descansar de nuestro largo paseo – 

esto sí que era un paseo – y tomarnos un café. No era muy grande 

pero lo que ofrecía parecía apetitoso. El café y los pasteles en 

Portugal siempre son excelentes y después de andar un buen rato, 

más.

Sentados allí, a la ribera del río y protegidos bajo una sombrilla que 

nos resguardaba del implacable sol, observaba entre bocado y 

bocado del pastel, el ir y venir de las gentes, la mayoría turistas. Una 

vez más, como ya me pasara el día anterior, me sorprendió la 

cantidad de personas con rasgos orientales. ¡Había “japoneses” por 

todas partes, solos o en compañía! Era realmente curioso.


Después, decidimos abandonar la zona y comenzamos a subir sin un 

rumbo fijo, zascandileando por las calles del barrio. Me apetecía 

perderme por el antiguo barrio marinero, con sus callejuelas 

umbrías, húmedas, sus paredes desconchadas y descoloridas, sus 

calzadas empedradas y sus sempiternas ropas tendidas en sus 

fachadas.

La mayoría de los negocios permanecían cerrados, lo cual, junto con 

los escasos coches que circulaban, contribuía a la sensación de 

tranquilidad que se respiraba.

Con la ayuda de Google y teniendo en cuenta que cada vez 

conocíamos mejor la ciudad, fuimos ascendiendo hasta que, de 

nuevo, como el día anterior, terminamos sentándonos en la misma 

terraza del bar en el que con una mano comías y con la otra 

espantabas a los pájaros.

Decidimos improvisar sobre la

marcha dónde comer cada día, sin 

horarios ni imposiciones. Y después 

de haber subido desde el río hasta 

allí, el pastel y el café, hacía ya rato 

que habían sido amortizados.

Al terminar de comer, acudimos al

reclamo de una música algo 

estridente que, si bien a nosotros 

nos incomodaba un poco, no me 

imagino el malestar de los vecinos 

que vivieran por allí. Seguimos la 

pista de los decibelios hasta un 

mercadillo de reducidas dimensiones, ubicado entre varios bloques 

que lo rodeaban. Estuvimos cotilleando por los diferentes puestos y 

lo que vimos no solamente no nos gustó, sino que consideramos que, 

además, era muy caro. Aquello más que un mercadillo se parecía 

más al Rastro de Madrid. Productos nada atractivos, ni originales, ni 

de calidad y, sin embargo, con un precio desproporcionadamente alto 

para lo que era.



 













Continuamos nuestra marcha ascendente a un ritmo similar al que se 

usa en la alta montaña. Cualquiera habría dicho que estábamos en el 

Himalaya y con nieve hasta la rodilla. Aun así, conseguimos llegar, 

otra vez, a un punto bien conocido: el ayuntamiento de Oporto y 

desde allí, nuevamente, tiramos de Uber para terminar en la 

confortable habitación del hotel y descansar de nuestra escalada.

Por la noche, y después de consultar largo y tendido con Google, elegimos un restaurante cercano al hotel. La publicidad decía que era vegetariano, tenía buenas críticas y, además, podíamos ir andando. Ni siquiera necesitábamos un Uber.

Encontrar el sitio no fue muy complicado. Lo complicado empezó cuando entramos. Para empezar, es complicado describirlo, pero desde luego, no parecía un restaurante; al menos, no lo que normalmente se entiende como tal. Daba la impresión de que, en su día, podría haber sido un taller mecánico, una tienda de ropa o algún tipo de negocio puerta calle, y que con el tiempo y por estar ubicado en una calle anodina y sin peatones, decidieron convertirlo en una suerte de restaurante.

Tras pasar el umbral de la puerta uno se encuentra en un espacio amplio, con unas mesas minúsculas pegadas a la pared de la derecha, mientras en la izquierda y en forma de L, se observa algo parecido a unos sofás, - más bien colchonetas - que parecían reposar sobre unas cajas que otrora contuvieron plátanos o algún tipo de alimento que se vende en un mercado de abastos.

De frente y después de subir un pequeño escalón, a la derecha hay una barra y justo detrás, una cocina que parece de la Señorita Pepis: de juguete. Sin embargo, hay un salón con varias mesas de tamaño normal, todas ellas ocupadas y más al fondo, detrás de los cristales, un jardín con más mesas, que probablemente en verano sería delicioso disfrutar, pero esa noche hacía una rasca curiosa.

Para terminar de desconcertarme, a la izquierda, justo frente a la barra y las mesas, había una tarima que hacía las veces de pequeño escenario. Allí, al parecer iba a suceder algo al cabo de un tiempo esa misma noche.

Supongo que sería por la cara de incrédulo que se me había quedado o simplemente por la vestimenta, que no encajaba con la del resto de los allí presentes, todos de seis generaciones posteriores a la mía, se acercó la que parecía la propietaria del local. Me preguntó si tenía reserva y de nuevo, me sorprendió que un lugar así admitiera reservas. Le dije que no y cuando me preguntó si quería una mesa donde estaba el escenario, le dije que tampoco. Entonces nos mandó a la entrada, a una de esas mesas minúsculas pegada a la pared.

Lo malo de ese sitio no era el tamaño de la mesa, en la que a duras penas cabía un plato y los cubiertos. Lo malo era que cada vez que alguien entraba desde la calle, casi le dábamos la bienvenida y el aire frío inundaba la estancia.

La señora, encantadora, nos indicó que la carta la podíamos leer con el QR “que aparece en sus pantallas” y yo le dije que no, que quería una carta en papel. Mientras decidíamos el menú, le pedimos una cerveza para poder sobrellevar el impacto.

Después del primer impacto acerca del interior del local, el segundo vino cuando nos entregaron la carta. Nosotros habíamos elegido el restaurante vegetariano pensando en que utilizarían recetas y productos, al menos, portugueses o tal vez, de la zona de Oporto. Sin embargo, en la carta se mencionaba que el estilo de la cocina era de Perú. No es que tenga nada en contra de la cocina peruana, pero no deja de ser irónico que, busquemos un restaurante autóctono y nos encontremos uno andino. Pero ahí no terminó el tema de las sorpresas.

Después de estudiar sesudamente la oferta, pedimos dos platos iguales. Al cabo de un rato vino la señora a disculparse porque no tenía elementos suficientes para confeccionar dos platos. Sólo podía servir uno. Vale. Entonces yo cambié y elegí otro del menú. Al cabo de un rato, la señora regresó nuevamente, a pedir mil disculpas casi de rodillas porque para ese plato, tampoco lo podía servir porque le faltaban ingredientes. Llegados a ese punto estuve en un tris de decirle “pues tráigame lo que le salga del lerele”, pero me contuve por el riesgo que ello conllevaba.

Ya ni recuerdo lo que cené, pero sí recuerdo que llevaba carne picada.

Vamos a un vegetariano para terminar comiendo carne.

Se disculpó un millón de veces y nosotros no quisimos avergonzarla más de lo que ya lo estaba.

De regreso al hotel pasamos por delante de varios restaurantes que habíamos visto en nuestra búsqueda. Un par de ellos estaban cerrados y el otro, que tenía aspecto de ser un restaurante normal, con la carta a la puerta del establecimiento y todo, tenía precios para turistas.

Y así terminó nuestro último día en Oporto. A la mañana siguiente, iniciaríamos camino para nuestro siguiente destino.

 

© Carlos Usín